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LO SACRO: ESCÁNDALO
DESEDIFICANTE
La desacralización -decíamos
no ha mucho-, la estamos viviendo los católicos como un complejo
paralizador de todas las actividades apostólicas ante una desvergonzada
acometida del frente laico, como nunca hubieran pensado aquellos viejos
liberales del siglo XIX. Hoy, sin lucha y también sin gloria, e -iba a
decir- casi sin pena, la Ciudad Secular ha triunfado gratuitamente. Es a ésta
a quien se conceden bonitamente los derechos de ciudadanía y una generosa
declaración de mayoría de edad. Hoy, San Pablo no podría gritar, refiriéndose
a la verdadera madurez “en Cristo”: “… pero cuando me hice varón”. Y, en
nombre de un sacro respeto a la intocable laicidad de la Ciudad terrestre, se
sacrifican todas las exigencias dinámicas de una Iglesia que es
apostólica hasta el martirio. Y se sofocan los más fuertes clamores del Espíritu
que clama con gemidos inenarrables.
Un ejemplo. Hacía tiempo que
habíamos oído hablar de un auténtico escándalo de sacralidad: la
consagración pública y oficial realizada por el Jefe de Estado de una de las
repúblicas hispánicas al Corazón de María, en el santuario más célebre
nacional (*). Este -hoy “insólito y escandaloso” acontecimiento- nos habría
parecido natural en 1942. Continuando el ejemplo de Pío XII, muchos Jefes
de Estados católicos habían hecho lo mismo.
Hoy, en 1969, el hecho aludido ha constituido un escándalo nada edificante para muchos clérigos de esa
nación y aun para algunos obispos. De 1942 a 1969, qué es lo que ha cambiado
para transformar la caracterología del mismo suceso? (**) ¿Han sido los
fundamentos objetivos de la doctrina católica, o más bien ese complejo
subjetivo de inferioridad y de pánico de tantos católicos pusilánimes? Creemos
que esto último.
En una importante revista
quincenal de la nación aludida, de franca tendencia progresista, su director
hace una fuerte crítica negativa a ese “insólito” acto oficial. Él habría
dejado “los rastros de una amarga polémica y ciertas seguras críticas
episcopales”. En efecto, el obispo de X declara que “el acto parece
inoportuno y que corresponde al medievo, cuando todo el mundo era católico”. El
obispo de Z es todavía más explícito, al decir que “se reserva como Jefe y
Pastor de la Iglesia Católica de Z, la autoridad que le corresponde a él de
convocar al pueblo de Dios a un acto religioso de consagración”.
Pero el autor de la
crítica a que aludimos quiere ir a la raíz, prescindiendo de lo anecdótico
quiere probar -y hace muy bien-“la devoción por la teología”. ¿A quién
compete -se pregunta- la iniciativa? Porque, según él, fue el Gobierno (argentino)
quien la tomó. La Conferencia Episcopal toma conocimiento de la invitación, y
confirma la asistencia de los obispos que tengan la posibilidad de hacerlo. Fórmula
de libertad con la que se deja libre la asistencia individual. Pero -añade el
crítico- hay una cuestión de fondo: la competencia, en la esfera de lo
religioso, no pertenece al Gobierno. De otro modo se cae en el bizantinismo
autócrata. Tanto más cuanto en repetidas ocasiones el Gobierno ha declarado
querer respetar la esfera de lo sacro. Y, por su parte, el Episcopado ha
tomado sus distancias ante todo compromiso político o administrativo; y ha elaborado
un plan pastoral en el que no cabría convenientemente un tal acto.
Aún más, sigue
discurriendo el crítico, el acto en sí mismo ¿tiene algún sentido? porque el
Presidente de la nación, como mero mandatario del pueblo, no es “dueño de lo
que consagra”; no puede consagrarlo. Otra cosa sería que, partida la
iniciativa de la Jerarquía, luego el Presidente fuera un mero “ejecutor”. Pero,
y finalmente, aun entonces, ¿tendría sentido, no ya el acto mismo, sino lo
que significa, una consagración? Admite -faltaría más-que el acto aludido
entra en la línea de lo realizado por León XIII y Pío XII. Pero, añade, hoy
estos dos actos no estarían ya libres de críticas teológicas, porque suponen
una teoría de la jurisdicción pontificia ilimitada, “que hoy muy pocos se
atreverían a sustentar”: por la presente situación ecuménica; por el respeto
a la libertad religiosa; porque, en definitiva, la consagración radical ya
consiste en el bautismo. Por lo demás -termina- “del acto del 30 de noviembre
de 1969, Roma estuvo singularmente ausente. Ni siquiera se tuvo (como antes
se estilaba) el beneficio de un telegrama papal. El Nuncio de Su Santidad no
figura tampoco…Yo, que estaba en Roma en esos días, creo conocer las razones
de esa ausencia”.
La impresión que estas líneas
ofrecen al lector es francamente penosa, en una nación de inmensa mayoría
católica, hoy no se ha podido realizar un acto público solemne sin herir las
susceptibilidades de unos y los falsos principios de otros. Tanto, al parecer,
que Roma, siempre presente en todos los acontecimientos laicos del mundo
de hoy, ha debido estar ausente. Pero ¿son válidas las razones aducidas
por el articulista? Nos parece que no. El obispo de X puede pensar que el
acto es “inoportuno”, pero su razón no es válida al decir que no estamos en
el medioevo. El obispo de Z es, sí, el Pastor de su iglesia local; pero si
una iniciativa religiosa parte de la autoridad civil, ¿no es él quien primero
debe ayudarla y dirigirla?
Como se ve, la cuestión de la
iniciativa entra también en la acción pastoral, e importa menos que sea la
autoridad civil quien la emprenda o no. No hay, en este caso, cuestión de
bizantinismo autócrata, porque, al fin y al cabo, el Episcopado fue informado
e invitado, y no obligado. Fueron luego los obispos “ausentes” quienes
perdieron una gran ocasión de realizar una pastoral de altura, en lugar de
elaborar tantos planes de apostolado abstractos en el vacío de la realidad
católica, y con tantas cortapisas enfrente del ecumenismo, de la libertad
religiosa y de unos principios teológicos discutibles, que toda acción nace
muerta en su origen.
Esas razones de tipo
teológico que da el autor de la crítica a tal acto responden sólo a una
situación subjetiva de su autor, y no a los grandes principios por los que el
grande León XIII consagraba al género humano el Corazón de Cristo, y el no
menos grande Pío XII lo hacía igualmente al Corazón de María. Es más: algún
teólogo pensó que el Papa no podía consagrar a Rusia especialmente. Y
precisamente poco tiempo después, en 1952, Pio XII en su encíclica “Sacro vergente
Anno”, lo realizaba exactamente.
No podemos juzgar las razones
por las que Roma estuvo singularmente ausente de un tal acto. Y, puesto que
el autor es tan decidido en afirmar que conoce el fondo de la cuestión, le
dejamos con su responsabilidad: en ella parece existir una tacita aprobación
de la actitud tomada por Roma… Nosotros la respetamos. Pero no podemos dejar
de manifestar un sentimiento natural igual al sufrido por aquel gran pueblo
que puede haberse sentido defraudado. Con ello, ciertamente, por lo menos de
hecho, la fidelidad y el amor al Papa, ingénitos en aquella nación argentina
no quedaron afianzados.
Y de todo ello, una triste
lección de historia: lo sacro en sus manifestaciones públicas comienza a ser
algo “desedificante”, algo nocivo. Un cierto y vergonzante pudor de lo
sacro, aquí y allí, comienza a invadir aún las sociedades más católicas.
Y ante el espantajo del “medievalismo” o del “constantinismo”, algunos
jerarcas de la Iglesia empiezan a turbarse…Pero las consecuencias serán
totales, y no se detendrán en el camino, porque no se puede aceptar con las
derechas lo que se rechaza con las izquierdas.
Mariano DE ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 170, 11-Abr-1970
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