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jueves, 27 de noviembre de 2025

Blas Piñar, sobre Cristo Rey y sobre José Antonio

 Artículo de 1978

  BLAS PIÑAR, EN GIJÓN

 ASTURIAS, ESPACIO HISTÓRICO Y EMOCIONAL

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el Pabellón de Deportes de Gijón, el día 28 de octubre de 1978.)

 Asturianos, amigos y camaradas de Gijón:

 Si es verdad que lo hecho por la democracia liberal y el Gobierno de UCD, que no es otra cosa que un montón de escombros, avala un futuro de sangre, de miseria y de caos, también es verdad que, recogiendo la frase rítmica, como de un salterio político, del presidente Suárez, yo os puedo prometer y os prometo, que con la ayuda de Dios, la mirada amorosa de la Santina, la entrega sacrificada de una minoría leal, fiel, inasequible al desaliento, y la colaboración entusiasta, generosa, traspasada de patriotismo, de los españoles que quieran ayudarnos, con la entrega de su tiempo, de su actividad y también de su dinero, detendremos esta riada de sangre, evitaremos la miseria y el caos, barreremos los escombros, reharemos la moral, el sentido de la historia y la economía, y salvaremos a España.

 Para ello, amigos, hace falta una profesión de fe y de voluntad; una auténtica milicia del espíritu. Es mucho e importante lo que hoy nos jugamos, lo que se juega España y el mundo, para suponer que la solución está en las componendas electorales o en la práctica conocida del consenso. La situación universal en la que España desempeña, por razones muy varias, un papel decisivo, puede considerarse dramática, y aunque hoy se usa la palabra desdramatizar desde el campo oficialista, la experiencia y la lógica nos dicen que la palabra se vuelve contra quienes la esgrimen, ante la realidad pavorosa de los hechos.

 Ni la palabra desdramatizar soluciona nada, ni soluciona nada el «tomar medidas» del ministro del Interior, que parece denunciar, tomándolas en tantas ocasiones, una vocación tardía a la profesión de sastre, ni soluciona nada tampoco el «puedo asegurar y aseguro» del presidente del Gobierno, que revela también su vocación frustrada de asegurador, ya que a la compañía aseguradora, que es España, la conduce a la quiebra. Si la póliza era de incendios, no hay recursos para cubrir los daños de las cárceles y de los bosques que consumieron las llamas, y si la póliza fue de vida, no habrá dinero, a la velocidad creciente del terrorismo, para indemnizar a las familias de los victimados.

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 La fecha en que nos reunimos, en la doble liturgia de la fe y de la patria, nos lleva de la mano a tomar como fuente inspiradora y aleccionadora dos grandes conmemoraciones, que tienen algo trascendente que decimos en esta grave coyuntura histórica: la fiesta de Cristo Rey —hoy desplazada hacia una dominica posterior— y el discurso fundacional de José Antonio.

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Que nadie diga que nosotros, al traer a colación ambas conmemoraciones, mezclamos la religión con la política; porque una cosa es su mezcla indiscriminada y confusa, que sería intolerable, y otra el planteamiento formal del quehacer político, que en última instancia, como decía Donoso Cortés y exaltó Vázquez de Mella, descansa sobre un planteamiento teológico.

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La fiesta de Cristo Rey, que instituyó con toda solemnidad Pío XI, como síntesis de su famosa encíclica «Quas primas», refrenda hasta la saciedad, y pese a las desviaciones doctrinales del posconcilio, la raíz teológica de la política.

 Para un hombre sensato, no cabe la duda en este orden de cosas. El hombre es un ser que escapa al marco angustioso del tiempo, es decir, a lo animal, porque tiene un alma inmortalizada. Esa inmortalidad, y la libertad de que ha sido dotado y que le hace capaz de condenarse o de salvarse,  convierte al hombre, en una concepción ortodoxa de la política, en el eje del sistema comunitario. La comunidad es para al hombre y no el hombre para la comunidad. La política está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la política; y ello aun cuando la política y la comunidad exijan el sacrificio necesario para que la comunidad y la política cumplan y satisfagan el bien común inmanente y trascendente al que se ordenan.

 De aquí, que si el hombre —por razón de su inmortalidad y de su destino eterno— es el eje del sistema político, la comunidad en que el hombre vive y trabaja no pueda desentenderse, y aún menos obstaculizar lo que es propio del hombre, lo que constituye su esencia, es decir, su única y sustantiva razón de ser. Al contrario, la comunidad, y la política que encauza y dirige la comunidad, si no quieren perder aquello que las justifica y mantiene, han de buscar su fundamento y su fortaleza en dos apelaciones: una, horizontal e intrínseca, el hombre inmortalizado; y otra, vertical y extrínseca. Dios, que al crear al hombre creó el cimiento de la comunidad al decir: «no es bueno que el hombre esté solo».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y el Senado desconocen, no por ignorancia, sino por voluntad de ruptura, esas dos grandes apelaciones justificadoras del quehacer político, un hombre sensato, a la luz de derecho natural, tiene que repudiarla con un «no» abierto, responsable y digno.

 Pero no es sólo el derecho natural: es la concepción cristiana de la vida la que nos urge a decir que «no»-en el próximo referéndum.

 Hablábamos antes de la fiesta de Cristo Rey. Ya sé que hoy trata de debilitarse o arrinconarse la realeza del Salvador de los hombres, amputando, tergiversando o interpretando equívocamente los textos.

 Ya sé que para muchos el reinado de Cristo se excluye del orden social, es decir, de la comunidad política, que juega, según se arguye, en un orden autónomo de principios.

 Ya sé que para otros el reinado de Cristo se relega para el final de los tiempos, para una etapa última y escatológica y, por' lo mismo, intemporal, apocalíptica y fuera de la historia.

 Ya sé que para algunos el reinado de Cristo se reduce a un homenaje individual, privado, temeroso y escondido, en el interior de la propia conciencia.

 Y, sin embargo, las cosas no son así: En primer lugar porque si Cristo ha salvado al hombre, y si el hombre está religado a Cristo, también ha de estarlo la comunidad compuesta por hombres; porque el hombre fue al principio y la comunidad después; y porque todo aquello que caracteriza al hombre impregna y marca con carácter indeleble a la comunidad que trae causa del hombre.

 En segundo lugar porque, aun cuando el reino de Cristo no sea de este mundo, toda vez que es un reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, un reino sin fin, como decimos en el Credo «cuius regni non erit finís», eso no quiere decir que los reinos de este mundo, con todas sus limitaciones, y por tanto la sociedad civil y la comunidad política, no acaten y se ordenen a ese reino superior que los enhebra, los justifica y los trasciende.

 En tercer lugar porque aun cuando el reino de Cristo, en su plenitud, no sea de este mundo ni se consuma en este mundo, en este mundo se inicia y se invoca. Aquí es donde se gana la ciudadanía de ese reino, por la gracia, aunque después se colme con la santidad; aquí es donde uno se embandera como soldado y como apóstol; aquí es donde se edifica y construye, con los hijos de Dios; aquí es, en el espacio y en el tiempo, en la historia, donde el reino de Cristo empieza, aunque esperen —y por eso no es de este mundo, que termina— la historia, el tiempo y el espacio.

 En cuarto lugar porque a Cristo, por derecho propio, por derecho de herencia y por derecho de conquista, como dicen los teólogos, se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y el poder, en la tierra, incluye el señorío social y político; porque toda autoridad, como dice San Pablo, viene de Dios; porque, en suma, como dijo el Maestro de la Verdad a Poncio Pilato, «hasta la autoridad que tienes para crucificarme o para darme la libertad es tuya, porque te fue dada de Arriba».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y por el Senado excluye toda referencia al origen divino de la autoridad, exilia el nombre de Dios, reduce a la Iglesia a una de tantas confesiones religiosas, como el budismo o el sintoísmo, y repudia de este modo el reinado de Cristo en la sociedad, un católico con conciencia formada tiene que reaccionar con un «no» categórico, abierto y digno al depositar su voto en el referéndum que se aproxima.

 Porque para nosotros, frente al Estado laico de inspiración cristiana, de Maritain, está la afirmación nítida de San Pío X: «La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos: "Omnia instaurare in Christo" ("Notre charge apostolique").»

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En esta línea de pensamiento, en este enfoque teológico de la política, discurrió el Movimiento José Antonio; y no sólo el esquema doctrinal, sino el testimonio de la sangre de los mejores, y entre ellas la del fundador.

 Cuando José Antonio hablaba de dar la existencia por la esencia del hombre portador de valores eternos, del paraíso difícil y del tiempo de arcángeles, de entendimiento religioso y militar de la vida, estaba exponiendo con el rigor de un clásico y la música de su palabra fervorosa todo un haz de principios que hoy más que nunca gozan de vigencia y necesitan de aplicación.

 Aquel 29 de octubre, a la altura de nuestro tiempo, es algo más que una fecha: es un símbolo. Dijo José Antonio en el teatro de la Comedia, para terminar su impresionante convocatoria a la nación: «Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que puede despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación I A los pueblos no les han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete!»

 Pues bien, la bandera que se alzó en el teatro de la Comedia aquel 29 de octubre de 1933, yo sé que ha sido abandonada por unos, arrojada a la calle por otros, insultada por algunos; pero aquella bandera, que se cubrió de sangre de mártires y de héroes; aquella bandera, que se puso al lado de la bandera gloriosa de la Tradición para cerrar el paso a la Antiespaña; aquella bandera que, con la bandera de la Tradición, hizo posible, al lado del Ejército, la Victoria nacional; esa bandera, abandonada, despreciada, insultada, la tomamos, la levantamos y la abrazamos; y no sólo alegre y poéticamente, sino con una mística, porque, como tuve ocasión de decir en Roma, al poeta le basta el gozo íntimo de la belleza, mientras que el místico exige, por añadidura, la fe en las verdades que la belleza literaria viste y decora. Por eso, el poeta varía con su sensibilidad y huye al extranjero, como Alberti, mientras que el místico se queda y derrama su sangre, como José Antonio.

 • Dos ideas claves, de las muchas que guarda el pensamiento de José Antonio, me interesa destacar aquí, pensando en la Constitución que se nos propone. La una se refiere a la concepción del Estado; la otra a la necesidad de un hombre nuevo.

 • El Estado está al servicio del bien común. El bien común se configura dentro de la patria, y la patria es algo más que un país, geográficamente hablando, o que una generación que pasa, si nos fijamos en el tiempo.

 La patria, para José Antonio, de acuerdo con la doctrina de la Tradición, «es una síntesis trascendente ("la España metafísica", nos diría después), una síntesis indivisible; y el Estado ha de ser el ejecutor resuelto de los destinos patrios, el instrumento al servicio de esa unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama patria».

 Por eso mismo, el Estado español, ejecutor resuelto de los destinos de España, ha de mantener su «sentido permanente ante la Historia», que en eso consiste la Tradición, es decir, la permanencia de las constantes identificadoras de la nacionalidad.

 Ese sentido permanente de la historia implica que «el espíritu religioso sea respetado y amparado —y, por eso mismo, reconocido y proclamado sin rubor— como merece».

 Pero tanto las constantes históricas como la razón instrumental obligan al Estado a no ser un mero «espectador de las luchas electorales», confiando la justicia y la verdad, que son categorías permanentes de razón, al arbitrio caprichoso de la mayoría, que puede decidir si Dios existe o no existe, si la patria ha de permanecer o es mejor que en un momento de locura se suicide.

 El Estado y la autoridad del Estado no pueden descansar en el método más fácil de conseguir votos, ya que ello supone, para lograrlos, «la calumnia, la injuria, faltar deliberadamente a la verdad, recurrir a la mentira y al envilecimiento».

 Un Estado de ese tipo transforma a los hermanos en enemigos, conduce a la esclavitud y a la miseria económica, aplasta la dignidad del hombre, «estruja a las almas para que no quede en ellas la menor gota de espiritualidad», habla y promete, mientras a la justicia social sustituyen el odio y la lucha de clases, y al magisterio de las buenas costumbres sucede la ruina moral.

 Tal es el Estado que perfila el proyecto de Constitución. En lugar de servir a la patria, se convierte en un árbitro imposible de nacionalidades autónomas. En lugar de mantener el sentido permanente de la historia, la interrumpe y nos hace regresar a los reinos de Taifas. En lugar de categoría de razón, subordina la razón a la soberanía popular. En lugar de respetar y amparar el espíritu religioso, degrada y escupe, informando el ordenamiento jurídico de incrustaciones materialistas, legalizando el amancebamiento, el adulterio, la anticoncepción y el divorcio; privando a los padres del derecho a educar a sus hijos; esquilmando la propiedad privada, y haciendo de la empresa, en lugar de un centro de producción o distribución de mercancías o de servicios, un campo de resentimiento y de batallas.

 ¿Cómo contestar afirmativamente o con una abstención, que equivale a la indiferencia de un «a mí qué me importa» o a la soberbia de un «te desprecio», a la pregunta que va a formularse?

 Hay que responder valientemente, gallardamente, que «no», y ello aun cuando la intuición nos diga que el compromiso histórico exige que el Gobierno saque a flote la Constitución por los procedimientos que la democracia al uso conoce y practica.

 En última instancia. Dios, España y mi conciencia me pedirán cuenta de mi voto, del que soy responsable, mientras que de la posible manipulación del voto pedirán cuenta, en su caso, al señor Suárez y al equipo que le acompaña en el desgobierno.

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 • Pero hay algo que, como antes os decía, interesa destacar, hoy y aquí, del pensamiento de José Antonio. Y es su idea sobre el hombre, sin la que ni la patria, como unidad irrevocable, ni el Estado, como ejecutor de sus destinos, serán posibles.

 Ese hombre ha de ser, como quería San Pablo, un hombre nuevo. La revolución de José Antonio no es tanto y primariamente una revolución de las estructuras como una revolución personal, es decir, una conversión.

 El hombre del tiempo difícil se caracteriza no por sus convicciones, por su ideología, por su equipaje doctrinal, por su «manera de pensar», sino por su «manera de ser».

 De aquí que José Antonio afirmase: «no debemos proponernos sólo la construcción, la arquitectura política —problema puramente intelectual—, sino la adopción personal ante la vida entera y en cada uno de nuestros actos de un sentido ascético y militar de la vida».

 En tanto que este tipo de hombre no se consiga, todo el esquema político se nos queda lejano e inoperante. Faltarán los trabajadores idóneos. El indisciplinado, el que no sacrifica su propia voluntad, el que no domina sus pasiones y las encauza a una meta superior, el que no quiere o no puede hacer suyo el sentido ascético y militar de la empresa política, no sirve y hace daño, porque en lugar de espíritu de servicio y de sacrificio ha puesto espíritu de disgregación y de altanería.

 Decía S. Gregorio: «El que por su vida merece desprecio, acaba por hacer despreciable aquello que predica.» El profesor Genta, que cayó asesinado en Buenos Aires ha hecho ahora cuatro años, hizo la exaltación más sublime que conozco de la política del sacrificio. Si el sacrificio de la Cruz hace visible la soberanía de Cristo, porque desde la Cruz atrae todas las cosas y hace suyo todo, en el cielo y en la tierra, sólo el sacrificio, sólo la sangre que se derrama —la sangre inocente—, está en el cimiento de toda soberanía, en la quintaesencia de la redención y de la libertad de la patria.

 Y hoy la patria, España, se encuentra en una hora de crisis que sólo tiene parangón con las horas fundacionales, porque son idénticos los gritos de dolor del alumbramiento y los gritos de dolor de la enfermedad.

 España sufre otra vez un baño de sangre, una sangre que nos duele, pero una sangre que, por ello mismo, será sin duda garantía de redención contra las dos grandes fuerzas que tratan de aplastamos, como decía Genta: «la Internacional del Dinero y la Internacional comunista».

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Si todo lo que acabamos de decir es verdad, y somos consecuentes con esa verdad, las conclusiones a deducir son las siguientes:

 • Hacer nuestra la política del sacrificio. Aceptar todos los sacrificios, hasta la defección, tomando de la Cruz, sin savia en apariencia, su jugo vital y estimulante.

 

• Y volver, en tiempo de crisis, al espacio histórico de la fundación o de la crisis. Y la fundación o la refundación, en otra época de crisis, tuvo aquí, en Asturias, su espacio histórico y emocional, toda vez que fue aquí donde se rehizo la monarquía visigoda de Toledo.

 Palacio Valdés, en «La aldea maldita», ante la transformación de Asturias, iniciada en su tiempo, exclamó: «¡Ahora empieza la barbarie!» Pero la barbarie no es fruto de una transformación industrial, sino de una degradación del espíritu.

 En un Estado como el que José Antonio soñaba, Asturias se enriqueció y logró niveles de vida superiores.  Pero no sólo de pan vive el hombre. Si ENSIDESA es el hito que Avilés levanta como una conquista económica, que debe continuar hacia adelante, la Cámara Santa, en Oviedo, nos invita a beber en el manantial de nuestra conformación religiosa, y el Cuartel de Simancas nos recuerda, en Gijón, donde hoy estamos, la necesidad del heroísmo para la defensa de la fe y del pan.

 Es la hora de Asturias, se ha dicho, por ello, y con verdad, en muchas ocasiones. Pues bien, en Gijón, cuando el cónsul de Francia arrojó unos papeles insultantes para nuestro pueblo, desde su casa de la calle Corrida, el pueblo se amotinó y ese motín fue el chispazo de la guerra en Asturias contra Napoleón.

 Hoy vuelve a insultarse a nuestro pueblo con un papel en el que se ha escrito un proyecto constitucional inaceptable. Que ese insulto a cuanto España significa sea también el chispazo para una movilización masiva, fervorosa y valiente, para su rechazo en el próximo referéndum. iVIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 

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