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sábado, 1 de noviembre de 2025

Principios imprescriptibles del Tradicionalismo

 

 DOCTRINA O PRINCIPIOS IMPRESCRIPTIBLES E INMODIFICABLES

 (Fragmentos de la carta-manifiesto que la Princesa de Beira, reina en el exilio, dirigió a los españoles (1864). Esta doctrina ha sido ratificada por todos los pensadores carlistas y por todos sus reyes hasta el indiscutido don Alfonso Carlos. ¿Está vigente? SI no lo está, el carlismo ya no tiene razón de existir, pues habrá desaparecido el principio sobre el que se fundamenta. Si lo está, seamos consecuentes).

 Por MARIA TERESA DE BORBON Y BRAGANZA

PRINCESA DE BEIRA

 «Persistiendo (don Juan, hijo de Carlos V, sobrino de la princesa de Beira y considerado como hijo por esta princesa) en sus ideas, incompatibles con nuestra religión, con la Monarquía y con el orden de la sociedad, ni el honor, ni la conciencia, ni el patriotismo permiten a ninguno reconocerle por rey. Pues, desde luego, él proclamó la tolerancia y libertad de cultos, la cual destruye la más fundamental de nuestras leyes, la base solidísima de la Monarquía española, como de toda verdadera civilización, que es la unidad de nuestra fe católica.

 Los reyes, nuestros antepasados, juraron siempre observar, y observaron, esta ley, desde Recaredo, sin interrupción alguna, hasta nuestros días; y Juan no sólo no jura observarla, sino que más bien jura destruirla, no teniendo en cuenta sus catorce siglos de existencia ni los inmensos sacrificios que costó a nuestros padres, que pelearon siete siglos contra los agarenos para restablecerla, ni esa misma unidad de fe católica que es nuestro mayor timbre de gloria, y que, aun políticamente hablando, es el medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda la Monarquía.

 No por otro motivo, sino por éste sólo, nos la envidian otras naciones, y por esto la combaten, porque prevén que esta unidad y unión, que da a todos los españoles su fe católica, será su primer elemento de nueva y rejuvenecida grandeza para España.

 El odio que profesan a esta unidad de fe los incrédulos y sectarios de todos los países es un motivo más para que todos los buenos españoles reconozcan su importancia suma y la aprecien en sumo grado. Sin embargo, Juan, por desgracia, parece tener más bien la opinión y la torcida intención de los sectarios incrédulos por encima de los sentimientos de todos los españoles. Y ni aun siquiera repara que dar libertad de cultos sería hacer como leyes para extranjeros (lo cual no le toca a él) y para españoles, profesando todos la religión católica. En fin, olvida que la tolerancia y la libertad de cultos de Inglaterra y de Alemania fue causa de las guerras de que nosotros estuvimos libres.

 Se quiere acaso que las tengamos? Proclamando, pues, tal libertad y tales intenciones, Juan no sólo no jura observar la ley más fundamental de España, sino que se propone destruirla. Ahora bien, para ser rey debe jurar todo lo contrario, y no haciéndolo no puede serlo.

 «E todo omme que debe ser rey, ante que reciba el regno, debe hacer juramento que guarde esta ley, y que la cumpla.» (Fuero Juzgo, título I.).

 No pedimos que nuestro rey jure la observancia de todas las leyes antiguas, pero a lo menos debe jurar la observancia de las leyes fundamentales de la Monarquía. Pero Juan no solamente pretende destruir la unidad de fe católica, sino también la Monarquía misma y la legitimidad, las cuales son incompatibles con la soberanía nacional que él proclama, y de la cual, como él dice, «lo espera todo»... La consecuencia de esto es que Juan abdicó de hecho y de derecho, y que ésta su abdicación formal nos basta para reconocer por rey a su sucesor legítimo...»

 Y en verdad Juan... ha creído conveniente dar un paso decisivo reconociendo al Gobierno de Madrid (el liberal) y haciendo sumisión a su prima Isabel (la reina liberal).

 Hecha ya esta sumisión a Isabel... tuvo ocasión de verse con ésta y besarle la mano...

 La renuncia de Juan y su sumisión a Isabel eran una consecuencia legítima y necesaria de haber renegado de los principios monárquicos (la unidad de fe).

 De todo lo cual se infiere legítimamente que habiendo renunciado Juan a sus derechos, no sólo por los principios anticatólicos y antimonárquicos que proclamó, sino también por su reconocimiento del actual Gobierno y por su sumisión a Isabel, nuestro-rey legítimo es su hijo primogénito, Carlos VII. Y con esto me parece haber satisfecho plenamente la pregunta: «¿Quién es, en fin, nuestro rey?»

 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

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