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DOCTRINA O PRINCIPIOS IMPRESCRIPTIBLES E INMODIFICABLES
(Fragmentos de la carta-manifiesto que la Princesa de Beira, reina en
el exilio, dirigió a los españoles (1864). Esta doctrina ha sido ratificada
por todos los pensadores carlistas y por todos sus reyes hasta el indiscutido
don Alfonso Carlos. ¿Está vigente? SI no lo está, el carlismo ya no tiene
razón de existir, pues habrá desaparecido el principio sobre el que se
fundamenta. Si lo está, seamos consecuentes).
Por MARIA TERESA DE BORBON Y BRAGANZA PRINCESA DE BEIRA
«Persistiendo (don Juan, hijo de Carlos V, sobrino de la princesa de
Beira y considerado como hijo por esta princesa) en sus ideas, incompatibles
con nuestra religión, con la Monarquía y con el orden de la sociedad, ni el
honor, ni la conciencia, ni el patriotismo permiten a ninguno reconocerle por
rey. Pues, desde luego, él proclamó la tolerancia y libertad de cultos, la
cual destruye la más fundamental de nuestras leyes, la base solidísima de
la Monarquía española, como de toda verdadera civilización, que es la unidad
de nuestra fe católica.
Los reyes, nuestros antepasados, juraron siempre observar, y observaron,
esta ley, desde Recaredo, sin interrupción alguna, hasta nuestros días; y
Juan no sólo no jura observarla, sino que más bien jura destruirla, no
teniendo en cuenta sus catorce siglos de existencia ni los inmensos
sacrificios que costó a nuestros padres, que pelearon siete siglos contra los
agarenos para restablecerla, ni esa misma unidad de fe católica que es
nuestro mayor timbre de gloria, y que, aun políticamente hablando, es el
medio más eficaz para que haya unidad y unión en toda la Monarquía.
No por otro motivo, sino por éste sólo, nos la envidian otras naciones,
y por esto la combaten, porque prevén que esta unidad y unión, que da a todos
los españoles su fe católica, será su primer elemento de nueva y rejuvenecida
grandeza para España.
El odio que profesan a esta unidad de fe los incrédulos y sectarios
de todos los países es un motivo más para que todos los buenos españoles
reconozcan su importancia suma y la aprecien en sumo grado. Sin embargo,
Juan, por desgracia, parece tener más bien la opinión y la torcida intención
de los sectarios incrédulos por encima de los sentimientos de todos los
españoles. Y ni aun siquiera repara que dar libertad de cultos sería hacer
como leyes para extranjeros (lo cual no le toca a él) y para españoles, profesando
todos la religión católica. En fin, olvida que la tolerancia y la libertad de
cultos de Inglaterra y de Alemania fue causa de las guerras de que nosotros
estuvimos libres.
Se quiere acaso que las tengamos? Proclamando, pues, tal libertad y
tales intenciones, Juan no sólo no jura observar la ley más fundamental de
España, sino que se propone destruirla. Ahora bien, para ser rey debe
jurar todo lo contrario, y no haciéndolo no puede serlo.
«E todo omme que debe ser rey, ante que reciba el regno, debe hacer
juramento que guarde esta ley, y que la cumpla.» (Fuero Juzgo, título
I.).
No pedimos que nuestro rey jure la observancia de todas las leyes
antiguas, pero a lo menos debe jurar la observancia de las leyes
fundamentales de la Monarquía. Pero Juan no solamente pretende destruir la
unidad de fe católica, sino también la Monarquía misma y la legitimidad,
las cuales son incompatibles con la soberanía nacional que él proclama, y de
la cual, como él dice, «lo espera todo»... La consecuencia de esto es que
Juan abdicó de hecho y de derecho, y que ésta su abdicación formal nos basta
para reconocer por rey a su sucesor legítimo...»
Y en verdad Juan... ha creído conveniente dar un paso decisivo
reconociendo al Gobierno de Madrid (el liberal) y haciendo sumisión a su
prima Isabel (la reina liberal).
Hecha ya esta sumisión a Isabel... tuvo ocasión de verse con ésta y
besarle la mano...
La renuncia de Juan y su sumisión a Isabel eran una consecuencia
legítima y necesaria de haber renegado de los principios monárquicos (la unidad
de fe).
De todo lo cual se infiere legítimamente que habiendo renunciado Juan
a sus derechos, no sólo por los principios anticatólicos y antimonárquicos
que proclamó, sino también por su reconocimiento del actual Gobierno y por su
sumisión a Isabel, nuestro-rey legítimo es su hijo primogénito, Carlos VII. Y
con esto me parece haber satisfecho plenamente la pregunta: «¿Quién es, en fin,
nuestro rey?»
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967
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