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sábado, 29 de noviembre de 2025

Carlistas “separados” dialogaban (2)

 Artículo de 1967

  Del correo del príncipe

 A S. A. R. el Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma.

 Señor: Nada más difícil para mí que dirigirme a V. A. con esta carta. Pertenezco, ya lo sabéis, señor, a una generación de carlistas que sabe más de sacrificios que de adulaciones. Y monárquico por convicción, sé muy poco de cómo debe dialogarse con los Príncipes, puesto que en mi vida no he hecho otra cosa que servirles.

 Perdone V. A., por ello, si con esta carta falto a alguna regla del protocolo o me expreso en términos que no corresponden a un carlista cuando se dirige a su Príncipe.

 Corren, señor, malos tiempos para el Carlismo. Muchos de nosotros estamos escandalizados con las cosas que están ocurriendo estos días dentro de nuestras filas. Rara es la semana, desde hace más de un mes, que no aparece algún artículo, copia fotográfica o panfleto, en los que de forma más o menos velada, se ataca a la Dinastía, en la persona de V. A., o la actuación de la Secretaría General de la Comunión.

 Y lo que es mucho más grave, todos conocemos como estos anónimos, aunque no escritos puestos en circulación por carlistas, cuya ejecutoria, en la mayoría de los casos, no podemos poner en duda.

 ¿Qué es lo que está pasando, señor, para que estos hechos puedan producirse? En mi opinión, no son más que consecuencia de la actuación sectaria y discriminatoria, que arranca de hace algunos años por parte de ciertos dirigentes del Carlismo, que dicen actuar en nombre de V. A., y al que, continuamente, ponen en evidencia con sus torpezas.

 Porque esos dirigentes, señor, empiezan por no ser monárquicos. Han llevado a vuestro ánimo la idea de que V. A. debe actuar no como Príncipe, sino como líder de un grupo político. Y las consecuencias, que ya estamos padeciendo, es que se están cerrando para la Dinastía todas las posibilidades, cara a la nación. Porque lo que los carlistas necesitamos—y España también— no es un líder político más, sino un Príncipe capaz de ser el Rey de todos los españoles. O, por lo menos, así me lo parece a mí.

 Muchos de nosotros reconocemos en V. A. dotes personales que no son corrientes entre los Príncipes de hoy. Sabemos de vuestra preparación y estamos seguros de vuestro españolismo y de vuestra dedicación a la Causa. Como V. A. puede estar seguro de nuestra lealtad. Pero rodeado de malos consejeros, desde que vino a España, creo que no ha visto que una cosa es la Dinastía, en su obligada proyección nacional, y otra, muy distinta, el Carlismo, en su actuación como grupo político. Aunque ambos, Dinastía y Carlismo, deban avanzar, naturalmente, sincronizados.

 Y esto, señor, sin tener para nada en cuenta la especial configuración política de la España actual, como arranque del 18 de julio. Porque si nos situamos dentro de esta realidad—que tanto obliga siempre en política—, entonces la prudencia de la Dinastía debía ser aún mayor, con el fin de evitar males mayores.

 Nada de esto ha sido tenido en cuenta por esos consejeros de V. A. Se han dejado arrastrar por el afán de mando—mal síntoma, señor cuando se trata de un mando tan pequeño—y han -conseguido mezclar a V. A. en todas sus intrigas—que han repercutido gravemente en el exterior—, con tal de conservar su parcela de

poder dentro de la Comunión. Hasta tal punto, que de seguir las cosas así, V A. puede convertirse, dentro de poco tiempo, no en el líder del Carlismo—que ya en sí sería malo—, sino en el líder de una de sus facciones.

 Por eso ahora, cuando muchos carlistas reaccionan contra los malos actos de gobierno de esos dirigentes—porque están en su derecho, señor—, ¿qué tiene de particular que las salpicaduras le lleguen también a V. A.? Y fíjese bien, nunca al Rey.

 Ya sé, señor, que ese método de los anónimos es reprobable. Pero sé, también, que estas cosas ocurren como consecuencia de esa política sectaria, y porque el Jefe Delegado no puede actuar de árbitro entre los carlistas—dando la razón a quien la tenga—, ya que su autoridad se ve continuamente interferida. Y conozco, por haberlo sufrido en mi misma persona, las malas artes que emplean quienes dicen actuar en vuestro nombre, para cerrar el paso a quienes no pertenecemos al clan cerrado, y sin economía clara, de la Secretaría General.

 Porque la realidad, señor —y me circunscribo al Carlismo madrileño, del que fui durante varios años jefe de Requetés—, es que la actuación de tal Secretaría General ha deshecho por completo nuestra organización. No existe la A. E. T., que en otro tiempo constituyó una fuerza decisiva dentro de la Universidad; el Requeté está en franca descomposición y con su Círculo de la calle del Limón clausurado por orden de la Secretaría; los ex combatientes, sin poder reunirse en sus locales de la calle de la Cruz, por habérselo prohibido su Presidente Nacional, siguiendo órdenes de la misma Secretaría. Y así, según mis noticias, en la mayoría de las provincias españolas.

 Todo esto referido a los problemas internos. Porque si nos referimos a la actuación de la Comunión en el plano nacional, sospecho que ni de forma preconcebida podían haberse hecho las cosas peor. Y los frutos, bien a la vista están: Una docena escasa de procuradores carlistas—la mayoría investidos por su prestigio personal, sin que le tengan que agradecer nada a la Organización—en unas Cortes que pueden ser decisivas para el porvenir de España. Aunque ahora, nos sea muy cómodo a todos buscar las culpas fuera de nuestras filas.

 Y en cuanto al confusionismo ideológico, las cosas han llegado a un extremo que los requetés que seguimos las órdenes de vuestro augusto padre el 18 de julio, estamos llegando a la conclusión de que hicimos mal en obedecer. Tales son las cosas que se están escribiendo ahora en algunas publicaciones oficiales editadas por la Secretaría General de la Comunión. Y también por «algunos compañeros de viaje» en «El Pensamiento Navarro».

 Esta es, señor, la triste realidad, tal como la ve el último delos carlistas. ¿Soluciones? Creo que están bien claras y que no se escaparán a su perspicacia y buen sentido político. Se condensan en dos premisas insoslayables: Que V. A. actúe en Príncipe y la Jerarquía de la Comunión—siguiendo las indicaciones del Rey—en política. Sin que V. A. tenga que sufrir las consecuencias de las querellas internas, que siempre se producen entre los hombres y que tan perjudiciales pueden ser para la Dinastía.

 Nada más. Sabe V. A. que fui uno de los primeros carlistas que se apartó de un puesto de responsabilidad dentro de la Comunión cuando se infiltraron en nuestras filas determinados elementos—algunos de los cuales, afortunadamente, ya no están entre nosotros—. Por eso, también ahora, cuando las cosas marchan por caminos que considero erróneos y que se producen como consecuencia de aquellas infiltraciones, prefiero recobrar mi independencia dentro de la Comunión. Y ruego a V. A., por ello, haga llegar a S. M. el Rey mi deseo de cesar en el puesto de miembro del Consejo Asesor de la Jefatura Delegada, del que, posteriormente y por votación entre los consejeros, fui nombrado Secretario.

 Con mi respetuosa subordinación para S. M. el Rey y para V. A., queda incondicionalmente a vuestra disposición.

 NARCISO CERMEÑO

23 noviembre 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

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