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Del correo del
príncipe
A S. A. R. el
Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma.
Señor: Nada
más difícil para mí que dirigirme a V. A. con esta carta. Pertenezco, ya lo
sabéis, señor, a una generación de carlistas que sabe más de sacrificios que
de adulaciones. Y monárquico por convicción, sé muy poco de cómo debe
dialogarse con los Príncipes, puesto que en mi vida no he hecho otra cosa que
servirles.
Perdone V.
A., por ello, si con esta carta falto a alguna regla del protocolo o me
expreso en términos que no corresponden a un carlista cuando se dirige a su
Príncipe.
Corren,
señor, malos tiempos para el Carlismo. Muchos de nosotros estamos
escandalizados con las cosas que están ocurriendo estos días dentro de
nuestras filas. Rara es la semana, desde hace más de un mes, que no aparece
algún artículo, copia fotográfica o panfleto, en los que de forma más o menos
velada, se ataca a la Dinastía, en la persona de V. A., o la actuación de la
Secretaría General de la Comunión.
Y lo que es
mucho más grave, todos conocemos como estos anónimos, aunque no escritos puestos
en circulación por carlistas, cuya ejecutoria, en la mayoría de los casos, no
podemos poner en duda.
¿Qué es lo
que está pasando, señor, para que estos hechos puedan producirse? En mi
opinión, no son más que consecuencia de la actuación sectaria y
discriminatoria, que arranca de hace algunos años por parte de ciertos
dirigentes del Carlismo, que dicen actuar en nombre de V. A., y al que,
continuamente, ponen en evidencia con sus torpezas.
Porque esos
dirigentes, señor, empiezan por no ser monárquicos. Han llevado a vuestro
ánimo la idea de que V. A. debe actuar no como Príncipe, sino como líder de
un grupo político. Y las consecuencias, que ya estamos padeciendo, es que se
están cerrando para la Dinastía todas las posibilidades, cara a la nación.
Porque lo que los carlistas necesitamos—y España también— no es un líder
político más, sino un Príncipe capaz de ser el Rey de todos los españoles. O,
por lo menos, así me lo parece a mí.
Muchos de
nosotros reconocemos en V. A. dotes personales que no son corrientes entre
los Príncipes de hoy. Sabemos de vuestra preparación y estamos seguros de
vuestro españolismo y de vuestra dedicación a la Causa. Como V. A. puede
estar seguro de nuestra lealtad. Pero rodeado de malos consejeros, desde que
vino a España, creo que no ha visto que una cosa es la Dinastía, en su obligada
proyección nacional, y otra, muy distinta, el Carlismo, en su actuación como
grupo político. Aunque ambos, Dinastía y Carlismo, deban avanzar,
naturalmente, sincronizados.
Y esto,
señor, sin tener para nada en cuenta la especial configuración política de la
España actual, como arranque del 18 de julio. Porque si nos situamos dentro
de esta realidad—que tanto obliga siempre en política—, entonces la prudencia
de la Dinastía debía ser aún mayor, con el fin de evitar males mayores.
Nada de esto
ha sido tenido en cuenta por esos consejeros de V. A. Se han dejado arrastrar
por el afán de mando—mal síntoma, señor cuando se trata de un mando tan
pequeño—y han -conseguido mezclar a V. A. en todas sus intrigas—que han
repercutido gravemente en el exterior—, con tal de conservar su parcela de
poder dentro
de la Comunión. Hasta tal punto, que de seguir las cosas así, V A. puede
convertirse, dentro de poco tiempo, no en el líder del Carlismo—que ya en sí
sería malo—, sino en el líder de una de sus facciones.
Por eso
ahora, cuando muchos carlistas reaccionan contra los malos actos de gobierno
de esos dirigentes—porque están en su derecho, señor—, ¿qué tiene de
particular que las salpicaduras le lleguen también a V. A.? Y fíjese bien,
nunca al Rey.
Ya sé, señor,
que ese método de los anónimos es reprobable. Pero sé, también, que estas
cosas ocurren como consecuencia de esa política sectaria, y porque el Jefe
Delegado no puede actuar de árbitro entre los carlistas—dando la razón a
quien la tenga—, ya que su autoridad se ve continuamente interferida. Y
conozco, por haberlo sufrido en mi misma persona, las malas artes que emplean
quienes dicen actuar en vuestro nombre, para cerrar el paso a quienes no
pertenecemos al clan cerrado, y sin economía clara, de la Secretaría General.
Porque la realidad,
señor —y me circunscribo al Carlismo madrileño, del que fui durante varios
años jefe de Requetés—, es que la actuación de tal Secretaría General ha
deshecho por completo nuestra organización. No existe la A. E. T., que en
otro tiempo constituyó una fuerza decisiva dentro de la Universidad; el Requeté
está en franca descomposición y con su Círculo de la calle del Limón
clausurado por orden de la Secretaría; los ex combatientes, sin poder
reunirse en sus locales de la calle de la Cruz, por habérselo prohibido su
Presidente Nacional, siguiendo órdenes de la misma Secretaría. Y así, según
mis noticias, en la mayoría de las provincias españolas.
Todo esto
referido a los problemas internos. Porque si nos referimos a la actuación de
la Comunión en el plano nacional, sospecho que ni de forma preconcebida
podían haberse hecho las cosas peor. Y los frutos, bien a la vista están: Una
docena escasa de procuradores carlistas—la mayoría investidos por su
prestigio personal, sin que le tengan que agradecer nada a la Organización—en
unas Cortes que pueden ser decisivas para el porvenir de España. Aunque
ahora, nos sea muy cómodo a todos buscar las culpas fuera de nuestras filas.
Y en cuanto
al confusionismo ideológico, las cosas han llegado a un extremo que los
requetés que seguimos las órdenes de vuestro augusto padre el 18 de julio,
estamos llegando a la conclusión de que hicimos mal en obedecer. Tales son
las cosas que se están escribiendo ahora en algunas publicaciones oficiales
editadas por la Secretaría
General de la Comunión. Y también por «algunos compañeros de viaje» en «El
Pensamiento Navarro».
Esta es,
señor, la triste realidad, tal como la ve el último delos carlistas.
¿Soluciones? Creo que están bien claras y que no se escaparán a su
perspicacia y buen sentido político. Se condensan en dos premisas
insoslayables: Que V. A. actúe en Príncipe y la Jerarquía de la
Comunión—siguiendo las indicaciones del Rey—en política. Sin que V. A. tenga
que sufrir las consecuencias de las querellas internas, que siempre se
producen entre los hombres y que tan perjudiciales pueden ser para la
Dinastía.
Nada más.
Sabe V. A. que fui uno de los primeros carlistas que se apartó de un puesto
de responsabilidad dentro de la Comunión cuando se infiltraron en nuestras
filas determinados elementos—algunos de los cuales, afortunadamente, ya no
están entre nosotros—. Por eso, también ahora, cuando las cosas marchan por
caminos que considero erróneos y que se producen como consecuencia de aquellas
infiltraciones, prefiero recobrar mi independencia dentro de la Comunión. Y
ruego a V. A., por ello, haga llegar a S. M. el Rey mi deseo de cesar en el
puesto de miembro del Consejo Asesor de la Jefatura Delegada, del que,
posteriormente y por votación entre los consejeros, fui nombrado Secretario.
Con mi
respetuosa subordinación para S. M. el Rey y para V. A., queda incondicionalmente
a vuestra disposición.
NARCISO
CERMEÑO 23
noviembre 1967
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967
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