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LO QUE ES LA CONSTITUCIÓN
Al margen de que la Constitución haya sido fruto de unas Cortes que no
son constituyentes, lo cual le quita toda legitimidad, a pesar de
consensos y componendas, enredos y cambalaches: independientemente de que,
conocida la catadura moral y política de sus fautores en la redacción del
texto, sepamos de antemano lo que pueda ser esa Constitución, para mí hay que
leer solamente el Artículo Primero, con sus tres apartados, para rechazar de
plano la tal Constitución que va a ser sometida a referéndum el día 6 de
diciembre. Hablo simplemente como católico y español (que es ser dos veces
católico, en versos de Pemán, un tanto ya lejanos).
Textualmente dice el susodicho Artículo Primero: 1) España se
constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como
valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la
igualdad y el pluralismo político. 2) La soberanía nacional reside en el
pueblo español, del que emanan los poderes del Estado. 3) La forma política
del Estado español es la Monarquía parlamentaria.
Creo que es suficiente. Sobran los 168 artículos restantes e incluso
las disposiciones adicionales, transitorias y derogatorias, con las que se conculcan tradiciones, costumbres,
derechos, fueros y todo lo habido y por haber en la historia de España.
Paso semántica y jurídicamente, filosófica y lógicamente, esa
aseveración de “constituir a España en un “Estado social y democrático de Derecho”
que sustituye a la “unidad de destino en lo universal” y paso por no someter
a análisis lo deletéreo de “la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo
político” metidos juntos en una redoma que puede dar dinamita. Lo que no
puedo pasar, de ninguna manera, es que, además de ignorar a Dios, lo que es ATEÍSMO
puro, se prescinda de todo espíritu religioso, lo cual es proclamación de LAICISMO
y, para colmo, se dé la “soberanía nacional” al pueblo, quitándosela a Dios,
de quien, según la doctrina de la Iglesia Católica, emana todo poder. Por lo
que la Constitución, además de atea y laicista, es, para colmo, anticristiana
o ANTICATÓLICA ¡Y antieclesial, por supuesto!
Contrasta ese apartado 2 del Artículo Primero con el Segundo
Principio de la Ley de Principios del Movimiento, hasta ahora vigente, en la
que se dice: “La Nación española considera como timbre de honor el acatamiento
a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica
y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que
inspirará su legislación”. Esta solemne y firme proclamación religiosa es
borrada de un plumazo en las nuevas leyes fundamentales de la Democracia,
redactadas conforme a unos principios del más descarado liberalismo,
condenado por los Papas y por la Historia.
Si llegamos al tercer apartado, nuestra negativa al texto
constitucional se refuerza, pues en modo alguno va con España ni con su
pasado e idiosincrasia, esa Monarquía parlamentaria que es un atentado a la Tradición
y al Derecho Político de España. Someter una Monarquía, y por lo tanto al Rey,
a las veleidades, dictados y contubernios de una Cámara o dos, es esclavizar
a la autoridad que viene sólo de Dios, y hacerle depender de los que “están
siempre dispuestos a hacer deslizar el gobierno entre sus manos” (Kant, en “Metafísica
de las costumbres”). Este sistema conculca la monarquía genuina de España,
que es católica, social y representativa, tradicionalista, con unas Cortes (no
Parlamento), donde orgánicamente esté representado el pueblo, no la masa ni
los partidos políticos, que son “cadáveres ambulantes que llevan sus propios
gusanos”, según expresión de Vázquez de Mella.
Atea, laicista, anticristiana, antiespañola, como hemos visto, es en
su solo primer artículo la Constitución liberal que ahora se somete a
refrendo público. Pero es, además, ANTINACIONAL, porque reconoce “nacionalidades
separatistas” que dividen a la Patria; es ANTICULTURAL (destruye el idioma
español y fomenta el babelismo), es antieclesial (equipara la Iglesia
Católica a las sectas), divorcista (o sea anticristiana y antifamiliar),
antisocial (resucita la lucha de clases y elimina las representaciones
profesionales en Cortes), es INMORAL (propugna el libertinaje y todo el cúmulo
de lacras, aberraciones y desmanes que conlleva), y es muchas cosas más,
imposibles de enumerar en tan breve espacio.
Hay, pues, razones sobradas para decir NO a esta Constitución.
Pedro RODRIGO
Revista FUERZA NUEVA, nº 621, 2-Dic-1978
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