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Los derechos del hombre, en
tensión y desafío contra los derechos de Dios
Un gran número de sacerdotes franceses se sienten profundamente
preocupados, y también decepcionados, al constatar muy de cerca cómo se
procede por el progresismo a la «reestructuración» del clero, dándole las
características propias de una Iglesia nacional democrática.
Su estupefacción crece con mayor amargura aún cuando su propio Obispo
les dice a los fieles que la presencia del Espíritu Santo es más eficaz en la
asamblea de los fieles, y que éstos son los responsables, colectivamente, de
la transmisión del Espíritu, sin hacer referencia al soplo del Espíritu Santo
a través de la acción y poder del sacerdocio que él, como Obispo, les confirió
con la ordenación sagrada. Ello, naturalmente, motiva que los fieles presten menor
importancia a los sacerdotes cuando ejercen su ministerio.
A este clima «democratizante» ha contribuido definitivamente el carácter
de «Cámara de Representantes» que le ha sido conferido al Sínodo de Obispos (1967), cuando desde el más alto nivel
jerárquico se han pronunciado las palabras de «representantes de vuestras
Iglesias diocesanas» (luego ha habido designación de representatividad). Y se
ha hecho especial mención de «las asambleas episcopales de vuestras naciones»
(que ha permitido elaborar unas tesis tendentes a la creación de las Iglesias
nacionales), y por si esto fuera poco, ha habido expresa declaración de
representatividad del «Pueblo de Dios», previas votaciones electorales.
Leyendo a nuestra prensa «católica» da la sensación de que se ha celebrado un
Sínodo «normativo» (como lo ha sido la novísima misa de Lercaro-Bugnini). Y que
ha reaparecido en el panorama de la Iglesia una especie de «Constitución
civil del clero», cuya negativa en acatarla llevó hasta el martirio a los
mártires carmelitas de Francia cuando la Revolución Francesa la promulgó.
Esta sangre gloriosa, fiel a la palabra de Dios, cuando lo disponga
el Señor, resplandecerá y triunfará sobre el tumulto electorero y el
consiguiente trastorno que éste ha creado en las instituciones jerárquicas de
la Iglesia, con su relajamiento de la autoridad, de arriba abajo, que si bien
conserva las instituciones, impide su acción eficaz.
El progresismo dominante, al forzar violentamente a la Iglesia hacia
su «democratización», quiere asimilarla a aquellos poderes que «reinan» y
«presiden», pero no gobiernan, situación especial para dar los primeros pasos
hacia la creación de los comités presbiterales y el asambleísmo episcopaliano
rodeado de comisiones, ponencias, encuestas, candidaturas, etc.
Ahora, en esto estamos. Porque no es otra cosa la llamada «tendencia
a descentralizar» la autoridad, como un hecho
irreversible que se ha producido en la «Iglesia Conciliar» superadora de
«aquella otra Iglesia quenos hizo sufrir los inconvenientes de una monarquía
autoritaria de tipo jurídico-burocrático» (Henri Fesquet dixit en «Le Monde»,
frente a la cual —atacando a las Congregaciones de la Curia Romana— se sitúan
una pirámide vertiginosa de secretariados,
de comisiones, de consiliums, etc., para los «laicos», para la «unidad», para
los «no-cristianos», para la liturgia, para el «turismo», para los seminarios,
y sólo faltaba que el Sínodo recomendase que se establezca en Roma una
«comisión de teólogos de todas las tendencias» que se encargase de formular,
en un futuro indefinible, con respecto a las «desviaciones doctorales», la
declaración que el Sínodo no ha formulado, lo que nos hace preguntar cómo
quedaría el magisterio jerárquico si llegase a consolidarse definitivamente
en Francia el laberinto de los organismos de la «collegialité», del «consejo
presbiteral», de los «Consejos pastorales» agregados, con carácter representativo, a los ya colegiados Obispos diocesanos,
todo lo cual hace e impone lo que les da la democristiana gana. Tomen nota en
España. Porque esto es peligrosísimo. ¿Por qué? Porque el peligro consiste en esa bastante inapercibida «révolution
sans révolution» que hizo exclamar en su tiempo a San Jerónimo: «El
mundo, adolorido, quedó estupefacto, de la noche a la mañana, al ver que se
había hecho arriano».
En las actuales circunstancias, y gracias a la sedicente «Iglesia del
Concilio» y sus grupos de presión progresista-democráticos, está en marcha
una maniobra por la que, también de la noche a la mañana, podemos quedar
sorprendidos, y decepcionados, por haberse consolidado temporalmente en la
Iglesia una nueva revolución de octubre que la convirtiese en una democracia popular. Porque lo que
se pretende, momentáneamente, es que lo externo quede intacto, como si nada
hubiese cambiado. Se seguiría haciendo
mención del Papa, de los Obispos (y su parlamentaria y electorera
«colegialidad»), en la cúspide; pero
la base operativa y decisoria tendría su origen en los «consejos pastorales», el «Consejo
presbiteral»
y las «comisiones especiales», cuya amalgama, obediente a una oculta jerarquía
paralela, haría las funciones de Politburó que lo gobierna todo,
disminuyendo prácticamente el poder de la cabeza, para ejercerlo el amplio
cuerpo colegiado, democrático, alistado
en las filas que siguen el «sentido de la historia». Y por consiguiente,
menos espiritualidad, más «inmersión en el mundo», con su consiguiente y
significativo «testimonio temporal» que «despersonalice el apostolado» pretextando
hacerlo más «eficiente». Un paso más, y al pastor y al sacerdote le sucederá
el sociólogo, servidor de la comunidad.
De ahí, repito, el gran número de sacerdotes que sienten profunda
preocupación, decepción y estupefacción ante el pretendido cambio de
estructuras de la Iglesia de Jesucristo. Mi simpatía y solidaridad hacia
ellos porque perseveran en la integridad de la fe en la doctrina católica y
en la fidelidad a la Iglesia tal como la fundó y quiso que se mantuviese su
divino Fundador.
A. ROIG
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967
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