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La Constitución es atea
(…) Al plantearse el problema del referéndum sobre la Constitución,
surgió un clamor de orientación y consejo a la Conferencia Episcopal
Española, presidida por el cardenal Tarancón. Pero el Pueblo de Dios ha
sufrido una gran decepción, porque la Comisión Permanente de esa Conferencia
ha dicho que “no puede dar ningún orientación y que voten según su conciencia”.
¡Valiente contestación! “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”, exclama el
pueblo llano. ¿No saben los señores de la Comisión que la gran mayoría de los
españoles no tiene idea formada ni saben dirimir lo que tiene de bueno y de
malo la Constitución? Porque la mayoría no la lee, y si la lee no la entiende
¿Qué juicio se va a formar? Y de ahí se deduce otra consecuencia: que del
referéndum no puede sacarse la conclusión de que el pueblo ha aprobado una constitución,
ya que vota sobre lo que no sabe. Un voto en el vacío.
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Vengamos ahora a lo que esa Constitución encierra con la religión. Aquí
sí que se han oído cosas peregrinas y graciosas que harían reír si el
problema no fuera tan serio. Según Tarancón, “no se pueden esgrimir razones
religiosas para tomar una postura determinada” (“Carta cristiana”, 25-XI). Como
si la Constitución se hubiese hecho para antropopitecos y no para seres
racionales y, por añadidura, cristianos y católicos, en gran mayoría.
Parece que la Constitución y la religión no tienen que ver nada una
con otra, mientras aquélla no diga nada grave contra ésta. Pero estos señores
sólo tienen en cuenta lo positivo, lo que dice. ¿Y lo que no dice y debiera decir? Saben ellos o deben saber mejor
que nosotros, los no clérigos, que hay pecados de omisión. Y graves. El
que no va a misa los domingos no hace nada positivo contra la Ley de Dios, y,
sin embargo, peca mortalmente. Eso de evadirse de Dios, no citándole ni una
sola vez en una ley fundamental para la vida de los cristianos españoles, no
es importante? Y lo de abrir camino al
aborto y al divorcio, ¿es cosa leve?
Prescindir de Dios es un tipo de ateísmo que estudian los tratados de
Teodicea, en dos de los cuales incide la tan jaleada ley fundamental: en el
ateísmo práctico y en el político, que pueden reducirse a uno: a conducirse
como si Dios no existiera: gobernar y dar leyes al margen de toda religión. Porque
eso de citar a la religión católica una vez, equiparándola a los mormones o a
los budistas, es peor que si no la citara nunca.
Don José María Martín Patino, provicario del Arzobispado de Madrid,
distingue entre “laico” y “ateo”. Yo entiendo que el laicismo equivale al
ateísmo práctico. Xavier Zubiri, el máximo filósofo español desde la muerte de
Amor Ruibal, en 1930, dice en su obra “Naturaleza, Historia, Dios” (Madrid,
1963): “La existencia que se siente desligada de Dios es una existencia atea”.
Digo de Dios, porque así lo exige el contexto (pág. 392). Por tanto, la ley
que nos ocupa es una ley atea aunque no diga “Dios no existe”.
Aún es más chocante lo que dice el diario de la Editorial Católica y,
por tanto, católico él. Saben que me refiero a “Ya” que, en su editorial del
día 19-XI, titulado “Un ateísmo inventado”, compara la Constitución con la aritmética
escolar, con la física astronómica o con un texto de Hacienda Pública, que no
tienen por qué citar a Dios. Estas ciencias no le citan porque no tienen
porqué citarle; pero la Constitución, sí. Esta afecta a la vida, no solo
material sino espiritual de los hombres, de los españoles, y la vida de éstos
hace relación a Dios que los creo, los rige y gobierna. Es descabellada, pues,
la comparación de “Ya”. ¡Que Dios les conserve tan fino talento!
Los obispos y sacerdotes que
defienden la no intervención ni consejo de la Conferencia Episcopal a los
católicos españoles dan explicaciones muy complicadas y prolijas, lo cual es,
sencillamente una acusación contra ellos mismos. Pienso que la verdad
tiene siempre caminos más cortos y sencillos que los que usan estos señores.
***
Creo, por otra parte, que la Conferencia Episcopal siente el
catolicismo, en su interior, más profunda y sinceramente que lo ha dicho en
sus manifestaciones. Hay en ellas más miedo a oponerse al poder público que
sinceridad. Y el poder, que se ha entregado a los sin Dios y seguido sus
designios, debiera más bien imitar a los Estados europeos que, como
Inglaterra Irlanda, Suecia, Noruega, Dinamarca, Grecia… son confesionales. Y
no de los atrasados sino de los más progresivos de Europa.
Pero aún hay más que decir, si tenemos en cuenta que estoy aludiendo
a elementos eclesiásticos y católicos, que supongo que admitirán sin reservas
la doctrina del Concilio Vaticano II. Aunque me temo que para algunos esté ya
desfasado.
La Declaración “Dignitatis humanae” dice textualmente: “El poder
civil debe reconocer ciertamente la vida religiosa de los ciudadanos y favorecerla…
(BAC, pág. 787). Y en la pág. 790: “El poder público debe crear
condiciones propicias para el fomento de la vida religiosa…”
Y, francamente, no creo que se “favorezca” ni “se creen condiciones
propicias para el fomento de la vida religiosa” dando una Constitución laica,
que desconoce a Dios. Esto debieran haberlo tenido en cuenta los
eclesiásticos de la Conferencia Episcopal. Y para ejemplo de nuestros
gobernantes, profundamente católicos; de nuestra prensa, también católica, y de
nuestro pueblo clero, celoso defensor de la gloria de Dios y de la salvación
de las almas, hay que hacer constar el interés que los paganos ponían en que
los dioses intervinieran en el gobierno de la comunidad. Dice Cicerón: “Es más
fácil fundar una ciudad sin suelo que sobrevivir una comunidad sin dioses”.
¿Está claro?
Domiciano Herreras
Revista FUERZA NUEVA, nº 626, 6-Ene-1979
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