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LA PAZ Y LA
GUERRA A San Pío V, Gran Inquisidor y vencedor de los turcos
l. La mayor
catástrofe histórica que han sufrido los siglos ha sido (al menos hasta
ahora) la caída del Imperio Romano de Occidente, en el siglo IV de nuestra
Era. Todo un mundo de altísima cultura —más refinada incluso que la de
nuestro mundo actual en muchos aspectos—, un poder y un orden que habían dominado
al mundo, cae violentamente, con escasa resistencia, bajo el poder de unos
pueblos casi en estado de hordas, cuyas fuerzas efectivas eran, en
comparación con las legiones romanas, insignificantes.
Las
consecuencias de esta debacle histórica fueron para Europa cinco siglos de
miseria, de violencia, de sucesivas invasiones, de anulación de toda cultura,
de epidemias y de hambre... Sólo el cristianismo —fe viva y fervorosa en
aquella humanidad ruda y doliente— hizo renacer de aquel universal naufragio
la nueva civilización cristiana medieval.
¿Cuál fue la
causa de aquella inverosímil rendición del más poderoso Imperio del mundo
ante pueblos sin armas ni verdaderos ejércitos? Todos los testigos —San
Agustín, el primero— son unánimes en este punto: la falta de fe, la
consiguiente corrupción moral del pueblo romano; su espíritu de goce (de
«confort» o «nivel de vida», que diríamos hoy), su falta de espíritu de
lucha, su pacifismo a ultranza predicado por epicúreos y por escépticos y
entusiásticamente acogido por la élite y aun por el pueblo romano, ávidos de
placeres, ajenos a todo valor religioso, a todo honor nacional. Inverosímiles
«paces» con los pueblos asaltantes, vergonzosos pactos, retrasaron medio
siglo la catástrofe; pero ello sólo aprovechó para que esa catástrofe fuera
completa, universal, irremediable.
Nadie que
estudie de cerca aquella historia puede ser ajeno a su cegadora similitud con
el presente de Europa, sometida desde todos los ángulos a una propaganda
pacifista asfixiante, mientras sus vecinos orientales se arman —moral y
físicamente— hasta los dientes, y provocan continuas pequeñas guerras de
desgaste. Peor aún que en aquella época: ni siquiera vemos hoy en torno
nuestro a una Iglesia dispuesta a preservar la fe y el ánimo de los que
pudieran luchar en defensa del patrimonio común, a bendecir el heroísmo, a
darle la seguridad del premio eterno. Antes al contrario, la Iglesia hoy
visible compite con el quinta-columnismo del enemigo (marxista) en sus
campañas de «paz a cualquier precio», en su menosprecio del espíritu heroico.
«Esta
política evangélica de la paz —ha escrito un autor contemporáneo— es el opio
de los pueblos cristianos ávidos de gozar del bienestar moderno, sumergidos
en los placeres. Habiendo Dios permitido que reine todavía este año la
prosperidad, la vida fácil, en nuestro Occidente industrializado, los
eclesiásticos han emprendido la tarea de aflojar las leyes de la moral
natural y las del Evangelio para entrar ellos mismos y sus rebaños en la
inmensa corriente de la corrupción general. De ello deriva una aterradora
disolución de costumbres, de la cual, como de un gran iceberg, solamente una
décima parte aflora al exterior y aparece a la vista. Es demasiado fácil
arrojar las culpas sobre «el mundo pagano» y su «erotismo obsesivo». Nadie
mandaba a los obispos, sacerdotes, moralistas, que abriesen la Iglesia a ese
mundo y empujaran a los cristianos a vivir a lo pagano. Peor aún, el ejemplo
viene de arriba, la relajación es enseñada e impuesta a un pueblo fiel que no
la había pedido. (...), Desde este momento, la Iglesia (aparente) ya no
cultiva las virtudes heroicas, sino que maquilla los vicios para
incorporarlos a un cristianismo nuevo.»
Nadie duda de
que la paz, en sí misma considerada, es un bien; y de que la guerra es un
mal. Como la salud es un bien, y un mal la enfermedad. Pero nadie piensa en
preservar o alcanzar la salud predicándola, sino teniendo reservas vitales
que oponer a la enfermedad. Consideradas moralmente, hay guerras justas e
injustas, como hay paces justas e injustas. La responsabilidad de la guerra
injusta recae sobre el gobernante que con malicia la busca o declara, o —de
un modo vago y colectivo— sobre el pueblo que apoya o tolera a tal
gobernante. Para el ciudadano particular que acude a la guerra, su causa es
casi siempre justa, puesto que no está en condiciones —físicas ni morales— de
juzgar ni decidir sobre su justicia. Y la virtud que le impulsa a cumplir su
deber en ella —el heroísmo— es la más alta de las virtudes humanas, puesto que
reúne la fortaleza (o valor) con la prudencia, elevadas al grado heroico.
Desde el
punto de vista religioso, ¿es la guerra, de suyo, un mal, y la paz un bien?
Cristo dijo de sí mismo «no he venido a traer la paz, sino la guerra». La guerra
dentro de cada uno en el vencimiento de las pasiones y en el necesario
testimonio de la fe; la guerra dentro del pueblo judío entre los que
arriesgaron el cauce oficialmente establecido para su salvación personal por
la palabra del Hombre que se decía Cristo, y aquellos otros que no lo
hicieron; la guerra entre el honor de Dios y el bienestar diario, a lo largo
de la Historia. En la noche de Navidad los coros angélicos cantan a la paz
«para los hombres de buena voluntad», previa la «gloria de Dios en las
alturas». La paz del alma, la conformidad de la voluntad humana con la voluntad
de Dios es, ciertamente, un valor —el más alto valor—
de la moral cristiana.
¿Pero tiene
esa paz alguna relación con «la paz del mundo» que demagógicamente,
suicidamente, se nos predica como paz cristiana? Creo que la paz (como
contraria de la guerra) es indiferente desde el punto de vista religioso
(cristiano), y lo mismo acontece a la guerra. Esta, como doloroso evento que
es, ha de ser interpretada providencialmente como prueba, expiación o
castigo, según los casos, Y desde el punto de vista (religioso), de los que
van a ella, puede haber guerras indiferentes, guerras impías o sacrílegas (si
se encaminan a destruir el orden religioso en el país) y guerras santas (si
se hacen para restaurarlo).
De mí sé
decir que en las trincheras nacionales de 1938, rezando el rosario cada
atardecer en la chabola, me sentía religiosamente en paz conmigo mismo. Como seguramente
no me siento en esta paz claudicante y morbosa de
1967 predicada por agentes del marxismo... y por clérigos que en sus ropas y
en sus palabras se avergüenzan
de lo que son y representan, de la fe que juraron y del sacramento que
recibieron.
MENDIBELZA
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 209, 30-Dic-1967
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