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CELIBATO SACERDOTAL: EL FONDO DEL PROBLEMA
En este oleaje
periodístico en que el tema del celibato clerical ha sido tan violentamente
zarandeado, existía -por parte siempre de los conocidos grupos progresistas
de presión sobre la opinión de la Iglesia postconciliar- el interés innegable
de romper la tradición católica en un punto al que instintivamente se
aferraba. Las defecciones, las dispensas, las encuestas; los pretendidos
argumentos sociológicos y teológicos: todo ha sido puesto en juego hoy como
nunca para lograr una desorientación de la fina sensibilidad católica en este
punto delicado. Pero intentemos ver claro en el fondo del problema.
En sus
declaraciones a “La Croix”, el cardenal Daniélou decía: “cuando un cuerpo
está enfermo, existen dos soluciones: o dejarle perecer o restituirle la
salud. Ahora bien; nadie puede negar que la cuestión del celibato en su
contexto actual está ligado a una crisis de fe y a una crisis de la vida
espiritual. La verdadera respuesta a la crisis de la vida sacerdotal es la de
Pablo VI cuando afirma que la renovación del sacerdocio va unida al
redescubrimiento por los sacerdotes del valor eminente del celibato
consagrado. El celibato sacerdotal ha estado siempre, en la historia de la
Iglesia, en relación con el ardor de la fe, con el impulso de la vida
espiritual. Y la problematización del celibato ha estado siempre
relacionada con la debilitación de la fe y de la vida espiritual. ¡Qué
lamentable ejemplo daría el sacerdote en un momento en que los fieles tienen
que luchar valientemente para mantener su fidelidad a la fe en la vida
cristiana, si él se dejara llevar a una tal defección!”
Crisis de
celibato, pues, es crisis de fe y crisis de espiritualidad en la Iglesia. Pero,
¿en qué puntos? El cardenal Bensch lo señalaba así: “la petición de disociar sacerdocio y celibato, que ha sido formulada
de manera particularmente explícita -aunque no por primera vez- con ocasión
de la 5ª sesión del Concilio pastoral, ha atraído casi exclusivamente el
interés de la opinión pública sobre la cuestión del celibato. Pero toda la
preparación de los trabajos del Concilio pastoral muestra hasta la evidencia
que existe una “asociación” entre su posición sobre el celibato y sus
concepciones sobre la institución, las estructuras y la misión de la Iglesia,
sin hablar de los dogmas, el sacramento del orden y otros sacramentos,
concepciones todas que están muy lejos de las enseñanzas del Vaticano II”.
Es decir, que el
escándalo holandés sobre el celibato se presenta en un contexto dogmático
sumamente peligroso. Por ejemplo, sobre la colegialidad, el informe
preparatorio no deja lugar a dudas: “Quizás
tengamos que acostumbrarnos paulatinamente una imagen del Papa como de
presidente o secretario general de todas las iglesias unidas por todo el
mundo, manteniendo vivo el contacto con otras figuras similares en las demás
iglesias cristianas y movimientos humanos de nivel mundial”.
El cardenal
Danielou ha puesto al descubierto la maniobra diciendo: “Vemos aparecer la maniobra que consistiría en levantar contra Pablo VI
la colegialidad episcopal. Ciertos llamamientos han sido dirigidos hábilmente
a los episcopados del mundo para solidarizarse con el episcopado holandés. Por
ahí se intenta quebrantar la autoridad del Papa, ejercer sobre ella un
chantaje y, finalmente, suprimirla. Lo que hay en el fondo de todas estas
campañas sucesivas es, finalmente, el odio contra la autoridad de Roma”.
Pero -todavía más-
si se quiere advertir el contexto más próximo en que surge y se explica la
crisis del celibato sacerdotal, hay que ir a buscarla en el clima general de
secularización que invade como riada incontenible a la Iglesia. No nos
referimos ahora a la secularización naturalista que afecta a la crisis más
amplia de fe y sobrenaturalismo, sino a esa concepción difusa que hace de la Iglesia
Católica una sociedad filantrópica de socorros mutuos para el Tercer Mundo; o
la nueva “Internacional” socialista de defensa del mundo obrero; o la panacea
universal de la Paz; o la oficina de la prosperidad humana: o, en fin, el
lugar donde la humanidad encontrará el paraíso marxista en la tierra. Esto
influye en la secularización del sacerdote: fuera el hábito clerical; amputaciones
litúrgicas; sacerdote sociólogo y demagogo; sacerdotes obreros, entregados a
la edificación de la Ciudad Secular; sacerdotes encuadrados en todos los
estamentos seculares como un ciudadano más y -última consecuencia- sacerdotes
casados, como todo el mundo…
Schonenberg, en
su intervención en el sínodo pastoral holandés, se refería a que la ponencia
desatendía la trascendencia propia del ministerio católico. Y el cardenal Bengsch
explica: “Un ministerio sacerdotal que
ante todo es mirado en función de las normas de las profesiones sociales
modernas; una misión de la Iglesia que es vista exclusivamente como una ayuda
de la expansión personal del hombre, no pueden, evidentemente, más que hacer
desaparecer el “non-sense” del celibato sacerdotal. Mis temores, que comparto
con muchos creyentes, no se refieren sólo, o ante todo, a la supresión del
celibato: el peligro concreto que yo temo es que el mensaje de Cristo no
sea totalmente vaciado de su contenido y laicizado”.
Pero -respondía
Pablo VI- todas esas razones “sociológicas” no parecen convincentes. Parecen
omitir en realidad una consideración fundamental y esencial que es necesario
absolutamente no olvidar y que es de orden sobrenatural: son una desviación
de la concepción auténtica del sacerdocio. El fondo, pues, del problema
parece que hay que encuadrarlo en tres círculos cada vez más interiores, pero
íntimamente dependientes: la crisis amplia de fe, otra más interior, de Iglesia,
y una específica de sacerdocio. Y esta crisis -concluye el cardenal Bengsch-
no podría ser resuelta, ni en Holanda ni en ninguna parte, por la supresión
del celibato. Como lo muestra la experiencia de otras Iglesias, este medio no
podrá remediar la falta de sacerdotes.
Si esto es así,
parece inútil, contraproducente o sumamente peligrosa, hasta esa concesión en
torno a la posibilidad de ordenación de sujetos probos, ya casados. Pablo VI
no ha ocultado sus graves reservas sobre este punto: “¿No sería en efecto –dice-
entre otras razones, una ilusión muy peligrosa el creer que tal cambio en la
disciplina tradicional, podría, en la práctica, limitarse a casos locales de
verdadera y extrema necesidad? ¿No sería, para nosotros, una tentación para
buscar por ahí una respuesta aparentemente más fácil a la insuficiencia
actual de vocaciones? De todos modos, las consecuencias serían tan graves y
plantearían cuestiones tan nuevas para la vida de la Iglesia, que, dado el
caso, deberían ser de antemano examinadas atentamente por nuestros hermanos
en el episcopado…”. Guitton, contrario a esa solución, decía -citando una
respuesta de un seminarista-: “Pero, si dentro de diez años existieran
sacerdotes casados, nosotros tendremos necesidad de un heroísmo todavía mayor”.
E, igualmente, haciendo hablar al pueblo fiel: “¿Dónde vamos a parar, si,
después de haber introducido el matrimonio de los sacerdotes, fuera necesario
hablar un día del divorcio de los sacerdotes?”.
Verdaderamente,
la palabra de Newman al sacerdote de hoy, en este tiempo de crisis de fe y de
Iglesia, es definitiva: “¿Qué has arriesgado tú por la fe? ¿No eres tú, en
verdad, como los demás?” Porque, hoy, los laicos del “pueblo de Dios” una
sola cosa pedimos al sacerdote: que sea el “homo Dei” paulino. Que nos dé el
testimonio de su sacerdocio consagrado a Cristo y a su Iglesia.
Mariano DE ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 175, 16-May-1970
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