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¿A FÁTIMA O A SANTA GADEA?
Por J. ULIBARRI
He esperado
que se celebrara la peregrinación de los seguidores de don Javier a Fátima
para publicar estas reflexiones; no me podrán así acusar de haber restado
ambiente al acto, ni de labor destructiva (como si destruir lo malo fuera
censurable). Contesto con ellas a muchas cartas que recibí con este motivo;
en todas latía, explícita o soterrada, una ansiedad común: ¿iba a ser éste un
acto realmente importante que se pudiera tomar como indicio de resurrección
del Carlismo?
Desde los
albores de la humanidad ha sido preocupación permanente de los peregrinos de
este valle de lágrimas, tratar de adivinar el futuro, escrutar en él los
heraldos de la llegada de sucesos venturosos que cambiaran su condición en
mejores tiempos. A lo largo del Antiguo Testamento se ve cómo los hombres
tratan de conocer las señales que les permitirán identificar al Mesías;
cuando El llega, sus seguidores le preguntan por los sucesos que anunciarán,
el final de los tiempos y por los que caracterizarán el Reino de Dios, etc...
Después, hasta nuestros días, es conocida la expectación que suscitan las
profecías religiosas, más o menos auténticas, y las profanas, supersticiosas
o de historiadores, políticos y técnicos. La espera, y la esperanza, por lo
que tienen de expectación resignada o de ilusión ante un cambio, se cultivan
y florecen mejor cuando las cosas van mal; cuando van bien, el hombre
prefiere pensar y hablar en presente de indicativo.
Como ahora (1967)
las cosas del Carlismo van mal, cualquier novedad, cualquier cambio de postura
en esta cama de enfermo produce un alivio, siquiera sea tan fugaz como el de
la ilusión que se desvanece en unas horas. Alivio e ilusión que surgen de una
secreta esperanza de que con la novedad anunciada aparezca la constelación de
circunstancias que determine una nueva era mejor.
Se daban
estas circunstancias en la ya celebrada peregrinación a Fátima? No. ¿Se darán
en el rumoreado cambio de Jefe Delegado? No. ¿Y en las reorganizaciones que
indefinidamente se suceden? Tampoco. Ni en el fácil expediente de concesión
de condecoraciones, que es mirar al pasado. ¿Por qué no? Porque la
resurrección del Carlismo no puede venir igualmente de una cualquiera de
entre media docena de constelaciones causales posibles, sino que sólo puede
venir, y necesariamente, de una sola. ¿Cuál? La de la vuelta a su ser, a su
naturaleza. Decir esto ¿es lanzar el balón fuera del campo a perderse en la
filosofía de la historia, en la historia del siglo XIX, en largos
manifiestos, códigos y protocolos? No. Volver el Carlismo a su naturaleza, y
saber que ese es el auténtico retomo salvador, consistirá, ni más ni menos,
solamente en esto:
En que
vaya el Abanderado de la Tradición en entredicho, como Alfonso VI ante el
Cid, a Santa Gadea, a llorar y arrepentirse de haber defendido la libertad
de cultos y las libertades del Derecho Nuevo, y a jurar que las combatirá,
cueste lo que cueste, como sus antepasados y los nuestros. Solamente
después de este acto podrá ser
consagrado Rey. Si entre los testigos asistiera el Decano del Cuerpo
Diplomático, mejor.
Todo lo que
no sea esto es ir tirando, de reorganización en reorganización. Se dice que
no se avanza por culpa de las desuniones, pero es al revés: hay desuniones
porque no se avanza. No vale decir que el Rey no hace más porque se siente
desasistido, sino que se siente desasistido porque no hace más. En un orden cristiano, los reyes van en
cabeza, guardan, defienden y desarrollan el depósito de la Tradición
nacional, y así resulta que los pueblos tienen mejores gobernantes de los que
se merecen. Era Rousseau el que pretendía que las masas configurasen a sus
gobernantes. Pero el Eclesiastés dice que es al revés, que según es el Rey
así es el pueblo. Los gobernantes son los que modelan al pueblo; las divisiones
de éste reflejan la incoherencia mental de aquéllos. Ninguna labor
auténticamente rectora puede hacer el sedicente Abanderado de la Tradición,
porque después de abandonada la Causa de la Unidad Católica, ha quedado
desorientada. «Si Dios no existe, todo es posible», firmaba Dostowieski.
Igualmente, si el error y la verdad van a tener los mismos derechos sociales,
sobran los gobernantes a la usanza tradicional. ¿A qué discutir—permítaseme
esta concesión a la actualidad—, si se va a autorizar o no el juego en San
Sebastián, si se autorizan templos espiritistas?
Insisto: el
Norte está en Santa Gadea.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967
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