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domingo, 18 de enero de 2026

Carlistas “separados” dialogaban (3)

 Artículo de 1967

 ¿A FÁTIMA O A SANTA GADEA?

 Por J. ULIBARRI

 He esperado que se celebrara la peregrinación de los seguidores de don Javier a Fátima para publicar estas reflexiones; no me podrán así acusar de haber restado ambiente al acto, ni de labor destructiva (como si destruir lo malo fuera censurable). Contesto con ellas a muchas cartas que recibí con este motivo; en todas latía, explícita o soterrada, una ansiedad común: ¿iba a ser éste un acto realmente importante que se pudiera tomar como indicio de resurrección del Carlismo?

 Desde los albores de la humanidad ha sido preocupación permanente de los peregrinos de este valle de lágrimas, tratar de adivinar el futuro, escrutar en él los heraldos de la llegada de sucesos venturosos que cambiaran su condición en mejores tiempos. A lo largo del Antiguo Testamento se ve cómo los hombres tratan de conocer las señales que les permitirán identificar al Mesías; cuando El llega, sus seguidores le preguntan por los sucesos que anunciarán, el final de los tiempos y por los que caracterizarán el Reino de Dios, etc... Después, hasta nuestros días, es conocida la expectación que suscitan las profecías religiosas, más o menos auténticas, y las profanas, supersticiosas o de historiadores, políticos y técnicos. La espera, y la esperanza, por lo que tienen de expectación resignada o de ilusión ante un cambio, se cultivan y florecen mejor cuando las cosas van mal; cuando van bien, el hombre prefiere pensar y hablar en presente de indicativo.

 Como ahora (1967) las cosas del Carlismo van mal, cualquier novedad, cualquier cambio de postura en esta cama de enfermo produce un alivio, siquiera sea tan fugaz como el de la ilusión que se desvanece en unas horas. Alivio e ilusión que surgen de una secreta esperanza de que con la novedad anunciada aparezca la constelación de circunstancias que determine una nueva era mejor.

 Se daban estas circunstancias en la ya celebrada peregrinación a Fátima? No. ¿Se darán en el rumoreado cambio de Jefe Delegado? No. ¿Y en las reorganizaciones que indefinidamente se suceden? Tampoco. Ni en el fácil expediente de concesión de condecoraciones, que es mirar al pasado. ¿Por qué no? Porque la resurrección del Carlismo no puede venir igualmente de una cualquiera de entre media docena de constelaciones causales posibles, sino que sólo puede venir, y necesariamente, de una sola. ¿Cuál? La de la vuelta a su ser, a su naturaleza. Decir esto ¿es lanzar el balón fuera del campo a perderse en la filosofía de la historia, en la historia del siglo XIX, en largos manifiestos, códigos y protocolos? No. Volver el Carlismo a su naturaleza, y saber que ese es el auténtico retomo salvador, consistirá, ni más ni menos, solamente en esto:

 En que vaya el Abanderado de la Tradición en entredicho, como Alfonso VI ante el Cid, a Santa Gadea, a llorar y arrepentirse de haber defendido la libertad de cultos y las libertades del Derecho Nuevo, y a jurar que las combatirá, cueste lo que cueste, como sus antepasados y los nuestros. Solamente después de este acto podrá ser consagrado Rey. Si entre los testigos asistiera el Decano del Cuerpo Diplomático, mejor.

 Todo lo que no sea esto es ir tirando, de reorganización en reorganización. Se dice que no se avanza por culpa de las desuniones, pero es al revés: hay desuniones porque no se avanza. No vale decir que el Rey no hace más porque se siente desasistido, sino que se siente desasistido porque no hace más.  En un orden cristiano, los reyes van en cabeza, guardan, defienden y desarrollan el depósito de la Tradición nacional, y así resulta que los pueblos tienen mejores gobernantes de los que se merecen. Era Rousseau el que pretendía que las masas configurasen a sus gobernantes. Pero el Eclesiastés dice que es al revés, que según es el Rey así es el pueblo. Los gobernantes son los que modelan al pueblo; las divisiones de éste reflejan la incoherencia mental de aquéllos.

 Ninguna labor auténticamente rectora puede hacer el sedicente Abanderado de la Tradición, porque después de abandonada la Causa de la Unidad Católica, ha quedado desorientada. «Si Dios no existe, todo es posible», firmaba Dostowieski. Igualmente, si el error y la verdad van a tener los mismos derechos sociales, sobran los gobernantes a la usanza tradicional. ¿A qué discutir—permítaseme esta concesión a la actualidad—, si se va a autorizar o no el juego en San Sebastián, si se autorizan templos espiritistas?

 Insisto: el Norte está en Santa Gadea.


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967 

 


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