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jueves, 8 de enero de 2026

Blas Piñar por la Europa cristiana (2)

 Artículo de 1978

 Blas Piñar en Marsella (Francia)

 «LE JOUR DE GLOIRE EST ARRIVÉ»

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el cine Madeleine, de Marsella —Francia—, el día 10 de noviembre de 1978.)

 Nos duele Europa, camaradas y amigos, y nos duele porque es nuestra y porque la amamos.

 Para nosotros, Europa es más que un continente, un contenido; más que un trozo de geografía inerte, un hervidero de historia; más que un mercado común, un alma colectiva; más que un pasado que se clausura y muere, una semilla que se desgarra en su interior con voluntad de florecer.

 Tales son las razones que justifican nuestra presencia aquí, en la ciudad más antigua de la Francia, construida junto al Ródano cabalgando sobre el «mar nuestro», que surcaron mil veces los navíos abanderados en Marsella, en Génova o en Barcelona, a un tiempo industrial y lírica, francesa y, por ello mismo, europea.

 No es fácil eludir la magia de una región. Aquí, en las viejas comarcas de la lengua del Oc, en la Provenza de los antiguos trovadores, que hicieron de la «domna» la mujer ideal a la que cantaban, y que identificaron los verbos amar y servir, hemos venido a proclamar limpia y varonilmente que Europa, nuestra dama, ha sido víctima de un rapto, y que nosotros, que somos caballeros y no trovadores, queremos rescatarla de su prisión o de su encantamiento.

 Federico Mistral, el que compartió con nuestro Echegaray un premio Nobel, escribió en provenzal su famoso poema «Miréio». Para mí, Mireya es Europa, que mantiene contra todos su amor puro y que rechaza a los poderosos que la solicitan: el capitalismo liberal, la esclavitud marxista, la ruptura con sus propias tradiciones. Hasta quien le dio vida se opone a ese amor. Mireya, es decir, Europa, ante tanta dificultad, temerosa y confusa, abandona su casa y se encamina a pie al santuario de las tres Marías, en la Camarga, allí donde el Ródano desemboca. Durante el viaje, como resume Bonfantini, la daña el sol demasiado ardiente, la oprime la angustia y la aplasta la fatiga. Llega al santuario y muere.

 Pero he aquí que nosotros queremos borrar y sustituir ese epílogo catastrófico. Mireya, es decir, Europa, no puede morir. Es cierto que está oprimida, angustiada y fatigada; es cierto que en parte gime sin honor y sin libertad, allí donde el yugo comunista la atenaza; y es cierto también que llora, convulsa y estremecida, allí donde el terrorismo de la violencia física y el terrorismo de la violencia moral de todo género, la desconciertan y la paralizan.

 Pero también es verdad que las tres Marías, las tres grandes naciones católicas del Mediterráneo, Francia, Italia y España, con puñados de hombres y mujeres elegidos, con gavillas de jóvenes con vocación de héroes, harán el milagro; y Mireya, es decir, Europa, no sólo no morirá, sino que, reconfortada, rejuvenecida y alegre, fiel a sí misma, consumará su desposorio con su tradición y con su destino.

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Hemos hablado de jóvenes con vocación de héroes. A mi modo de ver, aquí está la clave única de nuestra victoria. Lo que ocurre es que el héroe no es el resultado de una estructura, sino que la estructura es la obra del héroe, lograda con entusiasmo, con fortaleza y con heroísmo.

 De aquí que para nosotros, la revolución tenga un signo diferente al usual, y se plantee a nivel subjetivo, a manera de conversión y no de revuelta, a modo de «metanoia» y no de motín.

 Ya sé que de la campaña difamatoria que nos rodea, forma parte —aunque no integre el más desdichado de los capítulos— la imputación de nuestra nostalgia. Pues bien; lo que nuestros adversarios califican de nostalgia, no debe serlo tanto, cuando a la melancolía que adormece sustituye el espíritu de combate. Lo que ocurre es que la nostalgia se confunde, por los enemigos, con el recuerdo de la propia identidad, con la reflexión sobre el pasado para caminar en el presente y en el futuro, con aquel aforismo permanente y válido de Cicerón, de que la historia es maestra de la vida.

 Nosotros no miramos atrás en justificación de un descanso. Nosotros pensamos en las lecciones de ayer, mientras seguimos la marcha, recios y animosos, en pos de las banderas de un ideal sagrado.

 En ese pensamiento, aquí, en la dulce Francia, se perfilan sus grandes figuras nacionales: Carlomagno, San Luis (el hijo de nuestra Blanca de Castilla) y Santa Juana de Arco; y sus catedrales, que son tratados de teología alzados en medio de la Ciudad terrena; y sus canciones de gesta, que son himnos en los que se exalta al héroe que necesitamos para nuestra empresa; y sus trovas de amor, que forman el salterio íntimo de un corazón enamorado que no necesita del recurso fácil del erotismo.

 Santidad, heroísmo, amor. Es verdad que se entrecruzan, pero lo importante, más que separar o identificar su fuerza, es que incidan en el hombre para transformarlo y convertirlo

 Una orden de caballería, de las que nuestras patrias pueden ofrecernos un muestrario polícromo, no pretendía otra cosa para aquellos que la integraban. Entre vosotros, en 1469, el rey fundó la Orden y milicia del señor San Miguel Arcángel. Codreanu, en Rumania, pueblo de frontera, quiso que así se llamara su legión. San Miguel es el patrono de Alemania. Y en la España que nosotros representamos, hemos querido que San Miguel sea para los hombres y mujeres de Fuerza Nueva nuestro adelantado y nuestro capitán.

 ¿Acaso los movimientos políticos de tan clara significación nacional y tradicional, como los nuestros, no deberíamos ponernos colectivamente bajo el patrocinio del Arcángel y al modo de una nueva milicia cívica, espiritual y europea, invocarle para que nos ayude en el riesgo y nos mantenga firmes en el peligro, para que haga fuerte y segura nuestra vocación y nada ni nadie la esterilice invitándonos a la huida?

 Sólo este modo de enfrentarse con el drama de Europa puede salvarla. No basta un patriotismo natural, hay que levantarlo a cotas de mayor altura. El agua quita la sed. Pero hay ocasiones en que hace falta el vino para que la sangre se anime y el corazón se alegre; como en las bodas de Canaán. Y cuando ello sucede, como ocurre ahora con el patriotismo, es necesario que una palabra divina le toque, para transustanciarlo, para darle el calor y el sabor que precisa para su cometido difícil en la Europa de hoy.

 La mies es mucha y los trabajadores pocos; pero son pocos, no porque no haya trabajadores disponibles, sino porque nadie los llama y, sobre todo, porque al llamarlos no se les da ese vino mejor de las tinajas del milagro.

 A veces hay algo más censurable que el escamoteo de la verdad que salva o que la omisión del llamamiento, y es el paso despectivo y el recreo narcisista que nos impide ver a los que nos buscan con ilusión y con esperanza.

 Zaqueo, entre la multitud, no podía ver al Maestro, y se subió a un árbol. Y el Maestro no se desentendió, ni pasó sin dirigirle la mirada, sino que, fijándose en él, le dijo: quiero estar contigo y en tu casa. Son muchos lo que hoy nos buscan, ocultos o a distancia; pero nos buscan. Seamos nosotros los primeros en romper la muralla o la lejanía para invitarles al encuentro; seguros de que un corazón tocado por la admiración o por la sana curiosidad puede convertirse en un latido isócrono con el nuestro.

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Hoy es un día feliz en medio de tantos sinsabores. España está en vísperas del colapso o de la revitalización. Nosotros estamos poniendo de nuestra parte todo lo posible para evitar aquél, para conseguir que España no sea víctima del odio, el revanchismo y la frivolidad. Y digo que es un día feliz, porque en medio de nuestro duro combate, saboreamos vuestra amistad, vuestra camaradería, y nos reconforta el aliento fraternal de los franceses e italianos, de los belgas y portugueses de Europa, o de los europeos de Francia, de Italia, de Bélgica y de Portugal.

 Para nosotros tampoco hay Pirineos. La frase tiene un significado distinto del que tuvo cuando fue pronunciada, porque los Pirineos existen, pero no como barrera, sino como vigías.

 ¡Qué bien lo entendió el gran poeta Vasile Aleisandri!:

 Salud, Alpes, Cárpatos, Apeninos, Pirineos,

hermanos gigantes del gran mundo latino.

 Este mundo latino, pieza vital de Europa, tiene una misión que cumplir.

 En la visión total de la historia que tuvo el poeta citado, y que recogió en los versos solemnes de su «Cantacul gintel latine», premiada en los juegos florales de Montpellier, esa visión se dibuja con nitidez asombrosa: 

Cuando ante Dios, Señor de lo creado,

el día del juicio comparezca

la gran raza latina y sea preguntada

¿qué hiciste tú en la tierra, di, qué hiciste?,

ella dirá con voz serena y firme:

¡Señor, mientras viví sobre la Tierra,

yo, a los ojos del mundo estupefacto,

tu espejo fui y a Ti te he representado!

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Y Francia, Italia, Bélgica, Portugal y España, las naciones que se vinculan para este papel, al que no renuncian, y los movimientos políticos que en nuestras patrias representamos, se ponen en pie, con humildad y con verdad, para ser fieles a su alta misión.

 España va a conmemorar dentro de unos días a dos de sus arquetipos más recientes: a José Antonio, el fundador, y a Franco, el artífice. Uno, entregó su vida, como un mártir, asesinado por la horda marxista; otro, entregó la suya, después de derrotar al comunismo y devolver a los españoles el orgullo de serlo. Os esperamos en Madrid, porque José Antonio y Franco, por españoles, son algo más que nuestros, son símbolos de la Europa auténtica que aún cree y lucha por Dios, por la Patria y por la Justicia.

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Tal es la letra de nuestro quehacer. Pero esa letra necesita una música. Frente a las notas de «la Internacional», que acompañan al odio, en España oponemos la letra y la música de un himno de amor y de combate, en el que se habla de primavera y de rosas, de escuadras y luceros: el «Cara al Sol».

 Vuestro himno nacional, «La Marsellesa», lo sabéis mejor que yo, fue un himno creado en 1792, cuando la guerra con Austria, por un capitán de ingenieros de guarnición en Estrasburgo. Su título inicial era: «Canto de guerra del Ejército del Rhin». La historia quiso que lo cantaran por las calles parisinas los voluntarios marselleses, y de aquí el nombre de «La Marsellesa».

 ¡Cuántas veces no habréis repetido sus estrofas! Al repasarlas, a la altura de nuestro tiempo, parece que en parte fueron redactadas para hoy y para nosotros, porque también contra Europa se ha levantado el estandarte de la tiranía soviética, porque también los tanques, las divisiones armadas hasta los dientes, las avanzadillas del terrorismo y de las agrupaciones comunistas, quieren ahogarnos, atropellarnos, aplastarnos, asesinarnos y destruirnos. Por eso, hoy, en Francia, podemos decir los europeos que amamos y queremos servir a Europa y rescatarla y libertarla (…)

 ¡Franceses, italianos, belgas, portugueses, españoles, europeos, en suma! ¡Hasta Madrid!, «le jour de gloire est arrivé». Por la Europa una, grande y libre. ¡ARRIBA EUROPA!

 (Grandes aplausos cerraron sus palabras, que fueron pronunciadas en francés.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 624,  23-Dic-1978


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