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LA CONTESTACIÓN ANTIJESUÍTICA (EL
CIERRE DEL COLEGIO MAYOR “LOYOLA”)
Los estudiantes residentes,
alentados por doctrinas y posturas anticristianas, se rebelan contra sus
maestros y superiores
Aquellos jóvenes
universitarios alimentaban constantemente el resentimiento contra cuanto eran
y significaban sus maestros, a los que un unánimemente acusaban de
oportunistas, inauténticos e incapaces. Y, un día, ese resentimiento
contenido estalló violento. Actos de vandalismo, amenazas, pinturas por las
paredes, ridiculización de los jesuitas, destrozos. Los jesuitas, impotentes,
tuvieron que plegarse a los hechos y comprobar cómo, en su Colegio Mayor “Loyola”
no mandaban ya ellos, sino que se imponía la fuerza de unos colegiales
dispuestos a satisfacer su “toma de conciencia antijesuítica”. La información
gráfica que publicamos es lo suficientemente elocuente para dar idea de lo que
decimos.
El jesuitismo socialista y
democrático, visto por sus propios estudiantes, no es más que nazismo y
totalitarismo hipócrita…No son justificables los actos de vandalismo en sí
mismos, pero la verdaderos culpables no hay que buscarlos entre los
colegiales del “Loyola”, ni siquiera en la pequeña porción de jóvenes
jesuitas del mismo Instituto Químico que, según propagan los mismos
colegiales sublevados, han apoyado y animado la actitud de rebeldía frente a
los actuales directores…Los verdaderos culpables están en los que a ciencia y
conciencia de las leyes de la Historia, han envenenado mental y
psicológicamente a unos colegiales, con doctrinas anticristianas y antiespañolas. Lo que le ha pasado a la Compañía del Padre Arrupe en el Químico de Sarria es
el lógico resultado de las premisas puestas por los actuales superiores de
los jesuitas catalanes: padres Rifá y Ribas con sus consejeros padre Ferrer
Pi y sus consejeros en la dirección del Instituto Químico. Ellos aplastaron
la sana, cristiana y patriótica reacción contra Evely de unos jóvenes
congregantes. Los jóvenes por ellos formados acaban de aplastar a sus
formadores y ponen en evidencia su más absoluta incapacidad de formadores
universitarios y su fracaso total.
No son los vientos de Historia,
como gusta decir a tantos jesuitas hoy, que quieren esconder en el anonimato
la experiencia diaria de su inutilidad para formar auténticos jóvenes
comprometidos con lo que es y significa un nombre tan grande como “Loyola”. Son
los vientos por ellos sembrados los que han provocado,para mal de la Iglesia y
de España, las tempestades que hoy deploramos.
No hace muchos años, el Colegio
mayor “Loyola” y el Instituto Químico se solidarizaron con los revoltosos
encerrados en el convento de los Capuchinos de Sarriá. Aquellos revoltosos
querían la descomposición de las esencias de España.En aquel recinto del“Loyola”
y del “Químico” tenían audiencia todos los Díez-Alegría, Bolado, Comín etc.,
de turno. Todos los socialistas, separatistas, todos los “anti”, que conviniera
presentar. Basta repasar la cartelera de las actividades académicas de los
últimos años: los cursos de formación o “deformación” religiosa y política,
la despatriotización de aquellas juventudes… para explicarse todo lo que ha
venido ahora.
Los fautores de la revolución
son, de inmediato, las primeras víctimas de lo mismo que provocaron. ¡Cuántas
veces la policía tuvo que montar guardia en los alrededores del Químico,
porque en su interior se alimentaban vientos antiespañoles y antirégimen
constituido! ¡Cuántas veces, a socaire de la inmunidad concordataria, los
jesuitas cubrieron actitudes y enseñanzas demoledoras para el ser de España,
para la tradición española, para la tradición católica! ¡Cuántas veces, en
lugar del sano espíritu reformista querido por la Iglesia, se disimuló de
reforma lo que en realidad no era más que subversión!
El “festival” -propaganda
descarada- en honor del marxista Raimon, patrocinado por los jesuitas del “Loyola”
y del Químico, concentró cientos y cientos de universitarios. Los jesuitas
fueron, en este caso, peana para un marxista como Raimon, lo mismo que pocos
años antes lo habían sido para un renegado como Evely. El resultado de esa
formación y de esos “santos” levantados en tan nuevas peanas, lo están
comprobando experimentalmente…
Un colegial del mismo “Loyola”,
con quien este periodista ha tenido ocasión de hablar largamente, me
explicaba que siempre había oído él, como un lugar común de todos los
jesuitas, que habían contribuido últimamente en su formación, que había que
huir de los dos extremos: ni extremismo por la derecha, ni extremismo por la
izquierda. Ambos extremos, a juicio de sus educadores, eran reprobables. Esa
fue la razón de combatir a los congregantes que se alzaron frente a Evely. Prodigioso
término medio jesuítico: término medio entre un apóstata como Evely y congregantes
creyentes; término medio entre un marxista y ateo como Raimon y congregantes
que se profesan hijos de la Iglesia.
Por esa razón, los que con el
pretexto de los extremos empujan la corriente anticristiana y antiespañola
tienen que quedarse con los extremos de sus formados en Raimon y Evely, sin
que niuno de los 120 alumnos del “Loyola”, ni uno sólo de los cientos de
alumnos y alumnas del Químico, salga gallardamente en defensa de sus maestros.
Ni un joven de ambas instituciones ha salido a dar la cara en favor de lo que
los jesuitas eran y significaban. Al contrario, los propios jesuitas han
tenido que soportar la humillación de tener que mantener, en las mismas
habitaciones y en la misma paredes, a los causantes de las injurias y de los
destrozos, con la certeza de que ninguno saldría en su defensa en caso de una
actuación decidida y de que las paredes y suelos, embadurnados y llenos de
insultos, no podría ser borrados porque inmediatamente se volverían a pintar
sin que nadie se opusiera…
El Instituto Químico, fundado
por el sabio y benemérito jesuita padre Vitoria, se intitulaba en sus
recientes reglamentos “no confesional”.
Su no confesionalidad fabrica el nuevo A.M.D.G. de sus colegiales: “A Más
Dinero Gana”.
Una reflexión para terminar.
Recientemente, el Padre Arrupe pasó por Barcelona y pudo experimentar la
rebelión interna contra él de los jesuitas dedicados, como ellos mismos se
autodefinen, a la “misión obrera”. La carta abierta dirigida al padre Arrupe,
antes de su conferencia a los jesuitas reunidos y que ha llegado a los medios
de difusión, define bien claramente la actitud anti-Arrupe que se respira en
los ambientes jesuíticos a los que el propio padre Arrupe ha halagado y
favorecido constantemente con sus declaraciones y concesión de cargos de
gobierno en la Orden. Pues bien, pese a todo, muy pocos días después, el padre
Arrupe, solemne y demagógicamente ha vuelto a insistir, en Bilbao: “Necesitamos
situarnos sobre los movimientos de la Historia, adivinar su sentido,
dominarlo, dirigirlo…” “Este inconformismo de nuestra juventud no es simple
capricho: lo que pasa es que la Historia ya no se acepta a sí misma”. Es
decir, que el padre Arrupe sabe muy bien del fracaso de sus palabras y de sus
métodos de gobierno precisamente y, de una manera clamorosa, entre aquéllos a
los que más y más ha empujado hacia el reformismo social de apertura marxista.
Pero en lugar de reconocer sus fracasos, en frases escurridizas afirma más y
más la misma línea. Esas frases ambiguas de Bilbao pueden ser buen tema de
meditación para los superiores catalanes y sus consejeros: “Estamos fuera de
los movimientos de la Historia. Somos incapaces de dirigir, adivinar, dominar
a nuestra juventud”.
Tanto blasonar de juventud y de
reformas juveniles para comprobar que la Compañía de Arrupe no controla más
que los antiguos restos de organizaciones devotas más o menos sofisticadas de
palabras modernizantes. Y otro punto de meditación que señala también el padre
Arrupe: “El inconformismo de nuestra juventud no es un simple capricho”. No
vale, pues, echarles en cara que son unos universitarios burgueses, clasistas,
conservadores, que impiden un franco progreso y que los jesuitas se
desprenden de las viejas estructuras de sus edificios para practicar la
pobreza más visible y sociológica. Que se integran en los nuevos planes de
enseñanza para dedicarse a los niños de las familias trabajadoras de Cornellá,
en lugar de los “señoritos” que no están ya en la corriente de la Historia. Lo
que pasa es que sus alumnos ya no aceptan a los jesuitas más avanzados… Lo
que pasa es que los descendientes de los Díez-Alegría, Bolado, Raimon y Evely
no aceptan ya a sus maestros. Y serán cualquier cosa, marxistas, guerrilleros
o maoístas. Todo, menos seguir siendo discípulos de los jesuitas de Arrupe o
de Rifá. (…)
Jaime TARRAGÓ
Revista FUERZA NUEVA, nº186, 1-Ago-1970
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