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LA DESMARXISTIZACIÓN DE LAS
MASAS
La conocida tesis orteguiana
de la rebelión de las masas ha quedado en cierto modo constituida como un
hito irreversible en el campo social, en el político y en el económico, los
cuales, aunque con propia personalidad no son, sin embargo, compartimentos
estancos, sino que se influyen recíprocamente en uno u otro sentido. La
rebelión de las masas trabajadoras, proletarias, es un hecho histórico, se
dice. En un momento determinado, se rebelaron. Sin más. Y dicho fenómeno ha
quedado erigido en acontecimiento indiscutible.
Tal hecho, contemplado con esta simplicidad de conjunto, parece ser a
primera vista lo que se quiere que sea. No podemos negar el éxito que ha logrado
dicho planteamiento, ya que no sólo se dan hechos consumados, sino también
definiciones y denominaciones con idéntico resultado, debidas a inteligencia
elevadas—justo es reconocerlo así—que, precisamente por su fama científica,
garantizan por descontado el triunfo de «slogans», palabras y frases propias de
la publicidad política y que a nadie se le había ocurrido hasta entonces. Una
de ellas es la «rebelión de las masas».
¿Ha habido, sin embargo, rebelión de las masas o más bien de ciertas
minorías? No es ningún secreto que todas las rebeliones de la Edad Moderna
tienen su origen en la Revolución Francesa, de inspiración judaica y
minoritaria, y cuyo «slogan» de «igualdad, libertad y fraternidad»...
pertenece, asimismo, a la Francmasonería, minoría selecta, como es bien
sabido. Fue la Revolución de las Revoluciones conocidas hasta la fecha,
norteamericana y soviética incluidas, gestadas todas ellas en el seno de
grupos minoritarios, casi minúsculos.
Más que rebelión de masas, ha habido y hay rebelión de minorías
diestras que utilizan a las masas inertes e ignorantes. Las masas ciudadanas,
industriales y campesinas sólo se mueven si las mueven... Es esta una ley
política inexorable. Y tal movimiento generador subversivo sólo surge de una
o unas minorías activas
e inteligentes, desprovistas de escrúpulos morales, que buscan como
último objetivo vital trastocar primero y derrocar después todo orden social
y político constituido que sea contrario a sus fines. Una vez conquistado el
Poder, la minoría triunfadora pasará a ser de instigadora de unas masas que
no le pertenecían a aherrojadora de unas masas que ya le pertenecen en
esclavitud.
Se ha dicho que las masas, en un espontáneo ímpetu histórico y
revolucionario, se rebelaron contra las instituciones tradicionales de
Occidente—Imperio, Monarquía e Iglesia—porque aquellas masas se habían
descristianizado previamente. ¿Espontáneamente y porque sí? Más bien, lo que
ocurrió fue el desenlace trágico de un frío y calculado proceso de
descristianización del pueblo y de destrucción sistemática de sus verdaderas
instituciones representativas. Ni que decir tiene que dicho proceso de
descomposición fue ganando tranquilamente terreno ante la inoperancia, la
ingenuidad y la miopía de las clases dirigentes. Creemos que es una lección a
aprender muy minuciosamente.
Los últimos—y fundamentales—reductos de la cordura y del ataque
fueron la unidad espiritual y política de la Europa tradicional. Las
catapultas manejadas por la eterna fuerza anticristiana (el «caballo de
Troya» ya hacía mucho tiempo que trotaba dentro de aquellos reductos...)
fueron la Reforma protestante y las nacionalidades. Donde antes hubo una sola
Iglesia, hoy hay un enjambre de sectas; donde antes hubo un Imperio unido,
hay hoy una muchedumbre de nacionalidades enfrentadas unas contra otras. Ese
ha sido el resultado y el triunfo—el «divide y vencerás»—no de las masas
rebeldes, sino de una minoría harto conocida que revolucionó a esas masas.
En la actualidad (1968), y desde hace más de medio siglo, las masas trabajadoras
del mundo entero están marxistizadas en su casi totalidad. Están
descristianizadas desde mucho tiempo antes. Son un instrumento dúctil,
maleable, ciego, inerte e idóneo, utilizable por los Honorables Arquitectos y
Talleres en cualquier momento, porque ni razona, ni pregunta, ni objeta: sólo
obedece y ejecuta sin criterio propio lo que se le ordena. Unicamente a
mentes inteligentemente retorcidas se les pudo haber ocurrido hacer ver—cosas
que han conseguido cumplidamente—que son precisamente esas pobres masas
engañadas las que se rebelaron, las que triunfaron y las que gobiernan los
destinos del actual mundo democrático...
¿Cuál puede ser la solución a este pavoroso problema que tiene planteado
la humanidad? En primer lugar, la desmarxistización de esas masas. Hay muchas
voces que aconsejan una rotunda recristianización de las mismas. Ese es el
objetivo final a cumplir, tras lo cual cesarán las actuales tensiones y
renacerá una calma en los espíritus y en las naciones que permitirá lograr
objetivos pacíficos y sociales de bienestar, hoy prácticamente inalcanzables
con la situación y las cortas medidas habilitadas. Pero un paso previo e
inevitable es un profundo proceso de desmarxistización a escala mundial que
contrarreste esa conjura desarrollada a idéntica escala. Querer resolver un
problema mundial, cual es el del judeo-marxismo, con soluciones locales es
perder el tiempo en un fatigoso parchear que a nada definitivo conduce.
De nada sirve ni servirá una actuación de apostolado espiritual, religioso,
cerca de unas masas totalmente materializadas por el marxismo. Se impone no
una directa labor misional dirigida a unos seres que han perdido por completo
el instinto religioso, sino una directa labor social que les rescate de la
mística marxista. En este caso procede, en primer lugar, una auténtica
justicia social, a secas, sin demagogias ni paternalismos contraproducentes.
Lo demás—la religión, la cultura elevada, los ideales bellos y espirituales—vendrá
por añadidura. Pero después de conseguido aquello. Otra cosa será engañarnos
lamentablemente.
Es la única forma de que esa minoría fabricante de revoluciones en
casas ajenas quede, de una vez para siempre, totalmente al descubierto. Las
masas, educadas en la justicia y en la verdad, dejarán de prestarse al triste
juego actual de «conejos de Indias» que, con repugnancia, presenciamos. Pero
para conseguir tal resultado hacen falta hechos concretos, visibles,
palpables, en sus beneficiosas consecuencias. De lo contrario, todo seguirá
igual.
Mejor dicho, peor cada día ante el voraz apetito de almas, pueblos y
riquezas de esa minoría irremplazable hasta ahora ante un Tribunal de
Justicia, sea civil o militar…
Arturo ROMERO
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968
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