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LA IGLESIA POBRE Y LA
MISTIFICACIÓN MARXISTA
Desde que el Concilio
Vaticano II pusiera en circulación la frase “Iglesia-pobre”, confesemos que
ha ido sufriendo una depreciación paulatina. Como tantas otras de esta
literatura religioso-católica actual, después de una vertiginosa inflación
que las ha ido convirtiendo de “tópicas” en “u-tópicas”, han empezado a
causar fastidio y casi náuseas.
Ese ha sido el singular
privilegio de una literatura barata que sólo ha buscado el ruido, la tramoya
y la fantasía sensacionalista: el de convertir el vocabulario más rico de
contenido cristiano en un cansino oropel de relumbre de charol primero y en
una escoria lamentable de arroyo después. Por ello, ¿por qué no manifestar una
primera aprensión, cuando supimos que la Conferencia Episcopal española
escogía este tema como objeto de sus deliberaciones para su XII Asamblea plenaria?
Y sin embargo…
Y sin embargo, el tema de la
pobreza de la Iglesia ha ido siempre unido, en la historia de la Iglesia, con
el sentimiento escatológico de su renovación interior perenne y con el
testimonio profético de su presentación al mundo de fuera. Sólo en el
testimonio vivido de su pobreza evangélica ha podido la Iglesia renovarse así
misma y transformar al mundo.
Sólo que, desde que el
marxismo se adueña del tema y lo pervierte esencialmente, para hacer de los “capitalistas”
a los “ricos” y de los trabajadores a los “pobres”, yo diría que el mundo
moderno -aún el católico- vive el problema de la pobreza como un complejo
marxista, que ha logrado desalojar el verdadero concepto cristiano. El
marxismo ha realizado una tremenda simplificación, convirtiéndolo en uno de
sus mitos favoritos, con los que embruja a las masas, llevándolas al paraíso
ideal en el que todos serán “ricos”, haciendo falsa la afirmación de Cristo
de que “pobres siempre los tendremos entre nosotros”. Pobreza, para el
marxismo, es lo mismo que “trabajo”, y aún este entendido como una necesaria y
dialéctica explotación del obrero.
A esto añadió el marxismo una
grande e inmensa calumnia, lanzada a la cara de la Iglesia como un puñado de
lodo corrosivo: la Iglesia pertenece y es necesaria a los “ricos”. Para los “pobres”
es opio que les adormece. Y lo peor es que logró crear nuevos complejos. Los
obreros creyeron que, para dejar de ser pobres, debían abandonar la Iglesia,
y comenzó esa inmensa defección de las masas obreras desertoras de la Iglesia.
Pero también -y he aquí un hecho tremendamente curioso- los hombres de
Iglesia aceptaron el reto marxista, con la posición del problema en el falso
plano en que se lo colocaba el marxismo. Desde entonces -lo afirmamos
conscientemente- la Iglesia se ha movido en una posición de defensiva y pura
apologética frente al marxismo. Su argumentación, aun la mejor, bailaba sobre
la cuerda floja; y lo hacía al son de la vieja trompetería de la
Internacional. Tanta y tanta “doctrina social”, que se dice de la Iglesia,
suena a falso, porque el redoble se efectúa sobre la caja de música que le ha
prestado el marxismo.
Con ello, naturalmente no
vamos a negar la generosa entrega y las intenciones nobles de quienes
construyeron esa que se llama “doctrina social cristiana”. Ellos han
pretendido difundir siempre la caridad cristiana hacia el necesitado, en un
esfuerzo, inútil e imposible de hacerse comprender por él. Pero el marxismo
llevaba siempre la ventaja. Era él quien había escogido el terreno de juego.
Era él quien iniciaba peligrosamente los saques. Era él quien había seleccionado
las pelotas y las raquetas. La Iglesia, en cambio, había aceptado,
inocentemente, un campo de combate que no era el suyo. Y había abandonado una
tradición en la que únicamente podía presentar coherencia y consistencia
ideológica y pragmática.No quisiéramos exagerar al decir que mucha de la así
dicha “sociología cristiana”, habiendo aceptado la posición de los problemas
del marxismo, tenía como inspirador a Marx.
Y es que el concepto de
pobreza cristiana no tiene nada que ver con la mistificación marxista de ese
concepto. Marx ha necesitado de una contraposición violenta entre “Kapital” y
“trabajo” para llegar a ese materialismo dialéctico de la historia. Y bien
sabemos cómo todavía esa mística falsificada mueve a nuestro mundo. En esta
mística, la “pobreza” es un estado de miseria material de bienes de la tierra,
creado injustamente por el capital aliado de la religión y de la Iglesia. No
es suficiente que la Iglesia grite -ya desde hace tantos años- que no quiere
ser vinculada al capitalismo… que quiere entregarse al mundo de los “pobres”,
si por “pobres” acepta el sentido que le da el marxismo; y los entiende como “obreros
oprimidos injustamente”, como “trabajadores” dialécticamente opuestos al
capitalismo… ¿qué extraño que todo suene a hueco?, ¿qué extraño que la voz de
la Iglesia resuene en el desierto y que el obrerismo le siga volviendo las
espaldas?
Porque el espectáculo moderno
se vuelve aburrido, a fuerza de monótono. Unos partidos “demócratas
cristianos”, en los que el democraticismo acaba por engullir al cristianismo…
¿por qué? Porque los cristianos abandonaron su terreno de juego y se pasaron,
con armas y bagajes, a la democracia, aceptando eso que, alegremente, se
llama “juego democrático”. Unos sindicatos cristianos que aceptaron la
dialéctica de lucha de los sindicatos no cristianos y que terminan por suprimir
en el título y en la práctica el apelativo de cristianos, e ir codo con codo,
a todas las huelgas y a todas revoluciones… ¿por qué? Porque se dejaron
influir por el complejo, inducido desde fuera, desde el marxismo de los
sindicatos marxistas.
Unos curas “sociólogos”, que sólo
contemplan el problema social desde la posición elegante de algún economista
de Manchester o Saint Etienne, no podrán menos de gritar en el púlpito contra
los “ricos” opresores… ¿por qué?-Porque en los pobres sólo contemplan la
miseria que les ha descubierto la engañosa óptica marxista. Un excelente
señor Obispo se entrega, con un celo pastoral laudable, a escribir largas
pastorales sobre el estado sociológico de su diócesis, en que analiza
minuciosamente la renta “per cápita” que, en justicia, debiera establecerse…¿por
qué?-Porque fue, tal vez, educado en alguna y de economía sociología de
allende los Pirineos, en que Marx ha sustituido a Cristo. Un respetabilísimo
señor Cardenal de la Iglesia, que acepta un diálogo televisado con un teórico
del marxismo y que, a las primeras de cambio, es llevado, con una maniobra
habilísima, al terreno de su adversario, se ha encontrado desarmado, y ya
todo el diálogo ha sido un juego peligroso del perro y del gato…
¿Para qué seguir? La pobreza
de la Iglesia está despreciada, porque anda por ahí como oveja sin pastor,
discurriendo extrañamente con amplias y huecas hopalandas que la titulan como
cristiana; en realidad quien va debajo es un macho cabrío que es el marxismo.
Es el antiguo lobo vestido con piel de oveja.
Sólo cuando se descubra el
juego falso se caerán las escamas de los ojos de ciertos inefables “sociólogos
cristianos”. Pero ¿cuándo será? ¿Cuál es el verdadero concepto de pobreza
cristiana y por qué, para ser cristiana, la Iglesia tiene que ser pobre?
Mariano de ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº187, 8-Ago-1970
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