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martes, 21 de abril de 2026

Audiencia papal a terroristas

 Artículo de 1970

 

 TERRORISTAS EN EL VATICANO

 La audiencia concedida por Pablo VI a tres dirigentes de las bandas terroristas que actúan en las provincias portuguesas de África (Angola, Mozambique y Guinea Bissau) ha llenado de alegría a los comunistas italianos y de indignación a los católicos portugueses. Un resultado que, por sí solo, explica muchas cosas.

 Se ha intentado argumentar desde diferentes órganos vinculados a la Iglesia, que una audiencia pontificia no tiene la significación que ha pretendido dársele a ésta y que el Papa se limita a recibir a todo el que a él viene a pedir consuelo, sea o no católico. Es una cuestión en la que creemos que hay que encarar la verdad, sin disfrazarla con generalizaciones. Entendámonos: si el Papa recibe a un católico o, simplemente a un hombre de cualquier ideología que acude a él para testimoniar su adhesión, su respeto, su veneración, o para pedir su bendición, nadie tendría derecho a sorprenderse ni indignarse, sea cual fuere la significación política del visitante. El Papa es padre de todos y a todos recibe.

 Pero cuando concede o audiencia a tres terroristas portugueses, comunistas conocidos dos de ellos, responsables todos de crímenes inhumanos, entre los que se cuenta el asesinato de misioneros, y se sabe que han acudido a Roma para protagonizar, con la ayuda de los comunistas, una campaña contra Portugal, país católico, con el que el Vaticano mantiene relaciones normales, la audiencia deja de ser un asunto privado y eclesial para convertirse, aunque tal no fuera la intención, en una ayuda indirecta al terrorismo. ¿Es que podía ignorar nadie en el Vaticano la explotación que iban a hacer los comunistas de la audiencia, dadas las circunstancias en que se producía? ¿Por qué no se aconsejó a los terroristas que, si querían visitar al Papa, lo hicieran como humildes cristianos, en cualquier otra ocasión que no pudiera ser interpretada como apoyo a sus actividades criminales?

 Se observa, y en España tenemos en la materia dolorosas experiencias, que en algunos sectores del Vaticano existe una desconcertante facilidad para el desacierto y la imprudencia cuando se trata de herir a las naciones católicas donde la Iglesia goza de grandes privilegios y ayudas.

 No puede extrañar a nadie la serena, pero enérgica, protesta del gobierno portugués. El masoquismo de que hacen gala algunos sectores eclesiásticos no tienen por qué padecerlo Gobiernos conscientes de la dignidad de su nación.

 La justicia y el terrorismo

 El cardenal primado de Argentina, monseñor Caggiano, ha respondido en cierta forma por toda la Iglesia a las inquietudes que producen ciertas actitudes clericales en relación con el terrorismo. En una misa celebrada en desagravio del Sagrado Corazón de Jesús (a ese mismo Sagrado Corazón que otros prelados españoles no quieren rendir culto solemne porque hay curas encerrados por motivos políticos) dijo: “La justicia sólo nace del amor. No puede aceptarse la invocación de aquéllos que buscan justicia con la injusticia. Es inadmisible el terrorismo, el incendio, la depredación, el secuestro. No puede hacerse justicia con el odio”.

 Algo que sería lesionador que se leyera en las iglesias del País Vasco, del Brasil, de Paraguay e incluso en algunos despachos del Vaticano.

El culto como chantaje

 Ahora ha sido en Santo Domingo donde un obispo ha amenazado al Gobierno con cerrar las iglesias y no administrar los sacramentos si no levanta la orden de expulsión contra dos religiosos que habían incitado a los obreros a apoderarse de las tierras donde trabajaban. El mal ejemplo cunde pronto y de la huelga parcial de misa se pasa rápidamente a esta huelga general de sacramentos que Cristo, humanamente hablando, no pudo sospechar cuando los instituyó.

 El cristiano sencillo se pregunta: ¿Dónde está el sentido religioso de la instrumentalización de los sacramentos contra un Gobierno? Y cree recordar que en la época de las grandes persecuciones, los cristianos no dejaron de administrar los sacramentos ni de realizar prácticas religiosas porque Nerón o Diocleciano persistieran en su conducta. Al contrario, las catacumbas fueron el símbolo de una Iglesia que, pese a la persecución se mantenía en la fe y en los sacramentos, llegando al martirio si era necesario. Ni Pedro, ni Pablo, ni Tarsicio, ni Sebastián, ni Lorenzo hicieron huelga de misa ni huelga de comunión. ¿Qué clase de cristianos es esta recién aparecida que emplea el culto a Dios como arma contra el César?

 Juan Nuevo


Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970

 

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