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TERRORISTAS
EN EL VATICANO
La audiencia concedida por Pablo VI a tres
dirigentes de las bandas terroristas que actúan en las provincias portuguesas
de África (Angola, Mozambique y Guinea Bissau) ha llenado de alegría a los
comunistas italianos y de indignación a los católicos portugueses. Un resultado
que, por sí solo, explica muchas cosas.
Se ha intentado argumentar desde diferentes
órganos vinculados a la Iglesia, que una audiencia pontificia no tiene la
significación que ha pretendido dársele a ésta y que el Papa se limita a
recibir a todo el que a él viene a pedir consuelo, sea o no católico. Es una
cuestión en la que creemos que hay que encarar la verdad, sin disfrazarla con
generalizaciones. Entendámonos: si el Papa recibe a un católico o,
simplemente a un hombre de cualquier ideología que acude a él para
testimoniar su adhesión, su respeto, su veneración, o para pedir su bendición,
nadie tendría derecho a sorprenderse ni indignarse, sea cual fuere la
significación política del visitante. El Papa es padre de todos y a todos
recibe.
Pero cuando concede o audiencia a tres
terroristas portugueses, comunistas conocidos dos de ellos, responsables
todos de crímenes inhumanos, entre los que se cuenta el asesinato de
misioneros, y se sabe que han acudido a Roma para protagonizar, con la ayuda
de los comunistas, una campaña contra Portugal, país católico, con el que el
Vaticano mantiene relaciones normales, la audiencia deja de ser un asunto
privado y eclesial para convertirse, aunque tal no fuera la intención, en una
ayuda indirecta al terrorismo. ¿Es que podía ignorar nadie en el Vaticano la
explotación que iban a hacer los comunistas de la audiencia, dadas las
circunstancias en que se producía? ¿Por qué no se aconsejó a los terroristas
que, si querían visitar al Papa, lo hicieran como humildes cristianos, en
cualquier otra ocasión que no pudiera ser interpretada como apoyo a sus actividades
criminales?
Se observa, y en España tenemos en la
materia dolorosas experiencias, que en algunos sectores del Vaticano existe
una desconcertante facilidad para el desacierto y la imprudencia cuando se
trata de herir a las naciones católicas donde la Iglesia goza de grandes
privilegios y ayudas.
No puede extrañar a nadie la serena, pero
enérgica, protesta del gobierno portugués. El masoquismo de que hacen gala
algunos sectores eclesiásticos no tienen por qué padecerlo Gobiernos
conscientes de la dignidad de su nación.
La
justicia y el terrorismo
El cardenal primado de Argentina, monseñor Caggiano,
ha respondido en cierta forma por toda la Iglesia a las inquietudes que
producen ciertas actitudes clericales en relación con el terrorismo. En una
misa celebrada en desagravio del Sagrado Corazón de Jesús (a ese mismo
Sagrado Corazón que otros prelados españoles no quieren rendir culto solemne
porque hay curas encerrados por motivos políticos) dijo: “La justicia sólo
nace del amor. No puede aceptarse la invocación de aquéllos que buscan
justicia con la injusticia. Es inadmisible el terrorismo, el incendio, la
depredación, el secuestro. No puede hacerse justicia con el odio”.
Algo que sería lesionador que se leyera en las
iglesias del País Vasco, del Brasil, de Paraguay e incluso en algunos
despachos del Vaticano.
El culto
como chantaje
Ahora ha sido en Santo Domingo donde un
obispo ha amenazado al Gobierno con cerrar las iglesias y no administrar los
sacramentos si no levanta la orden de expulsión contra dos religiosos que
habían incitado a los obreros a apoderarse de las tierras donde trabajaban. El
mal ejemplo cunde pronto y de la huelga parcial de misa se pasa rápidamente a
esta huelga general de sacramentos que Cristo, humanamente hablando, no pudo
sospechar cuando los instituyó.
El cristiano sencillo se pregunta: ¿Dónde
está el sentido religioso de la instrumentalización de los sacramentos contra
un Gobierno? Y cree recordar que en la época de las grandes persecuciones,
los cristianos no dejaron de administrar los sacramentos ni de realizar
prácticas religiosas porque Nerón o Diocleciano persistieran en su conducta.
Al contrario, las catacumbas fueron el símbolo de una Iglesia que, pese a la persecución
se mantenía en la fe y en los sacramentos, llegando al martirio si era
necesario. Ni Pedro, ni Pablo, ni Tarsicio, ni Sebastián, ni Lorenzo hicieron
huelga de misa ni huelga de comunión. ¿Qué clase de cristianos es esta recién
aparecida que emplea el culto a Dios como arma contra el César?
Juan Nuevo
Revista FUERZA NUEVA, nº 184, 18-Jul-1970
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