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LA
VIOLENCIA… SEGÚN Y CÓMO
Que
Pablo VI haya condenado las versiones de los grandes diarios sobre los graves
sucesos de Cagliari (isla de Cerdeña, Italia, 1970) es más que comprensible.
Pero
una cosa es la respuesta del Papa a los sucesos y otra son los hechos mismos.
Los hechos son como son. El cortejo papal fue apedreado por “un grupo de
anarquistas”, una cuarentena de personas acampadas durante el día en la
vecindad del barrio de San Elías que, según el programa, sería visitado por Su
Santidad al finalizar su viaje en Cerdeña.
No
hubo, ni nadie lo intentó, misterio alguno en las intenciones de esas
personas acampadas a la vista de todos. Durante días antes tuvieron reuniones
y la correspondiente campaña a base de hojas, panfletos y circulares. Abundó
la campaña subversiva en este barrio. Esta gente había manifestado en
discursos, en pancartas y escritos sus clarísimas intenciones. La policía
vigilaba. En otros tiempos, no ya en los tiempos “nefastos” del fascismo,
sino tan sólo hace pocos años, la policía hubiese decididamente terminado con
los propósitos públicos de los agresores. Pero ahora no. Ahora los melenudos,
los contestatarios, los maoístas son rojos y, por tanto, inviolables. Mientras
el Papa estaba al llegar, la policía italiana se limitó a hacerse enviar un
megáfono.
Lo que después sucedió es sabido. La pedrea,
se ha dicho en círculos vaticanos, no estaba dirigida contra el cortejo papal
sino “contra un vehículo de la policía”. ¿Por qué? Naturalmente porque los
métodos represivos y violentos contra los “pobres” subversivos, contra los “pobres”
anarquistas, contra los “pobres” campesinos democráticos, han excedido de
ciertos límites… Así que la culpa fue, según medios vaticanos, de los que
quieren el orden, de los agentes que, cuando el Papa sale del Vaticano, son
movilizados por millares con gastos de centenas de millones. Si el Papa
hubiese viajado sólo, los incidentes, por tanto, no se hubieran producido… Y
así, según los medios citados, se llega a la asombrosa conclusión que las
piedras que cayeron sobre el auto del cardenal secretario de Estado estaban “realmente”
dirigidas contra el agente Gaetano, particularmente represor ¡Demos gracias a
Dios y alegrémonos…! Epítetos aparte, no ha sucedido nada. El encuentro del
Papa con los fieles de la Iglesia, con el pueblo de Dios, no podía ser
turbado. A los heridos, a los violentos, a los agentes de la Policía que han
monopolizado las iras del pueblo, les “está bien empleado”…
Bien podríamos concluir que la violencia
está de moda. Usémosla todos y a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga…
Pero quién así piense no sabe que se encamina y se merece la más severa
condena eclesiástica, porque olvida un detalle fundamental. Éste:
Para los “teólogos de la violencia” esta es
buena o perversa según quien la ejercita: buena, si la practican los
anarquistas, los comunistas, los progresistas, los de la ETA, los estudiantes
revolucionarios etc; perversa, si la realizan los “fascistas”, los
tradicionalistas, los falangistas, etc. El episcopado francés, por ejemplo no
ha condenado todavía la violencia del “mayo rojo” (1968); el episcopado
italiano tampoco condenó la del “otoño cálido”; el español, la de la ETA; ni
nadie la de los secuestradores de aviones hacia la Cuba comunista.
Pero voces cristianas se elevan indignadas
cada vez que un cura terrorista termina en la cárcel, un asesino político es
condenado por un tribunal o la policía restablece el orden destruido con la
violencia. Nos recuerdan la voz de Marx o de Bakunin, en vez de la voz de
Cristo. No piden estas voces la libertad para los perseguidos sino para
algunos de ellos. El Sermón de la Montaña se transforma por estas personas en
directrices de Radio Moscú, el evangelio según el Kremlin ¡Y todavía hay gente
que se pregunta por qué faltan vocaciones! ¿Por qué? ¿Quién va a entregar a
su hijo al sacerdocio en estas condiciones?
La desobediencia, rebelión, inmoralidad,
son herejías coherentes en los eclesiásticos progresistas que quedan impunes,
creando la subsiguiente confusión en el pueblo de Dios que se vuelve,
desconcertado, hacia sus pastores con la esperanza de que a alguno le diga
dónde se encuentra la verdad.
No nos ha producido sorpresa que un
cardenal con fama de progresista, de post-conciliar, el cardenal Martín,
arzobispo de París, haya roto esta norma de tolerancia para decir: “Condenamos
estos procedimientos. Las violencias son contrarias al espíritu del Evangelio”.
Pero si usted, lector, cree que el ilustre cardenal se refiere a la violencia
de los terroristas, secuestradores o guerrilleros, es que está en el limbo. El
cardenal Martín ha emitido todo su poder condenatorio para lanzarlo contra un
grupo de manifestantes que el 17 de marzo (1970) protestaban en la iglesia de
San Eloy, en París, contra un festival de música moderna que se celebraba
allí, gritando: “La Iglesia no es un cabaret”.
Esa es la violencia perversa, la que debe
ser castigada fulminantemente. Por el contrario, la que se volcó sobre la
Universidad de París, con manifestaciones de terror por las calles,
destrucción de las aulas y conflictos con la policía, debe ser violencia
evangélica, ya que el señor cardenal no ha dicho una sola palabra para
condenarla.
Los estudiantes, profesores e intelectuales
de todos los países, durante estos años enteros, han guardado silencio
mientras el Vietcong arrasaba aldeas y acababa con todos los vietnamitas que
no se supeditaban a sus deseos. Pero todos estos occidentales se han alzado
en protestas enérgicas cuando una fuerza yanqui, por lo que sea, cometió
actos parecidos.
El mismo sector de la opinión pública
consideró normal que las tropas de Hanoi se instalarán en Camboya, protegidas
por su neutralidad, desde donde atacaban impunemente a norteamericanos y sudvietnamitas.
Pero cuando el presidente Nixon se harta de este juego y decide no aguantar
más e invade Camboya, al instante y con perfecta sincronización, se elevan
protestas en todo el mundo porque Nixon ha violado una neutralidad que
prácticamente era inexistente.
Y cuando el soviético Kosygin se hace eco
de las protestas y condena al presidente Nixon por su invasión de Camboya ¡en
nombre de los países “amantes de la paz”!, el diario más importante de
Londres publica la noticia de la “excomunión” de Nixon por Kosygin, con
titulares a toda página. Se cuida, por supuesto, el tal diario de hacer
constar que Kosygin es la mayor autoridad en materia de agresión a naciones
ajenas, como lo demostró con Checoslovaquia en 1968.
Por lo que respecta exclusivamente a
nuestro país, las cosas no discurren de otra forma. Todo es igual que en el
extranjero por la sencilla razón de que todo corresponde unos planes
perfectamente sincronizados. Si la policía española, en su obligación sagrada
de mantener el orden dondequiera que se altere, hubiese actuado tan
enérgicamente o casi, como la norteamericana actuó en Ohio (1970), la leyenda
negra contra nuestra Patria y nuestro Régimen habría tomado caracteres
universales. Si los estudiantes mejicanos que, en vísperas de la Olimpiada de
1968, fueron clavados materialmente con las bayonetas de los soldados,
hubiesen sido españoles y el hecho se hubiera desarrollado en Madrid, las
internacionales de todo tipo hubiesen desgarrado sus vestiduras y el
escándalo aún persistiría. Si los detenidos recientemente en las diócesis de
Bilbao no hubiesen sido sacerdotes sino un grupo de falangistas o las “guerrillas
de Cristo Rey “, ponemos por caso, la reciente homilía de monseñor Cirarda no
se hubiese escrito. Si el sacerdote que, en presencia del ministro de la
Gobernación, asiéndose al micrófono en una solemnidad religiosa en Montserrat
excitó a los fieles, no hubiera sido tal sino un “nefasto derechista” o un “contestatario”
contra las cosas que están sucediendo en Cataluña, ya hace tiempo hubiese pasado
al Tribunal de Orden Público.
Y suma y sigue, lector. Agrega cuanto
quieras que siempre te quedarás corto. Porque hoy por hoy, la violencia es
según y cómo.
Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970
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