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lunes, 6 de abril de 2026

¿Puede un católico ser demócrata?

 Artículo de 1979

Al Papa Juan Pablo II

 ¿PUEDE UN CATÓLICO SER DEMÓCRATA?

 Después de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como nubladas, oscurecidas y conturbadas.

 Santo Padre:

 El Concilio Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios, prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión” (GS, 43).

 Pero también afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18, Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana familiar y social” (LG,23).

 El cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia

 Pues bien, muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas, oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano II.

 Ignoramos si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II

 Los católicos sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”, no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y, por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad, porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al Vaticano II.

 Por lo demás, tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que, referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).

 Yo no tengo derechos humanos en la Iglesia

 Como sabe Su Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo, por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar también Su Santidad.

 Y como la Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que de sana  doctrina o de doctrina desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Iglesia española.

 Obrar “con espíritu democrático” no cristiano

 Una espécimen de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC, 23-XII-76).

 Como puede advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la hacen los paganos.

 No hay verdadera autonomía de lo político

 En esta materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). 

Si las palabras del cardenal Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas, secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española, que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo, cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.

 El cardenal Tarancón toma el partido democrático

 Otra muestra también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada “con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.

 La democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo

 El cardenal Tarancón, con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios) y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.

 Sólo es admisible la democracia que respeta la Ley de Dios

 Por eso, el Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo, pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral” (GS,74). 

Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios, en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo patentes sus sagradas reservas a ella. 

Y, por lo que toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.

 La democracia común es contrario al catolicismo

 La democracia tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha tomado un partido y, además, desviado.

 Eulogio RAMÍREZ

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979

 

 

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