|
Al Papa
Juan Pablo II
¿PUEDE UN
CATÓLICO SER DEMÓCRATA?
Después
de leer las cartas de Monseñor Enrique y Tarancón, nuestras actividades
políticas, lejos de quedar inundadas por la luz del Evangelio, quedan como
nubladas, oscurecidas y conturbadas.
Santo Padre:
El Concilio
Vaticano II, que a todos los fieles nos compromete y obliga, propone: “Los
obispos, que han recibido la misión de gobernar a la Iglesia de Dios,
prediquen juntamente con su sacerdotes el mensaje de Cristo, de tal manera
que toda la actividad temporal de los fieles quede como inundada por la luz
del Evangelio… Capacítense con insistente afán para participar en el diálogo
que hay que entablar con el mundo y con los hombres de cualquier opinión”
(GS, 43).
Pero también
afirma este mismo Concilio: “Cristo, Profeta grande, que por el testimonio de
su vida y por la virtud de su palabra proclamó el Reino del Padre, cumple su
misión profética hasta la plena manifestación de la gloria, no sólo a través
de la Jerarquía, que enseña en su nombre y con su potestad, sino también por
medio de los laicos, a quienes, por ello, constituye en testigos y les
ilumina con el sentido de la fe y la gracia de la palabra (Cf, Act 2, 17-18,
Apoc. 19,10), para que la virtud del Evangelio brille en la vida cotidiana
familiar y social” (LG,23).
El
cardenal Tarancón, contrario al Magisterio de la Iglesia
Pues bien,
muchos católicos de Madrid y de España, cuando queremos cumplir nuestra
misión profética, nos encontramos con que nuestro sentido de la fe está en pugna
con lo que enseña el cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la
Conferencia Episcopal Española. Monseñor Tarancón, en sus ambiguas y a veces
contradictorias “cartas cristianas”. Nuestras actividades políticas, lejos de
quedar inundadas por la luz del Evangelio, después de leer las “cartas
cristianas” que publican profusamente los periódicos, quedan como anubladas,
oscurecidas y conturbadas, en gran parte porque esas “cartas”, lejos de esta
inspiradas por el Evangelio, están inspiradas por razones y motivos de “humana
sabiduría” y versan sobre materias políticas opinables. Pero no sólo quedamos
desorientados y perplejos porque, a menudo, esas “cartas cristianas” se
oponen a nuestro “sentido de la fe”, sino porque se oponen a la doctrina
tradicional de la Iglesia y a muchos textos explícitos del Concilio Vaticano
II.
Ignoramos
si el cardenal Tarancón comulga con Juan Pablo II
Los católicos
sabemos, sí, que, como enseña el mismo Concilio (LG,25), “los obispos, cuando
enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos
como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, tienen
obligación de aceptar y adherirse, con religiosa sumisión del espíritu al
parecer de su obispo en materias de fe y de costumbres cuando él las expone en
nombre de Cristo”. Pero sucede muchas veces que el cardenal Tarancón, en sus “cartas”,
no está en comunión con el Romano Pontífice Gregorio XVI, Pío IX, León XIII,
San Pío X, Pío XI, Pío XII ni, por supuesto, con el Concilio Vaticano II. Y,
por otra parte, ni sabemos si está en plena comunión con Vuestra Santidad,
porque Vuestra Santidad no se ha pronunciado sobre los temas que el cardenal
aborda, innovando y contradiciendo la doctrina común en la Iglesia anterior al
Vaticano II.
Por lo demás,
tampoco nos es fácil a los fieles católicos discernir en esas “cartas
cristianas” lo que son propiamente materias de fe y costumbres y materias
políticas, en aquello en que la política es ajena al contenido de la fe y de
la moral y, por tanto, cuestión opinable, en la que haría mal el cardenal
Tarancón en usar su oficio pastoral para inclinarnos en favor de un partido
político, según aquello que acordó el Sínodo de los obispos de 1971 que,
referido a los presbíteros vale “a fortiori” para los prelados: “Hay que procurar
que su opción no aparezca ante los cristianos como la única legítima o que se
convierta en motivo de división entre los fieles” (AAS,1971, pág.913).
Yo no
tengo derechos humanos en la Iglesia
Como sabe Su
Santidad, la Iglesia, que tanto se preocupa hoy por definir y promover los
derechos humanos civiles, no se preocupa bastante, si es que se preocupa algo,
por definir y legalizar canónicamente los derechos humanos eclesiales. Por
eso, yo no tengo derecho en la Iglesia -por más que sea católico y publicista
militante- a que la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe examine y
dictamine si las “cartas cristianas” del cardenal Tarancón están en comunión
con la doctrina tradicional de la Iglesia que, sin duda, profesa y debe profesar
también Su Santidad.
Y como la
Iglesia todavía no respeta mi derecho humano a que se examine y se sentencie
de oficio la conformidad de la doctrina del cardenal Tarancón -que rara vez
aduce en sus “cartas” texto de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio
de la Iglesia- con la doctrina ortodoxa católica, sólo puedo y me atrevo a
dirigirme públicamente a Su Santidad -porque las cartas que se le envían a
través de la Secretaría de Estado no obtienen respuesta-, para pedirle la
gracia de que “confirme a sus hermanos en la fe” (Lc.22,32), señalando lo que
de sana doctrina o de doctrina
desviada o heterodoxa pueda haber en el magisterio del cardenal arzobispo de
Madrid y presidente de la Iglesia española.
Obrar “con
espíritu democrático” no cristiano
Una espécimen
de la doctrina de nuestro cardenal podría ser este: “Es necesario, pues, que
los que tienen una concepción espiritualista de la vida -auténticamente
humanista que reconoce las distintas dimensiones del hombre y afirma su
trascendencia- se apresten para intervenir inteligente y eficazmente en esta
época pos- constitucional. Teniendo en cuenta, sin embargo, que la
política tiene su propias leyes y que la democracia encierra unas
exigencias esenciales. Habrán de aprestarse, pues, para actuar con criterios
y procedimientos políticos y con verdadero espíritu democrático” (“ABC,
23-XII-76).
Como puede
advertir Su Santidad, esta es una sentencia o un criterio estrictamente
maquiavélico o laicista. A los católicos, aquí, se nos inculca no que no actuemos
con criterios morales en la política y que nos comportemos con “verdadero
espíritu cristiano”, sino que hagamos la política lo mismo que la
hacen los paganos.
No hay verdadera
autonomía de lo político
En esta
materia, el cardenal Tarancón interpreta mal el Concilio Vaticano II cuando
habla de la “autonomía de las cosas terrenas” y olvida el pronunciamiento
tradicional de la Iglesia expresado en estas palabras del Vaticano II: “Pero
si con las palabra “autonomía de las cosas terrenas” se entiende que las
cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre puede usar de ellas de tal
manera que no las vincula (“referat”) al Creador, nadie que reconozca a Dios
deja de sentir cuán falsa es tal sentencia” (GS,36). Si las palabras del cardenal
Tarancón aquí pueden y deben entenderse como maquiavelistas, laicistas,
secularistas, el Vaticano II no ofrece dudas: “Una cosa cierta hay para los
creyentes: la actividad humana individual y colectiva… responde a la voluntad
de Dios. Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el
mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se
contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero,
reconociendo a Dios como creador de todo” (GS,34). Esta sentencia no ha
querido tenerla en cuenta ni el cardenal Tarancón ni la mayoría de los
obispos españoles al recordarnos a los católicos cuál habría de ser
nuestra actitud ante la promulgación de la reciente Constitución española,
que ni orienta a Dios la actividad humana ni le reconoce como creador de todo,
cosa que deberíamos haber confesado los católicos españoles en nuestra
Constitución, puesto que reunimos a la mayoría de los votos de la Nación.
El
cardenal Tarancón toma el partido democrático
Otra muestra
también reciente y singular de la falta de congruencia entre la doctrina
tradicional católica y la doctrina expuesta por el cardenal Tarancón queda
patente en estas palabras de él: “Es necesario afirmar rotundamente: 1. Que
la democracia no está en contra de ninguna verdad de la fe cristiana. La “soberanía
del pueblo” en el plano político -principio fundamental de la democracia- no
va en contra de que “toda autoridad viene de Dios”… 2. “Pío XII hizo el gran
elogio de la democracia (“Ya”, 6-I-79)”. El cardenal Tarancón no explica por qué
la Iglesia en Italia excomulga a las personas que coadyuvan a la consumación
de un aborto provocado, siendo así que la Ley del aborto ha sido allí promulgada
“con” espíritu democrático y con todo rigor democrático.
La
democracia es contraria a la verdad primordial del cristianismo
El cardenal Tarancón,
con esas palabras, favorece y sacraliza a cierto modo a la democracia, a
pesar de que la democracia, real o prácticamente, es contraria a la verdad
fundamental del cristianismo. Yo tengo por verdad fundamental o primordial
del cristianismo la de que Dios existe, pero un dios revelante y legislador cuyas
verdades y cuyas leyes debe acatar el hombre que quiera ser verdaderamente
libre y feliz. La democracia (sea liberalista, sea socialista) opera como si
no existiese ese Dios legislador. No pueden ser más contrarias una actitud
como la cristiana (que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de Dios)
y la democrática, que pretende que en el mundo se cumpla la voluntad de los
hombres, desentendiéndose de la voluntad de Dios.
Sólo es
admisible la democracia que respeta la Ley de Dios
Por eso, el
Vaticano II, concorde con la doctrina tradicional de la Iglesia, enseña
contra el cardenal Tarancón: “Es, pues, evidente que la comunidad política y
la autoridad pública se fundan en la naturaleza humana y, por lo mismo,
pertenecen al orden predefinido por Dios, aun cuando la determinación del
régimen político y la designación de los gobernantes se dejen a la libre
designación de los ciudadanos. Síguese también que el ejercicio de la
autoridad política, así en la comunidad en cuanto tal como en el de las
instituciones representativas, debe realizarse siempre dentro de los límites
del orden moral” (GS,74). Y cuando el Concilio enseña que es perfectamente
conforme con la naturaleza humana que se constituyan estructuras jurídico
políticas que ofrezcan a todos los ciudadanos, sin discriminación alguna y
con perfección creciente, posibilidades efectivas de tomar parte libre y
activamente en el establecimiento de los fundamentos jurídicos de la
comunidad política, en el gobierno de la cosa pública, en la fijación de los
campos de acción y de los límites las diferentes instituciones y en la
elección de los gobernantes (GS,75), el mismo Concilio nos remite a los
discursos del Papa Pio XII, como el radiomensaje navideño de 1944, donde se
hace patente que para la Iglesia no es buena cualquier democracia sino la “sana
democracia”, la que se basa en el sufragio universal, sino en la Ley de Dios,
en el ordine assoluto”, como dice Pío XII, el “ordo moralis” de que habla el
Concilio. Pío XII, lejos de hacer el gran elogio de la democracia, hizo
patentes sus sagradas reservas a ella.
Y, por lo que
toca a Pablo VI, podemos recordar la “Octogesima Adveniens”.
La
democracia común es contrario al catolicismo
La democracia
tiene por fundamento explícito o implícito, ya la ideología liberalista, ya
la ideología marxista: es así que en la Octogesima Adveniens” (como en los
documentos pontificios del siglo XIX y XX) se establece que la ideología
liberalista y la ideología marxista son contrarias e incompatibles con el
catolicismo: luego la democracia es contraria al catolicismo e incompatible
con él. Las dos premisas de este silogismo son tan evidentes que no necesitan
demostración; lo único que necesitan es que Su Santidad se pronuncie inequívocamente
sobre una materia tan grave como ésta, la que nuestro cardenal Tarancón ha
tomado un partido y, además, desviado.
Eulogio RAMÍREZ
Revista FUERZA
NUEVA, nº 630, 3-Feb-1979
|
No hay comentarios:
Publicar un comentario