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FE EN EL
MANDO Y DISCIPLINA
ES evidente
que sin fe en el mando no puede haber disciplina en una organización de
cualquier tipo que sea. A no ser la disciplina de los galeotes, es decir, la
del látigo y la fuerza. Es la disciplina del «archipiélago» Gulag. Pero la fe
en el mando no puede ser y no debe ser una fe ciega. La fe de ojos vendados
no es humana. Ni siquiera la fe religiosa puede ser absolutamente ciega. La
fe en el misterio religioso sólo llega a ser ciega cuando se han planteado
antes unos fundamentos de credibilidad. Desde esos fundamentos, uno se lanza
al abismo insondable del misterio. Si Dios quiere que seamos y sigamos siendo
hombres, no puede exigimos que abdiquemos totalmente de nuestra razón. Los
artistas pintan a la Fe con una venda sobre los ojos, pero al mismo tiempo
con una antorcha en la mano. De la luz al misterio y del misterio de nuevo a
la luz.
Hubo un
santo, al que podemos llamar el santo de la disciplina y de la obediencia
ciega. Fue un español y se llamaba Ignacio de Loyola. Escribió largo sobre la
obediencia a la autoridad de los superiores y terminó por decir que, llegado
el caso, la obediencia tenía que ser ciega. Es verdad que, para pedir esa
obediencia, exigía antes un montón de cualidades en el mando. A la disciplina
de esa obediencia ciega han atribuido algunos (por cierto, neciamente) el
éxito fabuloso que su institución consiguió en la Iglesia y en el mundo. Pero
aun esa fe en la autoridad o en el mando era ciega sólo a medias. Antes de
obedecer, tenía uno que sondear los postulados de la propia conciencia. E
indudablemente puede darse el caso de que la conciencia se alce contra la autoridad
y rompa la disciplina. Por tanto, ni siquiera en este campo de lo religioso,
se puede hablar alegremente de fe en el mando sin la cautela de infinitas
precisiones. Cuando uno obedece, no elimina automáticamente la
responsabilidad de su acción. Aun en el terreno de lo militar puede haber
criminales de guerra, que no hicieron sino obedecer a órdenes del mando.
Tenían una insensata fe ciega en el mando.
De todos
modos, acepto que sí, que la fe en el mando es una de las bases fundamentales
de la disciplina y aun tal vez la única base. Por consiguiente, si la
disciplina empieza a resquebrajarse, podemos decir que la fe en el mando está
en crisis. Fijémonos en dos ejemplos superiores y paradigmáticos: en el estamento eclesiástico y en el estamento
militar. Son instituciones situadas en muy distintos planos, pero ambas
coinciden en eso de exigir una fe y una disciplina, o sea, una obediencia al
mando dentro del orden de sus escalones jerárquicos. El mando es la
autoridad. Insisto en que la crisis de
la disciplina connota de ordinario una crisis de fe en la autoridad. Fe
en la autoridad significa confianza en ella.
¿Cuándo y por
qué viene a resquebrajarse esta confianza? Yo distingo entre la autoridad
moral y la autoridad meramente legal o jurídica. Hoy, tanto como siempre o
más que nunca, parece imprescindible que el mando se apoye en mucho más que
en un título jurídico. Hablando de los tiempos de Isabel la Católica,
Menéndez Pidal aludía a «los dos
principios cardinales de la vida colectiva: la justicia que la regula y la
selección que la jerarquiza.» «Una minoría seleccionada y una mayoría
disciplinada» son también las condiciones que Dalie Carnegie postula para la
eficacia de cualquier institución.
Selección y
disciplina son factores que no pueden disociarse. Si no hay selección en las
cabezas, será ineficaz exigir disciplina en los de abajo. Ahora bien, esa
selección no se dará si no se atina encontrando una categoría sustantiva en
los elegidos. Porque es obvio que esa
sustantividad categórica no puede ser conferida a las personas ni por un real
despacho ni por un montón de papeletas sufragistas ni siquiera por una bula
del Pontífice romano. Eso puede conferir y confiere una autoridad legal o
jurídica, pero no una autoridad moral. Un nombramiento o una consagración
no infunden como automáticamente las cualidades personales, que se requieren
para el mando. Si esas cualidades no
se dan, la disciplina es a la larga humanamente imposible. Se puede
suponer que en el nombrado o en el consagrado se dan esas cualidades. Pero
ésta es una mera suposición. El tiempo y la práctica revalidarán o
invalidarán esa hipótesis. Los que sean capaces de discernir, que examinen
este binomio selección-disciplina y comprueben cómo se ha conjugado o se está
conjugando en la España de ayer y en la de hoy.
Pero téngase
en cuenta que la disciplina obliga también al mando para que se mantenga
dentro de los límites de sus funciones y dentro del modo razonable de
ejercerlas y para que no ceda a la arbitrariedad o a sus personales
intereses. La disciplina exige al
mando que respete esos valores superiores y esos principios inalterables,
contra los cuales sería insensato apelar a la disciplina. Aun
prescindiendo de otros valores colectivos, pensemos en la conciencia
personal, en el honor y aun simplemente en la dignidad humana. Sin el respeto
a esos valores no tendríamos autoridad, sino tiranía.
Pedro MALDONADO
Revista FUERZA NUEVA, nº 631, 10-Feb-1979
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