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domingo, 19 de abril de 2026

Contra la falsa “paz” predicada tras el Vaticano II

 Artículo de 1968

 LA PAZ A TODA COSTA

 Por JULIAN GIL DE SAGREDO

 Trato un tema ya reseñado anteriormente en esta misma revista. Está hoy de moda el consagrar las fiestas del calendario litúrgico a la evocación de valores más o menos profanos: celebramos el Día de la Madre, el Día de los Enamorados, el Día del Dolor, etcétera. Ahora, y esta vez por institución de Pablo VI, vamos a celebrar el Día de la Paz todos los años el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión del Señor.

 De esta manera venimos sustituyendo a la fiesta religiosa por la evocación laica, la conmemoración de los santos por la veneración de símbolos abstractos, los valores religiosos por los valores materiales. Es un procedimiento sutil mediante el cual se persigue desvirtuar lo espiritual y revalorizar lo material, mundanizar los santos y santificar lo mundano, convertir a Dios al mundo en lugar de convertir al mundo a Dios

 Esto es propio de las fases de decadencia espiritual por las cuales a veces atraviesa la Iglesia. Lo mismo ocurrió en la época del Renacimiento con la supervaloración del humanismo grecolatino a costa del sentido religioso de la vida, supervaloración que dislocó de tal manera las estructuras religiosas de la sociedad, que nació y brotó de las mismas la herejía luterana o la separación luterana, como dirían nuestros hermanos progresistas. Entonces sobrevino la reacción, la Contrarreforma, el espíritu de Dios contrapuesto al espíritu del mundo en esa legión de santos y sabios españoles del siglo XVI.

 Ahora tiene que ocurrir algo parecido y ya se viene palpando en lo que hoy llaman «pueblo de Dios» y siempre se ha llamado «pueblo cristiano». Pues bien; ese pueblo de Dios, ese pueblo cristiano, esparcido por los cinco continentes, sin distinción de raza ni color, que no entiende de filosofías ni teologías innovadoras, pero que tiene fe y vive la fe, es el que, alentado e iluminado por el Espíritu Santo empieza a reaccionar, como reacciona el organismo humano contra corpúsculos extraños, contra tantas innovaciones absurdas, excéntricas y peligrosas de esos apóstoles contemporáneos, hábiles manipuladores de palabras, que manejando diestramente términos tan sublimes como la Caridad, el Ecumenismo, la Paz, la Libertad, la Dignidad, etc., impregnan a dichos vocablos de sentidos equívocos y frecuentemente falsos.

 El pueblo cristiano se viene ya cansando de oír hablar en las pláticas, conferencias, homilías y sermones de las iglesias tanto de lo social y de lo económico y tan poco de lo espiritual y de lo eterno, tanto de caridad con los hombres y tan poco de caridad con Dios, tanto de ecumenismo y tan poco de la lógica raíz de ese ecumenismo que es la oración y la unión del alma con Dios, tanto de libertad y dignidad de la persona humana y tan poco de la humildad y de la obediencia, tanto de paz y de pacifismo y tan poco de otros valores que están por encima de la paz, tanto de hermanos separados y tan poco de herejes, es decir, de lo que nos distingue de los hermanos separados.

 Es un pacifismo enternecedor el que propaga la Unión Soviética y el que acogen sonrientes y agradecidos los grandes corifeos de los cristianos e incluso de los católicos de la manera más necia, estúpida y suicida. Paz de exportación, paz como mercancía para el mercado exterior de alta cotización, pero paz a costa de toda subversión de valores espirituales y humanos, paz a costa de la unidad de la fe católica, paz a costa del dogma y de la moral; y en el terreno político, paz a costa de entregar al comunismo el Vietnam, Thailandia,  el Sudeste Asiático; paz a costa de inundar a todos los países del orbe de quintacolumnistas sembradores de la agitación y la anarquía; paz a costa de la expansión arrolladora del comunismo amarillo en el mundo; paz para Johnson, pero libertad de acción para Ho Chi Minh.

 Son verdades vulgares, pero que conviene recordar: tiene la Iglesia una misión de orden espiritual y cuenta para su cumplimiento con la asistencia indefectible del Espíritu Santo, pero esa asistencia no está prometida cuando elementos significados de la Iglesia intentan hacer piruetas en el campo político, pues la historia nos está demostrando los lamentables fallos en que han incurrido y siguen incurriendo esos significados elementos. No

confundamos la acción política de ese o esos significados representantes de la Iglesia con la Iglesia misma, por muy alta y significativa que sea su misión. Dios no obliga a los católicos a seguir y secundar una política equivocada de restricciones de apoyo moral a las naciones que mejor han defendido y defienden la civilización cristiana (aunque como en toda obra humana vayan mezclados también los intereses materiales), pues esa falta de apoyo moral en el momento preciso equivale en ciertas circunstancias a colocar todas las bazas en manos del comunismo.

 En reciente discurso pronunciado por Pablo VI en la Basílica de San Pedro, el día 1 de este mes de enero, discurso que, salvo mejor criterio, no creemos que forme parte del Magisterio ordinario de la Iglesia, pues más que de tipo doctrinal fue de tipo político, se repite la palabra «paz» más de treinta veces y sólo dos o tres veces y de pasada se habla de los conceptos que al fin y al cabo son el fin de la paz y por sí mismos condicionan la bondad o la maldad de la paz Se celebra, en efecto, la jornada de la paz, se recita la oración por la paz, se anuncia la paz, se desea la paz en el año nuevo, Roma sanciona su civilización por la Pax Romana, se exalta el gran ideal de la paz, se exige hacer de la paz una esperanza y compromiso de cada día, de cada actividad futura, oímos el eco del nombre bendito de la paz, etc. Por el contrario pasan a la reserva y a lugar secundario y accesorio los valores que condicionan la paz y que son infinitamente superiores a ella. Se enumeran una serie de valores materiales, el orden, la serenidad, la alegría, la hermandad, la libertad, la esperanza, la energía, el progreso, el bienestar y en último término aparece por fin Dios.

 Todos esos valores, que en su mayoría son puramente materiales, lo mismo pueden lograrse por una paz verdadera que malograrse por una paz falsa. Si esos valores son por sí mismos superiores a la paz, ésta como tal será un medio indiferente, deseable en cuanto conduzca a obtener aquellos bienes y repudiable en cuanto nos aparte de los mismos. Además: bien están todos esos valores que se enuncian en el discurso, el orden, la serenidad, la alegría, la libertad, el progreso, etc.; pero lo principal no son esos bienes, sino el que aparece el último en la enumeración, a saber, Dios mismo: este es el único criterio verdadero para determinar la paz o la guerra. No es primero la paz y como consecuencia de la paz, Dios, sino primero y ante todo Dios, y como consecuencia de Dios, la paz o la guerra, según lo que más y mejor conduzca a Dios a la persona y a la sociedad. No se puede supervalorar como fin lo que es simple medio, y la paz nunca será fin, sino medio, y como tal subordinado al fin último que es Dios.

 Los ángeles cantaron al nacer Cristo «paz en la tierra», pero a los «hombres de buena voluntad» o «a los hombres que ama el Señor», según la moderna versión menos significativa y precisa que la primera. Pero trátese de hombres de buena voluntad o trátese de hombres a quienes ama el Señor, lo cierto es que los ángeles no desearon la paz a los hombres de mala voluntad consciente que tratan de subvertir el orden cristiano y desarraigar

de la tierra el nombre de Dios. No son tampoco amados por Dios, al menos con amor de complacencia, los hombres perversos que luchan contra el reino de Cristo ni tampoco, por tanto, son dignos de la paz.

 Dios, pues, ama la paz, pero una paz condicionada a la buena voluntad y a las leyes que El ha puesto a la Humanidad. Cuando las naciones se levantan contra Dios y tratan de eliminarle del mundo, sería suicida que las naciones que creen en El y desean salvar la civilización cristiana, se autosugestionasen y adormecieran con la droga dorada de la «PAZ» y en nombre de la misma se dejaran avasallar, dominar y destruir.

 Bienvenida la paz, pero no a costa de nuestras almas, ni a costa de nuestra civilización, ni a costa de nuestra patria, puesto que el alma, la sociedad, la civilización y la patria están muy por encima de la paz.

 «Paz sólo a los hombres de buena voluntad.»


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 211, 13-Ene-1968

 

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