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¡Busca
primero el honor…! (Chatterton)
La disciplina,
como observancia abnegada de las leyes, de las órdenes, no cabe duda que
constituye un pilar fundamental en las Fuerzas Armadas. Como dice Montaigne,
en uno de sus ensayos, “… del obedecer nace toda virtud”. La operatividad y
la eficacia que exige el Ejército requiere a toda costa que se salvaguarde
esta virtud esencial en aras del orden y buena organización que ha de existir
en la familia castrense.
La disciplina,
no obstante ser una pieza clave, no se encuentra sola en el elenco de los
valores que deben adornar a un buen soldado. La obediencia en el marco del
Ejército exige una identificación entre el que ordena y el sujeto pasivo de
la orden. Una identificación en los fines, los supremos intereses de la Patria,
su defensa espiritual y física. Cuando el mandato se dirige hacia estos fines,
la obediencia, la disciplina, son virtudes dignas de alabanza. Cuando la Patria,
su unidad, grandeza y libertad no están lo suficientemente tuteladas, cuando
el militar pierde la orientación finalista de su vocación, cuando su honor es
relegado, la disciplina lo convierte en una marioneta.
En el
pináculo de la pirámide de las virtudes castrenses, se encuentra el honor,
concebido no como una palabra que sirve para que los caballeros juren por
ella, como dijera Samuel Butler, sino como ese patrimonio del alma… sobre el
que no se puede transigir, cuya versión nos dejó inmortalizado Calderón en “El
alcalde de Zalamea”.
El honor es
ese genio maravilloso de las grandes empresas, sin él no hay ni disciplina,
ni valentía, ni heroísmo, ni gloria… Un autor latino puso de manifiesto esta
realidad en un célebre epigrama: “el que ha perdido el honor ya no puede
perder más”.
Sí a la
disciplina, sí al honor, pero lo segundo es antes que lo primero, ya que de
lo contrario nos encontraríamos con un mercenario, sin patria y sin fin.
“La honra de
todos -dice A. Flores- no se debe confiar al que no sabe confiar en la suya
propia”. Este pensamiento es de perogrullo, pero se olvida cuando se exige
obediencia y sumisión en nombre de una disciplina escuálida, sin fundamento,
anodina y desalmada.
Una orden es
legítima cuando su contenido se corresponde con las atribuciones del que la dicta
y cuando no conculca o ignora los principios intangibles que conforman el
alma castrense: cuando el mandato no se adecúa a estas dos premisas el deber es
desobedecer, de lo contrario se vulneraría el orden jurídico y se traicionarían
las fidelidades y, por tanto, estaríamos ante la concepción del honor que nos
presenta Butler, ante una palabra vacía: caeríamos en un refinado nominalismo
que nada quiere decir, una simple forma; pero el militar cuando se entrega
por entero en la defensa de la Patria y todo lo que ésta supone, no lo hace
porque sí, por una forma, por una remuneración económica, sino que lo hace
por lo más sagrado que posee, por su honor, “… honor es patrimonio del alma,
y el alma solo es de Dios”.
Cuando se
exige obediencia por el honor de la democracia liberal partitocrática en vez
de por el honor de España, esa exigencia sólo se puede imponer mediante la
tiranía; en esa obediencia, en esa disciplina, la virtud ha dejado de habitar,
por la sencilla razón de que se ha subvertido la jerarquía de los valores.
M. BALADO
RUIZ-GALLEGOS
Revista FUERZA NUEVA, nº 629, 27-Ene-1979
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