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martes, 31 de marzo de 2026

Buscar primero el honor...

 Artículo de 1969

 ¡Busca primero el honor…! (Chatterton)

 La disciplina, como observancia abnegada de las leyes, de las órdenes, no cabe duda que constituye un pilar fundamental en las Fuerzas Armadas. Como dice Montaigne, en uno de sus ensayos, “… del obedecer nace toda virtud”. La operatividad y la eficacia que exige el Ejército requiere a toda costa que se salvaguarde esta virtud esencial en aras del orden y buena organización que ha de existir en la familia castrense.

 La disciplina, no obstante ser una pieza clave, no se encuentra sola en el elenco de los valores que deben adornar a un buen soldado. La obediencia en el marco del Ejército exige una identificación entre el que ordena y el sujeto pasivo de la orden. Una identificación en los fines, los supremos intereses de la Patria, su defensa espiritual y física. Cuando el mandato se dirige hacia estos fines, la obediencia, la disciplina, son virtudes dignas de alabanza. Cuando la Patria, su unidad, grandeza y libertad no están lo suficientemente tuteladas, cuando el militar pierde la orientación finalista de su vocación, cuando su honor es relegado, la disciplina lo convierte en una marioneta.

 En el pináculo de la pirámide de las virtudes castrenses, se encuentra el honor, concebido no como una palabra que sirve para que los caballeros juren por ella, como dijera Samuel Butler, sino como ese patrimonio del alma… sobre el que no se puede transigir, cuya versión nos dejó inmortalizado Calderón en “El alcalde de Zalamea”.

 El honor es ese genio maravilloso de las grandes empresas, sin él no hay ni disciplina, ni valentía, ni heroísmo, ni gloria… Un autor latino puso de manifiesto esta realidad en un célebre epigrama: “el que ha perdido el honor ya no puede perder más”.

 Sí a la disciplina, sí al honor, pero lo segundo es antes que lo primero, ya que de lo contrario nos encontraríamos con un mercenario, sin patria y sin fin.

 “La honra de todos -dice A. Flores- no se debe confiar al que no sabe confiar en la suya propia”. Este pensamiento es de perogrullo, pero se olvida cuando se exige obediencia y sumisión en nombre de una disciplina escuálida, sin fundamento, anodina y desalmada.

 Una orden es legítima cuando su contenido se corresponde con las atribuciones del que la dicta y cuando no conculca o ignora los principios intangibles que conforman el alma castrense: cuando el mandato no se adecúa a estas dos premisas el deber es desobedecer, de lo contrario se vulneraría el orden jurídico y se traicionarían las fidelidades y, por tanto, estaríamos ante la concepción del honor que nos presenta Butler, ante una palabra vacía: caeríamos en un refinado nominalismo que nada quiere decir, una simple forma; pero el militar cuando se entrega por entero en la defensa de la Patria y todo lo que ésta supone, no lo hace porque sí, por una forma, por una remuneración económica, sino que lo hace por lo más sagrado que posee, por su honor, “… honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios”.

 Cuando se exige obediencia por el honor de la democracia liberal partitocrática en vez de por el honor de España, esa exigencia sólo se puede imponer mediante la tiranía; en esa obediencia, en esa disciplina, la virtud ha dejado de habitar, por la sencilla razón de que se ha subvertido la jerarquía de los valores.

 M. BALADO RUIZ-GALLEGOS


Revista FUERZA NUEVAnº 629, 27-Ene-1979

 

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