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LA IGLESIA
ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN
Por
Francisco José Fernández de la Cigoña
Han
pasado ya suficientes días como para que, alejados del calor de la lucha
electoral, podamos analizar el hecho más trascendente de la vida de la
Iglesia en España desde el holocausto de 1936 y la restauración del
catolicismo gracias al triunfo de la España nacional, alzada en armas contra
el marxismo el 18 de julio de 1936.
No cabe
en el breve espacio de un artículo describir las traiciones y las miserias de
una de las más vergonzosas etapas de nuestro catolicismo o, tal vez, la más
triste de todas ellas, pues no abundaron en nuestra Patria, gracias a Dios, épocas
de ignominia como la que acabamos de vivir.
RECTIFICACIÓN
URGENTE
En una nación
de santos, de mártires y de héroes, la figura del obispo Oppas ha tenido
afortunadamente escasísimas repeticiones históricas y su recuerdo se
desvanece ante el de los Leandros, Isidoros, Olivas, Cisneros, Bellugas,
Aguirres, Riberas, Inguanzos, Quevedos, Merrys del Val, Seguras o Gomás. Por
ello, si mi buen amigo Manuel Ballesteros me lo permite como director de FUERZA
NUEVA y los lectores de la revista lo soportan, me extenderé en algunos números, más que en un
análisis histórico de unos hechos, en las consecuencias que para el futuro
del catolicismo español debemos extraer de los mismos. Porque entiendo que de
nada sirve llorar sobre el pasado si no tenemos una decida voluntad de mañana
para enderezar los torcidos rumbos por los que se pretende hacer marchar a
los católicos de España y cuya meta es, sin duda alguna, la apostasía de una
Patria que se forjó en el amor a Cristo y en su servicio.
Entiendo
también que tal trabajo no puede quedarse en las nubes de los principios,
sino que es preciso bajar a los nombres y apellidos y así lo haremos. Sin
dudar de rectas intenciones subjetivas donde pueda haberlas, pero dando a las
mismas el valor que tienen, es decir, ninguno, salvo en el fondo de las
conciencias, de las que sólo Dios tiene el derecho a juzgar.
No cabe duda
que la Iglesia española después de la gloriosa victoria sobre los enemigos de
Dios se durmió en sus laureles. Como tantas otras cosas se durmieron en
España, sueño del que hoy estamos pagando los resultados. Para no hacernos interminables, hemos de
pasar por alto mil episodios no carentes de interés y que iban denotando que
bajo ese sueño se estaban alentando vientos que producirían las tempestades
que luego sobrevinieron.
La
postergación del cardenal Segura a la que se prestó, en propio beneficio, el
entonces obispo de Vitoria y luego cardenal José María Bueno Monreal, que
afortunadamente este año presentará la dimisión al Santo Padre por cumplir 75
años de edad. Las primeras manifestaciones después de la guerra del
separatismo clerical en las provincias vascas, cortadas enérgicamente por el
entonces nuncio Antoniutti. La operación Moisés, en la que el progresismo
apareció ya claramente organizado. Los últimos días de monseñor Gúrpide,
canallescamente amargados por la rebelión de parte de su clero. La injusta
postergación de monseñor Morcillo y la turbia maniobra de la nunciatura para
impedir que monseñor Guerra Campos asumiera el gobierno de la diócesis
durante la sede vacante. La desdichada Asamblea Conjunta (1971) a cuyos
cabecillas vemos hoy al frente de diversas sedes episcopales. La clara
postura beligerante de parte de la Iglesia española en los últimos años de
Franco, en los que la citada Asamblea Conjunta y el “caso” Añoveros fueron
los momentos culminantes. Y todo lo demás que se podría añadir.
Y desde hace
diez años, jugando un importantísimo papel en esta obra de demolición, una
figura tan poco simpática como aparentemente discreta: el actual nuncio Luigi
Dadaglio, del que algún día habrá que escribir la historia, que ha dejado, a
su paso por España, un rastro como el del caballo de Atila.
He oído
contar, y de lo único que respondo es de que así me lo refirieron, que
explayándose con un amigo, le decía: “Cuando yo llegué a la nunciatura había 60
obispos tradicionales contra 10 de los nuestros. Hoy he conseguido que seamos
nosotros los 60”. Lo haya dicho o no, es la pura verdad. Esa es su obra. Y no
sólo cambió radicalmente el signo del episcopado español, sino que dio al
mismo, continuando la línea de su predecesor Riberi, un tono de mediocridad,
de pobreza intelectual y moral, de falta de personalidad y virtudes humanas
que condiciona gravísimamente, si cabe todavía más que a causa de su
progresismo, la posibilidad de actuación de los obispos españoles.
Hoy, salvo
contadas excepciones, no existen los obispos para los católicos de España. Ni
leen sus documentos ni rodean a sus personas de ese amor que hasta ahora
siempre habían sentido nuestros prelados. El cardenal Tarancón ha sido objeto
en varias ocasiones de insultos irreproducibles proferidos por masas de
católicos hasta aproximarse no poco a la figura jurídica del odium plebis.
El arzobispo
de Zaragoza (Yanes) acaba de ser gravísimamente insultado en su misma
basílica del Pilar por un católico, sin que sus fieles se alteraran lo más
mínimo. La jubilación del señor Añoveros, figura cumbre de la línea Dadaglio
y de la oposición al franquismo, solicitada anticipadamente por motivos de
salud, trajo sin cuidado a los católicos de Bilbao, excepto a los del sector
tradicional que experimentaron una viva alegría. Infantes Florido acaba de
dejar su diócesis de Las Palmas, que había pastoreado de escándalo en
escándalo, sin una lágrima por parte de nadie y sin el menor júbilo por parte
de quienes le van a subir a sufrir en Córdoba. Y lo mismo cabe decir del
señor Roca con su traslado a Valencia. Cirarda llegó a Pamplona y en escasísimos
meses se puso enfrente a los navarros con su soñada idea de la provincia
eclesiástica vasca, que la mayoría de los católicos del antiguo reino repudia.
El nombramiento de Echarren para Las Palmas si ha producido algo es
consternación.
Esta fue la
labor del nuncio Dadaglio cuya misión en España, a Dios gracias, toca a su
fin. En breve parece ser que dejará el Palacio de la calle de Pío XII. Y ha
sido tan desastrosa su tarea, ha dejado tan maltrecha a la Iglesia de España,
que casi da igual que se vaya o que se quede (…) Porque, ¿qué más puede hacer
Dadaglio si continúa aquí? ¿Es que puede nombrar para Sevilla, cuando quede
vacante este año la sede del señor Bueno Monreal, a alguno peor que él? ¿Es
que, vacante como está San Sebastián, por la dimisión presentada por el señor
Argaya, el que proponga para aquella diócesis va a ser peor que el dúo Argaya-Setién
que hasta ahora la gobernó? (…)
Lejos de mí
el jugar a profeta y ni que decir tiene que acepto de antemano con reverencia
cualquier decisión del Santo Padre. Pero ello no implica dejar de reconocer
que la postergación del señor Dadaglio sería un motivo de alegría para muchos
católicos españoles y el inicio de una rectificación urgente y necesaria.
(Continuará)
Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979
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