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Una
actitud censurable
En
el ABC, del día 3 de julio (1970) aparece un editorial bajo el título “Una
actitud censurable” que, por su interés, reproducimos íntegro. Hora es ya que
salten a las primeras páginas de la actualidad nacional hechos como éste,
hechos que nosotros venimos comentando con el ánimo exclusivo de que la
verdad resplandezca.
“Unos sacerdotes de Sestao y Somorrostro se
han negado a bendecir los locales que, para viejos jubilados, ha inaugurado
recientemente la Caja de Ahorros de Bilbao. Y la alcaldesa de la capital
vizcaína, doña Pilar Careaga de Lequerica, rezó en ambos hogares sendos padrenuestros,
pidiendo al Altísimo que aceptara la oración como bendición de las
instalaciones.
Como cristianos, como católicos, como
periodistas respetuosos ante las materias religiosas, daríamos algo y aún
algo más que algo, por no sentirnos impulsados a comentar, con necesaria
severidad, la negativa actitud de estos sacerdotes, que no han sabido
anteponer a cualquier principio o imperativo el imperativo mayor y principio
máximo de una abierta caridad hacia la obra benemérita hecha en favor de unos
jubilados y hacia esos mismos.
Sabido es que, de un tiempo a esta parte,
se suceden, en la diócesis del caso, tensiones, incidentes, episodios
lamentables incluso, movidos por las discrepancias interpretativas de las
normas concordadas, de los fueros civil y eclesiástico. Pero cualquiera que
sea la naturaleza jurídica última de tales discrepancias y la razón que
asista a cada parte, siempre entenderemos que deben quedar enmarcadas en un
plano polémico y negociador distinto de ese otro plano en el cual discurre la
normal vida cotidiana de la comunidad, ámbito primero y obligado para el
ejercicio recto, caritativo y conciliador, del ministerio sacerdotal en todas
sus manifestaciones.
“Piensen, por fin -adoctrina el decreto
conciliar sobre el ministerio y vida de los presbíteros- que están puestos en
medio de los seglares para conducirlos a todos a la unidad de la caridad:
amándose unos a otros con amor fraternal, honrándose a porfía mutuamente (Rom
12, 10). Deben, por consiguiente, los presbíteros armonizar las diversas
inclinaciones de forma que nadie se sienta extraño en la comunidad de los
fieles”.
Pero, en todo caso y en este que comentamos
especialmente, no haría falta el actualizado consejo que transcribimos para
llegar a la misma y definitiva conclusión. El eterno mandamiento de amor al
prójimo, el precepto eterno de la caridad, obliga al cristiano a perdonar los
daños e incomprensiones que sufran por los demás y veda, al mismo tiempo,
toda y cualquier represalia hacia el considerado enemigo. Porque si sólo
amamos a quienes nos aman y sólo hacemos el bien a quienes con bien nos
retribuyen, nada nos diferencia de los que no son cristianos. ¿Puede, así,
llamarse cristiana, auténticamente cristiana, la negativa a bendecir los
locales de los jubilados vizcaínos? ¿Pueden, así, calificarse de cristianas
otras análogas posturas en las que se sobrepone a toda luz de virtud, de
humildad y caridad, un violáceo resplandor de réplica, quizá de represalia?
Cierto podrá ser, seguramente muy cierto,
que no exista precepto que obligue a sacerdote alguno a bendecir unos locales
que no están destinados al culto, si examinamos la ley con ojos fríos de
exégetas o con sutil criterio jurisprudencial de escribas contemporáneos.
Pero si contemplamos la ley en su espíritu,
en su profundidad y sentido ¿cómo explicar una oposición a las tradiciones
piadosas, nada censurables, de una comunidad cristiana? ¿Cómo justificar la
negativa a una práctica religiosa respetable, querida por todos, fieles y
autoridades locales? ¿Concuerda verdaderamente, y sin peligro alguno de
escándalo para nadie, esta conducta con el espíritu que debe informar el
ministerio sacerdotal?
Difícil, muy difícil, nos parece encontrar,
en este caso, un aleccionamiento edificante para la comunidad. Los sacerdotes
se han abstenido, se han negado a actuar como actuaron, desde hace siglos
otros sacerdotes ordenados para el servicio de los mismos principios inmutables
de la misma eterna verdad.
Y han tenido que ser la alcaldesa de Bilbao
y los propios jubilados, con exteriorización de una fe sincera y humilde,
quienes pusieran unas palabras de oración y pidieran con ellas la bendición
para sus locales.
En la medida, aunque sea mínima, en que
esto sea hacer religión, ellos solos han sido, la alcaldesa y los jubilados,
los que, en esta ocasión, la han hecho.
ABC, 3 de
julio de 1970
Revista FUERZA NUEVA, nº 183, 11-Jul-1970
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