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miércoles, 25 de marzo de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (2)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (2)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 Con la larga introducción que supuso el artículo anterior, llegamos ya al proyecto constitucional español y a las reacciones católicas ante el mismo. No es posible hacer relación de todos los artículos en los que sacerdotes y seglares comenzaron a mostrar serias reservas ante la Constitución que se estaba preparando. Fuerza Nueva, como revista y como grupo político, estuvo desde el principio en la vanguardia de esta lucha por el honor de Dios y por el honor de España. Artículos, conferencias en el local de su sede en Madrid, mítines a lo largo y a lo ancho de España, en los que tanto Blas Piñar como los restantes oradores se oponían a la Constitución por motivos religiosos y patrióticos, dan fe de esta postura, verificable sin más que repasar la colección de la revista. Y al lado de Fuerza Nueva, diarios como “El Alcázar”, “El  Pensamiento Navarro” y “Región”, revistas como “Qué pasa?”, “Iglesia Mundo” y “Roca Viva” y, de un modo más matizado, por cuanto recogía opiniones tanto favorables como contrarias a la Constitución, aunque estas últimas eran inmensa mayoría, el diario madrileño “El Imparcial”.

 Y la Jerarquía seguía callada

 Desde el primer momento, además de las críticas de fondo a la Constitución, apareció la extrañeza ante la actitud de silencio del episcopado español. Ya el 20 de mayo de 1978 publiqué en estas páginas un artículo titulado Pastores mudos, en el que denunciaba la extraña postura de nuestros obispos. Pocos días después, un ilustre canónigo y queridísimo amigo daba a luz un trabajo definitivo en “El Alcázar (15/6/78) bajo el sugestivo título de ¿Nos entregáis a los lobos? Su último epígrafe, La complicidad del silencio, bien merece ser reproducido. 

Señores obispos; bien sabéis que España fue un inmenso altar donde fueron inmolados muchos mártires en el riguroso sentido de la palabra. Esa sangre grita hasta Dios desde la tierra; esa sangre os interpela. Se ha dicho en corros progresistas que la Iglesia española se equivocó de bando en 1936 y ahora puede rectificar. Ha podido hablarse así por los mismos que en la Asamblea Conjunta (1971) quisieron condenarla. ¿Seréis vosotros capaces de pasaros al otro bando, capaces de rectificar con vuestro silencio? 

En el manifiesto que proyectaban dirigir a los obispos de 1966 los clérigos de la “Operación Moisés”, pedían que no los entregaran a los lobos renovando la confesionalidad. A los obispos de 1978 se les puede decir y pedir por la sangre de Cristo: si nos han de devorar los lobos que no seáis vosotros quienes nos entreguéis a ellos. Lobos son los liberales y marxistas que se han apoderado de España y es natural que quieran, a pesar de todas las apariencias, arrancar de cuajo la raíz cristiana, tan odiada de ellos. Lo escandaloso e infamante será que manos cristianas y consagradas les ayuden con fervor en la tarea. Cuando se va contra la Cruzada (“No registra la historia una Cruzada más Cruzada”, obispo Olaechea), es natural que se tire contra la Cruz; lo antinatural es que tiran contra ella quienes la llevan en el pecho.

 Sed valientes, hablad con claridad, cargad sobre vuestros hombros la responsabilidad de vuestra hora. En esta encrucijada os sale inevitablemente al encuentro la gloria o la infamia. Hablad al pueblo y a los gobernantes con palabras de luz y de roca. No olvidéis que, de todos modos, como decía el Papa san Gelasio habéis de dar cuenta ante el tribunal de Dios aun de los mismos reyes de los hombres”.

 Y concluía diciendo

 Si España, gobernantes y pueblo, fieles y obispos, con nuestra acción o inacción, llevara a Cristo al Calvario, no olvidemos que del Calvario se baja dándose golpes de pecho o, como Judas, después de la entrega, se busca un cordel”.

 La durísima requisitoria del ilustre sacerdote -y qué premonición la suya al anunciaros, obispos Marcelo González, Pablo Barrachina, Luis Franco, José Guerra Campos, Ángel Temiño, Francisco Peralta, Segundo García de Sierra, Demetrio Mansilla, Laureano Castán, que encontraríais la gloria como otros hallaron la infamia-, no fue una voz que clamaba en el desierto.

 Recuerdo por aquellos días, en la seguridad de que se me olvidarán muchos nombres, la incansable labor de mis queridísimos y admirados Luis Madrid Corcuera, canónigo magistral de Vitoria, y Eulogio Ramírez, el primero no sólo en artículos sino también en brillantísimas conferencias. Y artículos magníficos de Juan Vallet de Goytisolo, Ángel Garralda, Juan María Bonelli, Manuel de Santa Cruz, Rafael Gambra, Julián Gil de Sagredo, Luis Valero, el P. Sospedra, Salvador Muñoz Iglesias, Gabriel García Cantero, Manuel Díaz… casi todos ellos, pues a alguno no tengo el honor de conocerle personalmente, amigos entrañables.

 Pero la Jerarquía seguía callada. Por fin, dos obispos expresaron graves en reservas a puntos concretos tratados por la Constitución. Eran los obispos de Orense, monseñor Temiño (“El Pensamiento Navarro”, 2/7/78) y el obispo de Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina (“El Alcázar”, 28/6/78). El silencio se había roto y los católicos podíamos salir de la perplejidad en la que nos encontrábamos.

 Porque, ¿cómo era posible que la doctrina de la Iglesia, que encontrábamos clarísimamente expresada en los documentos pontificios y en la misma Sagrada Escritura no fuera así entendida por nuestros obispos? ¿No sabíamos nosotros leer o rehusaban ellos cumplir con los inexcusables deberes de su ministerio sagrado?

 Y llegados a este punto, es hora ya de exponer los graves reparos que, desde el punto de vista católico, se opusieron a la Constitución y que en ningún momento fueron rebatidos, tarea difícil de otra parte, por quienes sostenían que nada había en la Constitución que se opusiera a la doctrina católica o que, si había algo, eso era de tan poca importancia que no exigía el voto negativo de los católicos.

 En primer lugar está la fundamentación del poder y todo lo que ello implica. La soberanía popular que la Constitución consagra, sin ninguna referencia a una instancia superior, no es una opción por un sistema democrático de Gobierno, cosa que sería legítima, sino afirmación de que ni Dios ni la Ley Natural tienen nada que ver en la legislación de los pueblos. Será bueno o malo, y por tanto legal o ilegal, lo que la mayoría decida en un momento dado. El aborto, el divorcio, lo que se quiera…

 Pues bien, eso no lo puede aceptar un católico. Y no lo digo yo, sino Pío IX, León XIII, San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y el segundo Concilio Vaticano. Y con palabras tan claras que no cabe error en su interpretación. No se trata aquí de sutiles distinciones sobre la gracia o de otras complejas materias sólo asequibles a elevados conocimientos teológicos. No. Estamos ante las más simples palabras evangélicas: El que no está conmigo está contra Mí. Y está contra él quien dice que es bueno lo que Dios ha dicho que es malo, y el que pudiendo querer el bien para una nación quiere el mal. Sea cardenal, obispo, sacerdote o seglar.

 Cabría, extendiendo al máximo la buena voluntad de los católicos españoles, aceptar la siguiente tesis de nuestros obispos: Circunstancias graves de orden político hacen que el Episcopado, para evitar males mayores, calle en estos momentos lo doctrina de la Iglesia, o que circunstancias de nuestra sociedad, en el caso de que la mayoría de los españoles hubieran apostatado de la fe de sus mayores, cosa que ciertamente no se evidencia, impidieran que la doctrina católica fuera aplicada en estos momentos. No porque hubiera dejado de ser verdadera sino porque su implantación, hoy y aquí, sería imposible…

 Pero, y después lo hemos ver, no fue esa la actitud de la mayoría de nuestro Episcopado. Lo que los Tarancones, los Buenos, los Jubanys, los Yanes y demás comparsa declararon fue otra cosa muy distinta. Para ellos no existe la doctrina católica sobre el poder. O la desconocen, que ya sería muy grave, o la desprecian. Por eso no hay motivos religiosos, según ellos, para oponerse a la Constitución. Con lo que contradicen a todos los Papas de este siglo. Lo que los coloca, por lo menos, en una muy curiosa posición.

 En segundo lugar está la confesionalidad del Estado. Pese a lo que han dicho numerosos obispos y hasta el ministro Marcelino Oreja, que no es precisamente un Padre de la Iglesia, el segundo Concilio Vaticano no se ha opuesto a la tesis de la confesionalidad, y así lo manifiesta expresamente continuando la doctrina tradicional.

 Recogeremos al respecto solamente una cita de la Quas Primas, de Pío XI, que dirime la cuestión definitivamente para los católicos: “El mundo ha sufrido y sufre este diluvio de males porque las inmensa mayoría de la humanidad ha rechazado a Jesucristo y a su santísima ley en la vida privada, en la vida de familia y en la vida pública del Estado: y es imposible toda esperanza segura de una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen obstinadamente el reinado de nuestro Salvador”.

 Y añade:

 No nieguen, pues, los gobernantes de los Estados el culto debido de veneración y obediencia al poder de Cristo, tanto personalmente como públicamente, si quieren conservar incólume su autoridad y mantener la felicidad y la grandeza de su patria”.

 Todo lo contrario, por tanto, a lo que establece nuestra Constitución. Y ello es tan evidente que basta al más sencillo de los espíritus al leer el texto constitucional y los que contienen la doctrina universal de la Iglesia para comprobar que su oposición es radical ¿Qué ocurrió entonces con nuestros obispos?

 En tercer lugar está el divorcio, condenado explícita y tajantemente por Cristo: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre . Nuestra Constitución enmienda las divinas palabras, afirmando que lo que Él unió bien puede separarlo ella. Y nuestros obispos siguen sin encontrar razones religiosas para oponerse a la Constitución…

 En cuarto lugar, el tema del aborto. Ciertamente esto no aparece legalizado en ningún artículo, pero es público y notorio, y los obispos lo saben, que la Constitución no le ha cerrado las puertas definitivamente. Así lo han afirmado en varias ocasiones los diputados socialistas y comunistas, y que esas puertas serán abiertas cuando lleguen al poder.

 En quinto lugar, tenemos las gravísimas amenazas al derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias, que los mismos obispos han reconocido pero que tampoco ha supuesto una actitud de oposición por su parte a riesgos evidentes y de incalculables repercusiones. Siguen sin aparecer, para ellos las razones religiosas…

 (Continuará)

 

Revista FUERZA NUEVAnº 629, 27-Ene-1979


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