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LA FE EN
LA DEMOCRACIA
Los actuales “beatos”
de la democracia en España -como los llamaba Salvador de Madariaga- son tan
fanáticos, tan cerriles, que no se dan cuenta siquiera de que su adhesión a
la democracia es irracional; de que no pueden encontrarle fundamentos
racionales a su profesión democrática; de que su devoción por la democracia
es no más que fruto de su fe, y de que, consiguientemente, ha de haber
ciudadanos que no tengan fe en la democracia en general o en la democracia
liberal o en la democracia socialista.
Entre los
varios autores que conozco afirmando que la democracia es una fe, hay dos que
me parecen más claros y profundos: Jacques Maritain, “L’homme et l’Etat”, y
Julien Benda, en “La Grande Epreuve des Démocraties”.
Maritain
observa que, después de haberse ensayado en la Edad Media el intento de basar
el Estado en la unidad de la fe religiosa o teologal, en la Edad Moderna se
ha intentado el esfuerzo de basar la vida de la comunidad civil sobre el
fundamento de la pura razón, separado de la religión y del Evangelio. “Este
esfuerzo ha suscitado inmensas esperanzas durante los dos últimos siglos, pero
ha hecho quiebra rápidamente. La pura razón se ha mostrado aún más impotente
que la fe para asegurar la unidad espiritual de la humanidad y el sueño de un
credo “científico” que uniese a los hombres en la paz y en comunes
convicciones sobre los fines y los principios fundamentales de la vida y de
la sociedad humanas, se ha desvanecido en las catástrofes contemporáneas”. Contra
esta convicción y contra este evidencia militan ahora el padre Martín Patino,
en su última conferencia del Club Siglo XXI, y Enrique Miret Magdalena, en “El
Imparcial”, los cuales, lo mismo que Azaña, consideran que la fe religiosa
hay que relegarla al foro íntimo de la conciencia, sin darle trascendencia en
la vida política ordinaria.
Maritain, iluso
a pesar de todo, como el padre Patino y Miret Magdalena, considera que la
futura o presente comunidad civil sólo puede basarse en “un común credo
humano, el credo de la libertad…” Pero el punto capital a notar aquí es que
esta fe y esta inspiración, y esta noción de sí misma de que la democracia
tiene necesidad -todo eso no pertenece al orden de la creencia religiosa y de
la vida eterna, sino al orden temporal o secular de la vida terrena, de la
cultura o de la civilización-. La fe en cuestión… es un conjunto de
convicciones del espíritu y del corazón, una “fe” temporal o secular. A esa
ideología vaga, proteica, cuyo fracaso denuncia ampliamente el profesor Jacques
Ellul, en “Trahison de l’Occident”, es a lo que Maritain llama la “fe secular
democrática”.
A su vez,
Julien Benda estima que “la democracia debe considerar ciertos valores como
fuera de discusión, como artículos de fe: estos valores son precisamente los
principios democráticos. Según algunos de sus adeptos, explica Benda, la
democracia no debe aceptar nada que no esté basado en la razón; pero como
este autor era consciente de que la razón es demoledora de todo, incluso de
sí misma, pretende que la adopción de principios políticos, siendo una
actitud moral, procede, en el fondo, de la fe, no de la razón.
Naturalmente,
ese mismo irracionalismo es el que late en la famosa genialidad de Churchill,
según la cual se adopta la democracia parlamentaria no por otra razón, sino
por ser el peor todos los regímenes de gobierno salvo todos los demás. A poco
que razonemos y analicemos, caemos en la cuenta de que esa genialidad que
muchos recitan por boca de ganso, vale igualmente para cualquier régimen: si
exceptuamos a todos los regímenes, la democracia no es el mejor, es el único
que nos queda y no lo podemos comparar, no lo estamos comparando con los
demás: lo adoptamos, sin compararlo con los demás, por fe, irracionalmente.
¿Qué se
desprende del hecho de que la democracia es una fe?
A mi juicio
se desprenden tres consecuencias, dos políticas y una político-moral.
1ª Que la
democracia será un éxito cuando la inmensa mayoría de los ciudadanos tengan
la fe democrática, aun cuando las pequeñas minorías puedan, mediante el
terrorismo, hacer inviable la democracia, instituyendo un poder paralelo y un
Estado clandestino. Observa Pascal que los hombres funcionan civilmente mejor
cuando hay unanimidad, aunque sea unanimidad en el error, que cuando hay
pluralidad de opiniones o de fes.
2ª Que la
democracia será un fracaso como se imponga a muchos ciudadanos que carezcan
de fe en la democracia. La verdad es que hay que tener mucha fe, muchas tragaderas
y mucha ceguera para creer que la democracia produce la justicia, la libertad,
la paz y el bienestar general.
3ª Que en el
régimen democrático es ilegítimo, es inmoral y debe ser ilegal cualquier
conato de imponer la fe democrática a los ciudadanos por cualquier medio, e
impedir que los ciudadanos con fe en otro régimen no democrático o
democrático-orgánico hagan todo lo moralmente lícito para superar, rebasar y
eliminar la democracia e instaurar un régimen más humano, más acorde con las
profundas aspiraciones humanas, que depare más seguridad civil, más bienestar,
más libertad, más progreso, menos paro obrero, menos parasitismo de los
partidos y sindicatos etc.
Eulogio RAMÍREZ
Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979
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