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Consejos
vendo
Me he quedado
asombrado (*) al leer la quinta carta cristiana que sobre el matrimonio ha publicado
monseñor Tarancón recientemente.
En ella dice ni
más o menos que lo siguiente: “La legislación civil sobre el matrimonio y la
familia debe tener en cuenta las exigencias de la Ley Natural”.
¡Casi nada! Eso
es, justamente, lo que debía haber dicho quince días (referéndum
constitucional). En el momento preciso. Cuando los católicos se lo
pedíamos con ansia. Cuando se tapó los oídos y, para acallar su conciencia,
dijo eso tan absurdo de que “cada uno vote en conciencia, porque la
Constitución no contiene nada vituperable que impida a los católicos
aceptarla”.
¡Y ahora
resulta que las normas sobre matrimonio y familia que contiene la
Constitución no se apoyan en las exigencias de la Ley Natural!
Cuando unos
días antes unos dignísimos obispos dijeron: “Cuidado, que la Constitución no
respeta los postulados de la Ley Natural”, la clerecía “progre” -algún obispo
entre ellos- se llevó las manos a la cabeza y se alborotó con escándalo farisaico.
Cuando, en
vísperas del referéndum, monseñor Tarancón se prestó al sucio juego de TV
pronunciando “La última palabra” en una absurda y pueril pretensión de
desautorizar al cardenal primado (mons. Marcelo González), insistió en que
los católicos podíamos aceptar tranquilamente la Constitución.
Si, cuando
pronunció “la última palabra”, nos hubiera advertido que algunos preceptos de
la Constitución vulneraban la Ley Natural, los españoles no tendríamos que
lamentar una legislación divorcista, una enseñanza laica, un matrimonio civil
obligatorio y la cadena de abortos legalizados que, como maldición divina, va
a caer sobre esta desdichada nación.
Pretender
ahora, cuando la cosa no tiene remedio, que los parlamentarios españoles,
ateos, indiferentes o cristianos vergonzantes en su inmensa mayoría, observen
las exigencias de la Ley Natural, es un sarcasmo impropio de un cardenal.
El querer
nadar entre dos aguas y el pretender servir a dos señores trae estas tristes
consecuencias. Si a una fe débil, fruto de una falta de formación cristiana,
de la que en buena parte hay que culpar a nuestros obispos, se añade este
triste espectáculo de ver a la Iglesia oficial arrimada al Poder y haciéndole
el juego (lo que tanto se vituperaba hace muy pocos años) no es de extrañar
que los católicos españoles estemos sumidos en la confusión.
Y, lo que es
peor, sin pastores “que den a nuestro cristianismo una fuerza agresiva de
testimonio”. Que es precisamente lo que pide monseñor Tarancón en su carta
cristiana. ¡Consejos vendo…!
Jaime CORTÉS
Revista FUERZA NUEVA, nº 628, 20-Ene-1979
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