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lunes, 29 de junio de 2026

El "derechista" Fraga: el peor enemigo

 Artículo de 1979

 El peor enemigo

 LA Iglesia no tuvo sus peores enemigos en el paganismo, ni lo tiene actualmente en el ateísmo; sino en su propia entraña —como un cáncer—, en sus herejes y apóstatas. La historia lo ha demostrado. En política ocurre igual, y el reciente pasado nos ha demostrado que los peores enemigos del anterior régimen han salido de él, que han sido los traidores y perjuros, quienes gozando de situación de privilegio y prebendas que no correspondían ni mucho menos a su categoría y mérito.

 El peor enemigo no es el que da la cara, sino el que se infiltra y mina tu fortaleza. O el que, desertando y valiéndose de engaños, arrastra a tus correligionarios a la indecisión, al error y la animosidad incluso. Es lo más triste. Cierto que hay una frase evangélica que nos consuela: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros.»

 He leído que Fraga, el hombre que está más cerca de Hobbes que de Rousseau, aunque trate de disfrazarse de ursulina o de franciscano presentador de Carrillo en sociedad, ha espetado a una gijonesa patriótica que respetaba sus sentimientos, pero que no tenía el menor respeto por sus jefes (se refería a los de la Unión Nacional (*), sin duda) porque «no van de buena fe», y encrespado de tono, según corresponde a su carácter congestivo y autoritario, ha dicho que le habían acusado de masón y que eso es mentira.

 Me duele, personalmente, hablar de este hombre, porque tendría que acogerme al axioma de Chesterton: «Yo de este hombre sólo puedo decir cosas buenas; así que voy a ser breve.» Pero el ex ministro franquista, de un tiempo a esta parte, ha perdido los estribos y lo que dice y hace no es fruto de una simple intemperancia ni de un trastorno biliar, sino algo más profundo y peligroso. Y eso obliga, largo y tendido, a hablar de él.

 Fraga acusa a los dirigentes de Unión Nacional de no tener «buena fe». Aquí viene bien eso de «cree el ladrón que todos son de su condición»; porque si algo hay de lo que no pueda acusarse a unos hombres como Piñar y quienes le acompañan en esta brega patriótica es de la «buena fe», ya que llevan no sólo una fe sanísima que es la de Dios, sino que va respaldada por una trayectoria dé lealtad y sacrificio. En cambio, quien acusa juró unos Principios ante los Evangelios y, si fuera creyente, sabrá que un día será demandado por Aquel que no admite argucias ni pretextos. Fraga ha dicho también, en unas recientes declaraciones, que es católico, apostólico y romano, cuando al mismo tiempo se ufana de haber redactado una Constitución anticristiana, divisora de la patria y con otras lacras o equívocos que le desdicen.

 Por último, niega que sea masón. Puede ser cierto, pero a la «tenida» masónica de Torquay (Cornualles, Inglaterra), convocada por la Bilderberger, que manejan Rockefeller y Rothschild, asistió él, y no ha dicho nada de lo tratado allí, sino que vino rápidamente a Madrid, fue a Estoril y retornó a Madrid, sin decir esta boca es mía. Actuó secretamente, como un miembro de la secta. ¡Qué importa que no lo sea, si actúa como tal y su comportamiento político está calcado de una logia! Más grave es no serlo y hacerlo.

 Porque lo peligroso de Fraga, cuya innegable personalidad nadie le discute —y esa es la pena, puesto que me recuerda lo de «Nada hay más triste que ver a un hombre inteligente manejado por los tontos» o los malos, en este caso— es precisamente que se escuda en una posición antigua, del pasado, y quiere acaparar los votos de quienes se niegan a ver en él un hombre que traiciona juramentos e incluso convicciones (su formación es típicamente schmittiana, o sea totalitaria), olvidando estos electores que la historia está llena de tránsfugas y camaleones que, si han cambiado de partido y conducta, de ideología y principios, no lo hacen muchas veces sino obligados por una razón suprema egocéntrica y voraz: la ambición y la soberbia. Yo no quisiera que Fraga olvidase aquel consejo de Bottach de que «la ambición es la gangrena del espíritu», y confío todavía, aunque sea un iluso, en su retorno de hijo pródigo, en su vuelta en sí, en su reconversión. Y pido a Dios por ello.

 Pero, mientras Fraga siga diciendo lo que dice y haciendo lo que hace, pido a Dios también que ilumine a los que le escuchen y no se dejen embaucar por su dialéctica y el señuelo de su historial franquista. Porque podemos estar ante el Kerensky, el conde Carolyi, el portugués Spínola o el iraní Bajtiar. El peor enemigo. 

Pedro RODRIGO

 

Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979


(*) Candidatura electoral encabezada por Blas Piñar en 1979

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