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OJO A LA
IMPORTACIÓN DE "TERREMOTOS
Por Antonio
de Cossío y Escalante. -Sacerdote de Jesucristo
Grandes
órganos de opinión —nacionales y extranjeros, entre estos «Le Monde» y «The
Tablet»— vienen revelando la tensión existente en
las relaciones Vaticano-Estado español, santamente concordadas, en
punto a las vacantes existentes, a las dimisiones provocadas y a los nombramientos
consiguientes dentro del Episcopado español.
El padre
Arias, en una de sus crónicas de «Pueblo», examinada por nuestro director en
la tercera página de este número, hablaba de las vacantes operadas en la
transformada Curia Romana y de los nombramientos expedidos por el Papa para
sustituir a los cardenales dimitidos. A esta operaciones, alabadísimas por el
comunismo italiano, las denomina el padre Arias «terremoto en el Vaticano», y
no se aterra de contemplarlo así. ¿Codiciará este padre Arias para
la Iglesia católica española la importación de «terremotos» semejantes? No
nos extrañaría, dado el aliento revolucionario del sacerdote corresponsal de
«Pueblo».
Pero otro
sacerdote de Jesucristo, tan joven como el padre Arias, pero más cercano que él
a la entraña llagada y al amor y al dolor íntegros de España y al apostolado
de la Iglesia, ha venido a prevenirnos contra los manejos de los insensatos
importadores de «terremotos» como el que parece amenazarnos. Tal es el artículo
con que enaltecemos esta página. Su autor, de treinta y nueve años de como
consiliario diocesano de la J. I. C., en constantes relaciones nacionales e
internacionales con el clero de la nueva ola; fue actor, o por lo menos
testigo, en el drama de una diócesis en la que los cargos no de más relieve y
brillantez, pero sí de más influencia, les fueron otorgados a sacerdotes
anti-régimen, llevándole a la convicción de que los sacerdotes españoles de
su generación han sido socavados en su autoridad, habiéndose salvado sólo
aquellos que la fundamentan y sostienen en la integridad de la fe y de la gracia
de su ministerio.
¡Ojo a la
importación de «terremotos»! El cura que así nos previene no es escritor, ni
periodista, ni viajero, ni viejo conservador
e inmovilista. Es un sacerdote de treinta y nueve años de edad, que confiesa,
que asiste a los enfermos, que predica, que con la cruz a cuestas sigue al
Maestro en su hambre y en su sed de almas necesitadas del amor, de la luz, de
la salvación de Dios... Y aún le queda tiempo para escribirnos por Cristo,
por la Iglesia y por España esto que vais a leer)
***
Entiendo que
el sistema de convivencia nacional no tiene por qué ser planteado cada día a
capricho de individuos y de grupos; mucho menos después que ha sido el mismo
pueblo español quien ha decidido su propia andadura en el reciente (1966) referéndum
nacional.
Entiendo que
cada pueblo arbitra ante sus problemas las propias soluciones que, dentro del
contexto universal y de las buenas maneras, no tienen que ser iguales a las
de otros pueblos, ni siquiera parecidas.
Entiendo que
si ciertos sistemas gozan hoy de asentimiento universal, no tienen que ser incorporados
a nosotros sin más y porque ésta sea la línea del mundo, ya que es posible el
concierto con él y el no desentendimiento de las corrientes legítimas universales,
sin prescindir de las constantes metas históricas
propias, por las que llegamos a ser un pueblo en el concierto de los pueblos.
(…)
La Iglesia
católica puede tener simpatías, o si se quiere tácticas de adaptación, que en
ciertos momentos le hagan mostrar preferencia por ciertos sistemas que han
sido válidos para muchos pueblos, pero la Iglesia católica debe y tiene
que respetar los sistemas de cada pueblo, aunque no sean los que ella
considere mejores para la mayoría y ni siquiera los que el devenir
histórico parece arrojar como inevitables.
La Iglesia
Católica no puede aprobar los sistemas intrínsecamente perversos, por estar
pervertidos sus principios, aunque sus realizaciones sean buenas. Pero la
Iglesia católica no puede prestarse a socavar los cimientos de los sistemas
intrínsecamente buenos que pueden tener pecados en sus realizaciones. La
Iglesia católica tendrá que hacer todo lo posible para que se corrijan esos pecados,
pero nunca cambiar el sistema que cada pueblo ha elegido y ha demostrado ser
válido para el bien de la mayoría de los ciudadanos
No es ningún
secreto que en los sistemas de estructura rígida como el español, en el que
la Iglesia católica disfruta, por otra parte de todas las libertades y
consideraciones, los disconformes con el sistema o con los modos no tienen
otro cauce natural para su pervivencia y tarea que vivir al abrigo de la
Iglesia.
Este paso para
nadie es un secreto que ha sido ya dado con bastante hondura y longitud en
España. Quien conoce un poco a la casi totalidad del nuevo clero, nuestros
seminarios, nuestros movimientos apostólicos, se da cuenta cómo bajo el
pretexto de una Iglesia comprometida con el mundo se trata de hacer una
España sin los españoles, una España construida sin ella misma y sin su
propio patrón.
Entiendo que
si el sistema español es rígido, aunque no inflexible, es porque tiene que
serlo, dado que sus principios son los determinantes de los comportamientos y
de las conductas. Una solera histórica no se conserva fecunda sino en aras de
la fidelidad. Ocurre en el plano temporal lo que ocurre en el sobrenatural en
la Iglesia católica misma, que tiene fundamentos y principios a los que se
debe permanentemente si no quiere dejar de ser lo que es y si no quiere
traicionar su propia esencia y misión.
Concluyo que
la Iglesia Católica aquí y ahora no debe moverse dentro de perspectivas de
simpatía hacia corrientes universales de convivencia, si esto importa el
desprecio y los ascos por las decisiones legitimas, aunque particulares, que
son justas y honestas de los pueblos que deciden por su cuenta lo que les
conviene.
Estimo que lo
contrario es un trato injusto y de preferencia y, por lo tanto, susceptible
de cauciones; porque el riesgo es nuestro, porque lo hemos querido
conscientemente y porque nos asiste una libertad de cuyo uso no tenemos que
dar explicaciones a nadie. Entiendo que el riesgo mayor de esta decisión
libre, honesta y omnímoda está intensificado seriamente por un sector del
clero español que cada día avanza más y cuya influencia en un futuro próximo
será decisiva.
Entiendo, por
lo tanto, que los pastores que la Iglesia católica dé a España han de ser,
supuestas las cualidades de su específica misión, hombres totalmente
identificados (sin ambigüedad) con la decisión libre y autónoma de un pueblo
al que se deben, no sólo para salvarlo trascendentemente, sino para
mantenerlo unido y concorde.
Entiendo que
estos pastores que la Iglesia dé a España, no sólo deben rechazar de plano
todo lo que para los españoles fue siempre ocasión de pecado nacional (los
pueblos tienen sus pecados históricos y las causas y las ocasiones de pecados
históricos suelen ser inevitablemente las mismas), no sólo para no
perturbarlo y traicionarlo, no sólo buscando una posición de aséptica e
indiferente actitud de neutralidad, sino la positiva de animar a ese pueblo,
del que son pastores, con toda la decisión, ya que si no hubiera otros
títulos demasiado claros, no deben olvidar que ellos también son ese pueblo y
ciudadanos del mismo.
Entiendo que
si la línea de encarnación, hoy tan urgida por la Iglesia Católica misma,
quiere ser una realidad entre nosotros no hay otra manera que dotar a la
Iglesia española de unos pastores que, entusiasta y decididamente, recojan y
hagan suya esa realidad que somos y queremos seguir siendo siempre, porque es
buena en sí misma, porque nos llevó siempre a lo mejor y, sobre todo, porque
a España le costó siempre mucha sangre ser Ella misma.
Entiendo,
porque no se van a poner condiciones, que esto significa para los pastores
recoger también las debilidades y los pecados de esa realidad que es España.
¡No para debilitarla más, sino para robustecerla más! ¡No para hacer la vista
gorda y no señalar los pecados, sino para urgirlos en orden al perdón y a la
salud! ¡Nunca para fomentar los pecados nacionales, porque nunca será camino
para remediar enfermedades matar a los enfermos!
Entiendo, por
último, que el Gobierno español, en la seguridad que cuenta con los más y los
mejores hombres de España, debe urgir y matizar humilde pero firmemente, en
sus relaciones con la Santa Sede la provisión de pastores para las diócesis
vacantes y que en lo sucesivo queden desprovistas, dada la situación delicada
de un pueblo abierto decididamente a la esperanza, gracias a Dios y a las
manos misericordiosas y justas de la Iglesia y del Estado,
que vienen restañando pacientemente pasadas heridas con indudable acierto.
¡Nadie debe
perturbar en esta hora a este pueblo, a esta España que se encontró a sí
misma, en la búsqueda de su misión! ¡Nadie debe apremiar a este pueblo que
fue y sigue siendo fiel a la Iglesia católica, su Madre, y que dio y acaba de
dar sobradas pruebas de cómo se es hijo fiel! No nos gusta cubrirnos con un
pasado de gloria porque tenemos el presente. ¡Ahí está reciente el embalse de
sangre que nos devolvió una Patria y la Iglesia universal, un testimonio
colectivo para que confíe en las reservas de la fe!
Espanta
pensar que lo que dio vigor y unidad a este pueblo pudiera ser lo que le
dividiera y desconcertara.
Somos
muchos desgraciadamente los que estamos empezando a vivir el conflicto de la
fe y los deberes de la Patria, y vamos a decirlo claramente: no es la Patria
quien nos está planteando este conflicto.
Santander, 11
de enero de 1968.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968
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