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LA IGLESIA
ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (5)
BREVE
HISTORIA DEL SEÑOR TARANCON
Por
Francisco José Fernández de la Cigoña
NO es fácil
medir las responsabilidades de cada uno de los personajes que han salido o
van a salir en este informe. Como autores, cómplices o encubridores. De
algunos, sin embargo, la autoría no es dudosa y las agravantes, manifiestas.
En la sombra, ya nos hemos referido a él, el nuncio Dadaglio.
A plena luz,
como cabeza visible de todo este proceso, Vicente Enrique Tarancón, un
levantino que ronda los setenta y dos años, cardenal arzobispo de Madrid y
presidente de la Conferencia Episcopal española, «papable» frustrado,
académico de la Lengua, etc. De junio de 1971 guardo el primer recuerdo
personal del señor Tarancón. Se celebraba en la catedral de Madrid el funeral
por monseñor Morcillo. Una oscura maniobra del señor Dadaglio evitó que el
cabildo nombrase a monseñor Guerra Campos para regir la archidiócesis, hasta
la llegada de un nuevo titular, e impuso al que entonces era arzobispo de
Toledo, Vicente Enrique Tarancón. El, por un lado, primado y, por otro,
administrador de la archidiócesis madrileña presidió el rito fúnebre y pronunció
la homilía. Que más pareció destinada a señalar los defectos que Tarancón
encontraba en su predecesor en la sede madrileña y al frente de la
Conferencia Episcopal que a cantar unas virtudes que si en términos absolutos
eran evidentes, comparadas con las del oficiante resultaban extraordinarias.
Yo no sé si
ese afán de denigrar a los que son muy superiores a él procede de la envidia,
de la mezquindad o son simples coincidencias desafortunadas. Que cada cual
piense como guste conociendo al sujeto. Pero sí quisiera señalar otra muestra
de ese particular modo de entender el «elogio» del que hace gala el arzobispo
de Madrid. Acababa de acceder al Solio Pontificio Juan Pablo I, ese Papa
encantador que fue un soplo de aire alegre tras el atormentado pontificado de
Pablo VI. La cristiandad estaba entusiasmada. Católicos y no católicos
mitificaban a quien acababan de conocer hasta convertirlo en sonrisa. Todos
menos el cardenal Tarancón, tal vez frustrado porque nadie se hubiera
acordado de él cuando sus compañeros eligieron al cardenal Luciani para sucesor
de Pablo VI.
«Albino
Luciani era poco conocido fuera de Italia. No había llamado la atención por
sus escritos, como la han llamado otros cardenales, ni por sus trabajos
diplomáticos o por determinados gestos o posturas que trascienden fácilmente
las fronteras.» Vamos, un pobre hombre que carecía de todo eso que adornaba
al cardenal Tarancón.
Pero no crean
que nuestro cardenal quedaba satisfecho. No. Era necesario insistir y señalar
que «a muchos ha desconcertado esa vida oscura del nuevo Papa», porque el
mundo hoy «parece que exigía un Papa de cualidades personales brillantes, de
un conocimiento personal de las distintas culturas y que hablase diversas
lenguas, de un Papa que, por decido así, estuviese a la altura del desarrollo
casi ilimitado de la Humanidad» («ABC», 16-9- 78). Después de este retrato
tan radicalmente falso es como para pensar que el arzobispo de Madrid no sabe
hablar bien de nadie sin antes hacerlo objeto de críticas tan despiadadas
como infundadas.
Una rápida
semblanza de este personaje nos permitirá conocer mejor a quien es en estos
momentos el líder de la corriente mayoritaria de nuestro episcopado.
Obispo de
Solsona, arzobispo de Oviedo, arzobispo de Toledo y cardenal, arzobispo de
Madrid, el señor Tarancón fue de los primeros en apuntarse a la corriente
progresista que, humanamente, tan buenos resultados iba a darle.
poco de
llegar a Toledo comienza a revelar lo que serán constantes en su actuación
pastoral. Y una de ellas es su incontinencia verbal, que en no pocas
ocasiones le deja en una pésima posición. Recuerdo de aquellos primeros días
como arzobispo de Toledo unas frívolas declaraciones a Antonio Aradillas
(«Pueblo», 10- 2-69) en las que en nada salía beneficiado. Y de entonces
también otra constante en la historia de Tarancón: las desmedidas alabanzas
que le prodiga un cierto sector de la Iglesia y que podemos sintetizar en
este titular de Martín Descalzo: «El nuevo primado es un prelado de hoy con
los ojos puestos en mañana» («ABC», 2-2-69).
En Toledo, lo
que antes habían sido atisbos progresistas se convierten ya en una decidida
manifestación. Y comienzan las críticas a sus actuaciones, recogidas entonces
la mayoría de ellas en la revista «¿Qué Pasa?», archivo insustituible para la
historia eclesiástica de aquellos años. Véanse, por ejemplo, el gran artículo
del conocido teólogo que se ocultaba tras el seudónimo de R. Pérez Muñiz
(«Don Julián Marías y el cardenal de Toledo», 16-8-69), el de Ramón Tatay
(«Rechazamos afirmaciones inauditas», 26-7-69), «Al pan, pan y al vino,
vino», de Francisco Fernández (31- 5 y 6-9-69), varios de León Tejedor (3 y
10-5-69) y el de Julián Gil de Sagrado, «Se respeta la persona, pero no sus
ideas» (6-9-69). También FUERZA NUEVA figura, por la pluma del benemérito
padre Oltra, entre los críticos del nuevo cardenal (20-9-69).
Pero el señor
Tarancón no es un héroe y disimula con actuaciones en otro sentido sus
inclinaciones progresistas. Eran los tiempos de aquel baile llamado “yenka”
que avanzaba en un sentido, pero con pasos hacia atrás. Y al cardenal le
pusieron el nombre del baile. Para disimular, juraba entonces su cargo como
consejero nato del Consejo de Estado («ABC». 26 9 69) y bendecía la bandera
del Regimiento Alcázar de Toledo («ABC», 30-9-69). Y se producía ya un grave
escándalo, prólogo, sin duda, de otros que habrían de venir. «L'Osservatore
Romano» del 29 de mayo de ese año desmentía al cardenal Tarancón sobre
posibles cambios en la encíclica Humanae v¡tae («Ecclesia», 14-6-69). Dato,
pues, muy significativo.
Desmentidos
de Tarancón («Madrid», 23-10-69), lo que va a constituir otra de sus
especialidades, noticias de que recibe en Roma «cordialmente» a los curas
contestatarios («Madrid». 30-10-69), postura benévola hacia el progresismo
holandés que le vale una nueva réplica del padre Oltra, ahora desde «¿Qué
Pasa?» (15-8- 70), y un nuevo fruto personal de su progresismo. Su ingreso en
la Real Academia Española por no se sabe qué méritos, pues los literarios no
se evidencian. La elección, según el «ABC», por unanimidad (30-5- 69), fue
tan discutida como comentada. Desde el crítico escrito de Adolfo Muñoz Alonso
«Los inmortales se cubren con la púrpura» («Arriba», 11 -5-69) hasta la
publicación, cuya referencia no he encontrado ahora pero cuya búsqueda no
sería difícil, de un autógrafo del cardenal con una garrafal falta de
ortografía. Nada académica, por supuesto.
Prosiguen las
confusas declaraciones y continúan las críticas. Un eminente claretiano, el
padre Peinador, le tacha de oscuro e incomprensible («Roca Viva», 9-69), “Ijcis”
le acusa de fomentar la duda sobre lo que es el sacerdote («¿Qué Pasa?»,
6-3-71), Muñoz Alonso le dedica otro punzante artículo bajo el título de «No
lo entiendo» («Arriba», 11-7-69) y el padre Oltra rebaja los entusiasmos del
purpurado en «Optimismo exagerado de su eminencia el cardenal primado» («¿Qué
Pasa?». 10-4-71)
El
nombramiento como administrador apostólico de Madrid es un nuevo escándalo en
la carrera taranconiana. Protestas de César Esquivias (FUERZA NUEVA, 26-
6-71), León Tejedor («¿Qué Pasa?», 19-6- 71)..., editoriales de «Ya» en
defensa del procedimiento y del nombrado y la sombra de Benelli tras toda la
operación (Cfr. «La “benellicracia” vaticanista en España», León Tejedor
(«¿Qué Pasa?», 24-7-71). Pero los acontecimientos se suceden y hacen que los
últimos vayan haciendo olvidar a los anteriores. El «Ya» del 14 de septiembre
de ese año nos informa del discurso que Tarancón pronuncia inaugurando la
Asamblea Conjunta, que es una defensa absoluta de la misma. Y ésa fue su
postura en todo lo que a ella iba a referirse.
Gris
actuación en el Sínodo, en el que presenta una relación que decepciona a los
progresistas y no satisface a nadie («ABC», 9-10-71), y comienza a rumorearse
que será el próximo arzobispo de Madrid («ABC», 19-10-71). De su actuación en
Roma llega a España el incienso con que le obsequia en todas sus crónicas
Martin Descalzo. El 5 de diciembre se publicaba la noticia de su nombramiento
como arzobispo de Madrid. Unos días antes, tan delicado y elegante como
siempre, había aludido en su discurso de apertura de la XV Asamblea Plenaria
del Episcopado a las «equivocaciones» de su antecesor ya fallecido, monseñor
Morcillo. También por aquellas fechas «Iglesia Mundo» le señalaba (26-11-71)
como representante en el Sínodo de la línea progresista que acababa de ser
derrotada
En los
primeros meses de 1972, nuevo escándalo en la carrera de Tarancón. El 22 de
febrero, «ABC» desmiente la noticia de que la Santa Sede había hecho al
cardenal advertencias muy críticas sobre la Asamblea Conjunta, y al día
siguiente lamenta las campañas contra la misma. «El Pensamiento Navarro»
insiste en la existencia del documento romano (26-2-72). Por fin, y con las
consiguientes bromas sobre el cartero de la calle de la Pasa, se reconoce el
documento, gracias al descarado apoyo del cardenal Villot se intenta echar
tierra al fuego («ABC», 7-3-72). El crédito y la ortodoxia del cardenal Tarancón
y de los obispos que le apoyaban quedaban gravemente alcanzados.
De ese mismo
año es una poco elegante alusión del cardenal —¿cuántas van ya?- a monseñor
Guerra Campos, a quien acusa de «fomentar la desconfianza en los pastores
legítimos» («Ya», 2-6-72). Y naturalmente llueven las réplicas. «La fidelidad
a los obispos», de Juan Nuevo (FUERZA NUEVA, 17-6); B. J. V., en «El Alcázar»
(12-6); «Los pastores legítimos», de Teodoro G. Riaza («¿Qué Pasa?», 17-6);
«¡Lo que faltaba!», de “Ijcis” («¿Qué Pasa?», 17- 6); «¿Confianza en los
obispos?», de León Tejedor («¿Qué Pasa?», 24-6), son sólo una pequeña muestra
del eco que merece el cardenal.
Y también por
esos días uno de esos aciertos taranconianos dignos de figurar en una
antología del disparate. El 29 de junio publicaba el cardenal en el «Ya» un
artículo titulado «El optimismo de Pablo VI». Pues bien, de ese mismo día son
esas famosas palabras del Papa que dieron la vuelta al mundo: «El humo de
Satanás ha entrado en la Iglesia.» Como se ve, un prodigio de sintonía
espiritual entre nuestro arzobispo y el Santo Padre. Que, naturalmente, es
puesta de manifiesto por quienes se van sintiendo cada vez más hartos de su
nuevo pastor. El cual, pese a todo, sigue acudiendo a felicitar a Franco en
el aniversario de su llegada a la Jefatura del Estado («Hoja del Lunes»,
2-10-72). Incongruencia -apoyar a la Conjunta y oficiar los Te Deums de
Franco—, que no deja de reprochársele («El Pensamiento Navarro», 20-10-72).
Ya a finales
de este año de 1972 se viene a reconocer el valor del documento romano contra
la Asamblea Conjunta y lo que significaba de limitación a la misma. No gana
nada con ello el prestigio del cardenal, prestigio, por otra parte, muy
disminuido, por todo lo que venimos relatando.
En el 73 hay
un hecho de poca importancia pero muy significativo. Cuando muchos obispos
españoles se niegan a que sean procesados sacerdotes de sus diócesis por
colaboración con el marxismo, el cardenal Tarancón autoriza que se lleve a
los tribunales a un digno sacerdote madrileño que había defendido a la Virgen
frente a un artículo de «Triunfo» (FUERZA NUEVA, 31-3-73).
El 8 de mayo
de 1973 la prensa ya da noticias de que en una manifestación patriótica con
motivo del asesinato de un policía apareció una pancarta con el siguiente
texto: «Tarancón, al paredón» («ABC»), mientras que el arzobispo tenía que
ser protegido por las fuerzas de orden público («Ya»). Lejos quedaban los
libros patrióticos que Tarancón había publicado en 1941.
Mientras
tanto, un nuevo escándalo. La Virgen de Fátima no puede entrar en Madrid por
prohibición expresa del arzobispo («¿Qué Pasa?», 12-5-73). Es recibida, en
cambio, apoteósicamente en Toledo, con la participación del nuevo cardenal
primado, don Marcelo González Martín. Los católicos españoles van comenzando
ya a saber quién es quién en su Iglesia. Los artículos contra la actitud del
arzobispo se multiplican y tiene particular eco el aparecido en la «Hoja del
Lunes» (14-5) bajo el título de «Carretera prohibida».
El señor
Estepa, obispo auxiliar del cardenal, pretende salir en defensa de éste
lanzando la peregrina teoría de que la Virgen iba a ser utilizada con fines
extrarreligiosos («Informaciones», 17-5). La decisión de Tarancón fue
comentadísima y su autoridad llegó a la cota más baja desde su llegada a
Madrid. El 16 de junio aparecía en FUERZA NUEVA una doble viñeta: en la
primera, los rojos, en 1936, dicen «no pasarán» a los nacionales, que gritan
¡Viva Cristo Rey!; en la otra, en 19/3, es Tarancón y otros clérigos quienes
gritan «no pasarán» a una procesión de la Virgen de Fátima.
(Continuará)
Revista FUERZA NUEVA, nº 632 17-Feb-1979
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