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INTEGRACIÓN Y SEPARATISMO (I)
Por R. HORCAJADA
Desde que la bandera de Occidente ondea en
la Luna y proclama una nueva perspectiva de la Obra de Dios, me suelo
preguntar: ¿El Cosmos es geografía o es Historia?
Nunca me he convencido el concepto chato y
lineal de la Geografía: Identificamos las nacionalidades por el contorno de
un trocito de planeta, por un oscilante balance de mapas, por un enigmático
archivo de acuerdos, por un inseguro inventario de líneas teóricas. La Patria,
como el espíritu, no se mide por coordenadas.
El frío cartesianismo de la Geografía ha de
insuflarse con ideas poéticas que definen a la Patria como “unidad de destino
en lo universal”. Es decir, la Patria no es un acontecimiento lugareño, sino
una afán universalista, felizmente ubicado hoy en la esperanza cósmica.
Todo aquello que en el mundo es
trascendente y está animado por un ineludible “transitivo de Eternidad”,
escinde las fronteras con una clara conciencia ecuménica.
Hay dos clases de pueblos: los que se
encierran en la Geografía y los que se abren a la Historia. Poseer un
concepto geográfico de la Historia es “nadificarse” en una depauperación
antipatriótica; poseer un concepto histórico de la Geografía es prepararse para
aventuras tan ubérrimas como el descubrimiento de América o la conquista de
la Luna. Estados Unidos no ha llevado a la Luna un símbolo de geografía
americana; ha llevado a la Luna toda la dimensión histórica de Occidente,
humanizada por una forma libre de vivir que enaltece al ser humano.
Existen dos conceptos de Patria. La Patria
que se ubica en la Geografía nos habla más del árbol seguro que de la nube
errante; la Patria que envuelve a la Historia construirá una nave con aquel
árbol seguro para alcanzar esa nube que, en el fondo, declina la poesía estremecedora
de la aventura humana.
Ni la Patria ni la Historia están forjadas
por políticos; están alimentadas por poetas. Y cuando una Patria pierde el
estímulo de sus poetas y el ideal de sus visionarios, la Historia se
convierte en proceloso producto y la Geografía en nave varada.
Lo románticos del rincón no saben soñar. Alas
tiene el espíritu y piernas el cuerpo; muy mala política será que pongamos
piernas al alma y que nos varemos en la melancolía de los contornos naturales
y limitados.
Hemos de ser españoles de talla hispánica
para poder cumplir con nuestro destino universalista. El español ha de
adquirir diáfana vivencia de las 20 Españas de América. Este nuevo español -nutrido
por la hazaña cósmica de la América
que descubriera ayer, pues, en la eternidad un leve ayer son cinco siglos- ha
de estar muy preocupado por atar, por unir, por hermanar pueblos; pueblos de
una misma lengua, de una misma sangre, de una misma manera de vivir y un
mismo modo de pensar, y de una misma fe para preparar la vida en la muerte y
la muerte en la vida. Nos acompaña el sentimiento radical de la existencia y
ese tremendo individualismo que tiende tanto a la dispersión de las horas
comunes como a la unión monolítica de las horas críticas.
Los poetas de nuestra Historia –que, en
definitiva, son sus únicos genitivos-
han tomado conciencia de que la integración de España está en razón directa
de esa integración más completa y hermosa que tiende a la armonía de la
Hispanidad y que supone la fusión de todos los pueblos ibéricos para servir
de nudo y puente amoroso entre los pueblos latinos de la cultura y
civilización occidentales.
La misión histórica del español y aún del
hombre ibérico no se limita a vigilar ese milenario concepto de la
integración peninsular, un poco varada, en la bisagra de Europa y África. La misión
histórica del hombre ibérico ha de proyectarse sobre todas y cada una de las
estirpes americanas, donde España y Portugal se han agigantado
providencialmente en una maravillosa sinfonía de pueblos y razas que hablan
nuestra lengua, que rezan con nuestra fe y poseen nuestro estilo de vida,
limpio de racismos, ubérrimo de auténticas igualdad y hermandad humanas y
abierto a la ilimitada esperanza de la comunión del espíritu y la fusión del
cuerpo.
Ante esa integración grandiosa que
multiplica nuestra geografía y esperanza nuestra historia, atenta el
raquitismo espiritual de los separatistas, que no tienen noción ni de la
posibilidad geográfica ni de la responsabilidad histórica.
La integración de los pueblos se basa en el
respeto y transigencia de sus singularidades, pero es un auténtico suicidio
desorbitar esas lógicas y humanas singularidades para arruinar el destino
común. No hay que separarse: hay que proyectar el amor de esas singularidades
para enriquecer la perspectiva del glorioso acervo de nuestras, cada día, más
integradas pluralidades. No es malo el culto a lo singular que quiere
proyectarse y enaltecer lo plural; lo suicida es el “cainismo” de querer
apartar lo propio del concierto plural que nos enmarca en la Historia y en la
Geografía. Una sardana es mucho más bella bailada en el parque del Retiro de
Madrid que en un lugar catalán, por cuanto el verdadero catalanismo ha de escindir
la anécdota vernácula para ganar la categoría hispánica, como diría Xenius
(*).
Hoy, era en la que el hombre se proyecta al
Cosmos, la proyección humana ha de ser universalista. No se trata de
convencer de catalanismo a los catalanes, sino de convencer e insuflar de
catalanismo a los hombres todos de la Hispanidad. Separarse es morir. Un buen
catalán ha de ser ecuménico y saber superar el peldaño lugareño. La mejor
forma de honrar a nuestra Geografía es infundirla esperanza histórica.
En la integración hispánica ha de existir
un profundo respeto a los matices de cada uno de los pueblos y razas, pero el
fin verdadero de ese destino es fusionar e integrar a todas esas razas y
pueblos. Y -¡por Dios!- que ya se está logrando de una forma maravillosa,
pues ni uno sólo de los pueblos ibéricos e iberoamericanos es racista.
Nuestra estirpe es la que está edificando la Historia y nuestra Historia
Común se apoya en la “democracia de la sangre” y en la “razón de la biología”
que son argumentos soberanos irreversibles y medulares.
¡Cuán ridículo y fuera de lugar oponer a
ese mandato universalista de la Historia y a ese exuberante “posibilismo” de
la Geografía, la depauperada singularidad del comarcal rincón! Lo singular
sólo vale en su proyección universal; lo singular proyectado sobre lo
singular es como una nave cósmica que no acertará despegar de su propia base
de lanzamiento.
Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970
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