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jueves, 25 de junio de 2026

Integración y separatismo (I)

 Artículo de 1970 

 INTEGRACIÓN Y SEPARATISMO (I)

 Por R. HORCAJADA

 Desde que la bandera de Occidente ondea en la Luna y proclama una nueva perspectiva de la Obra de Dios, me suelo preguntar: ¿El Cosmos es geografía o es Historia?

 Nunca me he convencido el concepto chato y lineal de la Geografía: Identificamos las nacionalidades por el contorno de un trocito de planeta, por un oscilante balance de mapas, por un enigmático archivo de acuerdos, por un inseguro inventario de líneas teóricas. La Patria, como el espíritu, no se mide por coordenadas.

 El frío cartesianismo de la Geografía ha de insuflarse con ideas poéticas que definen a la Patria como “unidad de destino en lo universal”. Es decir, la Patria no es un acontecimiento lugareño, sino una afán universalista, felizmente ubicado hoy en la esperanza cósmica.

 Todo aquello que en el mundo es trascendente y está animado por un ineludible “transitivo de Eternidad”, escinde las fronteras con una clara conciencia ecuménica.

 Hay dos clases de pueblos: los que se encierran en la Geografía y los que se abren a la Historia. Poseer un concepto geográfico de la Historia es “nadificarse” en una depauperación antipatriótica; poseer un concepto histórico de la Geografía es prepararse para aventuras tan ubérrimas como el descubrimiento de América o la conquista de la Luna. Estados Unidos no ha llevado a la Luna un símbolo de geografía americana; ha llevado a la Luna toda la dimensión histórica de Occidente, humanizada por una forma libre de vivir que enaltece al ser humano.

 Existen dos conceptos de Patria. La Patria que se ubica en la Geografía nos habla más del árbol seguro que de la nube errante; la Patria que envuelve a la Historia construirá una nave con aquel árbol seguro para alcanzar esa nube que, en el fondo, declina la poesía estremecedora de la aventura humana.

 Ni la Patria ni la Historia están forjadas por políticos; están alimentadas por poetas. Y cuando una Patria pierde el estímulo de sus poetas y el ideal de sus visionarios, la Historia se convierte en proceloso producto y la Geografía en nave varada.

 Lo románticos del rincón no saben soñar. Alas tiene el espíritu y piernas el cuerpo; muy mala política será que pongamos piernas al alma y que nos varemos en la melancolía de los contornos naturales y limitados.

 Hemos de ser españoles de talla hispánica para poder cumplir con nuestro destino universalista. El español ha de adquirir diáfana vivencia de las 20 Españas de América. Este nuevo español -nutrido por la hazaña cósmica de la  América que descubriera ayer, pues, en la eternidad un leve ayer son cinco siglos- ha de estar muy preocupado por atar, por unir, por hermanar pueblos; pueblos de una misma lengua, de una misma sangre, de una misma manera de vivir y un mismo modo de pensar, y de una misma fe para preparar la vida en la muerte y la muerte en la vida. Nos acompaña el sentimiento radical de la existencia y ese tremendo individualismo que tiende tanto a la dispersión de las horas comunes como a la unión monolítica de las horas críticas.

 Los poetas de nuestra Historia –que, en definitiva, son sus únicos genitivos- han tomado conciencia de que la integración de España está en razón directa de esa integración más completa y hermosa que tiende a la armonía de la Hispanidad y que supone la fusión de todos los pueblos ibéricos para servir de nudo y puente amoroso entre los pueblos latinos de la cultura y civilización occidentales.

 La misión histórica del español y aún del hombre ibérico no se limita a vigilar ese milenario concepto de la integración peninsular, un poco varada, en la bisagra de Europa y África. La misión histórica del hombre ibérico ha de proyectarse sobre todas y cada una de las estirpes americanas, donde España y Portugal se han agigantado providencialmente en una maravillosa sinfonía de pueblos y razas que hablan nuestra lengua, que rezan con nuestra fe y poseen nuestro estilo de vida, limpio de racismos, ubérrimo de auténticas igualdad y hermandad humanas y abierto a la ilimitada esperanza de la comunión del espíritu y la fusión del cuerpo.

 Ante esa integración grandiosa que multiplica nuestra geografía y esperanza nuestra historia, atenta el raquitismo espiritual de los separatistas, que no tienen noción ni de la posibilidad geográfica ni de la responsabilidad histórica.

 La integración de los pueblos se basa en el respeto y transigencia de sus singularidades, pero es un auténtico suicidio desorbitar esas lógicas y humanas singularidades para arruinar el destino común. No hay que separarse: hay que proyectar el amor de esas singularidades para enriquecer la perspectiva del glorioso acervo de nuestras, cada día, más integradas pluralidades. No es malo el culto a lo singular que quiere proyectarse y enaltecer lo plural; lo suicida es el “cainismo” de querer apartar lo propio del concierto plural que nos enmarca en la Historia y en la Geografía. Una sardana es mucho más bella bailada en el parque del Retiro de Madrid que en un lugar catalán, por cuanto el verdadero catalanismo ha de escindir la anécdota vernácula para ganar la categoría hispánica, como diría Xenius (*).

 Hoy, era en la que el hombre se proyecta al Cosmos, la proyección humana ha de ser universalista. No se trata de convencer de catalanismo a los catalanes, sino de convencer e insuflar de catalanismo a los hombres todos de la Hispanidad. Separarse es morir. Un buen catalán ha de ser ecuménico y saber superar el peldaño lugareño. La mejor forma de honrar a nuestra Geografía es infundirla esperanza histórica.

 En la integración hispánica ha de existir un profundo respeto a los matices de cada uno de los pueblos y razas, pero el fin verdadero de ese destino es fusionar e integrar a todas esas razas y pueblos. Y -¡por Dios!- que ya se está logrando de una forma maravillosa, pues ni uno sólo de los pueblos ibéricos e iberoamericanos es racista. Nuestra estirpe es la que está edificando la Historia y nuestra Historia Común se apoya en la “democracia de la sangre” y en la “razón de la biología” que son argumentos soberanos irreversibles y medulares.

 ¡Cuán ridículo y fuera de lugar oponer a ese mandato universalista de la Historia y a ese exuberante “posibilismo” de la Geografía, la depauperada singularidad del comarcal rincón! Lo singular sólo vale en su proyección universal; lo singular proyectado sobre lo singular es como una nave cósmica que no acertará despegar de su propia base de lanzamiento.


Revista FUERZA NUEVA, nº 188, 15-Ago-1970

 

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