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ELECCIONES
POLÍTICAS Y RELIGIÓN
(…) Las
elecciones, amén de un acto político, son un acto religioso o irreligioso, se
quiera o no se quiera. Ni el socialista y anarquista Proudhon ni el
neocatólico Donoso Cortés se extrañaban de que en el fondo de toda cuestión
política se hallara invariablemente una cuestión religiosa. El mismo Concilio
Vaticano II, en la Constitución pastoral “Gaudium et spes”, ha reconocido la profunda
compenetración que existe entre las cuestiones políticas y las cuestiones
religiosas. (…)
En efecto: el
acto de elegir a un candidato o a otro (y, con ello, un programa u otro
programa de gobierno, una u otra ideología, es decir, una u otra concepción
del hombre y del mundo) es un acto religioso o irreligioso. Cuando elegimos
un candidato determinado estamos eligiendo una determinada concepción del mundo
y no otra cualquiera; una concepción del mundo que concuerda con la de la
religión católica, con la de otra religión o con alguna concepción irreligiosa.
El acto de
elegir es moral o inmoral
Por lo demás,
el acto de elegir es un acto eminentemente libre y, por tanto, un acto conforme
o disconforme con el orden moral objetivo. Y al ser moral o inmoral ese acto
de elegir es un acto relativamente religioso o irreligioso, porque la
religión abarca el orden entero de la moralidad.
Eligiendo a
un candidato, pues, elegimos un proceder humano, conforme o disconforme con
la Ley de Dios. Por eso, el hombre religioso y particularmente el hombre
católico, como pretenda obrar con recta conciencia, como es debido, ha de
preocuparse por elegir a aquellos candidatos que mayores garantías le
ofrezcan de que la cosa pública será administrada según las exigencias de la Ley
moral, tal como la expone e interpreta la única institución que se presenta
ante el mundo como intérprete exclusivo de la Ley divina, la Iglesia católica,
que no acaba con los obispos de aquí y de ahora.
Pronunciamientos
vagos del Magisterio eclesiástico
Ciertamente,
en la Iglesia no se nos instruye, ahora, inequívoca, concreta, y cabalmente a
los católicos sobre este particular. Y se puede suponer -a juzgar por los
resultados- que son pocos los católicos que leen, asimilan y ponen por obra
documentos tan completos, aunque tan abstrusos y vagos como el que publicó,
bajo los auspicios de monseñor Yanes, la Secretaría del Episcopado español, en
mayo de 1977. Indudablemente, si todos los católicos españoles hubieran
asimilado aquel documento, en el que se establecía, por ejemplo, que “el
cristiano debe rechazar los proyectos políticos que van unidos a ideologías
contrarias a la fe y a la dignidad humana”, los partidos liberalistas como UCD
y Alianza Popular, socialistas (como el PSOE y el PSP) y comunistas como el
PCE no hubieran obtenido en las elecciones de 1977 la cantidad de votos que
obtuvieron.
Lo mismo
puede pronosticarse después de la abstracta declaración de la Comisión
Permanente del Episcopado español de 8-II-79. En aquel documento de mayo de
1977, como en éste de febrero de 1979, falta señalar explícitamente que son “ideologías
contrarias a la fe cristiana”, “ideologías materialistas de uno u otro signo”,
“modelos totalitarios” que no descartan “la violencia como método político”,
tanto el marxismo como el liberalismo que inspiran a los partidos
mayoritarios de la pasada legislatura (UCD, Alianza Popular, PSOE y PCE).
El Magisterio
eclesiástico no nos sirve bastante
Una de dos: o
bien está claro que según esa doctrina -yo creo que vaga y abstracta- de los
obispos, está prohibido al católico votar a dichos partidos materialistas, y
en tal caso, la Iglesia y los obispos quedan comprometidos en contra de tales
partidos, y en tal hipótesis, no hay razón para dejar de condenar
explícitamente el voto de los católicos en favor de UCD, de Coalición
Democrática, del PSOE y del PCE; o bien no está claro en esos documentos
episcopales qué es lo que condenan, qué lo que aprueban, qué lo que
prohíben y qué lo que permiten esos obispos a título de maestros en la fe, y
en tal caso, huelga que hagan esas declaraciones, que no servirían para
que aquel que quiera obrar católicamente descubra a través del Magisterio
eclesiástico la moral del Evangelio aplicada a la circunstancia concreta y
grave de las elecciones.
En este caso,
habría que concluir que ni el Evangelio ni la Iglesia ni su Magisterio nos
sirven para discernir la justicia y la liberación cabal que la Iglesia dice querer
servir en este mundo, como parte indispensable de la evangelización. La
Iglesia diría, platónicamente, que sirve la causa de la justicia: pero no la
sirve, puesto que no sabe o no quiere decir a los católicos, concretamente,
qué es justo, cuál es el voto justo, cuáles son los problemas políticos
justos que podemos votar.
El Magisterio
más concreto de los Papas y del Vaticano II
Hay que ir
más allá del magisterio de los obispos dominantes de la Iglesia española,
para encontrar criterios más claros y concretos que nos sirvan para decidir
nuestro voto en las presentes elecciones. De ese modo uno advierte que el
católico no puede votar a los verdaderos socialistas, a los verdaderos
comunistas ni a los verdaderos liberales, porque uno y otro Papa, incluido
Pablo VI en la “Octogésima Adveniens”, han establecido que el liberalismo y el
socialismo verdaderos (que inspiran a los mencionados partidos) son incompatibles
con la fe cristiana, dado que son materialistas, racionalistas y naturalistas,
olvidadizos o desdeñosos de las verdades y de los preceptos que el espíritu humano
descubre mediante Revelación sobrenatural.
Se ve también
por el Vaticano II, que, en la constitución pastoral “Gaudium et spes (nº 74),
la Iglesia enseña que “el ejercicio de la autoridad política, así en la
comunidad en cuanto tal como en las instituciones representativas de la Nación,
debe realizarse siempre dentro de los límites del orden moral, para procurar
el bien común”. De aquí que el católico, si obra moralmente y conforme a su
fe, no puede votar ni a los candidatos marxistas (del PSOE y del PCE), cuyos
partidos pretenden el bien de una clase social, no el bien común (además de
que esos candidatos, en cuanto marxistas, menosprecian el orden moral
definido por la Iglesia); ni puede votar el católico a los candidatos
liberales (de UCD o de Coalición Democrática), que tampoco se comprometen a observar
el orden moral, tal como lo interpreta la Iglesia, antes al contrario, han
elaborado y aprobado una Constitución desdeñosa de ese orden moral.
Por
consiguiente, hay que exigir a los partidos y a los candidatos que se definan
en este punto, y si no se definen, desconfiar de ellos.
El
católico debe votar a Unión Nacional
El católico,
a fuer de católico, ha de votar en favor de la Unión Nacional (Fuerza Nueva, coaligada
con Falange Española de las JONS, Comunión Tradicionalista y con los Círculos
José Antonio), ya que solamente Unión Nacional ofrece garantías de legislar y
gobernar conforme al orden moral en materia de matrimonio, aborto, fiscalidad,
huelgas, justicia social, fomento del bien y represión del mal moral.
El católico
debe votar en conciencia, conforme a las exigencias de la conciencia católica.
Sólo de esta manera está seguro de no haberse equivocado y de no haber hecho
mal. Sólo el voto en conciencia es un voto útil, desde el punto de vista religioso,
que es el más importante. Hay que votar en favor del bien mayor o del mal
menor, que es lo mismo. Esa es la parte que nos corresponde a nosotros como
actores de la Historia. La parte del Autor de la Historia, el resultado
definitivo, eso es cosa de Dios. El católico y lo católico triunfarán en las
elecciones si se pronuncian católicamente. No triunfan los católicos ni lo
católico cuando se vota un programa inspirado en la ideología liberalista o
en la ideología marxista, en el materialismo vulgar o en el materialismo
dialéctico.
Eulogio RAMÍREZ
Revista FUERZA NUEVA, nº 633, 24-Feb-1979
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