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LA SANTIDAD
DE LOS LAICOS
Un alto
oficial del Ejército francés se desplazó cierto día a la pequeña aldea de Ars
a fin de escuchar un sermón de Juan Bautista Vianney, el santo cura, de quien
había oído hablar a todos con gran admiración. Y, de vuelta a su casa,
permaneció serio y silencioso, como no acostumbraba estar. Su asistente, en
verdad preocupado, le dijo:
—¿Qué
impresión le ha causado a usted el sermón del cura de Ars; a usted, que ha
escuchado a los más famosos oradores de Francia?
—Hasta ahora
me habían agradado los oradores—respondió con sencillez el oficial—; después
de este sermón hay algo que no me gusta: mi propia vida.
Y aquel
disgusto de si mismo fue el comienzo de la conversión a Dios de aquel
oficial, que supo comprender que al sacerdote predicador del Evangelio no ha
de irse a escucharlo porque gusta, sino porque enseña incluso, a veces,
aquello que no gusta. Esta es la única manera de que aprenda el cristiano a corregirse
de sus defectos para ser mejor y aun llegar a santo.
Por
desgracia, los sermones son muy poco convincentes hoy. Se ha prescindido casi
del Evangelio, del Catecismo, de la Ascética, de la Moral, que llaman
«anticuada», y sólo figura el Concilio. Esa palabra mágica, que muy pronto
quedará gastada y completamente inoperante. ¡Ya es hora de que no se abuse
más de ella!
Yo quiero
analizar aquí un sermón o cosa semejante de una hoja dominical para hacer ver
una vez más la inepta aplicación del Concilio en esas hojas domingueras, tan
aptas de suyo para la instrucción cristiana del pueblo fiel. El lema de la
hoja es el título de este escrito.
La
CONSTITUCION SOBRE LA IGLESIA del Concilio Vaticano II, en el número 39 dice:
«En la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los
apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del
Apóstol: Porque esta es la voluntad de
Dios, vuestra santificación (I Thess., 4, 3; cf. Eph., 1, 4). Esta
santidad de la Iglesia se manifiesta, y sin cesar debe manifestarse, en los
frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles.»
Esto muy
claro está. Y por ahí (cap. V) debía discurrir el suelto de la hoja a que me
refiero. Este capítulo se titula UNIVERSAL VOCACION A LA SANTIDAD EN LA
IGLESIA. La hoja no se ha salido del capítulo IV, que no habla de la
santidad. Su título es LOS LAICOS.
Este es un
capitulo hermosísimo y denso de contenido para el pueblo fiel. La numeración
del capítulo va del número 30 al 38, ambos inclusive. Los títulos de cada numeral
son: «Peculiaridad», «Qué se entiende por laicos», «Unidad en la diversidad»,
«El apostolado de los laicos», «Consagración del mundo», «El testimonio de la
vida», «En las estructuras humanas», «Relaciones con la jerarquía», «Como el
alma en el cuerpo». No se conocía un documento de la Iglesia tan «laical», si
vale la expresión. Pero, como suelen decir, no estirar más los pies de lo que
da la manta.
Y, volviendo
a la hoja de referencia, apunta el lema: LA SANTIDAD DE LOS LAICOS. Como el
capítulo V de la Constitución se titula Universal
vocación a la santidad en la Iglesia, donde se habla de la santidad en
general y de la santidad de los diversos estados, desde luego hay que
advertir que el lema está fuera de puesto. Cosa muy semejante estamos viendo
todos los días: título por aquí y contenido por allí; no puede haber ligación
de doctrina, ligación tan necesaria para el alimento sólido del espíritu.
No habla,
pues, de la «santidad» de los laicos la hoja dominical, pues no da para ello
el capítulo IV, del cual pellizca unos trocitos, traducidos muy libremente.
Así comienza la dominguera hoja, cuyo lema es LA SANTIDAD DE LOS LAICOS:
Son laicos los católicos que no son
sacerdotes ni religiosos o no pertenecen a ningún instituto secular. Es
decir, lo que se solía llamar «los simples fieles».
Nada costaba
haber citado a la letra, y era necesario, al tratarse de una DEFINICION
jurídica. Abramos, pues, el libro y copiemos del número 31 de la Constitución
en cuestión: «Con el nombre laicos se designan aquí todos los fieles
cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado
religioso aprobado por la Iglesia.»
El AQUI del
texto tiene una importancia capital. Las palabras, en general, pueden tener
varias acepciones o significados, según los diversos «contextos», y por eso
es muy conveniente definir antes de entrar en la cuestión, más que más en el
mundo de confusionismo en que nos ha tocado vivir. Los «simples fieles» de la
hoja, no es ninguna
configuración; lo es, en cambio, los «simples sacerdotes», como puede verse
en el diccionario de la Real Academia Española. Aquí se trata de una acepción
muy concreta y determinada.
Fijémonos en
la aducida DEFINICION de laicos, según el Concilio, y veremos que también
ellos son FIELES CRISTIANOS. ¡Así que no desaparecieron los fieles! Y, como
mera curiosidad, el diccionario que acabo de citar nos regala 12 (doce)
acepciones o significados para el vocablo FIEL.
Sigamos con
el de la hoja dominguera:
El fiel, el laico, ha vivido mucho tiempo,
tal vez siglos, con la impresión de ser algo así como un espectador en la
Iglesia católica y en los templos católicos.
Ya va
asomando algo..., que no es precisamente la «santidad». Dejaremos «el laico»
de esta cita porque no puede tener siglos… Tratándose de un «espectador»,
habremos de suponer que el ripio está en LA IGLESIA CATOLICA. ¡Afuera, pues,
con ella! Y eso de «mucho tiempo, tal vez siglos», valga para paparrucha, et deleatur.
¿Con que el
fiel ha vivido «impresionado» de ser un espectador en los templos católicos?
Pues, ¿qué espectáculos se representaban en nuestros católicos templos, todos
ellos tan «ahítos» de la alegranza de la luz de la creación y de la
ingeniería? ¿Espectáculos veían en los templos católicos nuestros padres y nuestros
abuelos? ¡ ¡Si no fuesen los de la GLORIA!! ¡Bah!, ¡bah!; para cuento aún. Si
hoy tornaran nuestros antepasados a la vida, no, no, mil veces no entrarían
a ver los espectáculos de los templos católico- ecuménico-hermano-separados...
Cómodo, ¿eh?,
sonreírse de la candidez de nuestros mayores, «que nos han precedido en el
signo de la fe y duermen el sueño de la paz». Pues de allí salía la madera de
los santos, y por aquí de la hoja no va, no, LA SANTIDAD DE LOS LAICOS...
¡Seamos alguna vez caballeros!
Y sigamos:
El Papa, los obispos, los sacerdotes, los
religiosos, eran para él la Iglesia. El laico (¿con que también el
laico") se había de contentar con escuchar, obedecer y callar.
Ya asomó...
no la «santidad». ¡Lástima de catecismo! El nos ha enseñado siempre a los
fieles cristianos que la Iglesia es Docente y Discente, y que de ambos
hemisferios resulta en globo la salvadora obra de Jesucristo que llamamos LA
IGLESIA CATOLICA. ¿No es esto, fiel cristiano de todos los tiempos?
Obedeced a
vuestros pastores y estadles sujetos, que ellos velan sobre vuestras almas
como quien ha de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y sin
gemidos, que esto sería para vosotros poco venturoso» (Heb., 13, 17). ¿No es
esto, fieles cristianos de todos los tiempos?
«El hombre
sabio calla hasta el tiempo oportuno» (Eclesiástico, 20, 7). ¿No es esto,
fiel cristiano de todos los tiempos? Y el versículo anterior acaba así: «Pero
el fanfarrón y el necio ni lo tiene en cuenta» (Ib.).
Esta es
doctrina de la buena, y santidad de la buena su cumplimiento. ¡Ni más ni
menos! Sí, a la Iglesia Discente le toca escuchar para aprender. Y le toca y
le tocará siempre obedecer: «Como hijos de obediencia no os conforméis a las
concupiscencias que primero teníais en vuestra ignorancia» (I Pedro, 1, 14).
Y en cuanto a lo de callar o no callar (después de haber escuchado y
aprendido y obedecido), el tiempo dirá...
Hoy, el hijo
no calla ante su padre. Hoy, el discípulo no calla ante su maestro. Hoy. el
joven no calla ante el anciano. Hoy, el trabajador no calla ante su señor.
Que Dios nos ampare siempre y no permita jamás... que el SOLDADO no calle
ante su jefe... Y no continuemos. ¡No aguardemos a que Dios nos haga callar
con su mano «izquierda»!
¿Qué más dice
la hoja sobre LA SANTIDAD DE LOS LAICOS?
«No es ésta la mente de Cristo. Y, por
tanto, tampoco lo es de la Iglesia. La constitución dogmática del Vaticano
II. «De Ecclesia» dice.»
Francamente,
no sé dónde habrá escudriñado la mente de Cristo. Ni entiendo de «ciertas»
ilaciones entre la mente de Cristo y la de su Iglesia. Ni tampoco voy a decir
lo que DICE el Concilio Vaticano II (en la hoja, se entiende). La hoja cita ad libitum, ni dice una palabra sobre
LA SANTIDAD DE LOS LAICOS.
Citaré, para
acabar mi sermón, el último parrafito de la hoja: «Los cristianos -en una
palabra- han de ser para el mundo lo que el alma por el cuerpo». Esto se
atribuye al Concilio; y el de la hoja sigue por su cuenta: «Deben vivificarlo
con su apostolado y con el testimonio de su vida cristiana».
Y esto quiere
ser un colofón, que tanto repiten hoy. Sólo alego el inconveniente de que se
ha olvidado de los LAICOS, y de que con ciertas reminiscencias, no del todo
digeridas, de cierta doctrina aristotélico-tomista, se podría vivificar algún
otro inconveniente (…)
JOSE MARIA
PEREZ, PBRO.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 213, 27-Ene-1968
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