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lunes, 15 de junio de 2026

El obispo Cirarda, las sacristías y los terroristas

 Artículo de 1970 

 Comunicado a los señores párrocos de Vizcaya, sobre su obispo mons. Cirarda

 Cuán cierto es que, en condiciones, algunas verdades son tristes y amargas. Esta que hoy comentamos, además de serlo en grado superlativo, resulta de una evidencia tal y tan grave es, que hace necesaria nuestra intervención sin demora.

 Es un hecho, desde tiempo comprobado, que nuestro obispo José María es prisionero de un grupo de exaltados sacerdotes, bajo cuya presión y a cuyo dictado actúa. Bien cerca tenemos el caso de su última carta pastoral, leída en muchas iglesias de Vizcaya, tal vez en todas. Documento forzado, falto de sentido y demasiado doblado de incoherencias y contradicciones. A todas luces, por su fondo y forma, no se trataba de un documento apto para ser llevado a la consideración de los fieles, ya cansados de conocer y reprobar las tristes andanzas extra-pastorales y abusivas de determinados sacerdotes. Mas el señor obispo estima que los fieles hemos de ser informados públicamente de tales sucesos y posteriores e inevitables derivaciones.

Bien estaría que Monseñor, consecuente con su línea informativa, tuviese a bien dar a la lectura obligatoria, en todas las Iglesias de la diócesis, de una nueva carta, comentando extensamente y ofreciendo su personal opinión, con clara mención de los nombres de los firmantes, acerca del escrito que con más de cincuenta firmas de créditos vizcaínos tiene recibido recientemente, escrito conminatorio e inadmisible, de ultimátum, en el que parte de los firmantes se le declaran en abierta rebeldía, otros certifican su salida y los más amenazan y anuncian posturas nada en consecuencia con sus respectivos ministerios eclesiásticos.

 Aprovechando dicha carta pastoral, monseñor Cirarda podría, además, darnos cuenta detallada de los alijos de armas y explosivos hallados en varias iglesias de su Diócesis y nombre de los sacerdotes huidos como consecuencia de dichos hallazgos para evitar sus comparecencias ante la ley con motivo de sus delitos, etcétera.

 Y, a mayor abundancia, monseñor podría hablarnos, dentro de la misma política informativa por él seguida para con sus sufridos fieles del porqué la autoridad eclesiástica en el encarnada, no procede contra los clérigos que, autodeclarados rebeldes y fuera de toda disciplina de la Iglesia, se niegan a abandonar sus cargos y a desalojar los templos para los que, en mejores días, fueron designados.

 Otra verdad incontrovertible es la de que, paradójicamente, una inmensa mayoría de los sacerdotes vizcaínos actúan obedientemente a las órdenes del señor obispo, aunque hay que imaginar que, en más de una ocasión, lo han hecho por pura y simple disciplina, y son dichos sacerdotes los mismos que obedecieron y fueron fieles al obispo anterior y lo serán asimismo al que en su día suceda a don José María. Sacerdotes dignísimos quienes, por parte de nuestro obispo merecen mejor trato y una mejor consideración.

 La deducción es clara: los clérigos rebeldes que tal vez un día, suponemos, sintieron la llamada de Dios, pero que más tarde se muestran inadaptados y politizados, serán siempre los mismos en cualquier situación. A ellos monseñor Cirarda, con su entrega, su inoperancia, les está haciendo muy doloroso juego, causando así profunda desorientación y grave escándalo entre sus diocesanos.

 Es esta una denuncia que, en conciencia, nos consideramos obligados a formular en Bilbao, Vizcaya, hoy 15 de junio de 1970.

 CATÓLICOS BILBAÍNOS


Revista FUERZA NUEVA, nº 187, 8-Ago-1970

 

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