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Por D. Elías
(sacerdote)
LA carta
pastoral del cardenal primado sobre el referéndum ha producido cierto
«escándalo» en algunos medios y, como no podía ser menos, en ciertos
comentaristas de la actualidad política. Hemos oído a alguno hablar de «nuevo
clericalismo», «crear división», «anulaciones matrimoniales sólo para ricos»,
etc. Imitando el lenguaje de nuestros muchachos, podemos decir que algunos de
estos escandalizados «se han pasado».
Si existe en
España un prelado prudente, sensato, equilibrado y con sentido evangélico, es
precisamente don Marcelo. Su respeto a la potestad civil, su sentido de
responsabilidad y su visión ciara de fas cosas y de los problemas es
proverbial. Jamás se ha permitido declaraciones de prensa ni cosa parecida.
Nos consta que a la propia Radio Vaticano ha negado entrevistas. Si ahora se
ha creído en el deber de orientar a sus diocesanos sobre un tema tan grave
como el referéndum, nos consta que lo ha hecho en la más estricta conciencia
de cumplir un deber pastoral muy grave y que a él correspondía primariamente.
«Ya había
hablado la Conferencia Episcopal», dirá alguno. Puntualicemos. La Conferencia
Episcopal no ejerce función magisterial sobre los españoles. La función
magisterial la ejerce cada prelado sobre sus diocesanos. Por otra parte, la
votación hecha en la Conferencia sobre el asunto referéndum dio al menos diez
votos en contra sobre el documento. Esto quiere decir que los criterios no
eran unánimes, y que al ser cada prelado responsable de sus diocesanos, no
podían dejarlos seguir un criterio diferente. La Iglesia católica, lo mismo
antes que después del Vaticano II, tiene su propio modo de hacer, que no es
precisamente «consensual» ni parlamentario. Dicho de otro modo: el criterio
de los que en la Conferencia aprobaron el documento es muy respetable, pero
el criterio concreto de la jerarquía es el de cada prelado en su diócesis.
«Ya tenemos
nuevo clericalismo.» Pues no, señor. A lo largo de los años hemos oído hablar
de la denuncia profética y de la Iglesia como «conciencia crítica» de la
sociedad, etc. Y ahora, porque un prelado prudente y responsable ejerce suave
y respetuosamente esa conciencia crítica, se arma el «escándalo». Vamos a ser
formales, señores. Aquí nadie pretende gobernar desde su mitra, dignamente
llevada: se trata, simplemente, de dar luz a las conciencias, y que después
esas conciencias actúen con su voto como mejor crean obrar.
• • •
«Se crea
división», dicen algunos. Esto es falso. La división entre los católicos
españoles, clérigos y laicos, viene de atrás. Como muy bien ha dicho don
Marcelo, es el mismo proyecto de Constitución el que lleva la división en sí.
La más
elemental prudencia aconseja que se analicen las posibles consecuencias de un
SI o un NO con serenidad y sin apasionamiento. El eco de la propia fe
religiosa debe llegar a todas las facetas y momentos de la vida de la persona
creyente. Lo que no puede hacer la persona creyente es, sistemáticamente,
crear una barrera entre su fe y su vida sociopolítica. «Es menester obedecer
a Dios antes que a los hombres.» Las palabras de don Marcelo, con todo el
escándalo farisaico que puedan producir en algunos, no son otra cosa que el
eco de estas palabras de San Pedro ante quienes, desde su autoridad, le
querían hacer callar.
«El NO
llevaría a una guerra civil», pretenden decir algunos. No hay derecho a ese
chantaje. La presión ejercida en forma múltiple sobre el pueblo ya es
bastante; no se añada ahora el chantaje del miedo.
Pero cuando
estas líneas lleguen a tus manos, ya la suerte estará decidida. De todo este
pataleo por la pastoral de don Marcelo, y por las adhesiones de otros
prelados más, debemos sacar unas conclusiones que nos valgan para el futuro.
I. Con
Constitución o sin ella. Dios es Señor tanto de los individuos como de las
comunidades, sean éstas las que fueren. El católico no puede renunciar a la
Ley de Dios, natural y revelada, en su actuación comunitaria, aun a costa de su
daño personal. La Ley de Dios le obliga «semper et pro semper». y el creyente
no puede actuar en el orden político en desacuerdo con la Ley de Dios.
II. Hemos de
estar preparados para los mayores absurdos, e incluso al insulto y la
calumnia a la Iglesia y sus obispos. Es cosa de tiempo más o menos, pero
indefectiblemente llegará. La otra noche se decía en una emisora de radio que
algunos obispos habían quedado «con las tonsuras al aire» por adherirse a don
Marcelo.
III. La
realidad de la división entre nuestros obispos no admite discusión. Este es
un problema gravísimo que está siendo muy bien explotado, y lo será más aún
en el futuro. No es menester insistir en el desconcierto que tal división
crea en el pueblo de Dios. Pero, a pesar de ello, no debemos escandalizarnos
nosotros: el tiempo nos ha enseñado a superar ese problema, a mirar hacia
Roma y a ser adultos en nuestra fe.
IV. En las
altas esferas políticas ha causado muy seria impresión la pastoral de don
Marcelo; esto es buena señalen orden al futuro. No hemos perdido la memoria
del famoso cardenal Segura, que supo ser todo y solo un príncipe de la
Iglesia con la Monarquía, con la República y con Franco, en una independencia
total y absoluta, aunque tuvo que verse en el destierro. Este es un buen
aviso de navegantes para hacerse a la idea de que los nuevos demócratas no
van a ser con la jerarquía tan respetuosos como lo fueron Franco y sus
gobiernos.
V. El futuro
próximo nos dirá, con los hechos, las directrices que vaya marcando Roma.
Esperamos que se acentúe la independencia para no caer en trampas económicas
ni de otra clase, aunque suponemos con fundamento que en España cualquier
Gobierno, aun marxista, tratará de ganarse para su ideología a cuantos
obispos pueda.
VI. La
siembra ideológica marxista realizada entre el clero a lo largo de los años
está dando sus frutos de diversos modos. Será necesario absolutamente que uno
o varios obispos, plenamente entregado a su grey evangélicamente, sirva de
punto de referencia y quite miedos y falsas prudencias.
Las
coordenadas de la Iglesia de España han cambiado. De hecho, desde arriba, se
la tratará como a una confesión religiosa cualquiera, aunque ahora en los
comienzos, por razones tácticas, no se haga así. Los que años pasados se
titulaban la «voz de los que no tienen voz», ahora callarán cuidadosamente.
En nuestra
humilde opinión, en más o menos tiempo, hemos de aceptar:
• leyes
contrarias a la Ley de Dios, tanto natural como positiva;
• supresión
de los tan traídos y llevados haberes del clero;
• imposición
del matrimonio civil a todo el mundo;
• control
férreo de la educación —no sólo la enseñanza— en todos los niveles;
• reducción
de lo religioso al recinto de los templos.
Más adelante,
según los gobiernos, se llegará más lejos. De momento, la falta de un
fundamento trascendente y aun ético en la Constitución, lo hará posible.
Esta es
nuestra realidad, que hemos de aceptar con realismo, y dispuestos a un futuro
de lucha diaria.
Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978
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