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CARLISMO Y
RELIGION
Don Javier de
Borbón-Parma, el abanderado del carlismo desde el fallecimiento de Don
Alfonso Carlos, en 1936, acaba de dar testimonio de lealtad a la Causa y de
estar en posesión de la legitimidad.
La
legitimidad real hispánica la reciben nuestros reyes por cuatro conductos.
Don Javier la recibió, por una parte, del expreso deseo de su tío Don Alfonso
Carlos. Por otra parte, de la Historia y de las leyes dinásticas que forman
la Historia adjetiva de la Causa. Por otra, del deseo del pueblo carlista,
que así se viene manifestando desde hace muchos lustros y, por fin, del
propio ejercicio de la permanente lealtad a la dicha Causa. Los tres primeros
conductos de legitimidad, si no fueran acompañados por el último, de nada
servirían. En cambio, la posesión del último por sí sólo arrastra tras de sí
al pueblo carlista que revalida la legitimidad, y sería suficiente, en
ausencia de los restantes.
En la
reciente concentración-romería que ha tenido lugar en el Santuario de Fátima,
y al que han asistido varios millares de requetés, Don Javier ha recordado
que «los requetés son los soldados de
la fe», según los llamó repetidas veces Pío XII. Una muy nutrida
representación numérica del pueblo carlista se unió a la familia
Borbón-Parma, en una serie de actos de religiosidad profunda en medio «de un mundo en desarrollo y desconcierto»,
en el que el
carlismo «permanece fiel» a
Cristo.
Los carlistas
y sus requetés no son soldados de la libertad, de la democracia, del progreso
y del desarrollo, sino que son «soldados de la Fe», y siendo soldados de la
fe, lo demás se obtendrá por añadidura. Porque cuando los gobernantes tienen
sincera y manifiesta fe en Cristo, conceden a sus pueblos la justa libertad,
les reconocen las instituciones representativas adecuadas, que son muy superiores
a la falsa democracia, y con esas instituciones, basadas en el Evangelio, se
logra una paz y un progreso que no está en pugna con la Religión,
El carlismo
no tiene otra solución que ser confesionalmente católico. No surgió para defender
a ningún rey, ni tampoco para defender las libertades de los municipios y
regiones, ni tampoco para el engrandecimiento de la Patria, sino que como oró
Don Javier, los requetés «se levantaron en defensa de la Fe». Donde hay Fe
pública y privada, queda salvaguardada la familia y se impide la subversión.
Nadie como el
carlista defiende la Patria. En efecto, ninguna ideología ha dado tantos
héroes y mártires en los últimos ciento cincuenta años. Haciendas y vidas, en
holocausto de la Patria, ha dado el carlismo. Para los tradicionalistas, la
Patria española es una nación que tiene un destino
ecuménico, marcado por la Divina Providencia. Para el carlismo, la
Patria es una fracción de la Cristiandad, con destino expansivo de su ansia
de espiritualidad y de fidelidad a Roma. Por ese concepto de Patria es por el
que los requetés de pasadas generaciones lucharon en vida y paz, y por esa
misma Patria es por la que el carlismo está en vigía permanente.
Nadie como el
carlista defiende las libertades de las Regiones, de los Municipios y de las
Familias y personas. Para el carlismo, la región, el municipio y la familia
no son más que las piezas esenciales con las que se construye la Patria. Son
«Patrias chicas» para una Patria grande. Cuanto más sólidas sean esas
fracciones de la Patria, más segura estará la Patria en su unidad total. Las
regiones, comarcas y municipios y familias engarzadas adecuadamente, son la
garantía de la seguridad de la Patria. El separatismo, en cambio, si bien se
fundamenta en la fortaleza de esas fracciones, las deja sin el imprescindible
nexo tan fuerte como la propia fracción, y es entonces cuando se desmorona la
unidad Patria, y hace inútil e inservible la fracción separada. El carlismo a
esas libertades de las «Patrias chicas» las llama «fueros», y tales
libertades no tan sólo tienen la mira de la seguridad y grandeza del edificio
«Patria», sino que no cabe olvidar de que se fundamentan en la dignidad de la
persona humana, según el catolicismo, y en la doctrina de la «subsidiaridad»
tan propagada y defendida por los .Romanos Pontífices. Esas libertades
contribuyen a que la cristianización de la sociedad, en sus diversas
modalidades y niveles, sea una mayor realidad; hasta el punto de que si los
«fueros» sirvieran de pretexto o causa para atentar a los derechos de la
Religión, el carlismo sería el mayor enemigo de los fueros y libertades.
Nadie como el
carlista es tan monárquico, porque sabe y cree que sin
esa institución de Rey, España caería en poder de la subversión y de
las fuerzas del ateísmo, liberalismo, materialismo y laicismo. La experiencia
histórica así nos lo enseña, y el carlista intuye la Historia y, además, no
la olvida. El carlista no es monárquico, para defender la existencia de esa
institución llamada «REY», sino porque siempre ha tenido rey que haya
defendido la Causa carlista, y solamente con esa institución real, ve la
posibilidad de que haya una continuidad histórica. Si la Monarquía, en un momento dado, no sirviera para garantizar el
destino religioso de la Patria, el carlismo dejaría de ser monárquico.
Resumiendo la
doctrina carlista, diremos que la RELIGION ES EL FIN la PATRIA y los FUEROS
SON LOS MEDIOS PARA EL INDICADO FIN, y el REY ES EL MEDIO PARA EL FIN
PRIMORDIAL Y SUS INDICADOS MEDIOS, CONJUNTAMENTE
De una
defectuosa interpretación de esta doctrina o postura política, se puede
llegar a la conclusión falsa de que el carlismo pretende que «la Iglesia sea carlista». La realidad
es muy otra. Para el carlismo, la Iglesia debe ser apolítica totalmente, esto
es, no debe mezclarse en las luchas de los hombres y sus grupos sobre la forma
de realización del gobierno y régimen temporal. Este apoliticismo de la
Iglesia que defiende el carlismo no entraña necesariamente la
aconfesionalidad del carlismo. Parece extraño, pero así es. La Iglesia no tiene por qué ser carlista,
pero el carlismo sí tiene que ser necesariamente católico.
Lo
explicaremos con un ejemplo. La Iglesia, verbigracia, no tiene por qué
inmiscuirse en un debate sobre importaciones y exportaciones, entablado entre
las Cámaras de Comercio y las Cámaras Agrícolas. La Iglesia no puede pronunciarse
en favor ni en contra de unas u otras Cámaras, pero tales asociaciones para
la doctrina carlista deben ser católicas, porque en sus Estatutos o Reglamentos
nada debe pugnar con la doctrina de Cristo y, además, deben contribuir a que
sus asociados actúen como buenos católicos, tanto privadamente como en vida colegiada.
Este es el servicio del carlismo a la Iglesia, que se entrega al servicio de
la Religión, sin pedir nada. Como es lógico, agradece y estima el que
miembros de la Iglesia—no la Iglesia— se percaten de la doctrina que no tiene
otras miras que el Reino Social de Cristo en la tierra.
El carlismo
busca y pretende que todas las actividades humanas estén saturadas de un
auténtico sentido cristiano, que busque, al propio tiempo, que la
religiosidad, una paz y un progreso que sirvan de concordia entre los hombres
que forman la gran familia cristiana.
*****
El desvío de
esa doctrina, en cuanto tal apartamiento suponga una ideología contraria,
debe considerarse como de una traición a la Causa. Cuando así sucede, hay
falta de fidelidad a la doctrina que se recibió para guardar, defender y
propagar.
El carlismo
debe custodiar, «cueste lo que cueste», el tesoro de la Tradición, según los
que han formulado la doctrina carlista y los reyes que la han consolidado y
promulgado, y que nosotros hemos resumido. En todo tiempo ha habido carlistas
que han intentado modificar la Causa, pero
hoy los hay más que nunca y con más poder informativo y expansivo del error y
del desvío. Si quienes desvían la doctrina son los que están más
obligados a defenderla inmaculada y ortodoxa, entonces surge una falta de
fidelidad a la Causa, y a esta falta de fidelidad es a la que llamamos
traición, que puede ser por ignorancia o por mala fe.
Nosotros, «cueste
lo que cueste», lucharemos por la fidelidad a la doctrina con todas nuestras
energías, aun a trueque de recibir ingratitudes y persecuciones. No entra en
el modo de ser carlista el parapetarse ante una dificultad o el huir por
temor a las persecuciones.
Con nuestra
difícil y arriesgada postura, contribuiremos a la meta que Don Javier Borbón
Parma ha señalado en Fátima, la de «que podamos entregar a las jóvenes
generaciones que nos siguen, una Fe firme en Dios y un amor grande y filial a
la Virgen.» Nosotros así esperamos que sea, a pesar de todos los obstáculos
que se presentan, porque el carlismo, mientras siga fiel a su Causa —mientras
no haya traición—no morirá, porque es inmortal. El pueblo
carlista jamás traicionará la causa, porque sería traicionarse a sí mismo.
Roberto G. BAYOD PALLARES
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967
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