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CELIBATO SACERDOTAL: TODA UNA ESPIRITUALIDAD
En los años que inmediatamente proceden al
Concilio Vaticano II, había ya comenzado una campaña para abolir el celibato
sacerdotal, en ciertos ambientes eclesiásticos. En las proximidades del
Concilio, esa campaña se acentúa en forma de cartas abiertas patéticas
dirigidas a Juan XXIII. Este Papa, repetidas veces, y no obstante el dolor
que le causaban, reafirma su propósito de que el Concilio nada cambiaría en
este punto.
Sin embargo, ya en el Concilio, algo
empieza a moverse. Se abre la discusión en torno a la institución del Diaconado
permanente; y se introduce la cuestión de si debe ir unida al celibato. Y las
opiniones se dividen. Hay quien piensa que esa sería la brecha por donde se
introduciría el enemigo. En efecto, cuando se llega a la discusión del
esquema sobre la formación del clero (octubre, 1965), una carta de Pablo VI al
cardenal Tisserant, leída en el Concilio, conjura un evidente peligro: que se
ponga a discusión un punto indiscutible. Por ello, el Papa corta toda
posibilidad y avoca a sí aquel punto delicado. El Concilio sólo llega a
admitir la posibilidad de ordenación de diáconos, en especiales
circunstancias, de sujetos casados, excluyendo toda posibilidad de sacerdotes
casados. Los Decretos sobre los Presbíteros y la formación del Clero
reafirman vigorosamente la doctrina tradicional.
Algo, sin embargo, de extraño y de malsano
flotaba en el ambiente: con los decretos conciliares se había cerrado el paso
a tantas ilusorias esperanzas… Estas, con todo, renacían en virtud de no sé
qué extraños propósitos: la praxis de concesiones y dispensas se había hecho
extremadamente laxa. Y esto, lejos de favorecer lo establecido por el
Concilio, parecía hacer tabla rasa de su misma letra. Con ello viene un
período en que las defecciones aumentan de un modo alarmante. Y no hay que
decir que una terrible iniciativa parece tomar la delantera: los hechos
consumados obligarían a Roma a revisar sus rigurosas posiciones. Pablo VI cree
ya necesario poner término a tantas especulaciones y promulga su encíclica
“Sacerdotalis celibatus” del 24 de junio de 1967. Vale la pena que nos
demos cuenta exacta de sus líneas fundamentales en su primera parte, ya que
la segunda va dirigida a la formación del joven clero.
No obstante la transformación cultural y
técnica de nuestro tiempo -comienza diciendo la encíclica- la Iglesia sigue
estimando como nunca el celibato. Y esto, por más que algunos se inclinen o -por
hablar con más verdad-, “expresen una decidida voluntad de que la Iglesia
revise esta disciplina, que les parece difícil y hasta imposible en nuestros
días” (n.1). Esto perturba la conciencia católica, y nos obliga -dice el Papa-
a llevar a efecto lo que prometimos al Concilio y que fue ya sancionado por
él: confirmar el celibato. Hemos reflexionado mucho sobre las razones que
muchos estudios modernos proponen para revisar esta disciplina (n.4). Por
ejemplo: que Cristo propone un celibato
libre y elige para apóstoles a hombres casados. Que las razones que urgían a
la Iglesia primitiva hoy no urgen. ¿Por qué no distinguir, por lo demás,
entre quienes aspiran a sólo el sacerdocio y los que, además, quieren
permanecer célibes? (n.7). No hay por qué temer -se añade- que al matrimonio
de los sacerdotes se sigan mayores males, ya que también pueden dar ejemplo
de familias modelo. Pero, en fin -se acentúa- ¿no se trata de algo contrario
a la naturaleza que viene a disminuir el valor de la persona? (n.10). Los
jóvenes seminaristas, una vez metidos en el sistema colegial de pedagogía
impersonal, aceptan la ley del celibato sin saber lo que hacen (n.11).
Estas y otras dificultades oponen quienes
no acaban de comprender -añade el Papa- el “don de Dios”. Pero a ellas oponemos,
ante todo, los innumerables ejemplos -hechos vivientes- de los santos,
siempre válidos; y, también hay que decirlo, la inmensa mayoría de los
sacerdotes que hoy guardan sus sagrados compromisos. Creemos pues -concluye
el Papa- que hay que mantener la unión entre sacerdocio y celibato para honra
de aquel; aunque a algunos les sea concedido el segundo sin el primero, la
Iglesia sigue pensando que el primero debe seguir sustentando al segundo.
Hecha esta introducción, he aquí ahora las ideas maestras de la primera parte.
Es cierto que no es la misma naturaleza del
sacerdocio la que exige el celibato; pero la Iglesia, bajo el Espíritu de
Dios, ha juzgado que es sumamente conveniente, y quiere mantener la unión. Las
conveniencias son múltiples y han sido siempre vistas por toda la tradición
cristiana; hoy, con todo, se nos aparecen con nueva luz (n.18). Por lo demás,
el sacerdocio es un misterio que debe ser contemplado desde la fe; sin que
por ello, claro está, tenga que sufrir el valor auténtico del matrimonio. Porque
está el ejemplo de Cristo, quien une en sí eminentemente la virginidad y el
sacerdocio para entregarse sacerdotalmente a los hombres; están sus llamadas
evangélicas. Esto ha llevado a sus ministros a una dedicación tal a su
seguimiento que excluía las solicitudes naturales del matrimonio (n.23). De
este modo, el celibato aparecía sobre todo como “signo y estímulo de la
caridad hacia Cristo y hacia los hermanos”. El sacerdote se muestra así entregado
a Cristo y a las cosas santas; y no la carne y a la sangre; y goza de la
libertad interior y exterior para entregarse plenamente a su ministerio
espiritual y a la oración (n. 27 y 28). De este modo su ministerio es eficaz;
cumple la difícil ascesis del sacrificio, y da el testimonio del Reino por venir
en la resurrección.
Toda esta doctrina, vivida siempre en la
tradición, ha sido mantenida -añade el Papa- por nuestros inmediatos antecesores;
por los Concilios, tanto en Oriente como en Occidente; este estado, pues, de
cosas, actual, no significa en modo alguno que la Iglesia quiera hoy cambiar
lo que admitió siempre. Lo acaba de proclamar solemnemente el Vaticano II; y
son precisamente nuestros días los que más necesitan de esta santa disciplina
(n.46). Hasta no importaría que descendiera el número de los sacerdotes por
ello –lo que por otra parte no es cierto- el Señor mandaría operarios a su
viña; y la Iglesia no abandonaría su misión.
Pero los mismos hechos nos dicen que no es
la supresión del celibato el camino verdadero para poner remedio a la falta
de sacerdotes (n.49). Ni por ello la Iglesia va a entregarse menos al mundo.
Todo lo contrario. La Iglesia sabe que el joven sólo se entrega a los grandes
ideales; sabiendo que es la gracia de Cristo la que le sostiene. Debe, sí,
conocer las dificultades y saber superarlas; pero es inicuo afirmar que el
celibato va contra la naturaleza y que minusvalora al sacerdote, cuando es el
mismo Cristo, el hombre perfecto, quien invita a ello; cuando es esa santa
institución la que ha obtenido los mayores bienes para la humanidad. El mismo
sacerdote, dominando sus apetitos naturales, no los desprecia, sino que los
ordena haciéndose superior a sí mismo; y si pospone un bien tan grande como
es el matrimonio, esto lo hace solamente para adherirse a un Bien mayor que
todos los demás bienes (n.56). Es cierto, sí, que todos estamos obligados a
dar testimonio; pero el sacerdote, con su celibato consagrado, da el supremo.
No negamos que el sacerdote parece encerrarse en una cierta soledad; pero es
él quien debe poblarla con la presencia y amistad de Cristo; y por su entrega
al ministerio es él quien debe encontrar en Cristo el amigo de todas las
horas, de alegría y de tristeza (n.59).
He ahí este nuevo y magnífico documento,
bien actual, bien meditado, bien cargado de toda la sabiduría sobrenatural de
que sólo es portadora la Iglesia. ¿Cómo -volvemos a preguntarnos- ha podido
suceder que este documento venerable haya sido tan mal recibido por elementos
destacados en ciertas regiones de la Iglesia…?
Mariano de
ZARCO
Revista FUERZA NUEVA, nº 173 ,2-May-1970
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