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Los derechos de la Santa Sede y el
peligro de los de la Iglesia española Carta abierta al Secretario sustituto de Estado de S. S. Pablo VI
Rvdmo. Sr. D.
Giovanni Benelli.
Arzobispo
Sustituto de la Secretaria de Estado de su
Santidad. ROMA
Excelentísimo
Monseñor:
Esta carta
abierta, por su misma naturaleza tiene que ser grandemente respetuosa para
con V. E. y lo que representa. Pero no hallamos otro medio de poder dirigirnos
a V. E. con la eficacia que pretendemos que éste que nos brinda el semanario
¿QUÉ PASA?
Somos otro
grupo de curas rurales que venimos meditando día tras día los enormes
peligros que acechan al gran tesoro de la unidad católica en España. Mas V.
E. representa para nosotros la figura clave en esta coyuntura: joven,
apasionado, celoso de los derechos de la Santa Sede, venido a España por una
temporada, en días decisivos, para conocerla de cerca. Elevado con tanta
rapidez al primer puesto en eficacia resolutoria de la Santa Sede, creemos
que algo tenemos nosotros que decirle, los que no hemos tenido acceso directo
a V. E. ni podemos tenerlo. Otras cuestiones trataremos en lo sucesivo, pero
ahora, en nuestras horas de comentario y vigilia, saltan a nuestra
preocupación dos cuestiones fundamentalísimas en las que V. E. tendrá
intervención decisiva: la invitación a las dimisiones de
los Prelados españoles que se acercan a la edad recomendada, y las
provisiones de esas vacantes en las personas de sacerdotes pertenecientes a
un determinado grupo bien enmarcado dentro del clero español.
Nos
atrevemos, con la mejor voluntad, a entrar en este tema de las dimisiones,
porque los periodistas sacerdotes —nos suena mejor que sacerdotes
periodistas— que controlan la gran prensa de Madrid, que es lo mismo que
decir la de España, se han atrevido a hablar de que en la pasada conferencia,
por una mayoría suficiente de votos, se aprobó la gestión vaticana en estas
delicadas lides. Nos parece frase poco acertada la de «gestión
vaticana». Tan «desacralizada», que nos lleva a meditarla en extremo
para que V. E. conozca nuestros pensamientos. La «gestión vaticana» no cae,
no puede caer, sobre la infalibilidad pontificia. Invitar, por no decir intimar,
a un Obispo anciano en plenitud de sus facultades a dimitir su diócesis en el
plazo de unas horas no puede ser cosa que
ataña a la
infalibilidad. Esta “procedura”, como se dice en Italia, se debe a
informaciones más o menos interesadas, por no decir tendenciosas, porque a
posteriori —y preferimos callar nombres— se ha podido comprobar que ninguna
de las dimisiones de Obispos españoles entrañaban urgencia alguna, ni por
razones de. salud del cuerpo ni por razones de salud del alma.
Indudablemente, fueron otros los criterios aplicados, que penetran con toda
facilidad y claridad ante el sencillo clero y pueblo español.
Cuidado con
las dimisiones episcopales y con la forma de provocarlas; que está cundiendo,
carísimo Monseñor, un desánimo ante posibles injusticias que no pueden
imputarse a la persona sacratísima del Vicario de Cristo, pero si a su pobre
y unilateral información. Que una vida entera consagrada a la Iglesia no
puede liquidarse con un telegrama cifrado. Que, en definitiva, lo que a todos
nos ha de salvar es la caridad. Y ésta tiene que penetrar hasta las más altas
cúpulas. Como pensamos seguir escribiendo, no queremos alargarnos más ahora y
vamos a advertir algo sobre las futuras provisiones.
Continuando
su campaña, los mencionados periodistas
sacerdotes hablan de un grupo de Obispos jóvenes (léanse «ABC» y «Arriba» de
los últimos días de noviembre) que van dando tono conciliar a la Conferencia
Episcopal española. ¡Cuidado, Monseñor! Ha trascendido al pueblo
sencillo, precisamente por la interesada campaña de este grupo de publicistas,
que ya los nuevos Obispos incorporados
a la Conferencia, de manera sistemática y como obedeciendo a una previa
consigna, se oponen a los acuerdos de la mayoría. Así se nos han dado,
con verdadero regocijo no disimulado en esta clase de prensa, el que han sido
diecisiete los votos en contra del Estatuto de la Acción Católica, después de
diez días de discusión, y se nos dice que diecisiete hombres, diecisiete
diócesis, etc.
Cuidado con
escindir la Conferencia Episcopal Española, querido Monseñor. No estamos en
tiempos de jugar con tanto riesgo. Y lo que no se atreven a decir en los
periódicos, pero que dicen en pasillos y reuniones de apostolado: tenemos a
Monseñor Benelli en Roma. Recuerdan aquello que dijo un dirigente de la
Juventud Femenina de Acción Católica en la plaza Mayor de Salamanca el 15 de
agosto de 1964: «Algo ha cambiado hoy en España, gracias a Monseñor Benelli.»
Que no cambie demasiado, Monseñor. Y tan atrevidos y ligeros, que algunos
enseñan la lista de los invitados a la consagración episcopal de V. E. en la
Basílica Vaticana, de los invitados que asistieron y de los que asistieron
sin ser invitados, como los futuros miembros del Episcopado Español. Miedo nos da nombrarlos
nosotros, no es ese nuestro propósito, por si pronto vemos sus caras en la
prensa diaria con la noticia de su promoción.
Prudencia,
Monseñor; España es diferente. Aún quedan cuadros, prudencia, cariño,
obediencia, pero somos celtibéricos. Sería una lástima que, llevados de
unilateralidad, y asombrados por las noticias de los audaces, las cosas
cambiaran de signo de tal modo que nuestra
unidad católica se terminara de resquebrajar. Y es claro que si
inexorablemente se va escindiendo la Conferencia, esto se conseguirá en corto
plazo. Volveremos otro día, Monseñor, y besamos su anillo.
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 208, 23-Dic-1967
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