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LOS DIEZ MANDAMIENTOS (PERSPECTIVA DE 1968)
Si por las noticias que se
han filtrado acerca del secreto de Fátima, una gran catástrofe se cierne
sobre la Humanidad en la segunda mitad del siglo XX, ahora (1968) que ya llevamos transcurridos más
de la tercera parte de dicho cincuentenario, y que estamos precisamente en un
año que puede ser crucial, toda vez que la nación rectora del mundo
occidental se ve sujeta a los avatares de unas elecciones presidenciales,
creo que es bueno echar un vistazo a las perspectivas del año que acaba de
empezar y que Dios quiera que lo veamos terminar sin que los nubarrones que
nos rodean lleguen a estallar; antes al contrario, que lo veamos con un más
claro horizonte.
Veamos, pues, la situación
como miembros de la Iglesia de Dios, como habitantes de este planeta y como
ciudadanos españoles. En el primer supuesto, si, como dice
San Ignacio, el hombre ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a
Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma, nuestra conducta ha de estar
guiada por las leyes de Jesucristo, o sea, del Nuevo Testamento, conservando
del Antiguo solamente el Decálogo, ya que lo demás tuvo su cumplimiento precisamente
con la venida de Cristo.
Y la verdad es que la
situación del catolicismo ante los diez mandamientos deja mucho que
desear. En el primero, amar a Dios sobre todas las cosas, lo lógico es
que ya que le tenemos presente en el Santísimo Sacramento, se manifieste este
amor honrando dignamente su presencia en el Sagrario; pero eso era antes del Concilio.
Ahora, unos vientos de fronda han
perturbado muchas cabezas de las que ha
desaparecido la señal del sacerdote, la tonsura, y así vemos con gran
dolor la desaparición de muchos y muy
bonitos altares, sustituidos por una mesa de centro, de los que el Sagrario
ha desaparecido para que no se interfiera entre el celebrante y los
fieles, mientras la Residencia de Dios es puesta en un altar secundario, empotrada en una pared lateral o bien oculta
detrás de una imagen; todavía no la
han suprimido del todo, pero ya falta muy poco para ello. Y la misma suerte ha corrido el símbolo
divino de la Cruz, pues además de no haberse puesto de acuerdo acerca de
si ha de estar de cara al pueblo o de cara al celebrante (problema
insoluble), en unos sitios lo han suprimido. en otros han puesto la Cruz a un
lado, en otros la han suspendido del techo y en algunos sigue figurando sobre
el altar, pero en mini tamaño para que no estorbe la vista del sacerdote. No
ya el amor, pero ni siquiera el respeto, se manifiesta en muchas iglesias
Y si del primer mandamiento
pasamos al segundo, los malos ejemplos continúan. Por dos veces se
repite en la Misa: «Palabra de Dios», pero la verdadera palabra de Dios es el
Evangelio, y ese ha sufrido un corte del 50 por 100, pues se ha suprimido el segundo Evangelio,
e incluso cuando en una misma festividad coinciden dos fiestas señaladas, una
de ellas se suprime por completo; pero, en cambio, se añaden antes del
ofertorio unas plegarias a gusto del celebrante, que en algunas ocasiones resultan francamente
tendenciosas, rozando
temas de los que la Iglesia considera ajenos a sí misma, pues no son de su
incumbencia temas económicos, sociales, ni políticos. Y si de la Iglesia
salimos a la calle vemos que el nombre de Dios es puesto en cuarentena en su filiación
y en su origen, pues a bombo y platillo en muchas librerías sedicientes
católicas se exhiben obras de Teilhard de Chardin, Evely, y compañía,
hablando del Universo, de la Naturaleza, del Cristo cósmico, etc., que ponen en tela de juicio la Divinidad
manifiesta de la segunda persona de la Santísima Trinidad, sin que ninguna autoridad eclesiástica
ponga orden en tanta confusión.
Lo de santificar las
fiestas también es un asunto que va de capa caída. Se llega al colmo de
trasladar, con aprobación superior, fiestas de primera clase al domingo
siguiente, para incrementar así los días laborables (caso Hispanoamérica), lo
cual si se analiza bien es un absurdo económico, pero la economía está en
manos judías y tienen mucha riqueza y muchos medios de propaganda para
presentar las cosas en forma convincente para solapadamente contribuir a la
descristianización del pueblo. Y en nuestro país, donde AUN no se ha
descendido tanto, con el pretexto de «facilitar» la asistencia a la Iglesia,
se adelanta la función a la víspera del día anterior, celebrando una o dos
misas vespertinas, las cuales ciertamente se ven bastante concurridas, pero
cabe preguntar: ¿Realmente, los asistentes a estas misas tienen verdadero impedimento para oírla el
domingo, o es que desean estar más sueltos? ¿Ya tienen presente que el
domingo hay que «santificarlo» y no aprovecharlo para otros fines?
Eso de honrar padre y
madre es también, gracias al Concilio, una antigualla mandada retirar de
la circulación. El anuncio a bombo y platillos también de jubilaciones,
dimisiones, y retiros nada menos que entre altas Jerarquías eclesiásticas,
que en muchos casos vemos que están en plenitud de facultades, ha desencadenado
una ola de euforia juvenil, que ya estaba muy elevada de temperatura, para
que los padres y todas las personas mayores se retiren de la circulación y
les dejen paso. El desprecio a la vida
de los mayores es absoluto, hacen estorbo, y cuanto antes desaparezcan se
considera mucho mejor, con lo cual nos vamos acercando a las costumbres de
los caníbales. Vale la pena considerar, por parte de los inventores de las jubilaciones eclesiásticas, que de tener
efectos retroactivos Juan XXIII no hubiese sido Papa y, por tanto, ni el
Concilio estaría en marcha ni el diablo andaría suelto por el mundo.
No hay quinto malo,
por lo que eso de no matar debe ser bueno, y, efectivamente, no se predica el
matar sin más ni más; pero así como en nuestro teatro clásico hay una obra titulada
«Reinar después de morir», actualmente se representa con mucha abundancia un crimen nefando que lleva
por título «Morir antes de nacer», y el lector ya sabe por dónde vamos.
En la vida cotidiana, además, el respeto a la vida ajena brilla por su
ausencia y las crónicas de sucesos llevan noticias a escala mundial que
demuestran absoluta falta de conciencia imperante, pues los móviles que se
indican no son de personas sensatas, sino desequilibradas, y si a esto
añadimos las víctimas de una motorización muy rápida, pero sin ton ni son,
las numerosas de las guerras que hay en circulación, y la frialdad con que la
humanidad se encamina hacia un suicidio atómico, hay que pensar que este
mandamiento ha caído también en desuso.
El sexto, en cambio,
es de rigurosa actualidad. Lo ha
puesto «de moda» nada menos que un jesuíta, Teilhard de Chardin, precisamente
un miembro de la Orden religiosa de disciplina más severa, el cual afirma que
desde que ya mayorcito tuvo conocimiento práctico de «lo femenino», toda su
actuación y todas sus actividades han sido orientadas en este sentido O sea, que sus elucubraciones sobre el
Cristo cósmico y demás herejías han sido escritas pensando precisamente «en la fémina». Valiente desvergüenza, que en vez de cubrir con un piadoso
silencio, sus hermanos en religión (no todos), parece que se esfuercen en
propagar e imitar. Le hace pareja el escolapio Fullat, sosteniendo que la
prostitución no tiene importancia ni es ninguna falta (?) y, por tanto, para
estar «al día» y en «línea conciliar» hay que considerar cosa buena los
placeres solitarios, y los colectivos en pareja, aunque sean de igual sexo,
como se estila en países a imitar. Al noveno mandamiento, que puede
considerarse como ampliación y concreción del sexto, se impone darlo también
por «desfasado».
El séptimo, y su continuación el décimo,
aunque, son de claridad meridiana, se les da un sentido tan amplio que
prácticamente han pasado a mejor vida. Eso de hurtar y codiciar los bienes
ajenos es una cosa de países subdesarrollados; lo moderno es la gran empresa
controlada, y si puede ser internacional mucho mejor, para así estar a salvo
de contingencias, todo lo cual es perfectamente legal, aunque en muchos casos
sea una confabulación protegida. La Orden de los Templarios, disuelta por
Clemente V, no puede decirse en verdad que no tenga continuadores bajo otros
nombres harto conocidos que, hoy por hoy, «cortan el bacalao»
Y queda solamente por
examinar el octavo, cuya
interpretación es tan casuística que a pesar de lo que se escribe sobre los
medios de información y comunicación, podemos decir en verdad que estamos
completamente a oscuras de muchas cosas. No es que se mienta descaradamente,
no, pero sí que la confabulación del silencio está a la orden del día y la
sociedad Auto Bombo, Coba y compañía campa por sus respetos con vía libre.
Esto no es propiamente mentir, pero es embaucar, que es peor, y en la
práctica es embrutecer al pueblo, a la gran masa, no muy ilustrada por desgracia,
y, por lo tanto, sin fuerza mental para discernir con criterio propio la
bajeza de muchas propagandas ilustradas y auditivas basadas en el incienso y
el cepillo, con la mira interesada de «situarse» de cara al futuro, para
continuar en el mangoneo.
Ante el olvido práctico de
los Mandamientos Divinos, las perspectivas no pueden ser muy optimistas que
digamos, acerca de lo que nos espera en el año que acabamos de empezar. Pero
en otros Mandamientos tampoco estamos mejor situados, cosa que D. m.
seguiremos considerando…
Armando de la Rosa
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968
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