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TRISTE REALIDAD
MIENTRAS se halagaba, llamándole «soberano», al noble pueblo de
España, se procuraba que no se percatase de la triste realidad de miseria,
anarquía, sangre y lágrimas, adonde la ha conducido la oligarquía en los casi
tres años de su reinado. Así olvidaría ese sufrido pueblo que se le ha
despojado de su principal derecho: el derecho a ser bien gobernado, el
derecho a que quienes se encuentran al frente de los destinos patrios
alcancen el bien común. Derecho mucho más sagrado que la broma trágica de
la papeleta electoral para confirmar a Adolfo Suárez o subir a Felipe González
al poder.
Triste realidad de miseria,
porque, a través de este escaso trienio —como ha indicado Torcuato Luca de
Tena en un artículo magnífico— quebraron y suspendieron pagos casi mil
empresas (997) con un pasivo de 138.000 millones; el paro, cuyo crecimiento
fue muy grave en 1977, se incrementaría en un 50 por 100 durante 1978; 100
pesetas invertidas en Bolsa en 1974 se han convertido en 20 pesetas en 1978,
y desde entonces a hoy (1979) la
riqueza mobiliaria representada por los valores bursátiles experimentó una
pérdida de 240.000 millones y entre 1977 y los once primeros meses de 1978 se
han perdido 28 millones de horas de trabajo, pues en este terreno ya nos
hemos «homologado» y superado a Europa y tenemos el honor de que «The
Economist» sitúe a España en el primer puesto de horas de trabajo perdidas,
seguida de Italia con la mitad.
Y triste realidad de anarquía,
sangre y lágrimas, porque la delincuencia, que ha conseguido la garantía
de todos sus «derechos» en la legislación con que la oligarquía ha regalado a
nuestro pueblo, campa por sus respetos y domina la calle impunemente. La
violación, el atraco y el asesinato están a la orden del día. Sucesos
criminales, que antes creíamos desterrados y propios de pueblos subdesarrollados,
han vuelto a adquirir carta de naturaleza en la democracia española que
apenas se ocupa de ello, como no sea para desgravar penalmente a la
reincidencia según no hace mucho acaban de aprobar las Cámaras, una de las
cuales convocó un pleno, a fin de tratar el «gravísimo» incidente de un
diputado del PSOE con la fuerza pública, pero que, en cambio, nunca se le
ocurrió estudiar la forma y medidas al objeto de acabar con tanto crimen sin
castigo. ¿Y qué decir de las cárceles destruidas en su mayoría por los
reclusos que han impuesto su ley dentro de las mismas? Y, pese a todo, el
responsable sigue en su puesto.
Sangre y lágrimas que en Vascongadas son ya el pan nuestro de cada
día entre un pueblo sobre el que la ETA, amnistiada por el Gobierno de la Corona
entre irresponsable aplauso, ejerce verdadero imperio del terror y se cobra
casi a diario nuevas víctimas ante la ineptitud del Gobierno y Parlamento
para remediarlo. Sangre y lágrimas de las viudas y huérfanos de esos miembros
de las FAS, a quienes, hasta que llegó la democracia, el terrorismo no osaba
atacar y a quienes el Gobierno no se atreve a honrar como merecen y estatuye
la ordenanza, organizando esos sepelios semiclandestinos, a los que —salvo
excepción las altas jerarquías del Estado no acuden ni por casualidad.
Sangre y lágrimas cuya última cosecha, durante la semana precedente,
es la de dos guardias civiles asesinados —uno en Cataluña y otro en
Vasconia—, dos atentados fallidos contra agentes del orden, dos industriales
secuestrados... Miseria, anarquía, sangre y lágrimas. He ahí el balance de la
democrática «soberanía popular». He ahí los frutos del reinado de la
oligarquía, que hasta ahora ha privado al pueblo de España de su fundamental
derecho a ser bien gobernado, a disfrutar de paz, orden, justicia y
suficiencia de bienes.
LA ULTIMA JUGADA
POR si no basta la «moncloaca» para desintegrar España, a ello
contribuye también el nuncio que nos envió el Papa Pablo VI: monseñor
Dadaglio. El hombre que —sean cuales sean sus propósitos, que sólo Dios
conoce y valorará— ha provocado
más perturbación en la Iglesia de España que produjo la herejía luterana.
El italiano, bajo cuya gestión la fe del pueblo ha descendido a cotas
desconocidas antes y que con sus alteraciones y nombramientos episcopales ha
tenido la indudable habilidad de cambiar la fisonomía de la comunidad
eclesial patria y de disminuir el respeto y veneración que el pueblo sentía
por el clero. Aseguran que se va. Marchará satisfecho de su obra, cuyo
exponente más ilustrativo es el inefable cardenal Tarancón, colocado al
frente de la Conferencia Episcopal, quien, por cierto, durante el III Sínodo
vio cómo uno de quienes rebatieron sus tesis temporalistas era el cardenal
Wojtyla.
Esperemos que se despida pronto y sin vuelta monseñor Dadaglio. Pero,
antes de tal despedida, ya ha estampado su rúbrica con los últimos
nombramientos de obispos para Vascongadas. Y donde hay «poca conflictividad»
deja a unos prelados —titulares ya— del talante de Setién y Larrauri,
elevados antes a la dignidad episcopal al margen del Concordato. Así
contribuye el italiano a serenar los espíritus y a promocionar la paz en esas
provincias. Ese es el pago de aquella gratuita renuncia al derecho de
presentación de obispos, inspirada por los «Tácito» del Gobierno de UCD,
en todo caso, más propicio a los intereses vaticanistas, que no siempre han
coincidido con los reales de la Iglesia, que a los de su Patria. No hay duda
de que monseñor Dadaglio ha seguido su juego hasta el final. Puede regresar
orgulloso a su Italia natal. Aquí ya ha dejado bastante conflicto para
muchos años. ¡Que Dios se lo pague!
Ramón de Tolosa
Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979
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