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lunes, 3 de agosto de 2026

Relaciones entre idiomas castellano y catalán

 Artículo de 1970 

 IDIOMA Y CULTURA

 Víctor Pradera, en la memorable conferencia pronunciada en Tarrasa en 1935, dedicó la segunda parte de su peroración a fijar unas ideas básicas sobre las relaciones entre los idiomas castellano y catalán. Cuando actualmente tanto se ha escrito y hablado sobre este tema, no siempre documentadamente, varias veces con reclamos oportunistas, de nuevo se hace actual el entendimiento orgánico, histórico, integrador, que Víctor Pradera puntualizaba en torno de ese debatido problema. Veámoslo.

 Orígenes del castellano y del catalán

 Quiero, de una vez para siempre, dejar sentado en Cataluña que el idioma castellano es un idioma catalán. Que a nadie le parezca paradójico. Que espere las pruebas y los razonamientos. No quiero decir con esto que el idioma catalán no tenga origen anterior en Cataluña al castellano: lo que digo es que el idioma castellano nació en Cataluña y, por haber nacido en Cataluña, es un idioma catalán. Y os diré más: que al mismo tiempo que nacía en Castilla y que nació en Cataluña y que nació en Aragón el idioma castellano, nacía en un lugar que parecía imposible que naciera, por la diferencia que existe con el léxico vernáculo: Vasconia. Y os diré más aún: que la última región española donde se habló oficialmente en castellano por los Reyes a sus súbditos fue en Castilla. Si tomó la lengua el apelativo de castellana no fue porque naciera en Castilla; fue porque no teniendo Castilla ningún otro idioma, allí el castellano se perfeccionó.

 La unidad nacional, es decir, la unidad de la Corona de Aragón con la Corona de Castilla, se realizó a finales del siglo XV. Si los reyes de la Corona de Aragón hablaron a sus súbditos en castellano, habréis de confesar que el castellano no fue importado a Cataluña ni a Aragón por los reyes de Castilla que dominaban aquí.

 El primer documento escrito en castellano, dirigido por los reyes a sus súbditos, que figura en la Academia de la Historia, en una colección que hay de esta naturaleza, es un documento escrito por el más catalán de los reyes de la dinastía catalana: por Jaime I el “Conquistador”.

 Y este mismo príncipe, Jaime I, en el prohijamiento mutuo que hizo con Sancho VII el “Fuerte”, confirmación de lo que acabo de deciros, lo escribió en lenguaje castellano”.

 Cataluña, consustancial a España

 Continuaba Víctor Pradera:

 Hay más. Se ha dicho que el castellano entró en Cataluña merced a la dinastía castellana de Fernando el de Antequera (siglo XV). Pero ya veis que estos documentos son anteriores. Nació aquí sin influencia ninguna de Castilla.

 Pero hay más. Rubió y Lluch, en su obra “Documentos para la historia de Cataluña”, ha investigado, ha indagado con un celo extraordinario todo lo referente al lenguaje vulgar en aquella época. Ha buscado en la correspondencia privada y no ha encontrado más que una carta que es de principios del siglo XIV. Pues esa carta, que era la escritura privada, el medio de comunicación privado de los catalanes, dice así: “Si us place oyr de la mi sanitat, sepades que so sano, la mercé de Dieuss, la cual cosa muyto querría saber de vos, e más vedir, aquesto sería cuando a Dieuss placería”.

 Todo esto revela que el castellano se llamó así no porque fue lengua de Castilla, puesto que había nacido también en Cataluña y había nacido también en Aragón y había nacido en Navarra en 1201, en que está el primer documento escrito en castellano oficial por los reyes a sus súbditos, sino que es una lengua que hablaban en Cataluña y que nació en Cataluña y que, por consiguiente, es una lengua catalana. Y, si esto es así, yo tengo que sacar una conclusión: cuando se habla de que Cataluña se le ha impuesto una lengua, quien eso dice no sabe lo que se dice, desconoce por completo la historia de Cataluña. No hay semejante imposición”.

 Unas conclusiones lógicas

 Víctor Pradera coronaba su magnífica lección, argumentando con aquellos raciocinios suyos encadenados y deductivamente imbatibles, de esta manera:

 Quiero llegar hasta el final de la conclusión, porque se han ideado aquí problemas que no existen, problemas que no existieron más que en la ignorancia de los que se decían vuestros directores. Quiero decir que una lengua no es marca de esclavo, a no ser en el caso de que fuese impuesta violentamente; ¡ah!, señores ¿qué diría Cataluña entonces de la lengua latina, que fue su lengua durante muchísimo tiempo? No. La lengua es un beneficio muchas veces y así lo estimaba Cataluña, porque no podemos olvidar que, en sus conquistas, Cataluña llevaba con su civilización, su lengua. Lo mismo en Sicilia que en Nápoles, que en Grecia, con el Ducado de Atenas, que en Cerdeña, a todos estos pueblos no solamente llevó sus armas, no solamente llevó su gente, sino que llevó su lengua, mejor dicho, sus dos lenguas, porque en Nápoles las lenguas oficiales eran el castellano y el catalán.

 Pero aquí tenéis, dentro de Cataluña, un pueblo que habla una lengua distinta de la vuestra: el Valle de Arán. El aranés no es un dialecto del catalán, el aranés es gascón y como es gascón, es dentro de la matriz de las lenguas, lengua distinta de la catalana. Y, sin embargo, muy bien, perfectamente bien, los araneses hablan, además del aranés, que es su lengua vernácula, el catalán. ¿Es que Cataluña, por eso, ha puesto la marca del esclavo sobre el valle de Arán?

 No, no hay más sino que Cataluña tiene dos lenguas suyas; una, la catalana, más antigua que la castellana; otra, la castellana que nació también en su tierra.

 Todo esto es suficiente. Demasiados motivos de guerra y de lucha tienen entre sí los hermanos para traer a Cataluña una lucha civil de lenguas, que es lo peor que puede ocurrir, porque eso es más grave todavía que la lucha civil de ideas políticas entre sí”.

 Más allá del idioma

 Tras la exposición doctrinal de Víctor Pradera -aunque no se acepten todas sus puntos de vista, algunos de los cuales, a mi entender, quizás son discutibles- es cosa cierta que el idioma catalán merece todas las consideraciones y andaduras jurídicas necesarias para su desenvolvimiento y esplendor.

 Sin embargo, no es menos cierto que hay otra vertiente en este problema. El idioma catalán, químicamente puro, es digno de las consideraciones apuntadas. Pero hay un hecho evidente: actualmente (1970) en Cataluña hay un monopolio indignante y sectario que se ha hecho de literatura y de la cultura catalanas bajo el signo de personajes y obras que no responden a la tradición de Cataluña, y que nos vienen a través del idioma, trasbordando las peores mercancías marxistas, el ateísmo elegante o grosero y una ofensiva explícita e implícita contra el ser de España y la justicia histórica impepinable de la Cruzada contra el comunismo.

 Nadie nos podrá decir que la literatura de un Juan Leita, mosén Dalmau, toda la trayectoria de la revista “Serra d’Or” y, en general, de la editorial “Nova Terra”, los Jordi Llimona y el teilhardismo del padre Eusebio Colomer, entre otros muchos, respondan a la línea de la fe católica de Cataluña. Tampoco que la novelística de Juan Oliver, de María Aurelia Capmany, de Baltasar Porcel, de Manuel de Pedrolo, de Mercé Rodoreda, de Pere Calders, etc., así como la poesía de Agustí Bartra, de Salvador Espriú, de Joan Brossa y de tantos y tantos otros, coincidan con el sentido cristiano que desde Ramón Lull, pasando por Verdaguer y Maragall, hasta el mismo José María de Segarra, era la fibra animadora de la auténtica e inmortal catalanidad.

 Nos encontramos ante un trust, homogéneo y sistemático, de autores que atentan con sus ideologías el patrimonio espiritual de Cataluña, sintetizado en su fe cristiana y en su personalidad secular.

 Ante esta realidad, hay evidentes fallos en el Estado Español, que ha descuidado promocionar la realidad catalana según su entrañable e insoslayable alma cristiana, con sus características específicas. Se deben reconocer las peticiones de derecho natural que Cataluña tiene respecto de su idioma. Pero no se debe permitir el avasallamiento de la torrentera de las ideologías marxistas, ácratas y jacobinas, que capitanea este movimiento. En el vehículo noble y correcto del idioma no se deben transportar mercancías mortíferas de ideologías negativas.

 A nuestro entender, la postura política solvente la anunció Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris”, en la que se lee: “Ha de afirmarse decididamente que todo cuanto se haga para reprimir la vitalidad de tales minorías étnicas viola gravemente la justicia y mucho más todavía si tales atentados van dirigidos a la destrucción misma de la estirpe. Responde, en cambio, del todo a lo que pide la justicia, el que los poderes públicos se apliquen eficazmente a favorecer los valores humanos de dichas minorías, especialmente su lengua, cultura, tradiciones y recursos e iniciativas económicas”.

 Ha de advertirse, no obstante, que los miembros de tales minorías -bien por reaccionar contra su actual situación, bien por el recuerdo de sucesos pasados- no raras veces pueden dejarse llevar a insistir más de lo justo en los propios elementos étnicos, hasta ponerlos por encima los valores humanos, como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien de ese pueblo. Y es razonable que ellos mismos sepan reconocer también ciertas ventajas que esa especial situación les trae, pues contribuye no poco a su perfeccionamiento humano el contacto permanente con una cultura distinta de la suya, cuyos valores propios podrán así ir, poco a poco, asimilando. Pero esto mismo se obtendrá únicamente cuando quienes pertenecen a las minorías procuren participar amigablemente en los usos y tradiciones del pueblo que los circunda y no cuando, por el contrario, fomenten los mutuos roces, de los cuales provienen grandes pérdidas y que traen el retraso de la nación.”

 El texto de Juan XXIII parece escrito expresamente para Cataluña y el País Vasco. El Estado tiene obligación de desarrollar la cultura, la economía y la personalidad de las regiones, pero éstas deben tener conciencia de su realidad, sin pretender exclusivismos antinaturales ni revanchismos visceralmente injustos. El Estado debe proteger, fomentar y apoyar las lenguas vernáculas. Pero graduando las proporciones de cada una de ellas y sin renunciar a la lengua nacional.

 En 1969 se editaron, en castellano, 12.439 títulos, en catalán 363, en vascuence 70, en gallego 27, en mallorquín 41, en valenciano 4, en bable 1. Pero el problema no está en la cantidad de libros publicados, sino en el contenido de los mismos. Dése toda la libertad editorial para las lenguas vernáculas, pero ni en castellano ni en catalán, el Estado Español, según sus Leyes Fundamentales puede tolerar literatura marxista, aberraciones de propaganda inmoral, falsificaciones históricas, poesía de odio, enfrentamiento científicamente elaborado preparando nuevas jornadas “gloriosas” como el 14 de abril de 1931, el 6 de octubre de 1934 y los tres años de asesinatos, de miseria y de terror bajo la “Generalitat de Catalunya”, la “Acció Catalana”, abigarrados con la CNT-FAI y el POUM, para todos ser, finalmente esclavizados por la agencia colonial de la URSS, que es, en Cataluña, el “Partit Socialista Unificat de Catalunya”, sección catalana del Partido Comunista de España.

 Y si se buscan lo más inmediatos antecedentes que pululan en el actual movimiento literario catalán, que “Cuadernos para el Diálogo” exhibe, se encontrará, en muchos de sus personajes citados y otros, la ficha de vieja pertenencia a estos partidos de la coalición del Frente Popular. Y a éstos les interesa más la difusión de sus ideologías negativas que la realidad natural del idioma, la cultura y la tradición de Cataluña.

 Caen de lleno en lo que condena Juan XXIII cuando nos dice que no se pueden poner por encima de los valores humanos los elementos étnicos. Para Juan XXIII, como para nosotros, el primer elemento humano es la fe y lo más contrario a los valores humanos es el marxismo y la demagogia izquierdista. Y el marxismo ni siquiera es elemento étnico: es simplemente materialismo bárbaro y degradante. (…)

 ¿Nos faltarán un Víctor Pradera y un Valls y Taberner, incluso un Cambó y un Juan Esterlich en sus últimos tiempos, para hablar claro y no permitir acomplejamientos y claudicaciones tremendas, que en esferas muy altas estamos ya presenciando, quizás con incurables heridas por el alma verdadera de la Cataluña auténtica del Rey Jaime I, de Ausias March, de Ramón Llull, de San Raimundo de Peñafort hasta la Cataluña de los mártires y de los héroes que, con su sacrificios, muertes y esfuerzos lucharon para que definitivamente nos salváramos de la esclavitud marxista y de los políticos malvados a lo Maciá y Companys, que, con un “Estatut” de factura masónica, mancillaron nuestra tierra y la entregaron a los cónsules soviéticos? Y hoy, sus lacayos se glorían de ser de aquéllos y consideran una derrota la liberación de Cataluña.

 Jaime TARRAGÓ


Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970 

 

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