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¿SIGUEN LOS CARLISTAS LLEVANDO SANGRE DEL 18 DE JULIO"?
Por ROBERTO G. BAYOD PALLARES
En la víspera del anual
«MONTEJURRA», correspondiente al último año, de las propias manos del ilustre
don Francisco López-Sanz, recibía su libro «¡Llevaban su sangre!»,
publicado por Editorial Gómez, de Pamplona, y cuya dedicatoria me animó y me
alienta, especialmente al calificarme como «… siempre gran batallador por la Causa».
Ha tenido que ser durante
los días navideños, transcurridos en un hogar como el que fielmente describe
López-Sanz, cuando he podido iniciar su lectura. He dicho iniciar,
porque, sin darme cuenta, iban pasando las páginas, a pesar de que saboreaba
algunas de las frases y otras las subrayaba, y con pena veía que se
terminaban. De haberlo sabido con anterioridad, antes lo hubiese iniciado. Lo
curioso ha sido que, agotada su lectura, he vuelto a empezarlo, para repasar,
meditar y anotar la «advertencia inicial», escrita a modo de prólogo, que en
realidad es un epílogo.
Sin pretenderlo el autor, la
historia novelada ha resultado una profecía para los tiempos actuales. Parece
que en su imaginación intuía los tiempos actuales de los «pregoneros del olvido».
López-Sanz, el célebre «S A
B» de casi cincuenta años de vida periodística y política en «El Pensamiento
Navarro», ¡qué conocimiento demuestra de la vida rural y campesina! ¡Cómo
penetra en las costumbres de las casas solariegas, que son solera de recias costumbres!
¡Con qué realismo describe la situación política, tanto en los meses que
precedieron al Alzamiento, como en los días del maravilloso espectáculo de la
aportación popular al Alzamiento! Quienes, a pesar de nuestra entonces juventud,
hemos vivido y podemos recordar los acontecimientos anárquicos y socializantes
de la II República, parece que todavía sintamos dolor de aquel vivir que era
un morir, y experimentemos, al propio tiempo, el resurgir glorioso del 18 de
Julio. Describe la situación como si viéramos una película en tres
dimensiones.
La figura del abuelo, don
Carlos de Artieda, llamado «el Carlistón», la hubiéramos encontrado en muchas
casas de trayectoria carlista. Esos veteranos no han desaparecido de las
familias carlistas, porque cuando dejó de haber «combatientes de Carlos VII»,
no tardaron en aparecer los que en avanzadísima edad se incorporaron al
Alzamiento, y poco a poco van aumentando estos «decanos»de la Historia
vivida. Seguirán incrementándose los «abuelos», si bien hacia los años 2000
ya serán pocos los que podrán mantener encendida la llama de las vivencias
habidas en la Cruzada de 1936, y todos ellos quizá se hagan la misma pregunta
que «el Carlistón» de la obra de López-Sanz.
En esas páginas vemos
retrospectivamente las luchas carlisto-liberales, de las que era capitán don
Carlos de Artieda, y comprendemos las elevadísimas miras del pueblo levantado
contra el liberalismo; era la lucha de la España auténtica «contra la España
bastarda», según el Caudillo. Nos contagia la entereza de la mujer carlista,
hija de «el Carlistón», y López-Sanz narra algunos ejemplos de heroísmo de
madres, que pasarán a la inmortalidad, y que en abundancia describe en su
libro «Un millón de muertos, pero con héroes y mártires».
En oposición a esa honorable
familia aparece la de unos descendientes de un combatiente liberal, de los
llamados los «peseteros», el «Guiri». En esta familia es el odio y la
venganza la razón de su existencia y de su continuidad. Esas familias también
las pudimos ver en muchas poblaciones, y hoy se reproducen entre los
supervivientes, generalmente exiliados, del ejército rojo-marxista, a pesar
de la comprensión, del perdón y del olvido personal que han encontrado en la
España victoriosa.
No puedo menos que resaltar
que repetidamente el destacado autor carlista nos coloca a los socialistas en
el polo opuesto de los tradicionalistas. En aquella juventud del pueblo
protagonista de la historia novelada, por una parte estaban los requetés y
por otra los socialistas: eran antítesis unos de otros.
¡Qué diferencia con la de
ese sector actual, intruso y claudicante, que ha desfigurado —o pretende
desfigurar— y falsificado el limpio carlismo! Ese grupo de neocarlistas
propagan una Monarquía socialista, que sería anticarlista y antisocial. Ya
tuvimos una República regida por los socialistas, contra la que se alzaron
aquellos requetés, nietos de los carlistones de Carlos VII. Los que estuvimos
en zona roja también conocimos el yugo de la socialización por medio de
«colectividades». Ahora (1968) son
esos falsos carlistas los que hablan y escriben con el mismo lenguaje que lo
hacían los amigos y seguidores del «Guiri». ¿A dónde vamos a parar. ¿Quién el
culpable? (…)
Por quien vivió todo el ambiente
y preparativo del Alzamiento se nos describen los verdaderos fines de la
Cruzada, que hoy los «campeones del disimulo y del olvido» pretenden hacer ver a las nuevas
y futuras generaciones que no fue por el Crucifijo y por la sana y verdadera
libertad.
Soy admirador de Cabrera, de
aquel genio militar que en sí encierra la mayor parte de la historia carlista
del siglo XIX. Me acordé del legendario general tortosino cuando leía que don
Carlosde Artieda antes de ser voluntario de Carlos VII, había sido
seminarista, al igual que Cabrera antes de incorporarse al ejército de los voluntarios
de Carlos V, y al igual que muchos de los requetés de 1936, y termina la obra
con un recuerdo a Cabrera, en un acontecer histórico en el Maestrazgo
morellano. Pero la imaginación se detiene y se pregunta si hoy los jóvenes
que se forman en los «semilleros» de la Iglesia darían requetés como Cabrera,
«el Carlistón»y los que se incorporaron a los Tercios de Requetés de 1936.
Posiblemente, y gracias a Dios, se conserva en España algún o algunos Seminarios
en los que todavía se moldean «sacerdotes de Cristo» o seglares modelos, y siempre
patriotas ejemplares», pero, ¿y... enla mayoría?
Vamos, por fin, a la
pregunta clave, mejor dicho, a la sospecha que se hacía «el carlistón», al
entender que la juventud de los años de la República no llevaba la misma
sangre que la de aquellas generaciones, como la del señor Artieda, que se
«echaron al monte». Los hechos demostraron al veterano combatiente cómo el
carlismo había continuado regando las
venas de la juventud española, y la sangre roja pronto salió como un símbolo
exhibiéndose en miles y miles de boinas coloradas en la plaza del Castillo,
ante el general Mola, y luego derramándola por valles, mesetas y montañas.
Como el propio título indica, «¡Llevaban su sangre!».
Hoy somos muchos que ante
«esos progresistas campeones del olvido» nos preguntamos si los que quedamos
de aquella generación, que demostró llevar la misma sangre que los héroes de
nuestros antepasados, la hemos perdido o se nos ha aguado y si a las nuevas
juventudes que van surgiendo, en vez de suministrarles sangre colorada como
la de las boinas de los requetés y como la de las dos franjas de nuestra
recuperada bandera, les hemos dado horchata.
Esta interrogación nos la
formulamos por los continuos olvidos que se hacen de la Victoria nacional
contra el materialismo, liberalismo, marxismo y extranjerismo, y muy
especialmente por recientes acontecimientos sucedidos dentro de la Comunión
Tradicionalista y los que están acaeciendo continuamente dentro de la Iglesia
española y en organizaciones del Movimiento. Resumámoslos:
Poderosos sectores de la
Comunión Tradicionalista «oficial» abandonan la idea de la unidad católica
española y la confesionalidad del Estado y distancian de la Causa a los más
ilustres carlistas, al «socializarla» y «democratizarla» con métodos
«totalitarios».
En la Iglesia española —me
refiero a los hombres que la componen, jamás a la institución, que por ser
divina, es santa y perfecta— se han infiltrado también elementos subversivos,
tanto en el clero como en los mandos seglares. Las revistas «que se dicen de la
Iglesia», en vez de sembrar amor y extender la paz, difunden —muchas de
ellas— el odio y excitan al temporalismo en vez de reducir su campo a lo
espiritual y moral, y con el temporalismo acomodan su vida a un laicismo nada
acorde con las sanas instrucciones de la Madre Iglesia.
Por su parte, en
organizaciones del Movimiento o en instituciones que dependen del mismo,
contemplamos también la infiltración de los elementos propugnadores del
«olvido», muy principalmente en su prensa, en la que se ha pedido relaciones
diplomáticas con Rusia, satisfacer pensiones a los ex combatientes del
ejército rojo y el atentar contra la sagrada unidad religiosa de España o
menospreciar a ese numeroso sector que propugna que el 18 de julio «ni se
pisa ni se rompe».
Mucho nos apena que la
prensa que es del Movimiento deje de defender total e íntegramente los
valores del 18 de Julio, porque somos parte integrante del Movimiento. Mucho
nos duele que miembros activos de la Iglesia alteren la doctrina del
Evangelio y se asemejen más a Lutero y Calvino que a San Pío V y a nuestros
teólogos y místicos del siglo XVI,
porque somos católicos y tenemos que sufrir por esa desviación doctrinal.
Pero como también somos carlistas auténticos, fieles a la doctrina permanente
de la Princesa de Beira y de don Alfonso Carlos y a la Causa por la que
murieron tantos miles de requetés que no conocieron las falsedades actuales, no
es menos la tristeza que nos causa esa tónica de los que se presentan casi
como «carlistas sin Dios y sin Patria y solamente con Fueros y Rey». Llega hasta tal
extremo la desviación doctrinal de los
seguidores de la «camarilla oficial», que uno de ellos, universitario y
con cargo en un Círculo Vázquez de Mella, afirmaba no hace muchos días que
Durruti, el anarquista, el tragacuras, el amigo de los asesinos del Cardenal
Soldevila, el incendiario, debía ser considerado como carlista, en tanto que
a Vázquez de Mella había que considerarlo como socialista.
Es triste, pero dura
realidad alentada por órganos «oficiales». ¿Tenemos aquella misma sangre que
fue la sorpresa del mundo? Superficialmente, si la tuviéramos, no cesaríamos
hasta lanzarlos a todos por la borda, aun cuando fuera utilizando las mismas
armas que las generaciones que nos precedieron en sus momentos extremos. Lo
que sucede es que, como en los años de la República, no ha debido llegar el
momento apropiado para una reacción total y fuerte. Es ahora cuando está
fermentando la santa ira ante el fermento contrario del error. Cuando la
religión y España lo necesiten, ese pueblo sencillo que desconoce la traición
y la farsa y que anualmente, sin figurar en nóminas ni plantillas ni
ficheros, se presenta en Montejurra, demostrará que ahora y mañana el carlismo
tiene la misma sangre roja que aquellos que a la llamada de don Javier, de
Fal y de Zamanillo se presentaron en la plaza del Castillo, de Pamplona, y en
otros muchos lugares de España.
¡SÍ, LLEVAMOS SU SANGRE! ¡EL
TIEMPO SERA TESTIGO!
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968
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