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martes, 11 de agosto de 2026

Cuidado con la conciencia...

 Artículo de 1979

 ¡CUIDADO CON LA CONCIENCIA!

 LOS encargados de enseñarnos y dirigirnos han enaltecido estos años el valor de la conciencia y la necesidad de someternos a su dictamen.

 En política, cuando teníamos que ir a las urnas: «Cada uno siga la voz de su conciencia.»

 En las contiendas sobre la enseñanza: «Elijan los padres de familia la educación moral y religiosa para sus hijos, según su conciencia.»

 La cuestión no es tan simple. El recurso a la conciencia se presta a ilusiones y ofrece muchos peligros. El infeliz Camilo Torres, hace años, y el asturiano García Laviana, muerto poco ha (1979) en los campos de Nicaragua, fueron clérigos que se echaron al monte para pelear con los guerrilleros. Se lo pedía su conciencia. Conciencia que, de haber estado rectamente formada, hubiera visto los graves impedimentos que contra dicha intervención presentaban el carácter sacerdotal, el común sentir cristiano, la orden positiva de los obispos, y el mismo espíritu evangélico. Pedro intentó defender al Señor, cuando fueron a prenderlo, y oyó aquel mandato: «Vuelve la espada a su vaina.»

 Cónyuges que se consideran católicos desobedecen sin atenuaciones y «por motivos de conciencia» graves normas morales, que Pablo VI, en una solemne encíclica, y toda la tradición cristiana, dedujeron de las leyes divinas. ¡Y después se acercan a recibir la sagrada Eucaristía! ¿Qué conciencia es esa?

 Parlamentarios italianos votaron a favor del divorcio y del aborto. «Imperativos de conciencia.»

 Y si subimos curso arriba por el cauce de la historia, tropezamos continuamente con las más extrañas y perjudiciales aberraciones «de la conciencia».

 ¡Cuántos herejes se levantaron contra la doctrina de la Iglesia, a lo largo de los siglos! Nada importaron las admoniciones del magisterio eclesiástico, el escándalo de los fieles, la rotura de la unidad del cuerpo místico, ni siquiera la pena de muerte con que algunos fueron sancionados. «Su conciencia los impulsaba hacia la primitiva pureza del Evangelio», y pasó por encima de todo.

 Juan Hus, cuando subía al patíbulo llegó a decir que retractarse sería «mentir a la faz de Dios». Pero sus doctrinas, reconocidas como erróneas por los sectores mis sensatos de la cristiandad, desencadenaron sangrientas guerras en el centro de Europa.

 Lo más asombroso y contradictorio de todo esto fue el delito horrendo, como ningún otro, cometido por los príncipes del sacerdocio hebreo. Ellos debían obedecer una ley, que les mandaba dar muerte al Señor. No pudo llegar más allá la ceguedad, la pasión, la perversidad, la obstinación de la conciencia humana.

 Vengamos a algunos casos de nuestros días. Según manifestaciones del señor subsecretario de Justicia, en la prensa, el Estado podrá algunas veces declarar el divorcio vincular «con independencia del tipo de matrimonio contraído». ¡Por favor! El señor subsecretario de Justicia y los magistrados que acepten eso tienen deformada la conciencia. No sigan su dictamen, porque yerran y quebrantarían una ley divina. Si el matrimonio contraído fue válido, ni la Iglesia, y mucho menos el Estado, pueden declarar un divorcio vincular que permita el paso a otras nupcias.

 En un coloquio entre asociaciones familiares y partidos políticos, celebrado en febrero (1979), el representante del PCE se declaró a favor del aborto si las interesadas «en conciencia lo desean y libremente lo eligen». Tendríamos ahí otro dictamen brutal y delictivo de la conciencia, que nadie puede seguir, porque quebrantaría explícitamente el quinto mandamiento de la ley de Dios. Eso de que el niño por nacer aún no es persona es otro fraude de la conciencia para salir con la suya.

 En una palabra, es muy expuesto y peligrosísimo recomendar sin más ni más, y a toda clase de personas indiscriminadamente, el recurso a la conciencia. Sería mucho más acertado, y conforme con la realidad social, decir: Nadie se deje llevar de su conciencia si no está cierto de tenerla rectamente formada, n¡ lo crea así fácilmente. Se expone a despeñarse en errores y pecados. Para asegurarse de la legitimidad de esa conciencia reflexione, estudie, observe la conducta de personas religiosas, solventes, ejemplares; consulte, siga el dictamen de consejeros sabios, prudentes, experimentados, desinteresados...

 A no ser que se decida a maniobrar de espaldas a esa rectitud ética que debe caracterizar a los actos humanos. En este caso, maldita la falta que hace la conciencia. Bastan los instintos, como en los animales.

 V. FELIU


 Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979


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