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¡CUIDADO CON LA CONCIENCIA!
LOS encargados de enseñarnos y dirigirnos han enaltecido estos años
el valor de la conciencia y la necesidad de someternos a su dictamen.
En política, cuando teníamos que ir a las urnas: «Cada uno siga la
voz de su conciencia.»
En las contiendas sobre la enseñanza: «Elijan los padres de familia
la educación moral y religiosa para sus hijos, según su conciencia.»
La cuestión no es tan simple. El recurso a la conciencia se presta a
ilusiones y ofrece muchos peligros. El infeliz Camilo Torres, hace años, y el
asturiano García Laviana, muerto poco ha (1979) en los campos de Nicaragua,
fueron clérigos que se echaron al monte para pelear con los guerrilleros. Se
lo pedía su conciencia. Conciencia que, de haber estado rectamente formada,
hubiera visto los graves impedimentos que contra dicha intervención
presentaban el carácter sacerdotal, el común sentir cristiano, la orden
positiva de los obispos, y el mismo espíritu evangélico. Pedro intentó
defender al Señor, cuando fueron a prenderlo, y oyó aquel mandato: «Vuelve la
espada a su vaina.»
Cónyuges que se consideran católicos desobedecen sin atenuaciones y
«por motivos de conciencia» graves normas morales, que Pablo VI, en una
solemne encíclica, y toda la tradición cristiana, dedujeron de las leyes
divinas. ¡Y después se acercan a recibir la sagrada Eucaristía! ¿Qué
conciencia es esa?
Parlamentarios italianos votaron a favor del divorcio y del aborto.
«Imperativos de conciencia.»
Y si subimos curso arriba por el cauce de la historia, tropezamos
continuamente con las más extrañas y perjudiciales aberraciones «de la
conciencia».
¡Cuántos herejes se levantaron contra la doctrina de la Iglesia, a lo
largo de los siglos! Nada importaron las admoniciones del magisterio
eclesiástico, el escándalo de los fieles, la rotura de la unidad del cuerpo
místico, ni siquiera la pena de muerte con que algunos fueron sancionados.
«Su conciencia los impulsaba hacia la primitiva pureza del Evangelio», y pasó
por encima de todo.
Juan Hus, cuando subía al patíbulo llegó a decir que retractarse
sería «mentir a la faz de Dios». Pero sus doctrinas, reconocidas como
erróneas por los sectores mis sensatos de la cristiandad, desencadenaron
sangrientas guerras en el centro de Europa.
Lo más asombroso y contradictorio de todo esto fue el delito
horrendo, como ningún otro, cometido por los príncipes del sacerdocio hebreo.
Ellos debían obedecer una ley, que les mandaba dar muerte al Señor. No pudo
llegar más allá la ceguedad, la pasión, la perversidad, la obstinación de la
conciencia humana.
Vengamos a algunos casos de nuestros días. Según manifestaciones del
señor subsecretario de Justicia, en la prensa, el Estado podrá algunas veces
declarar el divorcio vincular «con independencia del tipo de matrimonio
contraído». ¡Por favor! El señor subsecretario de Justicia y los magistrados
que acepten eso tienen deformada la conciencia. No sigan su dictamen, porque
yerran y quebrantarían una ley divina. Si el matrimonio contraído fue válido,
ni la Iglesia, y mucho menos el Estado, pueden declarar un divorcio vincular
que permita el paso a otras nupcias.
En un coloquio entre asociaciones familiares y partidos políticos,
celebrado en febrero (1979), el
representante del PCE se declaró a favor del aborto si las interesadas «en
conciencia lo desean y libremente lo eligen». Tendríamos ahí otro dictamen
brutal y delictivo de la conciencia, que nadie puede seguir, porque
quebrantaría explícitamente el quinto mandamiento de la ley de Dios. Eso de
que el niño por nacer aún no es persona es otro fraude de la conciencia para
salir con la suya.
En una palabra, es muy expuesto y peligrosísimo recomendar sin más ni
más, y a toda clase de personas indiscriminadamente, el recurso a la
conciencia. Sería mucho más acertado, y conforme con la realidad social,
decir: Nadie se deje llevar de su conciencia si no está cierto de tenerla
rectamente formada, n¡ lo crea así fácilmente. Se expone a despeñarse en errores
y pecados. Para asegurarse de la legitimidad de esa conciencia reflexione,
estudie, observe la conducta de personas religiosas, solventes, ejemplares;
consulte, siga el dictamen de consejeros sabios, prudentes, experimentados,
desinteresados...
A no ser que se decida a maniobrar de espaldas a esa rectitud ética
que debe caracterizar a los actos humanos. En este caso, maldita la falta que
hace la conciencia. Bastan los instintos, como en los animales.
V. FELIU
Revista FUERZA NUEVA, nº 635,10-Mar-1979
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