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domingo, 6 de septiembre de 2026

Insidias periodísticas contra el carlismo

 Artículo de 1968

 ¿”Nobleza obliga”? … Pues noblemente repliquemos

  Al reportero de «S. P.» que se ha encargado del reportaje «Nobleza obliga» en el número 381 de la revista, de 14 de enero, a primera vista, se le podría conceder la palma de este nuevo deporte que se ha puesto de moda, no sólo en España, sino en el mundo, y consiste en «no comprometerse» en decir las cosas como quien no dice nada, de manera que no oscile lo más mínimo ninguno de los platillos de la balanza; pero da la casualidad que a mí me gusta meterme en honduras (con minúscula) y bucear en profundidad, aunque sea sin equipo especial de «super woman».

 En este juego dificilísimo, al que hago mención, se ha metido el reportero a quien me refiero, y se ha debido aburrir, a juzgar por algunas inexactitudes y cierta desgana en algunos de los párrafos, lo que le hace recurrir a los buenos oficios del «gallito» de Emilio Romero, para dar realce a su crónica, aunque, dicho sea de paso, tampoco Emilio Romero se mostró muy convencido ni ufano después de «Por la cuenta que nos tiene», cuando se entrevistó, en el Palacio de la Zarzuela, con el descendiente de la «Reina de los tristes destinos» y nieto del Rey cuyo barco se perdió de vista en Cartagena, en 1931 (Juan Carlos de Borbón).

 Hace un comentario raro: «Las reuniones carlistas no solían causar sorpresas en España (primero, ¿por qué hablar en pasado?, y segundo, ¿por qué tendrían que sorprender las concentraciones de Montejurra, Quintillo, Montserrat y otras, que unas veces se celebran y otras no, y no por falta de entusiasmo en acudir a ellas, sino... por otras razones?), pero no ha ocurrido lo mismo en este caso». Se refiere a la peregrinación a Fátima. Bueno, no parece que sea la concentración en sí lo que ha causado sorpresa, y esto supongo será porque Fátima es un lugar de peregrinación abierto a todo cristiano, y, a más fuerte razón, a representantes de una ideología tradicional católica, pueblo carlista con su abanderado a la cabeza!

 Pero ha sorprendido bastante la entrega de unas condecoraciones, ¿por qué? Todos los Reyes o Pretendientes carlistas han distribuido Medallas de la Legitimidad Proscrita. En cuanto a la Medalla de la Lealtad, creada para premiar los servicios prestados durante la Cruzada por el voluntariado carlista (Requetés y Margaritas), se viene distribuyendo en España, y particularmente en Navarra, sin que ello sorprenda a nadie, y si sorprende, no lo dicen.

 También parece sorprender lo que el cronista llama «la formación dé unas Cortes». Si le gusta la palabra, se la aceptamos, pero teniendo en cuenta que el idioma castellano es lo suficientemente rico en términos adecuados, lo dejaremos en Consejo, y aquí, una pregunta: Si no sorprende (¡o, si sorprende, no nos hemos enterado!), que Don Juan de Borbón tenga un Consejo Privado, ¿por qué tiene que sorprender que Don Javier de Borbón desee disponer de un asesoramiento similar?

 Y aquí viene una sorpresa grande, aunque no se llega hasta rasgar las vestiduras. Don Javier de Borbón-Parma ha concedido a don Manuel Fal Conde el título de duque (no de conde, como señala el reportero) de Quintillo —nombre de la finca donde se concentraron en 1936 los primeros requetés andaluces—, según indica el cronista. Esta es una inexactitud enorme. Los requetés andaluces no esperaron el año 36 para concentrarse en Quintillo (¡hubiese sido demasiado tarde!), y don Manuel Fal Conde tuvo el valor y el heroísmo de reunirlos e instruirlos militarmente, en la citada finca sevillana, durante los años de persecución y de anarquía criminal de la república... ¡¡desde el año 34!! ¿Es acaso demasiado premiar, ¡tan tarde!, aquella sublime locura del Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, sin la cual es muy posible que toda Andalucía hubiese sido «zona roja» al estallar el Alzamiento, en cuyo caso no le hubiera sido factible al General Queipo de Llano utilizar tan elocuente como habilidosamente el micrófono de Radio Sevilla, ni tampoco hubiese sido posible el desembarco de refuerzos de Africa en aquellos días tan inciertos como decisivos?

 A pesar de los buenos propósitos del cronista, aquí puede notarse que se rompe el equilibrio de la balanza. Si él mismo reconoce que se han otorgado títulos de nobleza premiando actuaciones antes de, y durante la Cruzada, ya sea personalmente, a los héroes que sobrevivieron a la gesta, Moscardó, Yagüe, Kindelán, etc., o a allegados, cuando ellos sucumbieron, como es el caso en las familias Calvo Sotelo, Primo de Rivera, Sanjurjo, Mola, etc., y se han concedido también a personalidades relevantes por servicios prestados, como Bilbao-Eguía, Arruga, Arteche, etc., no es justo que se saque del olvido a quien reúne en su persona heroísmo, amor patrio, lealtad... y tanta discreción… que algunos parece que no le recuerdan? Y si se alega que el título lo ha concedido un Príncipe no reinante, ¿será preciso recordar que no se le preguntó a este mismo Príncipe qué poder tenía para ordenar la movilización de más de cien mil hombres del Requeté, sin los cuales no se hubiera ganado la guerra? Y será preciso decir que otro Príncipe no reinante concedió el año pasado a su hija doña Pilar el título de duquesa de Badajoz, con motivo de su matrimonio?

 Y ya que, como dije antes, el cronista recurre al «gallito» de Emilio Romero para esmaltar su tesis, y que, según el director de «Pueblo», «Estoril y Fátima no pueden ser dos campamentos que vivaquean extramuros del país, para el asalto, le diré que no viene al caso esta llamada al «gallito»,  porque él mismo alude, un poco antes, a las reuniones carlistas en España, lo cual demuestra que el Carlismo no alude «vivaquear» en el territorio nacional, que con su sangre y su heroísmo contribuyó a rescatar del abismo donde cayó por culpa de una monarquía que lo regaló a la república. El carlismo no vivaquea extramuros, vive dentro de la Patria, que ha servido y sirve con lealtad y en su vivencia tienen puesta su esperanza muchos españoles que no desean que vuelva hacia las costas españolas el barco de Cartagena, con un navegante de la misma familia del que huyó. ¡Aquella aventura costó demasiado cara! (…)

 Se evoca, finalmente, en el reportaje, el «Gotha» español con estadísticas; el inglés, con sus modalidades, etc., para terminar en que es IMPROBABLE que se reconozca oficialmente el ducado (aquí ya hemos caído en cuenta que es ducado, y no condado!) a don Fal Conde. ¿Por qué? ¿No reúne, como digo antes, el que dio vida al Requeté andaluz, con riesgo de la suya, las mismas condiciones que las demás personas que ostentan títulos nobiliarios por méritos contraídos en la Cruzada de Liberación? ¡Nunca es tarde para reparar un lamentable olvido!

 Concretemos, señor cronista de «S. P.». Ha creído ser usted muy hábil, pero uno de los platillos de la balanza ha perdido el equilibrio. Y los Carlistas ya nos hemos modernizado tanto que usamos balanzas automáticas, que dan el peso exacto. Pesamos primero los globos, y por muy grandes que sean, vengan de Estoril, de la calle de Serrano, de los cocoricós del «gallito» de Emilio Romero o de la habilidosa prosa de «S. P.», ¡la aguja medidora indica sólo gramos!

 Ahora bien, si ponemos Quintillo, 1934; Navarra (Sierra Urbasa, Sierra Andía y demás campamentos —éstos sí eran campamentos, pero no fuera, sino dentro de España—), más 18 DE JULIO (con 67 Tercios de Requetés formados en lugares como los antes citados), y Somosierra, y Alto de los Leones, y Guadalajara, y liberación de Guipúzcoa, Vizcaya y Santander, y Teruel, y batalla del Ebro, y mártires asesinados en todos los lugares de España, con ejemplos como un Antonio Mollé y una Agustina Simón, y luego añadimos los Montejurras, Quintillos, Villarreal de los Infantes, Cerro de los Angeles, Montserrat y otras conmemoraciones, unas a fecha anual... y otras... cuando se puede..., resulta que tenemos que ir a la báscula pública, donde se pesan los camiones.

 El Carlismo no es una partida de bandoleros dispuesta al asalto, desde extramuros; lo único que ha asaltado el Carlismo han sido los parapetos de la anti-España, y lo hizo cara a cara, y muchas veces, a pecho descubierto, porque llevaba, según frase del desmemoriado don José María Pemán, «¡la vergüenza de España en su Boina Roja!» Y el Carlismo, ahora, como siempre, está vigilante, porque le arde la sangre en el corazón y le atenaza las entrañas el temor, al pensar que el sacrificio del 18 DE JULIO haya sido inútil. Al Carlismo le duele el alma cuando ve que a la Religión Católica, por la que ha luchado siempre, en primer lugar, se la quiere convertir en un mito, y cuando nota que soplan aires que, bajo pretexto de modernizar el ambiente y de poner España «á la page», dejan penetrar el aliento putrefacto y venenoso de obras de Sartre, lucubraciones del «pobrecito Arrabal», tolerancias premiadas, como «Las últimas banderas», y ve que un Miret Magdalena se lamenta de ciertas palabras pronunciadas por el Papa, y oye hablar del juego en San Sebastián, del divorcio, de la «píldora» (algunas cartas de lectores de «S. P.» hablan en sentido positivo de estas «cosas»), y, ¿por qué no?, de cabarets con «streap-tease», de clubs para sodomitas y otras «cosas tan naturales».

 La sociedad española, la familia española, se dice, tienen que ponerse a tono con los vientos del mundo civilizado (!!!); el turista no debe tener que decir «España es diferente», y los españoles que aprovechan su estancia en la frontera para ir a Biarritz a buscar «ambiente», no tienen por qué molestarse en el desplazamiento; es mejor que lo encuentren «todo» sin salir de la Patria, con lo cual, además, aumentará el erario público, y ¡todos contentos, si se puede ir aflojando el cinturón de la austeridad! Para conseguir «todo esto», no hay más que girar hacia un régimen liberal —¡como el que ya conocimos!—, y al que se ha opuesto siempre el Carlismo (…)

 Estos parapetos de la descristianización de la sociedad, de la disolución de la familia y de la tolerancia ciega, que son a los que conduce el materialismo liberal-masónico y el progresismo desenfrenado, que tanto preocupan al Santo Padre, son los que vigila el Carlismo, desde dentro, y no porque le guste «armarla», sino, precisamente, para no tener que «volverla a «armar», que no es lo mismo.

Por Pilar Roura Garasoaín

 Desde Irún, a 19 de enero de 1968


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968

  

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