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¿”Nobleza obliga”? … Pues noblemente
repliquemos
Al reportero de «S. P.» que se ha
encargado del reportaje «Nobleza obliga» en el número 381 de la revista, de
14 de enero, a primera vista, se le podría conceder la palma de este nuevo
deporte que se ha puesto de moda, no sólo en España, sino en el mundo, y
consiste en «no comprometerse» en decir las cosas como quien no dice nada, de
manera que no oscile lo más mínimo ninguno de los platillos de la balanza;
pero da la casualidad que a mí me gusta meterme en honduras (con minúscula) y
bucear en profundidad, aunque sea sin equipo especial de «super woman».
En este juego dificilísimo, al que hago
mención, se ha metido el reportero a quien me refiero, y se ha debido
aburrir, a juzgar por algunas inexactitudes y cierta desgana en algunos de
los párrafos, lo que le hace recurrir a los buenos oficios del «gallito» de
Emilio Romero, para dar realce a su crónica, aunque, dicho sea de paso, tampoco
Emilio Romero se mostró muy convencido ni ufano después de «Por la cuenta que
nos tiene», cuando se entrevistó, en el Palacio de la Zarzuela, con el
descendiente de la «Reina de los tristes destinos» y nieto del Rey cuyo barco
se perdió de vista en Cartagena, en 1931 (Juan Carlos de Borbón).
Hace un comentario raro: «Las reuniones
carlistas no solían causar sorpresas en España (primero, ¿por qué hablar en
pasado?, y segundo, ¿por qué tendrían que sorprender las concentraciones de
Montejurra, Quintillo, Montserrat y otras, que unas veces se celebran y otras
no, y no por falta de entusiasmo en acudir a ellas, sino... por otras
razones?), pero no ha ocurrido lo mismo en este caso». Se refiere a la
peregrinación a Fátima. Bueno, no parece que sea la concentración en sí lo
que ha causado sorpresa, y esto supongo será porque Fátima es un lugar de
peregrinación abierto a todo cristiano, y, a más fuerte razón, a
representantes de una ideología tradicional católica, pueblo carlista con su
abanderado a la cabeza!
Pero ha sorprendido bastante la entrega de
unas condecoraciones, ¿por qué? Todos los Reyes o Pretendientes carlistas han
distribuido Medallas de la Legitimidad Proscrita. En cuanto a la Medalla de la
Lealtad, creada para premiar los servicios prestados durante la Cruzada por
el voluntariado carlista (Requetés y Margaritas), se viene distribuyendo en
España, y particularmente en Navarra, sin que ello sorprenda a nadie, y si
sorprende, no lo dicen.
También parece sorprender lo que el
cronista llama «la formación dé unas Cortes». Si le gusta la palabra, se la
aceptamos, pero teniendo en cuenta que el idioma castellano es lo suficientemente
rico en términos adecuados, lo dejaremos en Consejo, y aquí, una pregunta: Si
no sorprende (¡o, si sorprende, no nos hemos enterado!), que Don Juan de
Borbón tenga un Consejo Privado, ¿por qué tiene que sorprender que Don Javier
de Borbón desee disponer de un asesoramiento similar?
Y aquí viene una sorpresa grande, aunque
no se llega hasta rasgar las vestiduras. Don Javier de Borbón-Parma ha concedido a don Manuel Fal
Conde el título de duque (no de conde, como señala el reportero) de Quintillo
—nombre de la finca donde se concentraron en 1936 los primeros requetés
andaluces—, según indica el cronista. Esta es una inexactitud enorme. Los
requetés andaluces no esperaron el año 36 para concentrarse en Quintillo
(¡hubiese sido demasiado tarde!), y don Manuel Fal Conde tuvo el valor y el heroísmo
de reunirlos e instruirlos militarmente, en la citada finca sevillana,
durante los años de persecución y de anarquía criminal de la república...
¡¡desde el año 34!! ¿Es acaso demasiado premiar, ¡tan tarde!, aquella sublime
locura del Delegado Nacional de la Comunión Tradicionalista, sin la cual es
muy posible que toda Andalucía hubiese sido «zona roja» al estallar el
Alzamiento, en cuyo caso no le hubiera sido factible al General Queipo de
Llano utilizar tan elocuente como habilidosamente el micrófono de Radio Sevilla,
ni tampoco hubiese sido posible el desembarco de refuerzos de Africa en
aquellos días tan inciertos como decisivos?
A pesar de los buenos propósitos del
cronista, aquí puede notarse que se rompe el equilibrio de la balanza. Si él
mismo reconoce que se han otorgado títulos de nobleza premiando actuaciones
antes de, y durante la Cruzada, ya sea personalmente, a los héroes que
sobrevivieron a la gesta, Moscardó, Yagüe, Kindelán, etc., o a allegados,
cuando ellos sucumbieron, como es el caso en las familias Calvo Sotelo, Primo
de Rivera, Sanjurjo, Mola, etc., y se han concedido también a personalidades
relevantes por servicios prestados, como Bilbao-Eguía, Arruga, Arteche, etc.,
no es justo que se saque del olvido a quien reúne en su persona heroísmo, amor
patrio, lealtad... y tanta discreción… que algunos parece que no le
recuerdan? Y si se alega que el título lo ha concedido un Príncipe no
reinante, ¿será preciso recordar que no se le preguntó a este mismo Príncipe
qué poder tenía para ordenar la movilización de más de cien mil hombres del
Requeté, sin los cuales no se hubiera ganado la guerra? Y será preciso decir
que otro Príncipe no reinante concedió el año pasado a su hija doña Pilar el
título de duquesa de Badajoz, con motivo de su matrimonio?
Y ya que, como dije antes, el cronista
recurre al «gallito» de Emilio Romero para esmaltar su tesis, y que, según el
director de «Pueblo», «Estoril y Fátima no pueden ser dos campamentos que
vivaquean extramuros del país, para el asalto, le diré que no viene al caso
esta llamada al «gallito», porque él
mismo alude, un poco antes, a las reuniones carlistas en España, lo cual
demuestra que el Carlismo no alude «vivaquear» en el territorio nacional, que
con su sangre y su heroísmo contribuyó a rescatar del abismo donde cayó
por culpa de una monarquía que lo regaló a la república. El carlismo no vivaquea
extramuros, vive dentro de la Patria, que ha servido y sirve con lealtad y en
su vivencia tienen puesta su esperanza muchos españoles que no desean que
vuelva hacia las costas españolas el barco de Cartagena, con un navegante de
la misma familia del que huyó. ¡Aquella aventura costó demasiado cara! (…)
Se evoca, finalmente, en el reportaje, el
«Gotha» español con estadísticas; el inglés, con sus modalidades, etc., para
terminar en que es IMPROBABLE que se reconozca oficialmente el ducado (aquí
ya hemos caído en cuenta que es ducado, y no condado!) a don Fal Conde. ¿Por
qué? ¿No reúne, como digo antes, el que dio vida al Requeté andaluz, con
riesgo de la suya, las mismas condiciones que las demás personas que ostentan
títulos nobiliarios por méritos contraídos en la Cruzada de Liberación?
¡Nunca es tarde para reparar un lamentable olvido!
Concretemos, señor cronista de «S. P.». Ha
creído ser usted muy hábil, pero uno de los platillos de la balanza ha
perdido el equilibrio. Y los Carlistas ya nos hemos modernizado tanto que
usamos balanzas automáticas, que dan el peso exacto. Pesamos primero los
globos, y por muy grandes que sean, vengan de Estoril, de la calle de Serrano, de los cocoricós del «gallito» de
Emilio Romero o de la habilidosa prosa de «S. P.», ¡la aguja medidora indica
sólo gramos!
Ahora bien, si ponemos Quintillo, 1934;
Navarra (Sierra Urbasa, Sierra Andía y demás campamentos —éstos sí eran
campamentos, pero no fuera, sino dentro de España—), más 18 DE JULIO (con 67
Tercios de Requetés formados en lugares como los antes citados), y
Somosierra, y Alto de los Leones, y Guadalajara, y liberación de Guipúzcoa,
Vizcaya y Santander, y Teruel, y batalla del Ebro, y mártires asesinados en
todos los lugares de España, con ejemplos como un Antonio Mollé y una
Agustina Simón, y luego añadimos los Montejurras, Quintillos, Villarreal de
los Infantes, Cerro de los Angeles, Montserrat y otras conmemoraciones, unas
a fecha anual... y otras... cuando se puede..., resulta que tenemos que ir a
la báscula pública, donde se pesan los camiones.
El Carlismo no es una partida de
bandoleros dispuesta al asalto, desde extramuros; lo único que ha asaltado el
Carlismo han sido los parapetos de la anti-España, y lo hizo cara a cara, y
muchas veces, a pecho descubierto, porque llevaba, según frase del
desmemoriado don José María Pemán, «¡la vergüenza de España en su Boina
Roja!» Y el Carlismo, ahora, como siempre, está vigilante, porque le arde la
sangre en el corazón y le atenaza las entrañas el temor, al pensar que el sacrificio
del 18 DE JULIO haya sido inútil. Al Carlismo le duele el alma cuando ve que
a la Religión Católica, por la que ha luchado siempre, en primer lugar, se la
quiere convertir en un mito, y cuando nota que soplan aires que, bajo
pretexto de modernizar el ambiente y de poner España «á la page», dejan
penetrar el aliento putrefacto y venenoso de obras de Sartre, lucubraciones
del «pobrecito Arrabal», tolerancias premiadas, como «Las últimas banderas»,
y ve que un Miret Magdalena se lamenta de ciertas palabras pronunciadas por
el Papa, y oye hablar del juego en San Sebastián, del divorcio, de la
«píldora» (algunas cartas de lectores de «S. P.» hablan en sentido positivo
de estas «cosas»), y, ¿por qué no?, de cabarets con «streap-tease», de clubs para
sodomitas y otras «cosas tan naturales».
La sociedad española, la familia española,
se dice, tienen que ponerse a tono con los vientos del mundo civilizado
(!!!); el turista no debe tener que decir «España es diferente», y los
españoles que aprovechan su estancia en la frontera para ir a Biarritz a
buscar «ambiente», no tienen por qué molestarse en el desplazamiento; es
mejor que lo encuentren «todo» sin salir de la Patria, con lo cual, además,
aumentará el erario público, y ¡todos contentos, si se puede ir aflojando el
cinturón de la austeridad! Para conseguir «todo esto», no hay más que girar
hacia un régimen liberal —¡como el que ya conocimos!—, y al que se ha opuesto siempre el
Carlismo (…)
Estos parapetos de la descristianización
de la sociedad, de la disolución de la familia y de la tolerancia ciega, que
son a los que conduce el materialismo liberal-masónico y el progresismo
desenfrenado, que tanto preocupan al Santo Padre, son los que vigila el Carlismo,
desde dentro, y no porque le guste «armarla», sino, precisamente, para no
tener que «volverla a «armar», que no es lo mismo. Por Pilar Roura Garasoaín Desde Irún, a 19 de enero de 1968
Revista ¿QUÉ PASA? núm. 214, 3-Feb-1968
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