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Integración y separatismo
Catalanismo, euskadismo, andalucismo,
castellanismo… ¡cuánto se quiera! pero proyectado hacia lo universal y, por
lógica, hacia la estirpe hispánica, que es nuestro obligado camino
universalista. El catalanismo no se puede parar en Tortosa, ni siquiera en el
área geográfica de la gloriosa lengua de Raimundo Lulio y Ausias March… el
verdadero catalanista ha de escindir las culturas ibéricas y las
civilizaciones hispánicas para imprimir un verdadero significado y
significación a su contorno geográfico y dimensión histórica. Hora es ya de
darse cuenta de que el catalanismo no se puede hacer “en pijama de estar por
casa” y que hay que llevarlo a la integración de todos los pueblos ibéricos. La
separación conduce al fracaso y suicidio del separatismo; la integración
conducirá al éxito y a la multiplicación de vida hispánica del catalanismo. En
estos momentos el catalanismo ya no puede conformarse con dar la batalla en
Madrid: hay que ir a Méjico, a Buenos Aires, a las capitales todas de la
Hispanidad. Luego el problema vital y vigorizante del catalanismo no es la
separación sino la perfecta integración a todos los pueblos ibéricos.
Los separatistas que intentan arruinar el
destino histórico y la posibilidad geográfica de la tierra que los vio nacer,
no hacen otra cosa que alimentar el suicidio de la tierra a la que,
falsamente, creen defender cuando la aniquilan en la unión de la Geografía y en
la responsabilidad de la Historia. El que quiera hacer grande a su
singularidad que no la aparte, que no la separe, sino, al contrario, que la
integre y la proyecte a la pluralidad a que se debe. Es ley de vida. Hay
veinte Españas en América y también hay veinte Cataluñas en América…
¡Catalanes, tomad conciencia de que los más perversos enemigos del catalanismo
son los separatistas, que os despojarían de una geografía y de una historia a
la que tenéis derecho por la soberana razón de una sangre que disteis junto a
la esperanzadora pluralidad de los pueblos ibéricos! Antes de formular un postulado
separatista, meditad en los sagrados intereses del verdadero catalanismo que,
por un sentido cristiano de la vida, es integracionista con los pueblos de
nuestra misma sangre y fe.
Los españoles hemos de vivenciar esta hora
de integración hispánica. Hay que superar los prejuicios históricos, hay que
desvanecer los tópicos geográficos. Hemos de revitalizar el concepto de
América en nuestra conciencia actual, despejando las incógnitas que interesan
a nuestra genuina historia. Lejos de hacer el juego a la celada de una Leyenda
Negra que nos tendieron otros pueblos, hemos de catalizar los preciosos
valores comunes de la Hispanidad y modificar en aras de la justicia el rumbo
histórico desenfocado. La justicia está con la verdad de la sangre.
Al intentar resolver la ecuación histórica
de los pueblos hermanos, resolveremos la dilacerante ecuación Ibérica. La
incógnita Iberoamericana es nuestra propia incógnita, la que duele en una
misma esperanza común. ¿Por qué Simón Bolívar no repitió el destino de George
Washington? ¿Por qué no existen unos Estados Unidos Iberoamericanos? En la
América Ibérica se han superado los racismos. Los credos, los pueblos, los hombres,
las razas militan en un hermoso orden democrático de igualdad e identidad
humana. La “democracia de los genes” es una realidad aplastante en
Iberoamérica, donde no existen ni “poder negro” ni “poder indio” ni “poder
blanco”, sino simple, sencilla y llanamente, Poder Humano igual ante una
manera de vivir y un modo de pensar. Con esta carga espiritual tan hermosa y
tan superior a la de otros pueblos ¿cómo no se ha logrado la integración de
Iberoamérica?
No hemos de oponer el espíritu del libertador
al espíritu de España. No se pueden separar ni la fe, ni la sangre ni la estirpe.
Lo que se fusiona, en apretada familia, ante el altar de la raza es la verdad
más trascendente del ser humano. Se pueden equivocar todas las contingencias
y limitaciones del hombre. pero lo que menos se equivoca es la mera biología.
Y la biología está a favor de España pues la exótica belleza de las mujeres
iberoamericanas pregona, contra el racismo, el éxito de la fusión de razas y
pueblos.
No debemos oponer el espíritu del libertador
al espíritu de España. Muy al contrario, la nueva España, la España actual (1970) ha de fomentar el ideario del libertador para que se unan y
confederen los pueblos de nuestra estirpe americana. La integración de España
se da en función de la integración americana. El destino histórico que se ate
y hermane en América se hermana y ata en España.
España tiene que cumplir su destino de
hermandad en América si quiere resolver una ecuación socioeconómica digna del
concierto mundial. Tal es la verdadera magnitud de la perspectiva española
que, a marchas forzadas, ha de convertirse en perspectiva hispánica.
El destino de todos los pueblos ibéricos ha
de integrarse en América. ¿Hemos tomado conciencia de la tremenda intensidad
de este mandato? Aquel que reniega de esta misión universalista por una
aberración comarcal es, sin duda, un amputador de la geografía y un miope de
la historia. Y ataca tanto a España como a la Hispanidad. En una era de naves
espaciales epicentradas en la civilización y cultura occidentales, la arcaica
carretilla lugareña esconde, tras una máscara romántica, el auténtico
genocidio histórico de la minoría que cree defender, a la que aparta del
cumplimiento de su destino y la despoja de la posibilidad de la geografía y
de la perspectiva de la historia, al amparo del concierto mundial de los
pueblos y hombres de una misma estirpe.
“Ínclitas razas ubérrimas” - profetizó el
poeta. Apartarnos de Iberia y de nuestro destino universal con esas razas,
más que separatismo es “suicidismo”, término que gana en impacto gráfico lo
que pueda perder en gramática.
Todos los pueblos ibéricos, frente al
separatismo, han de imponer un poderoso esfuerzo de integración hispánica, A una
era cósmica ha de responder un nuevo afán de integración universalista. Separarse
del concierto de la gloriosa pluralidad de pueblos, a la que pertenecemos, es
la más horrible, ciega y sorda forma de la languidecer y morir.
Ricardo HORCAJADA
Revista FUERZA NUEVA, nº189, 22-Ago-1970
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