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“EL
CATOLICISMO DE LOS NACIONALISTAS VASCOS”
Tiene
plena actualidad (1970), a pesar del transcurso del tiempo, para
nuestros lectores, la lectura del prólogo a la obra “El Catolicismo de los Nacionalistas
Vascos”, de don Pedro P. Altabella, escrito por don Javier Lauzurica, Administrador
Apostólico de Vitoria (1939), a cuya diócesis pertenecía entonces Vizcaya.
Naturalmente
que nuestros lectores pensarán, tras su lectura, lo mismo que nosotros: Cualquier
semejanza entre Administrador Apostólico (mons. Lauzurica, 1939) y
Administrador Apostólico (mons. Cirarda, 1970, antifranquista) es
pura coincidencia. Y no faltará quien se pregunte también ¿en qué quedamos
señores Administradores Apostólicos? ******
Prólogo de
Javier Lauzurica, Administrador Apostólico de Vitoria a la obra “EL
CATOLICISMO DE LOS NACIONALISTAS VASCOS”, de d. Pedro Altabella (1939)
“En el problema vasco, tan traído y llevado
por toda Europa y América y, por regla general, tan mal comprendido, los
hechos son bien patentes y la verdad que de ellos se desprende es, a nuestro
juicio, clara.
En España con la implantación en 1931 de
una Constitución laica, lesiva de todo derecho religioso individual y social,
con los atropellos y desmanes consiguientes cometidos contra la conciencia
católica y, sobre todo, contra la Iglesia, se llegó la perpetración de
crímenes y robos sacrílegos, al incendio de templos, al asalto de casas
religiosas en tal forma que estos males, lejos de aminorarse con el tiempo,
iban en aumento de día en día. A la Iglesia se la iba despojando de todo y,
en el Estado español, la injusticia y el libertinaje ocuparon, por asalto, el
trono que, en toda nación bien organizada posee pacíficamente la justicia y
la verdadera libertad. Difícil es que se dé un caso en que aparezca más
justificado un alzamiento.
“Quien recuerde las listas de vandálicos
desmanes leídas o presentadas en el Congreso y, sobre todo, piense en el
monstruoso crimen de la madrugada del 13 de julio de 1936 (Calvo Sotelo) verá
que el alzamiento fue la única tabla de salvación que flotaba sobre el
borrascoso mar de nuestra Patria, y es tanta la verdad de esta afirmación que,
por documentos auténticos sorprendidos al enemigo, estábamos por aquella
fecha, en vísperas de ver convertida España entera en un cantón de Rusia bajo
el tiránico poder de los “sin Dios”.
“La Providencia nos deparó un hombre que, a
su talento militar, unió un espíritu profundamente cristiano, heroicamente
patriótico y serenamente recto. A él se adhirieron y debieron adherirse todos
los hombres de buena voluntad que sintieran el respeto debido a la religión,
el amor a la Patria y la preocupación de ver encuadrada la nación dentro del
marco de “la justicia que eleva a los ciudadanos” (Prov. XIV, 34).
“No lo entendieron así los dirigentes del
Partido (católico) Nacionalista Vasco de Vizcaya y Guipúzcoa, a juzgar por la
ayuda que desde el primer momento prestaron a la alianza marxista, poniéndose,
por otra parte, en abierta contradicción con los sentimientos de su partido,
que, al menos en gran parte de Vizcaya fue, en un principio, opuesto, en su
casi totalidad, a la unión con los partidos de izquierda.
“Por eso, hubo de levantar su voz quien
tenía poder para ello y a oídos de todos los vascos llegó el documento
pastoral de los excelentísimos señores Obispos de Vitoria y Pamplona, que
publicaban “para conocimiento de todos y efectos consiguientes”, en él se
reprobaba la unión con los enemigos de la Iglesia como ilícita, monstruosa y
escandalosa. Poco después dirigía el excelentísimo señor Obispo de Vitoria
una locución por radio a todos sus diocesanos, y entre otras graves
afirmaciones les decía:
“Católicos
vascos… No podéis, de ninguna manera, cooperar, ni mucho ni poco, ni directa
ni indirectamente, al quebranto del Ejército español y cuerpos auxiliares
requetés, falangistas y milicias ciudadanas que, enarbolando la auténtica
bandera española bicolor, luchan heroicamente, por la Religión y por la Patria.
Oh, si triunfaran los marxistas, rotos los diques todos de la religión, de la
moralidad, de la decencia, la ola arrolladora hundiría a todos en su furioso
ímpetu; no habrá salvación para los católicos y procurarán, por todos los
medios, borrar hasta el último vestigio de Dios”.
“El prelado mandaba, pero los dirigentes
del Partido Nacionalista Vasco desoyeron su voz y no le obedecieron. En
cambio, se dejaron seducir por los ofrecimientos y halagos del líder
socialista Prieto, y por un plato de mentidas libertades vendieron al pueblo
vasco e hicieron traición a la primogenitura de la fe católica. Creyeron, sin
duda, los dirigentes del Partido Vasco, que, desterrada y aun arrasada la
religión del resto de España, podrían ellos conservarla en el rincón de su
país. Semejante absurdo tiene una explicación que lo aclara todo. Los
dirigente del Partido Nacionalista Vasco prefirieron la política a la
religión y su órgano principal de prensa, “Euzkadi” se preocupó más de medrar
políticamente que de defender la religión en toda su integridad. Esta subversión
de principios ha sellado, con caracteres de catástrofe, gran parte de la
región vasca”.
“Queremos hacer constar aquí, para orgullo
de Navarra y Álava, que esas dos provincias hermanas supieron mantenerse a la
altura de su gloriosa y no desmentida tradición; en cambio, a gran parte de
ciudadanos honrados de Vizcaya y Guipúzcoa hicieron claudicar unos cuantos
dirigentes que no supieron apreciar en su justo valor el tesoro de
espiritualidad que llegaron a tener en sus manos-
“Más tarde pretendieron justificar su
conducta, equipando los crímenes de la España roja con las ejecuciones de la
España nacional. ¡Aberración inexplicable! En la España roja se ha perseguido
al sacerdote como ministro de Dios, en la España nacional se le ha respetado
siempre en su calidad de ministro de la Religión católica. En la España roja
se han destruido, destrozado o inhabilitado los templos del Señor,
destinándolos a usos profanos cuando no sacrílegos; en la España Nacional han
continuado destinados al culto y, al paso que nuestras armas incorporaban los
pueblos a la nueva España, los edificios recobraban su antigua denominación y,
consagrados de nuevo al Señor, se abrían al culto. En la España roja, el odio
la religión ha sido sistemático; en la España nacional se ha vivido y se vive
intensamente la fe católica y se rivaliza en exteriorizar el amor a Dios.
“Yo espero que este libro, que proyecta
hechos importantes a la luz de la verdad, influirá, eficazmente, en los
entendimientos oscurecidos por la ignorancia u ofuscados por el error.
“Como la mejor recompensa a su trabajo, yo
deseo al autor de este libro que se propague por todas partes y sea leído, de
modo especial, por mis diocesanos, para que, conociendo el problema vasco en
toda su significación, amemos todos juntos a la Iglesia con su Cabeza visible,
el Papa, y a España con su incorporable Caudillo Franco.
Vitoria, festividad de Santo Tomás de
Aquino, 1939
Revista FUERZA NUEVA, nº 192, 12-Sep-1970
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