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jueves, 24 de septiembre de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (8)

 Artículo de 1979

 LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LA CONSTITUCIÓN (8)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña


,,, Y OCHO OBISPOS AUTÉNTICOS

 La Pastoral del cardenal primado (mons. Marcelo González) había conmovido a la opinión. Lo que para José María Javierre (“Ya”, 3-12-78) era sólo un “alboroto en la familia católica”, para otros constituía un “marcelazo” (“El Periódico”, (2-12-78). Y los titulares de la prensa del día 29, dando cuenta de la postura del arzobispo de Toledo, son un curioso sistema de medida de adhesiones más o menos confesadas.

 Para “ABC”, el escrito del cardenal sólo implicaba “que los católicos hagan su opción con toda libertad, según se la dicta su conciencia” (29-11-78). Por los titulares, pues, parece que se trata de algún otro escrito totalmente distinto del documento del Primado. Aunque no es así, ya que tras esa fachada falsa y desorientadora, que es lo que sólo retienen muchos lectores, se transcribía casi íntegra la controvertida pastoral. Técnicas, sin duda, de una buena y veraz información tras lo que quizá anduviera la mano de Martín Descalzo. Y eso que “ABC” tiene fama de serio.

 “El Imparcial” del mismo día recogió, en cambio, en primera plana y con escándalo de titulares, la verdad de la información: “El cardenal primado orienta a los católicos de cara al próximo referéndum del día 6. Monseñor González Martín pone el dedo en la llaga y se refiere a las cuatro cuestiones fundamentales desde el punto de vista cristiano: 1) La omisión de todo referencia a Dios; 2) Los derechos inalienables del hombre; 3) La libertad de enseñanza y la igualdad de oportunidades; 4) La introducción del divorcio y la posible legalización del aborto”. Y la verdad es que así era. Aunque “ABC” prefiriera dejar para la letra pequeña el claro sentido de las palabras del primado. Más honrado fue “Informaciones”, que tituló lacónicamente ese día: “El cardenal primado contra la Constitución”.

 Ocho obispos

 Al día siguiente, nueva conmoción religiosa y política. Ocho obispos se adherían a la pastoral del arzobispo de Toledo y la hacían suya. La nota de la Comisión Permanente se hundía en la ignominia, pues al descrédito que habían arrojado sobre ella numerosos seglares y eclesiásticos se unía ahora la firme desautorización de nueve obispos. Porque, dejémonos de eufemismos, eso era lo que significaba la postura colectiva que acababan de adoptar.

 El cardenal arzobispo de Toledo, el arzobispo de Burgos, monseñor García de Sierra, y los obispos de Orense, monseñor Temiño; Vitoria, monseñor Peralta; Ciudad Rodrigo, monseñor Mansilla; Orihuela-Alicante, monseñor Barrachina; Cuenca, monseñor Guerra Campos; Tenerife, monseñor Franco, y Sigüenza-Guadalajara, monseñor Castán, vinieron a decir todo lo contrario de lo que la Comisión Permanente, después ratificada por la Asamblea Plenaria había dicho. Nueve obispos recomendaban el “No” frente a la jerarquía taranconiana, que se volcaba por el “Sí”. Y aquí hay que evocar nuevamente la figura del nuncio Dadaglio, artífice máximo de esta división de nuestra Iglesia, y en temas de tanta importancia.

 Si algún católico se escandalizó por la división, que se apunte ese escándalo en la cuenta del nuncio. Y los ciertos escándalos que produjo la actitud de la mayoría episcopal deben apuntarse también, deducida la parte correspondiente a cada obispo por maldad o necedad, a la cuenta de ese oscuro personaje italiano, del que quisiera despedirme ya definitivamente, pero al que aún nos lo volveremos a encontrar cuando hablemos de los últimos (1979) nombramientos de obispos, o sea, de los señores Echarren, Larrauri, Setién y Larrea.

 La pastoral del primado provocó cuatro tipos de reacciones públicas. En primer lugar, salidas de tono, muchas de ellas realmente intolerables, de personajes o personajillos que o servían a quien les pagaba o veían cómo un éxito que se les antojaba ya ganado quedaba gravemente comprometido.

 En segundo lugar, estaba la jerarquía política de UCD, que intentó sacudirse lo que se les venía encima, diciendo que nada de lo que alarmaba al cardenal de Toledo podía encontrarse en la Constitución. Pudieron prometer, y prometieron, que ni divorcios, ni abortos, ni amenazas a la enseñanza, ni casi olvidos de Dios, se hallaban en el texto constitucional. Ricardo de la Cierva llegaba casi hasta a encontrar a Dios en cada artículo. Sólo les faltó decir aquello de que, como estaba en todas partes, también lo encontrábamos allí sin necesidad de proclamarlo.

 Después venían los obispos y algunos clérigos que, arrojando por la borda los pudores hasta ahora mantenidos, se alineaban entusiásticamente tras los líderes comunistas, socialistas y de Centro Democrático.

 Por último, los que, en una postura sumamente crítica de la Constitución, encontraron en los nueve obispos mencionados el más firme respaldo de sus tesis.

 Algunas muestras

 Las bilis, autosegregadas o mercenarias de tantos de los del primer grupo no merecen sino el desprecio. Pero conviene recoger en esta panorámica político-eclesial que intentamos ofrecer, algunas muestras de periodismo que, aunque sin duda produjeron regocijo en no pocos obispos del sector mayoritario, eran viento desatados que muy pronto iban a volverse contra ellos. Lo veríamos claramente muy poco tiempo después cuando una nota de la Comisión Permanente sobre la postura que debían adoptar los católicos en las últimas elecciones legislativas, fue casi tan “contestada” como, en su día, la pastoral del cardenal primado (“Vida Nueva”, 17-2-79)

 Porque determinadas fuerzas políticas sólo están dispuestas a aceptar a la Iglesia cuando se muestra como organización subversiva y revolucionaria. Es decir, cuando no es Iglesia. Y éste ha sido el error básico del cardenal Tarancón. Por el que ha pagado ya un elevado precio y por el que, en el futuro, tendrá que entregar todavía más elevadas prendas. En alguna ocasión escribí que el cardenal de Madrid era como esas novias tontas y fáciles que se quedan con niño y sin boda. Conociendo a la novia, no era “profético” anticipar el desenlace. Desgraciadamente para él, cosa que me trae sin cuidado, y para la Iglesia española, lo que me preocupa muchísimo. La profecía se va a convirtiendo en dolorosísima realidad.

 Veamos como el sesudo “Informaciones” (19-11-78) apostillaba por la pluma de su habitual y “ucedero” comentarista Abel Hernández, que tal vez sea el antaño cura progresista multado por la “oprobiosa” (“Pueblo”, 14-5-69), la pastoral del arzobispo de Toledo.

 Los obispos que se oponían a la Constitución eran el “pequeño reducto ultraconservador, partidarios del viejo nacional catolicismo, apegados al viejo régimen y a las banderas al viento”. “Estos obispos, todos ellos nombrados por Franco (como si a Tarancón, Cirarda, Díaz Merchán o Jubany los hubiera nombrado Manuel Azaña), actúan con la mejor voluntad, pero están más cerca de la Plaza de Oriente que del Palacio de las Cortes, donde tiene su sede la genuina representación de la voluntad popular”.

 Arrimarse al árbol de “UCD”

 Yo no sé de qué punto del plano madrileño están más cerca su obispos del “grupo de don Marcelo”. No lo sé  ni me importa porque Madrid no es una medida eclesial. Me basta con saber que están muy próximos a la doctrina de la Iglesia y a lo que hoy dice su más genuino representante, el Papa Juan Pablo II porque eso sí que es una verdadera garantía. Sí sé, en cambio de quién está muy próximo Abel Hernández, y esa proximidad, eclesiásticamente, no tiene la menor relevancia. Porque arrimase al árbol de UCD, a cuya sombra se cobija el periodista de “Informaciones”, sea laico o clérigo, secularizado o no, y bajo el que corrieron a cubrirse Tarancón y sus muchachos, puede ser muy rentable en una perspectiva alicorta de escaños o gabelas temporales, pero nada significa en lo que debiera ser la regla áurea del comportamiento episcopal, en contemplar todo lo de este mundo sub specie aeternitatis”. (…)

 Falta de solidaridad

 En el artículo de Abel Hernández, que venimos comentando, se apunta, por primera vez, una objeción a la Pastoral del cardenal primado (Marcelo González) que luego se iba a repetir hasta la saciedad. Y es la falta de solidaridad de estos nueve obispos para con sus compañeros en el episcopado. Como si ella fuera un valor supremo ante el que debiera ceder incluso la verdad.

 En palabras del periodista, “lo que sí sorprende y hasta escandaliza un poco es la falta de solidaridad y respeto que demuestra este documento y sus partidarios con el colegio episcopal”. Otros epígonos de la conferencia señalarán después cómo, en tiempos de la presidencia de monseñor Morcillo (1968-71), los obispos progresistas callaron sus discrepancias por no romper esa imagen de unidad que ahora -y dan entender que por culpa de los nueve- se ha deshecho, en escándalo del pueblo fiel.

 No se dan cuenta que a quien colocan en muy mal lugar, con este proceder denunciado, es a los obispos que callaron entonces ideales y creencias. Porque si en verdad creían que ellos eran quienes tenían razón, y en asuntos de gravedad, debieron hacer pública su discrepancia, porque con la verdad no caben amaños. Es mucho más digna y coherente la actitud de don Marcelo y sus ocho compañeros cuando, creyendo que la actitud de la mayoría de los obispos no era acertada y que con su silencio exponían gravemente su honor episcopal, así lo expusieron.

 Una vez más, parece ponerse de manifiesto la diferencia entre unos obispos y otros. Don Marcelo cree en la doctrina de la Iglesia y la predica, esté en el Poder o en la oposición. Como corresponde a un obispo. A los otros parece traerles sin cuidado la doctrina y la supeditan a valores secundarios, por importantes que puedan ser.

 (Continuará)

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 636, 17-Mar-1979

 

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