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lunes, 20 de julio de 2026

Obispos del visto bueno a la Constitución atea (7)

 Artículo de 1979


 EL CARDENAL DE ESPAÑA (Mons. Marcelo González)

 Por Francisco José Fernández de la Cigoña

 EL cardenal Tarancón vino preparando, sobre todo con su actitud al frente de la Iglesia de Madrid y de la Conferencia Episcopal, pero también con sus palabras, la gran traición de la Iglesia oficial española que pareció culminar con la tristísima declaración de la Comisión Permanente de 28 de septiembre de 1978. Nuestra jerarquía, lavándose las manos, simulaba ponerse al margen de una cuestión política, ''pero, como Pilatos, tomó partido por la injusticia y por el error.

 La XXX Asamblea Plenaria del Episcopado respaldó, con diez votos en contra y la ausencia de monseñor Guerra Campos (El Alcázar, 24-11-78: Vida Nueva, 2-12-78), la postura de la Comisión Permanente. Y el obispo auxiliar de Barcelona, señor Guix (ABC, 25-11-78), da un paso más y hace explicito lo que evidentemente se deducía de la postura colegial de nuestros obispos. La decidida recomendación por el «Si» a la Constitución.

 José María Guix Farreras, catalán de 1927. auxiliar de Barcelona desde 1968, miembro de la Comisión Permanente en su calidad de presidente de la Comisión de Pastoral Social desde el año pasado (ABC, 2-3-78), es uno de esos obispos que no suele salir en la «prensa». Fruto de la nunciatura Dadaglio, los escasos antecedentes que de él poseo confirman su última y manifiesta militancia a favor del «Sí» y que Dadaglio sabía muy bien a quién proponía para obispo.

 A. Recasens había ya comentado en el ¿Qué Pasa? (4-1-69) el nombramiento de este señor, y Jaime Tarragó puso muchas cosas en claro con su artículo «La campaña Volem bisbes catalana, al desnudo» (FUERZA NUEVA, 15-11-69). Años después vemos a Guix amenazando a un sacerdote con despedirle si no daba la comunión en la mano (¿Qué pasa?, 20-1 y 10-2-73) y más tarde se muestra muy reticente respecto a la Hermandad Sacerdotal (Vida Nueva, 2 y 9-11-74). Lo que le vale una réplica de Iglesia Mundo (2.ª quinc, nov. 1974): «Los defectos que señala el auxiliar Guix son un auténtico sobresaliente y alabanza para la Hermandad Sacerdotal.»

 Estamos ya a las puertas del referéndum (1976). Muchos católicos españoles ponían sus esperanzas en Toledo, como si no quisieran creer que la Iglesia pudiera callar en tan graves momentos. Y de Toledo llegó la respuesta.

 El 29 de noviembre (1978) se enteró España, y el mundo, de que. en contra de lo que otros habían dicho y dirían, sí había motivos religiosos y muy graves para oponerse a la Constitución. Que la campaña a la que tantos católicos se arrojaron, desde la orfandad y la tristeza, abandonados por sus pastores, estaba más que justificada. Don Marcelo González Martin, arzobispo de Toledo y Primado de España, cardenal de la Santa Iglesia Romana, dio cumplida contestación a lo que la Iglesia y España esperaban de él.

 Su luminosa Pastoral es un hito en la historia de la Iglesia hispana que no encuentra precedente desde la Pastoral colectiva de la Cruzada. Gracias a ella nunca se podrá decir que la Iglesia en España apostató de su Dios, de su patria y de sus más altos deberes. A partir de la Pastoral del Primado, los traidores tienen nombre y apellidos. No ha sido la Iglesia. No han sido los obispos. Fueron sólo los que fueron. Y una patria como la nuestra, que hizo de la religión su Norte y de Cristo su Rey, salvó, por obra y gracia de don Marcelo González Martin, la infinita tristeza que habría de pesar en su alma por los siglos de los siglos, de verse abandonada en un trágico y decisivo momento por aquella a quien entregó vida y hacienda a causa de su amor a Cristo.

 Es imposible no evocar otra situación histórica, esta vez en la Inglaterra de Enrique VIII. Todos los obispos reconocieron a aquel rey déspota y lujurioso por cabeza de la Iglesia en vez del Papa de Roma. Todos menos uno. Que fue ejecutado. Pero hoy nadie recuerda ni el nombre de aquellos apóstatas, mientras que san Juan Fisher es venerado en los altares y propuesto por Juan Pablo II como ejemplo a seguir por los cardenales. Pues así como el mártir de la fidelidad a Roma salvó el honor de los obispos ingleses, el cardenal González Martín salvó el de los españoles de 1978. Y los católicos españoles dejaron de sentirse huérfanos, pues desde, la imperial Toledo, sede de los concilios y del heroísmo, un castellano leal a su Dios y a su patria fue, en verdad, el Primado de España. Y el padre espiritual de todos sus hijos.

 Teníamos razón. No éramos unos extraños intérpretes de la religión católica abocados a un Palmar de Troya del integrismo y la intransigencia. Nosotros estábamos con la Iglesia y la Iglesia estaba con nosotros. Sabíamos que nuestro camino era el recto, pero la noche y la tormenta nos helaban el alma de zozobras e inquietudes. Y sin dudar, dudábamos. Y sin temer, temíamos. Fueron muchas las oraciones, pues experimentábamos que nuestro auxilio sólo estaba en el nombre del Señor. Por eso la alegría inolvidable de aquel 29 de noviembre, cuando al fin de la noche vimos la luz de la meta. Y esa luz se encendió en Toledo por Marcelo González Martín, arzobispo, cardenal y español. ¡Que Dios os pague el inmenso bien que hicisteis!

 Humildemente, como él lo es, el cardenal nos dice que «numerosos fieles de nuestra diócesis» se le acercaron pidiéndole luz. Es sólo parcialmente cierto porque no fue de su diócesis sino de toda España de donde llegaron al palacio arzobispal de Toledo angustiosas llamadas en petición de auxilio.

 Y en cumplimiento de «la misión que Cristo y la Iglesia nos han encomendado», el cardenal pasa a analizar el contenido de la Constitución porque los elementos negativos que en ella existen pueden no ser compensables con los positivos: pues tal vez sean «gusanos que infeccionan toda la manzana, haciéndola dañina e inaceptable».

 Y aquí surge, inevitablemente, la pregunta. ¿Es que hay distintas misiones encomendadas por Cristo y la Iglesia, a unos obispos y a otros?

 Y, si es la misma, ¿hay unos obispos qué cumplen esa misión y otros que la dan de lado, ocupados en no se sabe qué menesteres? Para mí la respuesta es evidente. Y en ella, muchos obispos quedan en muy mal lugar.

 Para el cardenal, cinco son los puntos que exigen su intervención magisterial. No se hallará originalidad en el pensamiento del arzobispo, pues nada descubre que anteriormente no se hubiera denunciado por católicos, clérigos o laicos. No está el mérito de su escrito en decir lo que nadie dijo, sino en expresar, con el peso de la autoridad de su púrpura y de su persona, y con una concisión y claridad extraordinaria, la doctrina católica que la Constitución vulneraba ante el silencio cómplice de muchos de sus hermanos en el Episcopado.

 En primer lugar, el cardenal denuncia «la omisión real y no sólo nominal de toda referencia a Dios». Aquel cartel que con gran éxito colocó Pro España Católica en casi todas las ciudades de España, en el que se veía a Cristo llamando a la puerta de unas Cortes, de las que había sido expulsado, no era exageración ni caricatura.

 Desaforadas reacciones ante esa imagen («Repugnante manipulación de Cristo». El Ideal Gallego, 1-12-78), desde periódicos que se pretenden católicos, indicaban que se había puesto el dedo en la llaga. Y el cardenal Primado confirmó que la razón estaba una vez más del lado de quienes querían a Cristo en nuestras leyes. Como lo había estado, excepto en los funestos periodos republicanos, desde que Recaredo abjuró el arrianismo en el III Concilio de Toledo el año 589.

 El cardenal sale al paso de un sofista, razón que se esgrimió frecuentemente en toda la campaña electoral. «El nombre de Dios, es cierto, puede ser invocado en vano. Pero su exclusión puede ser también un olvido demasiado significativo.» Y. sobre todo, en esta España cristiana hasta los tuétanos. Tan de Cristo, que sin El es imposible entender su historia. Tan de Cristo, que sin El toda ella, su arte, su literatura, sus muertos, sus gestas, serían una inmensa equivocación.

 A continuación, el arzobispo de Toledo denuncia la falta de toda «referencia a los principios supremos de la ley natural o divina», consecuencia lógica de la expulsión de Dios de la sociedad. Los resultados de esta omisión de Dios, que en España es un verdadero rechazo, los apunta claramente el cardenal: «agresiones legalizadas contra derechos inalienables del hombre como lo demuestran los propósitos de algunas fuerzas parlamentarias en relación con la vida de las personas en edad prenatal y en relación con la enseñanza».

 Esta es un acta notarial de la mala fe o de la supina ignorancia de los obispos, que nada veían, o nada querían ver, de peligro en la Constitución que se preparaba. Cuando venga el aborto o la estatalización de la enseñanza no podrán decir Tarancón, Yanes o Cirarda que ellos no se habían dado cuenta de lo que amenazaba la vida del aún no nacido o la enseñanza católica de nuestros hijos. No podrán alegar que ellos no leían FUERZA NUEVA o El Pensamiento Navarro, donde personas más clarividentes anunciaron lo que parecía inevitable. No podrán alegarlo porque el cardenal de Toledo bien claramente se lo dijo.

 Respecto a la educación, no es menos terminante el cardenal: «La Constitución no garantiza suficientemente la libertad de enseñanza.» Y concluye: «El mal que esto puede hacer a las familias cristianas es incalculable.»

 El divorcio, al que el cardenal califica de «peste», con el Concilio Vaticano II. será «ocasión de daños irreparables para la sociedad española». Y con el divorcio, «la propaganda de anticonceptivos y la arbitrariedad sexual».

 Por último, ante el aborto, el cardenal se pregunta: «¿Va a evitar esa fórmula (constitucional) que una mayoría parlamentaria quiera legalizar en su día el aborto? Aquellos de quien dependerá en gran parte el uso de la Constitución han declarado que no.» Las últimas noticias que sobre el tema se han traslucido dan totalmente la razón al cardenal de Toledo.

 El cardenal señala a sus fieles, y yo entiendo que quienes quedan directamente interpelados con sus hermanos en el Episcopado, que «no es lo mismo tolerar un mal cuando no se ha podido impedir que cooperar a implantarlo positivamente dándole vigor de ley». Porque esto es lo que ha hecho la mayoría de los obispos españoles. Y lo que les incapacita para una actuación pastoral futura. Ya que carecerán de toda autoridad moral para oponerse, al frente de los católicos, a unos males que tan positivamente han contribuido a implantar.

 Comentando tan lúcido documento es preciso resistirse a la tentación de transcribirlo íntegramente. El recuerdo de su impacto y de su doctrina no se borrará fácilmente de aquellos que vivieron aquellos días tristes de la apostasía oficial de España. Y su texto no amarilleará en los estantes de las hemerotecas porque habrá de reproducirse en cuantos libros traten de la historia eclesiástica de estos años.

 Supuso no sólo el homenaje a una España católica que no va a morir, por mucho que los enemigos de Dios se empeñen en ello, sino, sobre todo, el resurgir de un sentimiento católico adormecido que reconquistará de nuevo nuestra patria para Cristo.

 Y en esa batalla, que ya ha comenzado, por la causa del Señor, los fieles no estamos solos porque hemos encontrado al padre y pastor que necesitábamos: don Marcelo González Martín, cardenal arzobispo de Toledo, Primado de España. Pocas veces un título dijo tanto. Porque él se ha convertido en verdad, por encima de jurisdicciones, en el primero, en la cabeza, en el maestro. La distancia entre un Tarancón y él, si siempre fue abismal, a partir de este momento ha conocido distancias de más de años luz. Uno se mueve al nivel de los Suárez. los Carrillo y los González. El otro camina las andaduras de Dios. El uno es un cardenal para ganar Constituciones, el otro para ganar el cielo. Oppas y san Juan Fisher. Todo parecido no es mera coincidencia.

 (Continuará.)


Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979

 

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