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martes, 28 de julio de 2026

El vergonzoso boicot de la ONU a la España de Franco

 Artículo de 1970 

 EL “CASO ESPAÑA”

  XXV aniversario de la ONU

 Si hacemos balance de las relaciones España-ONU en los primeros años de su existencia, veremos que arrojan un saldo negativo para nuestra patria. Ya en aquellas reuniones preliminares, en las que prácticamente se gestó este organismo internacional, España y el régimen español y al frente el Generalísimo Franco, más que nunca respaldado por su pueblo, fueron postergados en una demostración de hipocresía sin precedentes en la historia de las relaciones internacionales.

 Necesario se hace recordar lo que se dio en llamar el “Caso España” (año 1946) y las resoluciones que en la ONU, sobre el particular, se votaron: en especial aquélla que condenaba, negaba su entrada en la Organización (recomendando la retirada de embajadores) al “gobierno fascista de Madrid”; consecuencia de la cual fue el infame bloqueo político-económico contra nuestro país, cumbre de la más feroz y violenta campaña antiespañola orquestada en el seno de la ONU.

 Un subcomité integrado por Polonia, Francia, Brasil, Australia y China, fue encargado de estudiar el “caso España”, a instancias de una denuncia del gobierno comunista polaco, manifestando el “peligro” que para la paz suponía el régimen español; declaración ridícula y falta de base pero que, respaldada por la URSS, fue admitida.

 Así pues, para esclarecer acontecimientos y conocer datos que “legalizaran” una posible condena a España, fue llamado a declarar ante el Subcomité ese “clown” internacional de los años 40 y personaje funesto para la nación española en la década de los 30, que se llamaba Giral. Entre la sarta de mentiras que el exministro de Marina de la República tuvo a bien decir puede destacarse aquella de que “el ejército español contaba con 840.000 hombres y una flota de 300 unidades de combate”, poco menos que dispuestos a “asustar” a las pacíficas naciones  democráticas del mundo.

 El Subcomité dictaminó que España no constituía amenaza para la paz, pero que podía constituirla, e hizo una pomposa recomendación a la Asamblea General para que esta aconsejara, a su vez, el bloqueo diplomático. (Brasil no se identificó con este dictamen y Polonia, por su parte, mantenía su primitiva tesis sobre la amenaza mundial que España representaba. Lo que ignoraban estos sesudos varones componentes del Subcomité, mejor dicho no querían saber, es que esta teóricamente agresiva nación objeto de sus ataques, si hubiera efectivamente contado con este argumento que gratuita y maliciosamente se le atribuía, no hubiera sido denigrada de tal forma en esa tribuna de infundios antiespañoles en que se convirtió la Organización por aquellas fechas.

 Ahora bien, la ONU –“generosa”- por medio del Subcomité, en ese deseo continuo de mantener la paz y unión internacionales”, presentó una alternativa a España, en virtud de la cual si ésta se comprometía a declarar una amnistía general y a conceder al “sufrido” pueblo español el derecho a unas libertades esenciales que, según ellos, le eran negadas, consideraría favorablemente la solicitud española de ingreso en su seno. En una palabra, la entrada estaba condicionada a un retorno a la situación crítica de los años aciagos de la segunda república. Pero Madrid se adelantó contestando que no le vincularía ninguna resolución que significara injerencia en las cuestiones de incumbencia exclusiva de la nación.

La adhesión que los españoles demostraban por su Caudillo debió contrariar a las totalitarias –URSS- y a las democrática naciones -Gran Bretaña, Francia, USA- y así, en su deseo de “ayudar” a ese pueblo que seguía a Franco, enmendó la primitiva propuesta que hiciera, en su día, el Subcomité: Si el régimen del General Franco no desaparecía, siendo sustituido por un gobierno formado por los “prohombres de la resistencia”, la Asamblea aconsejaría la terminación de las relaciones diplomáticas con el Régimen.

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 Una vez más, sin éxito, se había intentado derribar al nuevo Estado. Rusia era la más interesada en ello, reciente como estaba su fracaso de convertir al país ibérico en una de sus “democracias populares” y sabedora, por otra parte, de la agudeza y visión política que su jefe demostraba al haber intuido, con suficiente antelación, la maniobra que el comunismo internacional tenía preparada.

 Así, en una carta dirigida a Churchill por medio del embajador español, le participaba su inquietud al respecto: “Porque no creemos en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, tenemos que considerar que la destrucción o el debilitamiento de sus vecinos acrecentarán grandemente su ambición y su poder, haciendo más necesaria que nunca la inteligencia y comprensión del Occidente de Europa”. La carta estaba fechada el 8-10-1944. La respuesta del airado “premier” inglés no se hizo esperar: “Le induciría a V. E.  a serio error si no desvaneciera de su ánimo la idea equivocada de que el gobierno de S. M. esté dispuesto a considerar ninguna agrupación de potencias en la Europa occidental basada en la hostilidad hacia nuestros aliados rusos o en la supuesta necesidad de defensa contra ellos”. Año y medio más tarde, Churchill, en un discurso, se vería obligado a confesar: “Nadie sabe lo que la Rusia soviética y su organización comunista internacional piensan hacer en un futuro inmediato ni cuáles son los límites, si existen, de su tendencia de expansión y proselitismo…” Estas afirmaciones le valdrían el que Stalin le sobrenombrara con el remoquete de… “ fascista”.

 Por otra parte, a Rusia -y esta es una razón de auténtica importancia- estratégicamente le interesaba España como etapa previa para lograr una rápida sovietización del continente europeo, y un buen paso para ello era destruir el Régimen establecido. Desde el punto de vista de la democracias occidentales, vencedoras en la segunda conflagración, el objetivo era presentar a España, ante los ojos del mundo, como continuadora y heredera directa de los regímenes fascistas vencidos; hacerla símbolo de una ideología “brutal” y, en tal concepto, lograr la repulsa internacional contra ella. La realidad era muy distinta; aparte su neutralidad, probada en el conflicto, nuestra patria, en aquellas circunstancias, se debatía con honestidad por su subsistencia, adoptando su propia solución, que le llevaría al reencuentro de sus verdaderas esencias y su auténtica idiosincrasia.

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De cómico podemos catalogar el arreglo proyectado -que no prosperado- por el delegado de Cuba. Lo doloroso fue que, esta vez, el intento de humillación y de injerencia en los asuntos patrios partieron de una nación que recibió de la nuestra el idioma, cultura y civilización. El señor Belt, que así se llamaba el delegado cubano, propuso resolver el “caso” mediante el nombramiento de un gobierno interino integrado por los representantes de los países iberoamericanos, los cuales garantizarían la celebración de un plebiscito en el que el pueblo español podría expresar libremente sus deseos. ¡Qué injuria para España, nación soberana, y qué indignidad la de Belt!

 Pero todo fue inútil. Todas las amenazas y recomendaciones se estrellaron contra la unión y fortaleza de la nación española… Y obrando en consecuencia, el 13 de diciembre de 1946, la Asamblea General de la ONU discutía la moción presentada y aprobada por el Subcomité, con una posterior votación que arrojaba los siguientes resultados: A favor de la moción 34 votos, en contra 6 y trece abstenciones.

 El contenido de la “sentencia” era el siguiente, a grandes rasgos: “El régimen de Franco es un régimen fascista, modelado por la Alemania nazi y establecido por ella coactivamente”.  Asimismo, “mientras dicho régimen continúe en el poder no se permitirá su entrada en la ONU, ya que no representa al pueblo español”. Por tanto, recomienda que se prohíba su participación en organismos internacionales establecidos por las Naciones Unidas hasta que se constituya un gobierno aceptable. Mientras tanto, los pueblos de la ONU declaran que sienten una simpatía duradera por el pueblo español… “La Asamblea General recomienda también que todos los Estados miembros retiren inmediatamente de Madrid a sus embajadores y ministros plenipotenciarios allí acreditados”. Además, el Consejo de Seguridad “estudiará los medios necesarios para remediar la situación”.

 Así finalizó una de las representaciones más vergonzosas de la historia del supremo organismo internacional. El cinismo, la incomprensión, la mentira, la falta de rigor histórico… se dieron cita en una especie de cóctel Molotov arrojado contra España y sus ciudadanos, que, no obstante, supieron continuar el camino iniciado. El tiempo se encargaría de darle la razón y… el reconocimiento universal que entonces se le negaba.

 Gonzalo LÓPEZ-COBO

 

 Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970


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