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EL “CASO ESPAÑA”
XXV aniversario de la ONU
Si
hacemos balance de las relaciones España-ONU en los primeros años de su
existencia, veremos que arrojan un saldo negativo para nuestra patria. Ya en
aquellas reuniones preliminares, en las que prácticamente se gestó este
organismo internacional, España y el régimen español y al frente el Generalísimo
Franco, más que nunca respaldado por su pueblo, fueron postergados en una
demostración de hipocresía sin precedentes en la historia de las relaciones
internacionales.
Necesario
se hace recordar lo que se dio en llamar el “Caso España” (año 1946) y
las resoluciones que en la ONU, sobre el particular, se votaron: en especial
aquélla que condenaba, negaba su entrada en la Organización (recomendando la
retirada de embajadores) al “gobierno fascista de Madrid”; consecuencia de la
cual fue el infame bloqueo político-económico contra nuestro país, cumbre de
la más feroz y violenta campaña antiespañola orquestada en el seno de la ONU.
Un
subcomité integrado por Polonia, Francia, Brasil, Australia y China, fue
encargado de estudiar el “caso España”, a instancias de una denuncia del gobierno
comunista polaco, manifestando el “peligro” que para la paz suponía el
régimen español; declaración ridícula y falta de base pero que, respaldada
por la URSS, fue admitida.
Así
pues, para esclarecer acontecimientos y conocer datos que “legalizaran” una
posible condena a España, fue llamado a declarar ante el Subcomité ese “clown”
internacional de los años 40 y personaje funesto para la nación española en
la década de los 30, que se llamaba Giral. Entre la sarta de mentiras que el exministro
de Marina de la República tuvo a bien decir puede destacarse aquella de que “el
ejército español contaba con 840.000 hombres y una flota de 300 unidades de
combate”, poco menos que dispuestos a “asustar” a las pacíficas naciones democráticas del mundo.
El
Subcomité dictaminó que España no constituía amenaza para la paz, pero que
podía constituirla, e hizo una pomposa recomendación a la Asamblea General
para que esta aconsejara, a su vez, el bloqueo diplomático. (Brasil no se
identificó con este dictamen y Polonia, por su parte, mantenía su primitiva
tesis sobre la amenaza mundial que España representaba. Lo que ignoraban
estos sesudos varones componentes del Subcomité, mejor dicho no querían saber,
es que esta teóricamente agresiva nación objeto de sus ataques, si hubiera
efectivamente contado con este argumento que gratuita y maliciosamente se le
atribuía, no hubiera sido denigrada de tal forma en esa tribuna de infundios
antiespañoles en que se convirtió la Organización por aquellas fechas.
Ahora
bien, la ONU –“generosa”- por medio del Subcomité, en ese deseo continuo de
mantener la paz y unión internacionales”, presentó una alternativa a España,
en virtud de la cual si ésta se comprometía a declarar una amnistía general y
a conceder al “sufrido” pueblo español el derecho a unas libertades
esenciales que, según ellos, le eran negadas, consideraría favorablemente la
solicitud española de ingreso en su seno. En una palabra, la entrada estaba
condicionada a un retorno a la situación crítica de los años aciagos de la segunda
república. Pero Madrid se adelantó contestando que no le vincularía ninguna
resolución que significara injerencia en las cuestiones de incumbencia
exclusiva de la nación.
La
adhesión que los españoles demostraban por su Caudillo debió contrariar a las
totalitarias –URSS- y a las democrática naciones -Gran Bretaña, Francia, USA-
y así, en su deseo de “ayudar” a ese pueblo que seguía a Franco, enmendó la
primitiva propuesta que hiciera, en su día, el Subcomité: Si el régimen del General
Franco no desaparecía, siendo sustituido por un gobierno formado por los “prohombres
de la resistencia”, la Asamblea aconsejaría la terminación de las relaciones
diplomáticas con el Régimen.
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Una
vez más, sin éxito, se había intentado derribar al nuevo Estado. Rusia era la
más interesada en ello, reciente como estaba su fracaso de convertir al país
ibérico en una de sus “democracias populares” y sabedora, por otra parte, de
la agudeza y visión política que su jefe demostraba al haber intuido, con
suficiente antelación, la maniobra que el comunismo internacional tenía
preparada.
Así,
en una carta dirigida a Churchill por medio del embajador español, le
participaba su inquietud al respecto: “Porque no creemos en la buena fe de la
Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, tenemos que
considerar que la destrucción o el debilitamiento de sus vecinos acrecentarán
grandemente su ambición y su poder, haciendo más necesaria que nunca la
inteligencia y comprensión del Occidente de Europa”. La carta estaba fechada
el 8-10-1944. La respuesta del airado “premier” inglés no se hizo esperar: “Le
induciría a V. E. a serio error si no
desvaneciera de su ánimo la idea equivocada de que el gobierno de S. M. esté
dispuesto a considerar ninguna agrupación de potencias en la Europa occidental
basada en la hostilidad hacia nuestros aliados rusos o en la supuesta
necesidad de defensa contra ellos”. Año y medio más tarde, Churchill, en un
discurso, se vería obligado a confesar: “Nadie sabe lo que la Rusia soviética
y su organización comunista internacional piensan hacer en un futuro
inmediato ni cuáles son los límites, si existen, de su tendencia de expansión
y proselitismo…” Estas afirmaciones le valdrían el que Stalin le
sobrenombrara con el remoquete de… “ fascista”.
Por
otra parte, a Rusia -y esta es una razón de auténtica importancia-
estratégicamente le interesaba España como etapa previa para lograr una
rápida sovietización del continente europeo, y un buen paso para ello era
destruir el Régimen establecido. Desde el punto de vista de la democracias
occidentales, vencedoras en la segunda conflagración, el objetivo era
presentar a España, ante los ojos del mundo, como continuadora y heredera
directa de los regímenes fascistas vencidos; hacerla símbolo de una ideología
“brutal” y, en tal concepto, lograr la repulsa internacional contra ella. La
realidad era muy distinta; aparte su neutralidad, probada en el conflicto,
nuestra patria, en aquellas circunstancias, se debatía con honestidad por su
subsistencia, adoptando su propia solución, que le llevaría al reencuentro de
sus verdaderas esencias y su auténtica idiosincrasia.
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De cómico podemos catalogar
el arreglo proyectado -que no prosperado- por el delegado de Cuba. Lo
doloroso fue que, esta vez, el intento de humillación y de injerencia en los
asuntos patrios partieron de una nación que recibió de la nuestra el idioma,
cultura y civilización. El señor Belt, que así se llamaba el delegado cubano,
propuso resolver el “caso” mediante el nombramiento de un gobierno interino
integrado por los representantes de los países iberoamericanos, los cuales
garantizarían la celebración de un plebiscito en el que el pueblo español
podría expresar libremente sus deseos. ¡Qué injuria para España, nación
soberana, y qué indignidad la de Belt!
Pero todo fue inútil. Todas
las amenazas y recomendaciones se estrellaron contra la unión y fortaleza de
la nación española… Y obrando en consecuencia, el 13 de diciembre de 1946, la
Asamblea General de la ONU discutía la moción presentada y aprobada por el Subcomité,
con una posterior votación que arrojaba los siguientes resultados: A favor de
la moción 34 votos, en contra 6 y trece abstenciones.
El contenido de la “sentencia”
era el siguiente, a grandes rasgos: “El régimen de Franco es un régimen
fascista, modelado por la Alemania nazi y establecido por ella coactivamente”.
Asimismo, “mientras dicho régimen
continúe en el poder no se permitirá su entrada en la ONU, ya que no
representa al pueblo español”. Por tanto, recomienda que se prohíba su
participación en organismos internacionales establecidos por las Naciones
Unidas hasta que se constituya un gobierno aceptable. Mientras tanto, los
pueblos de la ONU declaran que sienten una simpatía duradera por el pueblo
español… “La Asamblea General recomienda también que todos los Estados
miembros retiren inmediatamente de Madrid a sus embajadores y ministros plenipotenciarios
allí acreditados”. Además, el Consejo de Seguridad “estudiará los medios
necesarios para remediar la situación”.
Así finalizó una de las
representaciones más vergonzosas de la historia del supremo organismo
internacional. El cinismo, la incomprensión, la mentira, la falta de rigor
histórico… se dieron cita en una especie de cóctel Molotov arrojado contra
España y sus ciudadanos, que, no obstante, supieron continuar el camino
iniciado. El tiempo se encargaría de darle la razón y… el reconocimiento
universal que entonces se le negaba.
Gonzalo LÓPEZ-COBO
Revista FUERZA NUEVA, nº 189, 22-Ago-1970
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