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EL PSOE CONTRA ESPAÑA
LA actitud negadora, hostil, agresiva contra su propia patria parece
ser un rasgo común, un «consenso» unánime de nuestra partitocracia como si
fuera para ella una posición de principio el antagonismo y la
incompatibilidad entre la democracia formal y la patria española. Reviste
todos los colores del iris hispano-masoquista: el silencio, el desdén, el
menosprecio, la adopción de las insidias y enconos foráneos y la colaboración
con ellos, la indiferencia hostil ante nuestros problemas más vitales. Tan
sólo así se explica la impasibilidad con que contemplan el hundimiento
económico que nos encamina raudos al subdesarrollo, la anarquía dueña de la calle,
la proliferación del terrorismo impune, la inmoralidad desbordante, el
descrédito y la mofa internacionales.
Índice elocuente de esta actitud es el más de un centenar de ultrajes
a la bandera que registra la Memoria de la Fiscalía del Reino, y los innumerables
posteriores, ante la pasividad y el silencio de Gobierno, partidos,
Parlamento, incluso del grupo de militares (a que se refiere don Prudencio
García en su artículo), quienes «en artículos periodísticos muestran un
evidente respaldo a la transición democrática». También habría que pensar en
el respaldo a la bandera y a la patria.
En tal posición aventaja a todos los partidos en límite inconcebible
el PSOE felipista, en el interior con su entrega a los separatismos
disolventes de España, y con el colonialismo ofrecido, la sumisión y la
injerencia brindadas al extranjero. Es sangrante su actitud en el problema de
Gibraltar. Desde sus primeras andanzas, cuando no podía soñar con el
encumbramiento a que le ha propiciado y aupado el Gobierno de la Corona,
comenzó sus gestiones y su oficiosidad probritánica. El profesor Tierno, en
unas increíbles declaraciones que parecen más propias de Mr. Callaghan o de
Mr. Owen, afirma que no puede mantenerse en su actual claustrofobia a
Gibraltar. El secretario de Relaciones Exteriores, señor Yáñez, después de su
visita —una de tantas del PSOE a los líderes gibraltareños—, formula una
crítica durísima al cierre de la frontera y a la política gibraltareña de
Franco y, sobre todo, de Castiella. Los
socialistas españoles aparecen más preocupados, más apasionados por la
apertura de la Roca que los mismos ingleses.
Fue bochornoso el solemne viaje de Felipe González, en unión de Yáñez
y de otros primates, a Londres, a fin de facilitar la ansiada apertura,
porque ni Callaghan ni demás prohombres se dignaron recibirle. No obstante,
con la resignada aceptación de todas las humillaciones extranjeras habitual
en nuestros políticos demoliberales, afirmó que su viaje había sido muy
positivo (es de creer que para los intereses del partido...). El Partido
Socialista de Andalucía, que anteriormente se ha pronunciado a favor de la
retrocesión de Ceuta y Melilla a Marruecos, comenzó su propaganda electoral
con la visita en Gibraltar a Mr. Joshua Hassan, sin duda para que le ayude en
la campaña.
Con su anglofilia, el PSOE está contradiciendo sus postulados de
defensa del proletariado. Sabe muy bien Felipe González que Gibraltar era una
auténtica colonia de explotación por el tipo agravado de las que
establecieron los gobiernos europeos en el Tercer Mundo, y decimos agravado
porque España no es todavía un país tercermundista y porque aquellas colonias
se impusieron por la fuerza, no fueron brindadas desde dentro; sabe que la
apertura significaría restablecer la riada de trabajadores andaluces a la
Roca sin los derechos laborales de que disfrutan todos los obreros europeos,
incluida la prohibición de pernoctar o permanecer en ella, a fin de que su
condición de raza inferior no contamine a la raza superior, anglosajona. Esta
claustrofobia es la que habría de preocupar a Tierno Galván. ¿Sabe el PSOE
que significaría restaurar el contrabando filibustero y la dominación
británica en toda la región, sujetando a ella también la nueva
industrialización del Campo de Gibraltar y su turismo? Y no hablemos de la
otra colonización inconfesable, bien conocida antes: la femenina, a expensas
de la miseria de la región y a cargo de los señores feudales de la Roca.
Es lógico el optimismo del Gobierno inglés y la afirmación socarrona
de Owen de que ahora es el momento más favorable para resolver el problema,
confiando sin duda en dos actitudes convergentes tan lamentables por nuestra
parte: la debilidad del ministro señor Oreja y el incondicional apoyo de la
«alternativa de poder», porque están flotando un poco estelarmente en nuestro
horizonte internacional de claudicación y de derrota dos fórmulas «ad hoc»:
una vaga declaración por parte británica insinuando la palabra «soberanía»
bastaría para la apertura total y el retroceso íntegro al statu quo anterior
a Franco, por parte del señor Oreja (UCD), el pequeño ministro de los grandes
fracasos, y para el gobierno de las renuncias internacionales; pero ni
siquiera esta concesión suicida es aceptada por los ingleses.
Otra declaración teórica reconociendo los derechos laborales de los
trabajadores españoles sería suficiente a Felipe González para rubricar el
pacto colonial, aun a sabiendas, como nos consta a todos, de su absoluta
ineficacia práctica. ¿Qué garantías de efectividad, qué derecho de huelga y
posibilidad de reivindicación sindical alguna les cabría a los obreros
nuestros en el medio colonial hostil de la plaza militar, cuando, pese a
declaraciones y compromisos internacionales suscritos, nuestros emigrantes en
los países europeos, que no son colonias, sufren la consideración más
vejaminosa de vida y trabajo, aunque no sepamos de gestión alguna en su favor
por parte de Felipe en sus viajes «reverenciales» a dichos países?
Utilizar la moneda falsa, la moneda cínica de una declaración
retórica de derechos en el papel, en los contratos de trabajo de nuestros
obreros gibraltareños, los cuales serían otros tantos serviles “contratos de
adhesión” de la época del «pauperismo» en el siglo XIX, para sellar un
compromiso —comparsa colonialista entre Albion y la «alternativa de poder»
sería otra defección entre tantas— a la causa de España y de los obreros por
parte de un partido que se llama «obrero y español» por sarcasmo.
En la cuestión de Gibraltar, el PSOE de Felipe queda muy por bajo de
su antecesor, porque aquellos socialistas de antes no sentían a España, y bien lo demostró Pablo Iglesias
poniéndose de parte del extranjero cuando la guerra de Marruecos y en otras
ocasiones, lo cual no puede extrañar dada su afiliación masónica y el
odio a España de la secta, pero aun así aquellos socialistas como Indalecio
Prieto, Fernando de los Ríos, etc., mantuvieron la bandera de la
reivindicación de Gibraltar, que ahora parece arriar el PSOE de Felipe González,
de Guerra, de Yáñez, de Múgica Herzog…
Carmelo VIÑAS Y MEY
Revista FUERZA NUEVA, nº 634, 3-Mar-1979
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