Buscar este blog

viernes, 31 de octubre de 2025

Demolición espiritual de España desde la “Transición”

Artículo de 1978

 EL ÚLTIMO ACTO  (El Referéndum)

 Ya está anunciado (1978) el último acto del espectáculo de ilusionismo que es la reforma política, el referéndum. En él se piensa escamotear definitivamente, por las artes de magia de la democracia, la televisión y la cibernética las más grandes realidades de nuestra vida y nuestra Historia.

 Se pretende hacer desaparecer en unas horas, haciendo cola, lo siguiente: 1) España como Nación Una, Grande y Libre; 2) Nuestra comunidad fundada en el hombre como portador de valores eternos; 3) La sociedad basada en las instituciones sagradas del matrimonio insoluble y la familia con deberes y derechos anteriores y superiores a los del Estado; 4) Nuestro pueblo unido en un Orden de Derecho respetuoso con las realidades espirituales superiores del bien común, de los principios permanentes del orden social, y de la supremacía absoluta inderogable de la Ley de Dios; todo suprimido por la voluntad y el juicio subjetivos de gobernantes que juraron defenderlo, del Partido Comunista, con Carrillo y la Pasionaria a la cabeza, y de unos pocos diputados, unidos con los anteriores en el consenso que lo ha dispuesto así, tal como aparece en la titulada Constitución 78.

 Las realidades superiores

 Los españoles siempre han entendido las grandes verdades superiores, y han procurado vivir de acuerdo con sus enseñanzas y mandatos. Nuestro pueblo, y nosotros, hemos dado testimonio de que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

 Palabras salidas de la boca divina son los nombres de cada nación y de cada persona humana. Esas palabras misteriosas y profundas, esos nombres, determinan el ser de los hombres y de las naciones. Enseñan la forma propia que les debe distinguir de los demás. Impulsan, con la fuerza del amor, hacia el cumplimiento del destino correspondiente a cada criatura. Dan por todo eso a las naciones y a los hombres, su peso, número y medida. Que es igual que decir: su libertad, su unidad y su grandeza características.

 El lema de la revolución española (*), revolución de signo cristiano, responde por ello completamente a la misteriosa vocación divina del “nombre”, de la palabra eterna que hace ser a nuestra Nación, como lo es, Una, Grande y Libre. En pos de esos ideales, hizo nuestro Movimiento popular y nacional su Guerra de Liberación, que la Iglesia católica, por la voz de altísimos jerarcas consideró Cruzada por la santa Fe. Por todo eso es tan atacada la revolución del 18 de julio, y por eso también es tan odiado el nombre de España por los poderes prepotentes de la tierra y las fuerzas y elementos a su servicio.

 Laicismo revolucionario contra las naciones y la civilización cristiana

 (…) La pretensión destructora es muy antigua, siendo España la primera en la lista de naciones señaladas para ser raída de la Historia. El empeño es lógico, desde que al comienzo de la Edad Moderna las clases dominantes revolucionarias de Occidente se propusieron crear un orden social y un mundo, entera y radicalmente profanos, exclusivamente humanos, sin ninguna referencia a Dios, rechazando la Buena Nueva que no sólo salva a los hombres sino que purifica y eleva incesantemente la moralidad de los pueblos que la aceptan.

 La crónica occidental, a lo largo de esa edad, fue una serie de éxitos en esa tarea, mediante la dominación material, la servidumbre moral y la explotación económica de los pueblos y los hombres rendidos enteramente a esa concepción política y cultural anticristiana. España fue una excepción, por la resistencia popular y el ascendiente del pensamiento y la educación tradicional, gracias a la antigua Iglesia, especialmente.

 Despotismo ilustrado para sofocar el espíritu

 Nuestro pueblo creyó siempre en las realidades superiores del espíritu y en las verdades salvadoras de la fe revelada. Las tenía como alimento de su vida -¡no sólo de pan vive el hombre!-, y por eso sentía y entendía los autos sacramentales, donde se personificaban el alma y sus potencias o virtudes. Y es sabido que el despotismo ilustrado de los Borbones suprimieron su representación, pese a la enorme popularidad y el éxito permanente de tales piezas de tales teatrales. Todo lo que en la vida y costumbres de nuestro pueblo fuera ocasión o estímulo para la exaltación de la fe, nobles sentimientos o elevadas creencias, había que extirparlo y enterrarlo. Y así se hizo con los autos sacramentales.

 El inicuo atropello, tan característico de los poderes sectarios y tiránicos, dueños de todo en la Edad Moderna, tiene una profunda significación. Esos poderes no podían tolerar que nuestro pueblo intuyese y saborease las supremas realidades de la vida y del espíritu, porque éstas, percibidas e incorporadas por los hombres a su conciencia, determinan la existencia de obstáculos sociales y humanos capaces de ofrecer resistencia, con éxito, a la dominación absoluta (por los nuevos poderes) de los hombres y los pueblos embocados y humillados con los erróneos principios del humanismo materialista anticristiano y sus sistemas políticos de falsas libertades para la imposición de los fuertes y los ricos.

 Constituciones sin Dios y revolución española

 El mundo no había presenciado otro espectáculo desde la mala Reforma, el Renacimiento paganizante y la Revolución francesa, que el de instituciones, costumbres y pueblos violentados y contrahechos paulatinamente por la acción incesante del empeño racionalista, explicitado por Rousseau, de cambiar la naturaleza humana y transformar a cada individuo en parte de un todo más grande del cual recibe el individuo su vida y su ser, con el designio soberbio de “instituir pueblos” regidos por las voluntades de hombres sin respeto al orden de las cosas creadas y la Creación. Todo por medio de Constituciones; es decir, de leyes hechas para imponer el arbitrario capricho de los imperantes sin acatar ni sujetarse a la Ley de Dios.

 Pero España ofreció al mundo, desde el 18 de julio de 1936, el espectáculo, desconocido hacía siglos, de un pueblo resuelto a exigir respeto a las realidades superiores y unos hombres dispuestos a reconocer el orden de las cosas creadas, porque “ninguna actividad humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios”. Porque “por la propia naturaleza de la Creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y de un propio orden regulado”. Y porque “se debe establecer y consolidar la comunidad humana según la Ley divina” (textos del Concilio Vaticano II ignorados y contradichos por obispos o dignatarios eclesiásticos españoles al dar “luz verde” a la Constitución 78, que los atropella).

 Esa fue la gran hazaña de la revolución española del movimiento popular que la impulsó, y del Estado de Justicia que ella estableció sobre el fundamento de los principios permanentes de la Promulgación de 1958.

 La demolición de las instituciones

 Nada de eso se podía consentir por los tiranos del mundo, por los empresarios del único espectáculo autorizado en la Edad Moderna, cuya más genuina representación, en punto a “constituir pueblos” -ideal democrático- haciendo a los individuos “partes de un todo más grande del cual reciban vida y ser” (“El Contrato Social”), corre a cargo de los sistemas comunistas, culminación lógica y perfecta de la de la democracia.

 De ahí que, al estilo despótico que en el siglo XVIII se prohibieron de un plumazo los autos sacramentales”, había que suprimir de varios plumazos, como se ha encargado de hacer el gobierno Suárez, el espectáculo histórico real de todo un pueblo, el español, dispuesto a vivir y a regirse de acuerdo con el orden propio de las cosas, sin violentarlas, esforzándose por “obrar según “aquello” para lo cual hemos recibido el ser para siempre los hombres, y el ser para la Historia las naciones”, ya que las instituciones privadas o públicas deben responder a las realidades espirituales, que son las más profundas de todas” (Concilio Vaticano II). (…)

 Vigencia y ejemplaridad de la revolución española

 Es grande, es bellísima la hazaña de la revolución española. Su vigencia como ideal y su necesidad como fuerza de acción hacia el futuro no es ya que persistan sino que se han agigantado con la brutal imposición de los poderes que han decretado acabar con el magnífico espectáculo que España ha dado al mundo, siendo fiel a su Historia y su misión, igual que lo dan, a los hombres y a los ángeles, todas las personas que se atreven a cumplir con humildad y valentía el plan de Dios acatando sus leyes. Lo dice la Escritura.

 Últimos actos de la fantasmagoría en escena

 Hoy por hoy, esperamos que por poco tiempo, el espectáculo asombroso de España proclamándose Nación católica, pese a la miserable cobardía de muchos clérigos y obispos, ya no produce escándalo al mundo esclavizado por los poderes imperialistas y sangrientos de la Contrahistoria. Con la Constitución 78 se acabará. Ahora ofreceremos dócilmente a ese mundo el espectáculo de ilusionismo con que van escamoteándose las realidades y la Historia de España. Su último acto ya está anunciado con el título de referéndum.

 Los estrépitos que distraen la atención -como en los juegos truhanescos- son los crímenes terroristas y separatistas. El paño bajo el cual se realizan los trucos de prestidigitación viene siendo el escudo bajo el cual se ocultó el de España en nuestras Cortes. Porque tras el prestigio de la monarquía resulta más fácil ocultar sorpresas. Cosa que permite augurar que, en el epílogo del festival ilusionista en escena, baste retirar sus emblemas para que aparezca nuestro pueblo dando el más bajo espectáculo de los sometidos a la tiranía sin rostro de las organizaciones cuyos grandes poderes y medios sin escrúpulos suprimen los ámbitos de libertad, con dignidad, que en el mundo actual son las naciones como España. Somos innumerables, sin embargo, los que esperamos que no sea la fantasmagoría lo que prevalezca sino las grandes realidades de España y su revolución nacional.

 Jaime MONTERO


Revista FUERZA NUEVAnº 621, 2-Dic-1978

 

(*) “Revolución española”: equivaldría a algo como “radicales aspiraciones cristiano-tradicionales del Régimen del 18 de Julio”


miércoles, 29 de octubre de 2025

Acción Española en el recuerdo (E. Vegas Latapie)

 Artículo de 1976

 EUGENIO VEGAS LATAPIE, MAESTRO INCANSABLE (CON “ACCIÓN ESPAÑOLA” AL FONDO)

 Es Eugenio Vegas Latapie. Un pedazo de nuestra historia más inmediata. Un hombre íntegro que ha cumplido sesenta y nueve años el veinte de febrero último, sin variar un ápice de sus ideales y de sus esperanzas desde que, en los tempranos años de su juventud, al acabar el bachillerato, fundase la revista “Cruz y Verdad”. De él ha dejado escrito el ilustre ensayista nicaragüense Pablo Antonio Cuadra: “Su proselitismo hizo posible la agrupación en fe, en ideales y en acción, de mentalidades gloriosas como Calvo Sotelo, Maeztu, Pradera…”

 Vegas Latapie, en 1930 y en el curso de una conferencia que pronuncia en Santander, alude críticamente al general Primo de Rivera, al no haber sabido dar un contenido doctrinal a su obra de Gobierno. Publica su primer libro en el año 1932: “Catolicismo y República”. En sus páginas se combate a quienes propugnaban la incorporación de los católicos al nuevo régimen, planeando, al mismo tiempo, la reconquista de la Academia de Jurisprudencia, baluarte republicano desde hacía varios años.

 Vegas Latapie publica en el periódico “La Época” -madrileño- más de un centenar de editoriales. De él ha dejado escrito José Félix de Lequerica: “Hombre providencial, sin cuyo idealismo pragmático y ejecutivo no tendríamos montado el aparato espiritual la gran revolución reformadora de nuestra Patria”.

 Tanto en la preparación del Alzamiento como en la misma guerra, Vegas Latapie participa activamente. Antes, en 1935, ha publicado “Romanticismo y democracia” y, posteriormente, una “Antología de Acción Española”. Después vendrán “El pensamiento político de Calvo Sotelo” y “Escritos políticos” (este último recoge algunos de los editoriales de “Acción Española”), recién acabada la guerra. Es preceptor del príncipe Juan Carlos de Borbón durante una carta temporada en los años 40 en Lausana (Suiza). En 1955, tras múltiples vicisitudes políticas, consigue el reingreso en el Consejo de Estado, del que se le había apartado. En 1958 establece contacto personal con Jean Ousset, fundador de “La Cité Catholique”, que dará como resultado, posteriormente, la fundación de una editorial y una revista en España. El 14 de diciembre en 1965 ingresa oficialmente en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

 ***

-El primer número de “Acción Española” salió el 16 de diciembre de 1931. Por esas mismas fechas estaba en marcha la organización de la Sociedad Cultural del mismo nombre, que inició sus actividades en febrero de 1932, en el mismo local que hoy (1976) ocupa la Sociedad de Autores, con una conferencia de Ramiro de Maeztu.

 -“Acción Española” nació de la confluencia de tres iniciativas distintas, pero de gran semejanza. Ramiro de Maeztu proyectaba la publicación de una revista consagrada a exponer y propagar los ideales que alentaron y forjaron la Hispanidad. El marqués de Quintanar pensaba en una revista declaradamente monárquica, defensora de la persona de don Alfonso XIII y bajo el influjo doctrinal del Integralismo portugués, creado por Antonio Sardinha. Por último, yo venía soñando con una revista doctrinal, de gran nivel científico, que defendiera y propagara los principios básicos del Derecho Público Cristiano, principios que habían sido propugnados casi exclusivamente por los grandes maestros del Tradicionalismo español. Para la defensa y difusión de la doctrina contrarrevolucionaria, se habrían de emplear argumentos estrictamente racionales y científicos, relegando para las concentraciones de masas los alegatos de inflamado lirismo y las remembranzas heroicas y epopéyicas.

 - “Acción Española” nació para salvar a España del abismo a que la arrastraban los falsos principios que desde fines del siglo XVIII venían sustentando sus clases directoras. Los fundadores de “Acción Española” estábamos convencidos de estas dos máximas: una, que las ideas gobiernan a los pueblos y, otra, que los pueblos son lo que quieren sus gobernantes. Por ello, dedicó sus esfuerzos a desintoxicar a las clases directoras de los falsos dogmas que servían de base a su pensamiento, sembrando al mismo tiempo en su lugar los principios salvadores del Derecho Público Cristiano.

 Ideales de “Acción Española”

 -Los ideales de “Acción Española” se compendian en el trilema “Dios, Patria y Rey”, que siempre había defendido la Comunión Tradicionalista. Los tres términos del trilema conservan perpetua validez aunque ocasionalmente pueden ser silenciados y desconocidos. Ahora bien, esos términos no son iguales ni se puede alterar su orden caprichosamente. Dios es lo primero y lo principal, y el Estado debe reconocer y garantizar el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo. Después de Dios está la Patria, conjunto y asociación de familias, municipios, regiones, clases, instituciones, corporaciones, con vida y leyes propias, con sus fueros, libertades y franquicias tradicionales. Después de la Patria está el Rey, que obedezca la voluntad de Dios y respete las leyes y fueros de su pueblo.

 -Para “Acción Española” la verdad y excelencia de la Monarquía se demuestra como teorema, pero rechazaba todo atisbo de regalismo pagano que diviniza al Rey e hizo suyo el aforismo medieval de que “los reyes son para los pueblos y no los pueblos para los reyes”.

 ***

En “Acción Española” colaboraron falangistas, monárquicos, alfonsinos, carlistas, e incluso miembros de la C.E.D.A. ¿Por qué así, siendo que en el ideario de estos grupos había de hecho importantes diferencias?

 -En efecto, en la sociedad y revista “Acción Española” colaboraron una serie de escritores que pertenecían a los grupos políticos que menciona. Pero todos estaban unidos en los principios básicos fundamentales. Desaparecidos los partidos políticos de la Restauración, al proclamarse la República el 14 de abril, sus componentes siguieron tres diversas direcciones: uno se adhirieron a la recientemente proclamada República; otros se apartaron de las lides políticas, y por último, otros, siguiendo a Goicochea y a Vallellano, se alistaron en la agrupación fundada por Ángel Herrera con el nombre de Acción Nacional, a las pocas semanas del cambio de régimen. A este recién nacido partido se acogió la masa de los monárquicos alfonsinos, los tradicionalistas de todas las tendencias y elementos católicos y de orden no adscritos a ningún grupo político concreto. Durante los primeros meses de su existencia, Acción Nacional constituyó el único refugio para los elementos de orden; fue una auténtica “unión de derechas”.

 Pronto se desgajaron los tradicionalistas que, a la muerte de su caudillo don Jaime, en octubre de 1931, unificaron sus diversas ramas jaimistas, integristas y mellistas, reconstituyendo el Partido Tradicionalista del venerable don Alfonso Carlos, hermano de Carlos VII. El nuevo caudillo, en carta de octubre de 1931 dirigida a don Alfonso XIII le decía: “Ya que no tengo sucesión y soy tan viejo, no se trataría más que de un corto paso entre nuestra rama y la tuya. Yo no figuro más que como el puente”. En efecto, al extinguirse la línea masculina del carlismo, habría de acudirse, conforme a la Ley Sálica, a la descendencia del Infante don Francisco de Paula, hermano de Fernando VII y Carlos V, cuyo hijo Francisco de Asís fue esposo de Isabel II y padre de Alfonso XII.

 Una vez recaída en Alfonso XII y su descendencia legitimidad de sangre u origen, tan sólo faltaba que también se diera en esa línea la legitimidad de ejercicio, mediante el repudio por sus titulares de los principios liberales y revolucionarios. A la trascendental labor de “monarquizar” y “desliberalizar” a los monárquicos alfonsinos, y en lugar principal al entonces Príncipe de Asturias don Juan de Borbón y Battenberg, dedicó Acción Española atención preferente. Sus intensas campañas hacían presagiar los mejores resultados. En sus filas colaboraban, en comunión de ideales, alfonsinos como el marqués de Quintanar, Ramiro de Maeztu, José María Pemán, José Calvo Sotelo, Pedro Sainz Rodríguez, Jorge Vigón…; tradicionalistas como Víctor Pradera, el conde de Rodezno, Marcial Solana…

 No había discrepancias entre alfonsinos y carlistas de “Acción Española”, pero tampoco con los afiliados a la CEDA que colaboraban con sus trabajos, Ibáñez Martín, Marqués de Lozoya, Fernández Ladreda… cosa que no es de extrañar, ya que la casi totalidad de los afiliados a la CEDA eran y seguían considerándose monárquicos alfonsinos.

 En cuanto a los elementos falangistas, Montes, Sánchez Mazas, Giménez Caballero… que colaboraron en “Acción Española”, también compartían sus ideales fundamentales. Por los días en que se fundaba Falange Española, escribió Eugenio Montes: “En medio de un paisaje desolado, vencido a la intemperie, comenzó “Acción Española” a edificar para lo que todos creíamos un mañana lejanísimo. Desde esta Covadonga de “Acción Española” estamos reconquistando España”.

 José Antonio Primo de Rivera tan sólo asistió a dos banquetes organizados por “Acción Española”: uno, en 1933, en honor de José María Pemán; y otro, en febrero de 1935, el honor de Eugenio Montes, en el que pronunció un inédito y magnífico discurso, cuyo texto taquigráfico conservo. Pero su discurso fundacional de la Falange fue reproducido íntegramente en la revista “Acción Española” bajo el título de “Bandera que se alza” (…).

 -Ramiro de Maeztu, Víctor Pradera y Calvo Sotelo, principales mártires de “Acción Española”

 Maeztu fue, en decir de Montes, quien encendió la zarza mosaica de la Hispanidad: jerarquía, servicio, hermandad, principios capitales en la predicación de Maeztu. También la denuncia y refutación reiterada y contundente de la Revolución y del comunismo. Maeztu era una excepción en el desierto intelectual de los tiempos de Primo de Rivera. Fue gravísimo error de éste el haber enviado a don Ramiro de embajador a Buenos Aires, en lugar de haberle facilitado tribuna y medios abundantes para propagar su pensamiento y sus escritos. El recuerdo que conservo de Maeztu es el de un profeta y mártir de la civilización cristiana, que enardecía a sus jóvenes oyentes impulsándoles a seguir la cuesta arriba hasta alcanzar el Calvario y la Cruz.

 Víctor Pradera, ingeniero de caminos y abogado, diputado a Cortes varias veces y vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales cuando fue asesinado, fue un integérrimo defensor de los ideales tradicionalistas. Su razonamiento era rectilíneo y aplastante y de una ejemplar inflexibilidad. Pese a pequeñas discrepancias, fue total nuestra compenetración. Fue concurrente asiduo a la tertulia de “Acción Española” y todos los presentes nos sentimos un día sacudidos cuando repentinamente Maeztu le interrogó: “Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a Vd. y a mí?” Irreparable desgracia para España ha sido que el general Primo de Rivera diera de lado las ponencias que a su petición le envió Pradera sobre organización del Estado en las primeras semanas del advenimiento de la dictadura militar. Su principal colaboración en la revista consistió en su magistral estudio sobre “Los falsos dogmas” y la serie de artículos que luego se editaron con el título de “El Estado Nuevo”.

 Calvo Sotelo fue el colaborador cuya firma aparece más veces en la colección de “Acción Española”. Aparece en el número uno y también en el último, correspondiente a junio de 1936. Sobre la evolución del pensamiento político de Calvo Sotelo, pronuncié en 1940 una conferencia en la Real Academia de Jurisprudencia, que posteriormente se publicó en un volumen. Calvo Sotelo era el jefe consagrado y reconocido por todos del Movimiento Nacional. En un álbum de homenaje póstumo, alguien escribió:“Nosotros le queríamos para gobernante; Dios lo ha escogido para mártir; los caminos de Dios son siempre los mejores”. En el banquete que le ofreció “Acción Española”, en mayo de 1934, al regresar a la Patria después de tres años de destierro, Calvo Sotelo dijo textualmente que: “Acción Española” ha realizado una labor formidable y precisa. Y añadía: “El milagro de “Acción Española” le hacía merecer un alto título de gratitud de España por haber llevado a las clases intelectuales a las derechas o por haber intelectualizado a las derechas”. De los tres grandes mártires de “Acción Española”, tan sólo me cupo el tristísimo honor de velar el cadáver de este último. Durante una hora permanecí en compañía de Ramiro de Maeztu y otras personas junto al féretro del protomártir, contemplando el impresionante desfile de una multitud de llorosa y sedienta de justicia por la sangre del justo. Esto ocurría en la tarde del martes 14 de julio de 1936.

 -¿Cuáles cree que fueron las causas principales de la caída de la monarquía liberal?

 Como causa remota cabe señalar la difusión en el siglo XVIII de doctrinas enciclopedistas y revolucionarias entre las clases directoras españolas. En el reinado de Carlos III se sembraron las semillas que, al fructificar hicieron triunfar los principios revolucionarios en las Cortes de Cádiz, iniciándose así la era de las revoluciones. Por eso, Ramiro de Maeztu calificaba los siglos XVIII y XIX de “dos siglos traidores”. Tras una serie de luchas, la ideología revolucionaria ha terminado por invadir todos los ambientes. A esta universal intoxicación se refería Menéndez Pelayo en 1910, al exclamar: “Hoy contemplamos el lento suicidio de un pueblo engañado mil veces por gárrulos sofistas…”

 Podrían señalarse causas próximas, como las bases de la restauración canovista, la pérdida de Cuba y Filipinas, la destitución de Maura como jefe de Gobierno en 1909, para aplacar a elementos revolucionarios; pero, en mérito a la brevedad, nos limitaremos a la implantación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923.La impopularidad del régimen entonces existente era tan grande que la nación acogió con aplauso el golpe de Estado que puso fin al pistolerismo que sembraba el espanto en Barcelona y otras localidades. También la Dictadura resolvió la sangrienta pesadilla de Marruecos, mejoró la Hacienda, realizó importantes obras públicas, pero no supo preparar su futuro.Primo de Rivera eraun dictador sin doctrina y por tanto no pudo dársela a España. Extirpó la anarquía pero dejó vivas sus causas. Al abandonar el poder, en enero de 1930, era muy positivo su balance con el sólo gravísimo error de su total carencia de doctrina.

 A la caída de Primo de Rivera, las clases directoras, que con tanto entusiasmo habían acogido su advenimiento, no tuvieron otro programa que el “retorno a la normalidad”. Esa normalidad consistía en resucitar el desacreditado y funesto régimen liberal derribado por la Dictadura. El Gobierno que sucedió a Primo de Rivera estaba constituido por antiguos políticos empeñados en restaurar el régimen de partidos, tan desacreditado antes del golpe de Estado. La casi totalidad de los ministros eran escépticos respecto a la virtualidad de la Monarquía y su obsesión era la de contemporizar con los elementos revolucionarios, sirviéndoles y halagándoles en toda circunstancia.

 El mismo rey estaba contagiado con el error imperante: “Monarquía o República, da lo mismo”, dijo Alfonso XIII, en un discurso público, en octubre de 1930, explicando con ello su actitud del 14 de abril del siguiente año.

Criticando el regio escepticismo, se irguió Víctor Pradera, proclamando a grandes voces, que aún resuenan en mis oídos, que República o Monarquía no eran lo mismo; que la Corona no era del rey, sino de España, y que éste no podía jugar con ella.

 El 14 de abril de 1931 se abrieron las esclusas que venían conteniendo a las corrientes revolucionarias, y tras cinco años de tropelías, incendios y desmanes, estalló la guerra civil. Porque no daba lo mismo Monarquía que República, Víctor Pradera fue asesinado en septiembre de 1936. Alfonso XIII era patriota y valiente pero no creía en las virtudes de la Monarquía; nadie se las había enseñado ni él las supo deducir de la experiencia. La Monarquía liberal cayó por indefensión mental. El liberalismo había conducido al escepticismo respecto a la Monarquía. Por falta de fe en ella, nadie luchó en su defensa. Frente a tanto escepticismo, yo afirmo que la verdad de la Monarquía se demuestra como un teorema, aunque las razones a su favor son tan profundas que no están al alcance de la mayoría de las gentes.

 ¿Sigue opinando que la democracia, según la concepción de la Revolución Francesa, será perjudicial a España?

 Sigo creyendo que la democracia es el mal y muerte de las naciones y que a la larga resultará fatal a todos los países.“La democracia disolviendo el Imperio Británico” era el título de un artículo publicado en 1928, que no puedo releer sin asombrarme del acertado diagnóstico. El creciente y endémico desorden que perturba a casi todos los países occidentales es consecuencia de las instituciones democráticas que las rigen. Hace más de medio siglo que Splenger escribió que lo que llaman orden las Constituciones liberales no es más que la anarquía hecha costumbre. En ellos los ciudadanos pacíficos y trabajadores viven en constante zozobra en tanto que campan por sus respetos los asesinos y ladrones estimulados y amparados por un falso y disparatado concepto de dignidad humana tan piadosa para con los criminales como sorda y ciega para con sus víctimas.(…) Las llamadas monarquías a la moderna no son tales monarquías sino formas crepusculares y circunstanciales que terminarán desembocando el totalitarismo comunista. (…)

 Ferviente deseo

 Don Eugenio Vegas Latapie recuerda a los que un día estuvieron con él y defendieron la misma causa (Pemán, Areilza…)  que han venido en ser los oportunistas de siempre, y se le entristece el alma.

 -Estoy separado de toda actuación política, por muy graves razones, desde 1947, fecha en que renuncié al cargo de secretario político del conde de Barcelona. Desde entonces vivo en el terreno puro de los principios, contrastando mis arraigadas condiciones con las enseñanzas de la vida diaria y de la Historia. Mis convicciones son inmutables por basarse en principios que considero verdades absolutas. Siempre estimé muy difícil el triunfo de mis ideales, incluso en las trágicas pero esperanzadoras vísperas del Alzamiento Nacional. Mi constante pesimismo obedecía al convencimiento de que las doctrinas erróneas aun seguían infectando a la gran mayoría de los componentes de las clases directoras, no obstante la ingente y sufrida labor de desintoxicación intelectual realizada por Acción Española. De esos temores y pesimismo dejé constancia pública en el editorial que salió en cabeza de la “Antología de Acción Española”, publicada en 1937, con encomiásticos elogios del general Franco y el cardenal Gomá, primado de Toledo. Meses después fue prohibida por las autoridades (época de Serrano Suñer) la reaparición de Acción Española. Con gran diligencia se impidió que sus principios se propagaran en prensa, radio y en la Universidad.

 He sufrido mucho en defensa de mis ideales, que hoy (1976) contemplo en posición peor a cuando inicié mis  trabajos. Por añadidura, la casi totalidad de mis amigos de antaño se han ido separando para ocupar posiciones más ventajosas. Ante semejante panorama siento la tentación de rendirme (…). Para bien de España desearía que mis doctrinas fueran falsas. Estoy deseando rendirme a la evidencia de la falsedad de los principios que he servido toda mi vida. Siempre gozaría del inefable consuelo de pensar que Dios conoce hasta lo más recóndito de nuestras intenciones y que todo cuanto he dicho y hecho lo he realizado en cumplimiento de lo que creía mi deber para con mi Dios y con mi Patria. (…)

 Javier Badía

 

Revista FUERZA NUEVAnº 490, 29-May-1976


martes, 28 de octubre de 2025

Hacer apóstatas, en vez de mártires

Artículo de 1970, cuando el Este de Europa era comunista

 DESTRUIR DESDE DENTRO

 Muchas veces hemos pensado ¿qué sentirán los hombres que, bajo el comunismo, han sufrido persecución por la fe, cuando llegan Occidente y pueden apreciar la degradación doctrinal y disciplinaria de ciertos medios eclesiásticos?

 El “Periódico de la Iglesia que sufre” nos facilita un testimonio impresionante de esta situación. Se trata del diario de un sacerdote checoslovaco, que padeció doce años de prisión en las cárceles comunistas. El 8 de febrero de 1960, al ser puesto en libertad, expresa la tristeza en que se ha transformado la alegría de su liberación, al serle comunicado por la policía que no puede ejercer su función sacerdotal. En 14 de marzo, anota su angustia al comprobar que, después de la dura jornada de trabajo manual, no es capaz de realizar un esfuerzo espiritual. “Sé, dice, que el sacerdote sólo tiene obligación de celebrar la misa algunas veces en el año. No tengo, pues, la obligación de celebrarla todos los días. Pero ¿se puede hablar de obligación cuando yo siento que se trata de una necesidad de mi alma? Así no puedo continuar. Corro peligro de convertirme en un ex sacerdote”.

Peligro que, al parecer, no inquieta a esos sacerdotes que, con toda libertad para cumplir su ministerio sacerdotal, se encuentran absorbidos por el afán de “encarnación” en el mundo, y subordinan la misa, la oración o los sacramentos al mitin, la reunión del comité, la manifestación subversiva y la propaganda política. A estos no les preocupa convertirse en ex sacerdotes y muchos lo son, de hecho.

 El sacerdote checoslovaco consigue pasar a Occidente. Por fin vuelve a la Iglesia de la libertad. Su desconcierto ante el panorama eclesial que encuentra es angustioso. En la anotación del 13 de mayo de 1968 lo describe así: “Los sacramentos considerados signos mágicos y no realidad; la busca de un Jesús histórico del cual no alcanzamos a saber nada; la desmitización de la Sagrada Escritura. Cualquier observación acerca del “magisterio intrigante disipado” obtiene siempre un aplauso estrepitoso… En mi patria, en Checoslovaquia, con la mitad de semejantes ataques al Papa y contra nuestros reverendísimos obispos me hubiera ganado inmediatamente la liberación de la cárcel y hasta es posible que hubiera llegado a miembro del Gobierno. De cualquier forma hubiera tenido la vida fácil”.

 En 1969 se traslada a Holanda. Allí es alojado en una casa del clero con otros 24 sacerdotes. Se celebra una sola misa al día, en una capilla que le parece un crematorio. Mucho menos acogedora que las habitaciones de los sacerdotes. Se le dice que puede celebrar la misa cada quince días. ¿Para eso el sacerdote checoslovaco ha sufrido persecución durante tantos años? 

En el diario añade un comentario que dejo a la valoración de los lectores: “Qué torpes son nuestros perseguidores comunistas con su violencia. En Occidente, con otros métodos que no alcanza a comprender, Satanás ha logrado un éxito mayor…”

 Hacer apóstatas, en vez de hacer mártires…  ¿Qué tolerancias son las culpables? 

Juan Nuevo


Revista FUERZA NUEVA, nº169, 4-Abr-1970

 

lunes, 27 de octubre de 2025

Los grandes responsables de la caótica “Transición”

 Artículo de 1978

 LOS GRANDES RESPONSABLES

 EL balance terrorista de la semana del 12 al 18 de noviembre (1978) fue de lo más trágico: cuatro muertos, entre ellos dos miembros de la Guardia Civil y el magistrado del Supremo don Francisco Mateu Cánoves. Pero la ola de terror no se extingue: a continuación han caído asesinados por ETA otros dos policías armados, habiendo resultado también otros varios gravemente heridos.

 Unas horas antes de ser aprobada por el Congreso la desdichada Constitución, cayeron asesinados un general y un teniente coronel del Ejército. ¡Con qué negros presagios se pretende inaugurar este mamotreto legislativo del «consenso»!

 Cuando se cometió este último crimen citado. Carrillo dijo cínicamente: «EI Ejército ha derramado su sangre por la Constitución, por la democracia y por la libertad.» Tremenda mentira, en boca de ese siniestro personaje, que lamenta la muerte de dos miembros de nuestro Ejército y no se inmutó ante los asesinatos de tantos militares y españoles de toda condición que, en número de doce mil, fueron inmolados en Paracuellos del Jarama por ser contrarios a las ideas de ese ladino comunista con cara de canónigo. Este es uno de los primeros responsables de la actual situación.

 También le alcanza, y no poca responsabilidad, al vicepresidente Gutiérrez Mellado, colaborador eficaz con la más alta esfera de «este país» en su tarea de eliminar de los cuadros de mando a dignos militares, por el «delito» de ser fieles a la memoria de Franco.

 Igualmente responsable es el presidente Suárez, ese audaz y advenedizo político de última hora, ex falangista renegado, que de forma tenaz e insensata está empeñado en convertir a España en. una desgraciada democracia, donde todo separatismo, terrorismo, inmoralidad y crimen tienen su asiento.

 Grandes responsables son todos los marxistas, como el quejumbroso Tierno y el señorito Felipe, que a pesar de ser antimilitaristas aplauden al Ejército en los desfiles, y siendo ateos asisten a funerales y se unen a fuerzas políticas de toda ciase para conseguir su objetivo final: la liquidación del Ejército, la ruina de la industria y el campo y la abolición de la propiedad para llegar a su meta última: la dictadura del proletariado.

 Enorme responsabilidad la de ese separatista vasco, exponiendo ante una Cámara que le escuchó en cobarde silencio, especies como la que de las bombas, los tiros en la nuca, los secuestros y la «caza» de los policías armados y los guardias civiles son consecuencia del escaso grado de democracia reinante, que impide acceder a los forajidos autores de esos atentados a los puestos de la Administración autonomista.

 Responsable en grado sumo es el parlamentarismo, y también lo son los partidos políticos del «consenso», empeñados en salvar a toda costa la democracia, único objetivo que les preocupa, mientras tantas vidas están cayendo sesgadas por el terrorismo, sin dictar medidas para impedirlo, sino únicamente expresar «repulsas» y simples palabras.

 Responsable resulta también el mismo Fraga, que con su incalificable camaradería con marxistas, comunistas y traidores de toda clase ha provocado la desunión de la derecha española, que le dio su voto, que no lo volverá a obtener ya nunca.

 Bajo el desgobierno de esta infausta democracia han caído asesinados militares de todos los grados, miembros de la Guardia Civil, de la Policía Armada y de la gubernativa, personalidades civiles y honrados ciudadanos, que en incontable número han perdido inútilmente sus vidas y no precisamente en defensa de la democracia, pues este desgraciado sistema, en el que imperan el fraude, el crimen y la impunidad, no se consolidará jamás.

 Resulta indignante que un militar, el vicepresidente del Gobierno, señor Gutiérrez Mellado, cuando estaba todavía reciente el vil asesinato de un general y un teniente coronel de su propio Ejército, se permitiese manifestar que «todavía debemos esperar nuevas víctimas». Efectivamente, su vaticinio se está cumpliendo ampliamente, y es un buen consuelo para las viudas, huérfanos y familiares de todos los caídos en esta lenta pero continua guerra civil.

 Hago mías las palabras del liberaldonjuanista «ABC», al decir que el terrorismo sólo prospera en regímenes totalmente corrompidos. Y dice bien, porque el régimen que impera en esta mini-España es de completa putrefacción.

 ¿Cómo hemos consentido el llegar a este extremo? ¿Por qué no se han dictado medidas eficaces para acabar de una vez para siempre con tanto crimen? ¿Por qué razón no se aplica el máximo castigo a los asesinos de ETA, GRAPO, FRAP y sus satélites, cuyas organizaciones imponen la pena de muerte y eligen sus víctimas?

 Basta ya de palabrerías y de inútiles manifestaciones de «repulsa». Debemos exigir, como valientemente ha expresado Fuerza Nueva, la inmediata destitución de este Gobierno, ineficaz, incompetente y quizá cómplice en la situación actual, y la formación de un equipo de salvación nacional que ataje la catástrofe antes de que sea demasiado tarde.

 Y yo añadiría: que ese Gobierno decrete la revisión de los procesos que se siguieron a todos los delincuentes y asesinos y que la injusticia democrática puso en libertad con insensata amnistía, y también que en lo sucesivo se aplique la pena capital a todo aquel que ocasionare la muerte de cualquier miembro de las Fuerzas Armadas o de español pacífico cualquiera. ¿Venceremos a este Frente Popular que se ha adueñado de los destinos de España? El tiempo lo dirá y tengamos fe en el porvenir.

 Higinio CEPEDA


Revista FUERZA NUEVA, nº 620, 25-Nov-1978

 

domingo, 26 de octubre de 2025

El abandono del obligatorio velo de la mujer en el templo

 El milenario y obligatorio velo de la mujer en las iglesias fue abandonado, con dejación de autoridad, tras el Vaticano II; coincidiendo con el abandono de la sotana por los clérigos 

 EL VELO DE LA MUJER EN EL TEMPLO

 Carta abierta al reverendo padre director de “El Mensajero del Corazón de Jesús"

 Respecto de la cuestión del velo de la mujer en el templo, cuya opinión leí en uno de sus números de la revista, me permito y tengo el honor de responder lo que sigue:

 El canon 1262 (*), a mi entender, no trata de consejo, sino de Ley. «Mulieres, capite coperto et modesto vestltae», sobre todo al recibir la Comunión.

 Dice «El Mensajero» que existe una «frase de San Pablo».... Yo creo que existen varias, tantas cuantas razones aduce el Apóstol para llegar a la persuasión de lo que prescribe. (l.ª Ad cor. 11, 2) «sicut tradidi vobis, praecepta mea». El griego traduce las tradiciones. Santo Tomás dice que este lugar sirve para confirmar el Dogma Católico de las Tradiciones de la Iglesia, aun aquellas que pertenecen a la Disciplina, de que aquí se trata. En la Constitución sobre la Divina Revelación número 8 del Concilio Vaticano II se lee «que los apóstoles, al transmitir lo que ellos mismos han recibido amonestan a los fieles a que custodien las Tradiciones que han aprendido de palabra o por escrito». Este es el exordio del Apóstol para decir lo que sigue: «Toda mujer que ora... con la cabeza descubierta, deshonra su cabeza porque el velo es una señal de sujeción, propia de la mujer al varón, que es cabeza de la mujer, puesto que ella fue formada del varón y para el varón, siendo gloria de él

 Continúa el Apóstol: «Debe la mujer traer sobre la cabeza la divisa de la sujeción. Y también, por respeto a los ángeles. En Isaías 6, 2, se lee: «Alrededor del Solio (del Señor) estaban los serafines; cada uno de ellos tenía seis alas: con dos cubrían su rostro»... (En señal de adoración y respeto.) ¡Los ángeles cubiertos  sus rostros por respeto y adoración a su Divina Majestad! ¿Y las mujeres descubiertas su cabeza? Por eso dice el Apóstol: «por respeto a los ángeles». Los ángeles, modelos de adoración a Dios. ¡Que les imiten las mujeres en lo que es tan digno para ellas!

 Otros interpretan «propter angelos» aludiendo a los Sagrados Ministros que también son llamados ángeles por la pureza y santidad de su ministerio.

 Dicen algunos que no hay que dar tanta importancia a este asunto porque es cosa meramente disciplinar. Y hay que preguntarse: ¿Este precepto del Santo Apóstol no tendrá alguna relación con la moralidad específica de la mujer en la asamblea cristiana?¿Por qué el Código equipara a la modestia del vestido el cubrirse la cabeza? En efecto, esta idea la corrobora San Pablo cuando pregunta: «¿Decet...? ¿Es decente...? Esta palabra en boca del

Apóstol nos asombra. Porque la decencia o indecencia son conceptos que atañen directamente a la moralidad o inmoralidad de los actos.

 Es cosa sabida que la belleza femenina radica principalmente en el rostro y en el peinado. Dios, por medio de la naturaleza, enseña a la mujer a cubrir su belleza, para no dar ocasión de pecado, con el velo de su larga cabellera. Razón, pues, tiene San Pablo al hablar de la indecencia específica de la mujer en el Templo del Señor donde todo debe respirar modestia, recogimiento y oración. Razón tiene igualmente el canon 1262.

 No se encuentra en San Pablo otro texto más apremiante que éste para llevar la persuasión sin reservas, en lo que prescribe en esta materia al parecer, ¿sin importancia?

 Previendo todas las objeciones en el futuro, termina el Apóstol: «Si, no obstante nuestras razones, alguien se muestra terco, le diremos que nosotros (el pueblo hebreo, el pueblo de Dios) no tenemos esa costumbre. (Las buenas costumbres son el objeto de la moral.) Y continúa: «Ni la Iglesia de Dios.»

 Es de tener en cuenta que este asunto disciplinar es el de más larga tradición en el pueblo de Dios. Es muy significativo lo que le ocurrió al gran Patriarca Abraham, con el que Dios hizo su pacto de alianza (Génesis, 20). En el versículo 16 se lee que el Rey de Gerara dijo a Sara, esposa de Abraham: «Mira que he dado a tu esposo mil monedas de plata para que en cualquier lugar que vayas tengas siempre un velo sobre los ojos (en señal de casada) delante de todos aquellos con quienes te hallares...», lo que prueba, que es Tradición y Sagrada Escritura del Antiguo Testamento, así como también es palabra de Dios oral y escrita en el Testamento Nuevo. Otra prueba es que nuestra Santa Madre la Iglesia continúa la Tradición en el Velo nupcial.

 «Qui spernit modica, paulatim decidet», dice el Espíritu Santo (Eclesiástico, 19, 1). No despreciemos las cosas pequeñas para no caer en otras mayores. Y, en efecto, esas mujeres irreverentes son las primeras que salen de la Iglesia después de comulgar, sin tiempo de rezar ni breves Padrenuestros en acción de gracias, al paso que con su desenfado van abriéndose camino a otros géneros de inmodestia en la Casa del Señor.

 Por otra parte, no hay derecho a llevar el escándalo y la interior indignación a otras almas más comprensivas y respetuosas con el Señor. Muchas señoras nos muestran su desagrado ante tal provocación. Hoy más que nunca hace falta la unión. ¿Por qué se ha introducido en la Asamblea cristiana esa cuña de desunión? ¿Cómo se atreven—dicen las cristianas sensatas—a recibir al Señor, cubierto con los Velos Eucarísticos, ocultando su Divinidad y su Humanidad, por un acto de Humildad Infinita, ellas, descubierta su cabeza, en signo de vanidad y ostentación?

 Si de una palabra ociosa, Dios nos pedirá cuenta, imaginémonos la de miradas y pensamientos que pueden correr en la Asamblea Santa. (…)

 Suyo afectísimo en el Señor.

 ANTONIO MENCHERO, Pbro.


 Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

(*) Antiguo Código de 1917


sábado, 25 de octubre de 2025

La Tradición teológica, jurídica y popular (...2) (Vázquez de Mella)

 

LA TRADICIÓN TEOLÓGICA, JURÍDICA Y POPULAR  (2)

DON JUAN VAZQUEZ DE MELLA TRAIDO A 1967

 (...Continuación)

 Indudablemente que es tiránica la inversión de los fines, pero muy secundaria comparada con el que puede no serlo de administración, y puede serlo de secularización, que es más vasto campo. El que se considera arquitecto de una sociedad que procura destruir para reemplazarla con otra, fabricada según un programa que sea la negación de los tres derechos, que es el caso de la tiranía moderna, puede no oprimir con violencia (que provoque la reacción) las personas, y no ser codicioso, sino desinteresado y dispuesto a sacrificar, para servir a su ideal, salud y fortuna.

 Contra esta clase de tiranos no han tenido nuestros teólogos y políticos atenuaciones de ninguna clase para la resistencia, como lo prueba la magnífica y unánime doctrina sobre la ley injusta intrínsecamente. Contra ella es obligatoria la resistencia pasiva, desde el «obédecese y no se cumple» hasta el martirio y la imitación de los Macabeos, que con frecuencia invocan para servir a Dios antes que a los soberanos y contra los soberanos.

 Contra el usurpador, si hay medios para derrocarle, nadie duda, y el tirano del ejercicio es el mayor de los usurpadores. Su ejercicio del poder es una serie de usurpaciones. Si vulnera la constitución social, invade y usurpa; si la Constitución histórica, usurpa e invade; si la religiosa, confisca derechos y detenta atribuciones, y sienta el precedente para no dejar en pie una sola persona colectiva y aplastarlos a todos.

 La tradición antiabsolutista de los pensadores y políticos españoles es constante. Sólo algún aristotélico fanático, como Ginés de Sepúlveda, apologista de la esclavitud o algún legista adulador, interesado del Monarca, como Cerdán de Tallada lo defiende; y aun esos relativamente, rodeándole de los gloriosos Consejos, que sirvieron en parte de modelo a la organización de las congregaciones romanas y de los que dice un publicista contemporáneo que llegaron a tener más atribuciones que los Parlamentos modernos.

 Ni los más autoritarios comprendieron nunca que el Rey gobernase por sí solo ni sentenciase sin oír, antes bien reclamaron que le rodeasen y le asesorasen con su saber y experiencia los Consejos, parecer unánime que condensaba en esta clara y expresiva sentencia el ingenioso autor de las Centellas:

 «El que rige y manda.

si no se aconseja, se desmanda.»

 Y sabido es que en tiempos en que el cesarismo protestante y sus similares andaban desatados por Europa, la Inquisición española procesó a un predicador cortesano, que había dicho desde el púlpito y ante Felipe II «que los Reyes tenían poder absoluto sobre las personas de sus súbditos» y le obligó a retractarse desde el mismo sitio, leyendo esta declaración, que expresa el verdadero concepto de la Monarquía tradicional: «Que los Reyes no tienen más poder sobre sus vasallos del que les permite el derecho divino y el humano y no por su libre y absoluta voluntad», que es proclamar, puesto que el divino es doble, positivo y natural, la norma de los tres derechos para que la autoridad sea legitima.

 El signo de la verdadera realeza, estampado en el primer Código que se levanta sobre las leyes de casta por los Padres Toledanos se perpetúa y se acrecienta con la soberanía social, cada vez más vigorosa de los tiempos medios.

 Sin evocar las Juntas vascas ni las Asambleas navarras, basta el recuerdo de las Hermandades Castellanas, que dan la Corona a Sancho IV y amparan la de Fernando IV y Alfonso XI; del Privilegio general de Pedro III, base de la Constitución aragonesa; de los radicalismos de la Unión y del definitivo, confirmado y ampliado por Pedro IV. para ver que el mismo espíritu de la Monarquía, limitada y socialmente responsable, se acrecienta hasta en épocas adversas condensándose en fórmulas como la llamada de Constitución de los comuneros castellanos, que es un programa tradicionalista, y la Proclamación católica de Cataluña, que recuerda la doctrina de la resistencia para defender sus fueros.

 La tradición continuó viva en el pueblo, que la transfundió en la poesía, pues hasta algunas artificiosas exaltaciones dramáticas de la Monarquía fueron vencidas por el Alcalde de Zalamea.

 En los héroes vivos, como Juan de Fiveller y Guillén de Vinatea, y en los que sublimó la leyenda, afirma la majestad de su derecho contra las extralimitaciones reales.

 La política que late en los romances, aún los que entran ya en la edad moderna, es antiabsolutista.

 Suponiendo una alianza con aquel Emperador, atentatoria a la independencia del Reino, el pueblo cuenta lo que Bernardo del Carpio, a la cabeza de los mejores, dice al Rey Alfonso el Casto: «Pidiéronle que revoque — la palabra que había dado — si no echarle han del Reino, y pondrán otro en su cabo — que más quieren morir libres — que mal andantes llamados.» ¡Ya se puede suponer lo que haría en estos tiempos Bernardo del Carpio!

 El Cid, Rodrigo de Vivar, no se contentaba con decir, como la que fue su esposa, Jimena Gómez, a don Fernando: «Rey que non face justicia, non debiera de reinare», sino que encarándose con Alfonso VI no le acepta el perdón que le ofrece sin exigirle que prometa antes, entre otras cosas, éstas que son un programa que afirma como suyo todo tradicionalista que no haya dejado de serlo pasándose al cesarismo: «Y que fasta ser oídos — jamás los desterraría — nin quebrantaría los fueros — que sus vasallos tenían — nin menos que los pechase — más de lo que convenía. Y si le tal ficiese — contra él alzarse podrían. — Todo lo promete el Rey — que nada contradecía

 ¡Como ahora! ¡Siempre la realeza sometida y ligada al derecho y negada si rompe el vínculo que la legitima.

 JUAN VAZQUEZ DE MELLA


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 206, 9-Dic-1967

 

jueves, 23 de octubre de 2025

Avance del marxismo entre los católicos

 Artículo de 1978

  AVANCE DEL MARXISMO

 A juzgar por el sondaje de opinión publicado (1978) en el diario “Informaciones”, relativo a los partidos de centro y de derecha, el marxismo avanza inexorablemente en España. Si fuera certero y objetivo ese sondaje, la mayoría del electorado español sería ya marxista y la Constitución y el Gobierno se habrían asentado sobre un polvorín presto a hacerlos volar.

 Como, por otra parte, todo el mundo afirma que la mayoría de los españoles somos católicos, indudablemente hay que pensar que muchos católicos votan al marxismo porque el Magisterio de la Iglesia lo consiente para su propia perdición. La Jerarquía, efectivamente, está cediendo con ingenuidad o con negligencia ante la seducción que el marxismo platónico, de papel o gobernado, ejerce sobre los espíritus insatisfechos y creyentes en que va a ser capaz de satisfacerles el marxismo gobernante. El marxismo está llevando a cabo una sagaz estrategia en España, tendente a convencer de que es posible conciliar teórica y prácticamente el marxismo y el catolicismo. ¡Y como no todo el mundo es capaz de discernimiento…!

 Los intentos que yo conozco de conciliar el catolicismo y el marxismo, invariablemente, adolecen de lo mismo: concilian o bien un catolicismo inauténtico, un pseudo-catolicismo, con un marxismo auténtico; o conjugan un catolicismo auténtico con un marxismo inauténtico; o maridan entre sí un marxismo y un catolicismo inauténticos, falsos.

 El catolicismo auténtico, el propuesto por el Magisterio oficial y tradicional de la Iglesia católica es teórica y prácticamente incompatible con el marxismo que caracteriza los escritos y los comportamientos de los maestros y dirigentes más calificados del marxismo. Como yo le manifestaba a Roger Garaudy, sin que supiera replicarme, en un turno de objeciones y cuestiones, tras su conferencia en el templo parroquial de Santo Tomás de Aquino, de Madrid, la mayoría de los católicos españoles no nos reconocemos creyentes en esa versión sui géneris del cristianismo propuesta por él; como tampoco se reconocerían muchos comunistas y socialistas en esa versión sui géneris del marxismo aventurada por él para acoplarlo al cristianismo, y por la cual lo han expulsado del Partido Comunista Francés.

 Es lo que le acontece también a Alfonso Comín, miembro del Comité Central del Partido Comunista de España y del PSUC, en su libro «Cristianos en el Partido, comunistas en la Iglesia». No piensa católicamente, no tiene fe católica quien, como Comín, escribe: «Politzer... afirma que vamos a asistir a través de la filosofía a esta lucha continua entre el idealismo y el materialismo. Este va a hacer retroceder las limitaciones de la ignorancia, y ésta será una de sus glorias y uno de sus méritos. Por el contrario, el idealismo y la religión que lo alimente harán todos sus esfuerzos para mantener la ignorancia y aprovechar esta ignorancia de las masas para hacerlas admitir la opresión, la explotación económica y social. Sin duda el desarrollo histórico de la religión cristiana permitía analizar su función social en estos términos. Tanto Politzer como los autores del Pequeño Diccionario Filosófico (soviético) habían conocido una dura experiencia histórica en la que la religión se había expresado predominantemente en una línea de opresión y de oscurantismo.» Aquí Comín, aceptando la interpretación marxista de la religión, apostata realmente del catolicismo. Es obvio que Jesucristo no quiso ser un Mesías temporal, un liberador político, sino el Redentor del pecado humano. Y la Iglesia no tiene por qué ser distinta de Jesucristo.

 Es claro que para la Iglesia lo único importante es hacer partícipes de la divina Revelación y de la Redención de Cristo a los hombres. Pero la divina Revelación y la Redención, lejos de ser opresivas y oscurantistas, son lo más valioso, lo más liberador espiritualmente y lo más luminoso intelectualmente de que puede disponer el hombre. Empezamos porque, como dice Pascal, por sí mismo el hombre ni siquiera sabe lo que es el hombre, a menos que

Dios se lo revele. Y es Dios, sólo Dios, quien revela que los creyentes somos hijos suyos y, por tanto, hermanos en Cristo. La ciencia no nos dice, no nos puede decir que somos hermanos, sino rivales, enemigos.

 El pensamiento y la ciencia del hombre contemporáneo, o bien dice —como el pensamiento de los marxistas— que el hombre no pasa de ser una porción de materia organizada (y entonces es lógico el archipiélago Gulag descrito por Soljenitsin, como son lógicas las checas españolas), o bien dicen que el hombre es una pasión inútil —como propone el existencialismo de Sartre— o una noción inventada en el siglo XVIII que ahora se desvanece como una huella que hubiéramos dejado a la orilla del mar, en una playa, como asegura el estructuralismo de Foucault. Así pues, tanto en el orbe de la ideología marxista como en el orbe de la ideología liberalista, desaparece la convicción de que el hombre es digno de todo respeto y titular de derechos inalienables, porque es criatura e hijo de Dios, con una naturaleza prefijada para siempre por el Creador, que nadie puede alterar ni dejar de respetar.

 Por el contrario, resulta realmente oscurantista y fatalmente opresivo el universo adonde se extiende la vulgata marxista, dogmáticamente impermeable a la noción cristiana del hombre, irrespetuosa de los fueros de la persona humana, fosilizada en los supuestos o postulados formulados por Marx, que no pueden abandonar los marxistas, a menos que dejen de ser realmente y confesionalmente marxistas. Cuando uno lee la Sagrada Escritura y los fines que Dios propone al hombre y lee las Resoluciones y los Estatutos del PCE en su último Congreso, observa que cristianismo y marxismo son diferentes e incompatibles.

 Eulogio RAMÍREZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 620, 25-Nov-1978

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

Pluralismo partidista y derecho natural

 Artículo de 1968

 PLURALISMO PARTIDISTA Y DERECHO NATURAL

 Como se ha escrito mucho, y se seguirá escribiendo, sobre el tema de los partidos políticos y sus excelencias y sobre que su prohibición en España constituye un atentado al derecho natural; y como en modo alguno esto que se dice tiene valor convincente, quiero salir al paso, en mi carácter de hombre independiente, de todo compromiso que sujete la libertad de mi conciencia, pretendiendo poner las cosas en claro.

 Para comenzar, formulo la siguiente interrogante: ¿Es el partido político resultado necesario del derecho natural?

 El problema no es sencillo de contestar sino para quien está formado en derecho por el previo estudio del mismo, la experiencia posterior y, además, tiene una regular capacidad asociativa. Creo que es necesario hacer constar que estamos educados excesivamente en derecho positivo, es decir, en derecho arreglado por los hombres de acuerdo con las circunstancias de cada época, y, por ello, muy diferenciado formalmente de un país a otro; pero se sabe muy poco de lo que en verdad es el derecho natural.

 Donoso Cortés opinaba que sólo Dios tiene derecho y el hombre solamente obligaciones. Está frente a quienes opinan que el hombre tiene derechos por el sólo hecho de ser hombre.

 Confieso que la lectura de esta opinión de un hombre célebre me produjo escalofríos. Mas el paso de la juventud a la madurez me ha proporcionado la comprensión de su certera verdad. Durante ese tiempo, el continuo roce con los problemas jurídicos humanos me ha hecho comprender lo que es la vida, y cuántas veces se toma a pecho la hojarasca confundiéndola con el tronco; o, dicho en clásico, el rábano por las hojas.

 Hoy no se escribe de esa manera tan teológicamente directa, como lo hizo Donoso Cortés; tenemos miedo a que nos llamen retardados. Nadie sabe nada de aquella época, o nos falla la memoria; pero en aquel tiempo también se perseguía con denuestos e ironías a quienes hablaban de los derechos de Dios.

 Sin embargo, sus tesis y otras semejantes son las únicas que explican el origen de los derechos naturales del hombre. Su autor es Dios, porque es nuestro creador. Comienza por señalarnos obligaciones porque nos ha creado libres, con una mente capaz de distinguir y elegir, dominando nuestros instintos o nuestras apetencias.

 Pero si el hombre es sujeto de obligaciones, por su propia naturaleza, debemos obtener la conclusión de que tiene facultad de cumplirlas según su capacidad; y es a partir de esta facultad cuando el hombre puede considerarse titular del derecho natural.

 El hombre es sociable por naturaleza, porque así ha sido creado. Por su facultad de elección puede vivir aislado; pero apenas vive así, sino que históricamente se muestra practicando vida comunitaria. Vida que va desarrollando la amplitud de la sociedad. De la familia a la tribu; de la tribu al municipio, que es una entidad extrafamiliar; del municipio a la nación, cuando el desarrollo de la civilización proyecta sus necesidades más allá del ámbito localista; al imperio, a las alianzas internacionales. La facultad asociativa del hombre es infinita.

 Y no cabe duda de que la facultad asociativa del hombre es la mayor riqueza que Dios nos ha dado. Solos somos limitadísimos e incapaces de desarrollar nuestra personalidad; en sociedad nos civilizamos o educamos porque tenemos semejantes con quienes contrastar y con quienes intercambiar y enriquecer nuestras experiencias y conocimientos. La sociedad prolonga nuestros sentidos y potencias; nos da todas aquellas cosas que nosotros, solos, no podemos alcanzar porque carecemos de tiempo y espacio.

 Pero este derecho de asociación debe estudiarse en su doble aspecto: necesidad de asociarse de un modo estable; familia, municipio, nación, y necesidad circunstancial o accidental para fines particulares, para intereses concretos de carácter concreto también. El municipio, por ejemplo, responde a la necesidad que tiene el hombre de vivir una vida comunitaria estable; y, asimismo, la nación, que en su origen más puro es una asociación de municipios, sin perjuicio de que muchos municipios y muchas naciones se han constituido por un poder superior a las comunidades; pero que, por ser tal situación natural en el hombre, se han consolidado por sí mismas.

 Por ello, estas sociedades estables exigen paz y autoridad internas. No se han constituido, como los frontones o los campos de fútbol, para ser teatro de contiendas entre hombres, sino para que los hombres se relacionen entre sí, se ayuden directa o indirectamente, y para que en sus accidentales disputas tengan una autoridad superior a su criterio individual, que solucione sus conflictos particulares.

 Cierto es que. para que las sociedades sean ideales, es preciso que sus componentes observen conducta ideal en términos de justicia y caballerosidad; y no lo es menos que los hombres dejamos bastante que desear frente a tal ideal de conducta. Nos dividimos y disputamos demasiado.

 Pero ante esta fragilidad humana no creo que se justifique que por esas mismas razones los partidos políticos sean fenómeno inexcusable. La aceptación de esta teoría sería acto contrario al derecho natural, pues no hay que confundir las manifestación subjetiva de la naturaleza humana con este derecho. El hombre no puede alegar otro derecho consustancial a su persona sino el de hacer el bien; pero no el de obrar de otro modo que los demás porque sea cojo o bizco.

 Es obligación que nos impone Dios la de amarnos los unos a los otros, y la de creer que no hay incompatibilidad esencial entre hombre y hombre, sino que el quehacer de todos es buscarnos, comprendernos y llegar a armonizarnos de tal manera que todas nuestras contiendas no tengan más categoría que las de una alegre partida de mus.

 De aquí que un día, 18 de julio, se comenzó la barrida de los partidos políticos que iban desuniendo pavorosamente a la nación en su vínculo más acusado, el espiritual; en defensa de ese naturalísimo derecho de los hombres a vivir en paz y a desarrollar una política de armonía y de promoción social.

 Quienes se sintieron vencidos entonces, quienes todavía tienen amor propio de derrota, pueden invocar un régimen de partidos por si lograran revancha innecesaria; pero por su egoísmo, no por amor patrio. A quienes crecieron más tarde y no tienen referencia propia de aquella historia, puede engatusárseles con el derecho natural a los partidos políticos. Pero a quien tenga cuatro dedos de frente no ha de escapársele que no es justo apoyar la soberanía de una nación en la base de un partido mayoritario que impone su capricho sobre los demás; que el Poder público ha de ser independiente de las apetencias particulares y ser tutela y gestión del bien común, que es el bien de todas las personas que viven en la sociedad, sin discriminación de aficiones.

 Porque no fue la Cruzada la que debeló una tradición histórica, sino que fue consecuencia del despertar del genio español que había sido sometido a tabla rasa por los constitucionalistas, que proporcionan a España un siglo vergonzoso; el mismo o semejante que le proporcionarían quienes, despreciando la verdadera problemática española, intentan fomentar el desconcierto entre nosotros.

 Ramón ALBISTUR


Revista FUERZA NUEVA, nº 72, 25-May-1968

 

martes, 21 de octubre de 2025

La victoria de 1939, camino del olvido

 Artículo de 1970

  ABRIL, 1939, VICTORIA PARA NO OLVIDAR

 Los olvidadizos de hoy, los desmemoriados y los amnésicos sostendrán quizá -ellos sabrán para qué objetivos tortuosos- que treinta y un años después de la Victoria, esta fecha puede entrar en las clases pasivas de la Historia. Y, sin embargo, ¿la recordáis? No hemos podido olvidar ni queremos hacerlo el frenético entusiasmo de las poblaciones definitivamente liberadas del miedo, el crimen, el hambre y el terror.

 Estas no son palabras vacías, abstractas, sino que están escritas con sangre y dolor en la carne de España. Detrás de cada una de ellas hay imágenes terribles: los oficiales asesinados con el tiro en la nuca en el Cuartel de la Montaña, en aquella ronda de aquelarre de cuerpos caídos por tierra, los trágicos paseos en cualquier cuneta de la carretera del Pardo, los oficiales de Marina arrojados encadenados al mar en Cartagena, el Obispo de Almería lanzado vivo a la caldera del “Jaime I”, los monjes de Montserrat torturados y fusilados, los sepultados vivos en los pozos de Serón, los tirados al Cantábrico desde el faro de Santander, las chekas, la caza despiadada en las calles, los garfios sangrientos que se encontraron en la checa de García Atadell y de los que se colgaba a los detenidos, los “tribunales populares”, las mujeres enviadas a los burdeles frentepopulistas o rifadas en las noches de orgía de las Brigadas Internacionales, la cacería de la Cárcel Modelo, los tirados como peleles desde lo alto de Bellas Artes.

 Que no se diga que era la “barbarie de los incontrolados”. Esos eran los procedimientos normales del sistema que se hubiera implantado en toda España sin la llamada salvadora del Alzamiento y sin la victoria del 1 de abril de 1939. Que no se diga por ciertos monstruos fríos que era una revancha de clase. En Barcelona, los comunistas ejecutaron a sus ex aliados del POUM casi con igual ferocidad. En Cataluña, los anarquistas y cenetistas asesinaban con análoga frialdad a sus asociados del separatismo, y éstos les pagaban en la misma moneda. En Bilbao, la burguesía separatista se mostró igualmente feroz que los presidiarios convertidos en “gudaris”. ¿O es que se han olvidado los asesinatos en los barcos anclados en el Nervión? ¿Quién mandaba entonces en su despacho del Hotel Carlton?

Esa tragedia no fue un episodio circunstancial ni esa explosión “de ruido y furor”, como decía Shakespeare, fue espontánea. Había sido cuidadosamente preparada, se habían sembrado las semillas del crimen y del horror con los libros, periódicos y mítines del marxismo, del anarquismo, y de la izquierda. Era la culminación lógica de la honda tragedia de nuestro pueblo, entregado a la barbarie desintegradora de toda moral por las taifas de los partidos políticos, y el fruto de una siniestra planificación llevada a cabo por los Estados Mayores del marxismo y sus compañeros de viaje.

 El que sucedió en España no era nada nuevo. Había tenido como precedente la matanza de Asturias por los dinamiteros de González Peña y Prieto (1934). Y antes (1909), la Semana Trágica de Barcelona. El mismo régimen fue establecido en los cinco meses siniestros de la Hungría de 1919 con Bela Khun, contando con la complicidad del demagogo conde Karoly, que preparó el ambiente. Al mismo régimen se llegó en Rusia a partir de la revolución de octubre de 1917, lógico desenlace de la revolución liberal y socialista del príncipe Lvov y de Kerensky, en febrero. Todavía en agosto, el muy liberal príncipe Lvov decía en plena Duma: “Jamás el pueblo ruso ha sido tan feliz como ahora, con la democracia”. Y le aplaudieron los “kadetes” constitucionalistas, los monárquicos del progresismo y masonería, los socialistas, los agrarios y los socialrevolucionarios... Dos meses después, Rusia escuchaba el tronar de los cañones del “Aurora”, Lenin se apoderó del poder y los ministros amigos del príncipe Lvov morían asesinados en la fortaleza Pedro y Pablo, mientras Kerensky huía disfrazado de mujer.

 Amalgama “democrática”

 Karoly y Berenguer, Bela Khun y Kerensky, Azaña, Portela Valladares, Prieto y Basteiro… Sin estos nombres, que prestan una fachada “honorable”, la tragedia no hubiera sido posible. Ni la habría sido sin Masaryk y sin Benes la bolchevización de Checoslovaquia en 1948.

 Siempre le es preciso a Moscú un Kerensky o un príncipe Lvov. Sin las debilidades de los gobernantes de 1934, sin las intrigas, compromisos y traiciones de los partidos políticos, sin la ceguera de quienes confiaron la salvación de España a la farsa de unas elecciones que estaban destinadas al amaño y al pucherazo, sin el “frentepopulismo” que iba de la izquierda burguesa y ateneísta y los revolucionarios de salón y la inteligencia izquierdista pedante hasta los comunistas, pasando por los socialistas “moderados” y los socialistas de taberna y Casa del Pueblo y puño en alto, la tragedia se habría evitado.

 Para hacer inevitable, para esclavizar a nuestro pueblo después de desangrado, para volcarle en el campo de la Unión Soviética o mantenerle en la servidumbre de las logias francesas e inglesas, cooperaron los hombres de Londres y París con los de Moscú en un mismo objetivo, aunque sus caminos no siempre coincidieran. León Blum -tan socialista, tan “humanista”-, Baladier, tan radical como Servan Schreiber, tan burgués, y Thorez -tan “hijo del pueblo”- clamaban en las manifestaciones de París: “Des canons et des avions pour l’Espagne”. Attlee y Lady Astor vinieron a saludar con el puño alto a las Brigadas Internacionales de Marty, Nenni y Tito. Toda esta amalgama fue necesaria para intentar convertir a España en República democrática de tipo checoslovaco, en espera de hacer de ella también como Checoslovaquia, una República soviética a secas.

 Cómplices del comunismo

 En Moscú estaba el cerebro. Pero eso no excluye las pavorosas responsabilidades de un Portela Valladares, entregando el poder el 16 de febrero de 1936 a las hordas. Ni excluye la responsabilidad del socialista Largo Caballero que levantaba el puño en los desfiles de los milicianos asesinos, ni del socialista Besteiro, el ideólogo que desde la huelga de 1917 había ido preparando el terreno, ni de Prieto, que había fletado el “Turquesa” con cuyas armas se desencadenó el terror de la revolución de Asturias de 1934, el primer ensayo de lo que fue dos años más tarde la media España roja. ¿Han olvidado sus turiferarios de hoy los cuarteles dinamitados, los asesinatos al grito de “UHP”? ¿Se ha olvidado que el “buen” Prieto que ahora nos quieren presentar fue el empresario de aquellos crímenes? Y eso no excluye la responsabilidad de los masones y de los Martínez Barrios, ni los burgueses separatistas de Barcelona y Bilbao. Todos ellos fueron los cómplices activos del comunismo, después de haber abierto los diques. Todos ayudaron a crear aquella media España comunista que habría sido una entera España bajo la hoz y el martillo, sin la victoria de las armas nacionales.

 Y esa victoria es la que algunos quisieran que fuera olvidada, para que se olvidaran también las causas, los horrores y los crímenes que hicieron inaplazable el alzamiento. Así se podría volver, con la conciencia tranquila y explotando la amnesia del pueblo español, la ignorancia de una juventud a la que no se informa, a la que se mantiene ignorante de aquel pasado tan próximo y aleccionador, y el deseo de paz de la “mayoría silenciosa” de nuestros días; así se podría volver a la misma situación. Lo sepan o no lo sepan en su inconsciencia y en su cobardía, ese es el fondo de los que ahora hablan mucho de democracia, de liberalismo, de partidos políticos -aunque disfracen con otros nombres su mercancía de contrabando- cubriendo la maniobra con invocaciones al Concilio y a las Encíclicas, del brazo de los que asesinaron obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas.

 La primera fase de esta operación es dar un carácter “provisional” y “circunstancial” a la victoria, como si fuera un episodio anormal y excepcional que puede borrarse tranquilamente para retornar a lo que ellos llaman la “normalidad”. La normalidad de los incendios de iglesias, de los asesinatos en la calle, la ocupación de tierras y fábricas, el crucifijo expulsado de las escuelas, el Ejército escarnecido, la juventud entregada a la masonería cosmopolita y al laicismo perseguidor, los periódicos asaltados y prohibidos, los intelectuales disconformes reducidos al silencio y la persecución, mientras se encaramaba en el pedestal a cualquier invertido de ojos lánguidos.

 Y todavía es posible que esos clanes, herederos de los macabros aliados de 1936, los que pretenden una marxistización cautelosa o brutal de nuestra Patria encuentren compresión incluso entre los mismos que serían sus primeras víctimas, incluso entre esos mismos sacerdotes que olvidan a los mártires de la Iglesia de 1936 a 1939.

 Victoria de las armas limpias

 A toda esa amalgama hay que decirles -y probarles con hechos- que nuestra victoria es definitiva porque fue una victoria sobre la anti-España de 1936. Fue una victoria de las armas limpias sobre otras almas al servicio del crimen y de la esclavitud. Pero fue, ante todo. la victoria de una ideología, del ser y sentido de España sobre sus enemigos, declarados o encubiertos, internos o externos. Los que quieren matar nuestra victoria tienen un nombre: “revanchistas”, y eso, estén donde estén y se cubran con las etiquetas que se cubran. Son los que no han olvidado, en un rencor amarillo, que tuvieron que huir, vencidos y despreciados por el pueblo español al que engañaron, y que han seguido, en el exilio, en la conspiración clandestina, en la intriga que les llevó, como “arrepentidos”, a ocupar puestos, soñando con el desquite. En un desquite que les era imposible por la fuerza y que buscan obtener vistiéndose con la piel del cordero liberal, del socialista “bueno y europeo”, del demócrata “generoso y coexistente”, del clérigo “coexistencialista y dialogante” con una oreja en Roma y otra en Moscú, con una en la encíclica “Populorum progressio” y otra en Garaudy. Solo así pueden convertir en cómplices inconscientes a los ingenuos. Unos, involuntariamente, de buena fe, porque no saben quiénes son sus guías y a dónde les llevan. Otros, arrastrados en el caos de confusión ideológica que la subversión extiende en las épocas prerrevolucionarias. Otros, simplemente por miedo, especulando desde su paz y su tranquilidad actuales con las incertidumbres del futuro…

 Frente a eso, nuestra fuerza es la misma arma que nuestro adversario busca destruir. La energía de las razones que hicieron posible la victoria frente a un enemigo que tenía todos los medios: Tenía el oro, la industria, el sucio juego de la Francia frentepopulista y de la Inglaterra desgarradora de Europa. Tenía la Unión Soviética, tan halagada hoy. Pero la verdadera España tenía una doctrina clara y limpia por la que se valía la pena morir como hombres.

 Eso, ¿se ha olvidado? ¿Es que tenemos que hacernos perdonar nuestra victoria?

 Carlos JIMÉNEZ


Revista FUERZA NUEVA, nº 168, 28-Mar-1970