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viernes, 5 de diciembre de 2025

Celibato sacerdotal (2)

 

 CELIBATO SACERDOTAL: TODA UNA ESPIRITUALIDAD

 En los años que inmediatamente proceden al Concilio Vaticano II, había ya comenzado una campaña para abolir el celibato sacerdotal, en ciertos ambientes eclesiásticos. En las proximidades del Concilio, esa campaña se acentúa en forma de cartas abiertas patéticas dirigidas a Juan XXIII. Este Papa, repetidas veces, y no obstante el dolor que le causaban, reafirma su propósito de que el Concilio nada cambiaría en este punto.

 Sin embargo, ya en el Concilio, algo empieza a moverse. Se abre la discusión en torno a la institución del Diaconado permanente; y se introduce la cuestión de si debe ir unida al celibato. Y las opiniones se dividen. Hay quien piensa que esa sería la brecha por donde se introduciría el enemigo. En efecto, cuando se llega a la discusión del esquema sobre la formación del clero (octubre, 1965), una carta de Pablo VI al cardenal Tisserant, leída en el Concilio, conjura un evidente peligro: que se ponga a discusión un punto indiscutible. Por ello, el Papa corta toda posibilidad y avoca a sí aquel punto delicado. El Concilio sólo llega a admitir la posibilidad de ordenación de diáconos, en especiales circunstancias, de sujetos casados, excluyendo toda posibilidad de sacerdotes casados. Los Decretos sobre los Presbíteros y la formación del Clero reafirman vigorosamente la doctrina tradicional.

 Algo, sin embargo, de extraño y de malsano flotaba en el ambiente: con los decretos conciliares se había cerrado el paso a tantas ilusorias esperanzas… Estas, con todo, renacían en virtud de no sé qué extraños propósitos: la praxis de concesiones y dispensas se había hecho extremadamente laxa. Y esto, lejos de favorecer lo establecido por el Concilio, parecía hacer tabla rasa de su misma letra. Con ello viene un período en que las defecciones aumentan de un modo alarmante. Y no hay que decir que una terrible iniciativa parece tomar la delantera: los hechos consumados obligarían a Roma a revisar sus rigurosas posiciones. Pablo VI cree ya necesario poner término a tantas especulaciones y promulga su encíclica “Sacerdotalis celibatus” del 24 de junio de 1967. Vale la pena que nos demos cuenta exacta de sus líneas fundamentales en su primera parte, ya que la segunda va dirigida a la formación del joven clero.

 No obstante la transformación cultural y técnica de nuestro tiempo -comienza diciendo la encíclica- la Iglesia sigue estimando como nunca el celibato. Y esto, por más que algunos se inclinen o -por hablar con más verdad-, “expresen una decidida voluntad de que la Iglesia revise esta disciplina, que les parece difícil y hasta imposible en nuestros días” (n.1). Esto perturba la conciencia católica, y nos obliga -dice el Papa- a llevar a efecto lo que prometimos al Concilio y que fue ya sancionado por él: confirmar el celibato. Hemos reflexionado mucho sobre las razones que muchos estudios modernos proponen para revisar esta disciplina (n.4). Por ejemplo: que Cristo propone un celibato libre y elige para apóstoles a hombres casados. Que las razones que urgían a la Iglesia primitiva hoy no urgen. ¿Por qué no distinguir, por lo demás, entre quienes aspiran a sólo el sacerdocio y los que, además, quieren permanecer célibes? (n.7). No hay por qué temer -se añade- que al matrimonio de los sacerdotes se sigan mayores males, ya que también pueden dar ejemplo de familias modelo. Pero, en fin -se acentúa- ¿no se trata de algo contrario a la naturaleza que viene a disminuir el valor de la persona? (n.10). Los jóvenes seminaristas, una vez metidos en el sistema colegial de pedagogía impersonal, aceptan la ley del celibato sin saber lo que hacen (n.11).

 Estas y otras dificultades oponen quienes no acaban de comprender -añade el Papa- el “don de Dios”. Pero a ellas oponemos, ante todo, los innumerables ejemplos -hechos vivientes- de los santos, siempre válidos; y, también hay que decirlo, la inmensa mayoría de los sacerdotes que hoy guardan sus sagrados compromisos. Creemos pues -concluye el Papa- que hay que mantener la unión entre sacerdocio y celibato para honra de aquel; aunque a algunos les sea concedido el segundo sin el primero, la Iglesia sigue pensando que el primero debe seguir sustentando al segundo. Hecha esta introducción, he aquí ahora las ideas maestras de la primera parte.

 Es cierto que no es la misma naturaleza del sacerdocio la que exige el celibato; pero la Iglesia, bajo el Espíritu de Dios, ha juzgado que es sumamente conveniente, y quiere mantener la unión. Las conveniencias son múltiples y han sido siempre vistas por toda la tradición cristiana; hoy, con todo, se nos aparecen con nueva luz (n.18). Por lo demás, el sacerdocio es un misterio que debe ser contemplado desde la fe; sin que por ello, claro está, tenga que sufrir el valor auténtico del matrimonio. Porque está el ejemplo de Cristo, quien une en sí eminentemente la virginidad y el sacerdocio para entregarse sacerdotalmente a los hombres; están sus llamadas evangélicas. Esto ha llevado a sus ministros a una dedicación tal a su seguimiento que excluía las solicitudes naturales del matrimonio (n.23). De este modo, el celibato aparecía sobre todo como “signo y estímulo de la caridad hacia Cristo y hacia los hermanos”. El sacerdote se muestra así entregado a Cristo y a las cosas santas; y no la carne y a la sangre; y goza de la libertad interior y exterior para entregarse plenamente a su ministerio espiritual y a la oración (n. 27 y 28). De este modo su ministerio es eficaz; cumple la difícil ascesis del sacrificio, y da el testimonio del Reino por venir en la resurrección.

 Toda esta doctrina, vivida siempre en la tradición, ha sido mantenida -añade el Papa- por nuestros inmediatos antecesores; por los Concilios, tanto en Oriente como en Occidente; este estado, pues, de cosas, actual, no significa en modo alguno que la Iglesia quiera hoy cambiar lo que admitió siempre. Lo acaba de proclamar solemnemente el Vaticano II; y son precisamente nuestros días los que más necesitan de esta santa disciplina (n.46). Hasta no importaría que descendiera el número de los sacerdotes por ello –lo que por otra parte no es cierto- el Señor mandaría operarios a su viña; y la Iglesia no abandonaría su misión.

 Pero los mismos hechos nos dicen que no es la supresión del celibato el camino verdadero para poner remedio a la falta de sacerdotes (n.49). Ni por ello la Iglesia va a entregarse menos al mundo. Todo lo contrario. La Iglesia sabe que el joven sólo se entrega a los grandes ideales; sabiendo que es la gracia de Cristo la que le sostiene. Debe, sí, conocer las dificultades y saber superarlas; pero es inicuo afirmar que el celibato va contra la naturaleza y que minusvalora al sacerdote, cuando es el mismo Cristo, el hombre perfecto, quien invita a ello; cuando es esa santa institución la que ha obtenido los mayores bienes para la humanidad. El mismo sacerdote, dominando sus apetitos naturales, no los desprecia, sino que los ordena haciéndose superior a sí mismo; y si pospone un bien tan grande como es el matrimonio, esto lo hace solamente para adherirse a un Bien mayor que todos los demás bienes (n.56). Es cierto, sí, que todos estamos obligados a dar testimonio; pero el sacerdote, con su celibato consagrado, da el supremo. No negamos que el sacerdote parece encerrarse en una cierta soledad; pero es él quien debe poblarla con la presencia y amistad de Cristo; y por su entrega al ministerio es él quien debe encontrar en Cristo el amigo de todas las horas, de alegría y de tristeza (n.59).

 He ahí este nuevo y magnífico documento, bien actual, bien meditado, bien cargado de toda la sabiduría sobrenatural de que sólo es portadora la Iglesia. ¿Cómo -volvemos a preguntarnos- ha podido suceder que este documento venerable haya sido tan mal recibido por elementos destacados en ciertas regiones de la Iglesia…?

 Mariano de ZARCO


Revista FUERZA NUEVA, nº 173 ,2-May-1970

 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Con el Primado (mons. Marcelo González) frente a la Constitución

 Dos artículos de 1978


"HABLÓ CLARO"

 

 Editorial

LOS españoles de bien, los católicos, los que no nos dejamos sorprender en nuestra fe por las palabras y las acciones engañosas de los enemigos de la catolicidad y mucho menos por sus cómplices envueltos en los ropajes de la cristiandad aparente, vimos con alegría, con reconocimiento y con católica complacencia la decisión del arzobispo de Toledo y primado de España, cardenal Marcelo González, de dar a la luz pública para orientación de los fieles de su archidiócesis y, por extensión, a los de toda España, una carta-pastoral en torno al texto del proyecto de Constitución, que los españoles habremos votado ya —afirmativa o negativamente— cuando salga este número de F N a la calle.

 Don Marcelo, afortunadamente y haciendo honor a su historia de pastor de nuestro pueblo, sin ofensas para nadie, pero dentro del más exacto dogma de la Iglesia, habló claro y terminante en torno a la Constitución, dando a su mensaje evangélico toda la importancia que el momento y el documento hacia preciso, pero sin inmiscuirse —como el Gobierno, los enemigos de la Iglesia y los suyos personales le han acusado— en asuntos políticos.

 HA sido una carta-pastoral nítida en la apreciación de los deberes del católico ante un proyecto constitucional que, a través del consenso de unos supuestos cristianos con los marxistas, ha sido elaborado como guía de la nueva democracia que ha de regir la vida futura de la nación. El arzobispo de Toledo rompió el silencio para poner las cosas en su sitio y no permitir que al amparo de una falsa ortodoxia, colegiada y expuesta en la Conferencia Episcopal, se engañase, con clara intencionalidad política, a una gran parte de los fieles españoles carentes, hasta el momento, de guía espiritual con respecto a tan importantísimo documento legal-constituyente.

 POR ello desde ese momento, en razón a la decisión del cardenal-arzobispo de Toledo, ha quedado nítidamente expuesto que, independientemente del resultado electoral de los comicios del día 6, de lo que se nos pueda imponer como ciudadanos del Estado y en cuanto a la debida obediencia a la legalidad que resulte vigente de tal Constitución —que de antemano ya sabíamos resultaría aprobada—, los católicos españoles no podemos sentirnos espiritual y cristianamente identificados con la misma y, por ello, en nuestro corazón y en nuestra fe, seguiremos repudiándola como expresión de un ateísmo impuesto, como norma legal que en lo espiritual- y trascendente para nuestras creencias religiosas, deja abierta las puertas a la destrucción de los valores de la persona humana, en su cristiana interpretación de la palabra, así que continuaremos interpretándolo como texto demoledor de los principios básicos en que debe asentarse la familia conforme a la doctrina de Cristo y al auténtico magisterio tradicional de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 Habló claro, sin duda alguna, el primado de España y habló a la conciencia de los fieles españoles sin distinción política alguna. Y habló claro para que nadie pudiese ampararse en su posible silencio para acallar sus dudas, para envolver sus perjurios, para hacer buenas sus complicidades con los enemigos del ser católico. Ha sido una carta pastoral en donde todos hemos podido saber dónde estaba la realidad y dónde la irrealidad del pensamiento auténticamente cristiano ortodoxo. Dónde la postura del fiel católico a secas y dónde el que, abanderando un supuesto espíritu de cristiandad, no tiene empacho alguno en colaborar con los enemigos de Dios, con los que tratan de negar Sus glorias y Su presencia en la legislación por la que ha de regirse la vida del pueblo español.


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978

 


FALSO ESCÁNDALO 


 Por D. Elías (sacerdote)

 LA carta pastoral del cardenal primado sobre el referéndum ha producido cierto «escándalo» en algunos medios y, como no podía ser menos, en ciertos comentaristas de la actualidad política. Hemos oído a alguno hablar de «nuevo clericalismo», «crear división», «anulaciones matrimoniales sólo para ricos», etc. Imitando el lenguaje de nuestros muchachos, podemos decir que algunos de estos escandalizados «se han pasado».

 Si existe en España un prelado prudente, sensato, equilibrado y con sentido evangélico, es precisamente don Marcelo. Su respeto a la potestad civil, su sentido de responsabilidad y su visión ciara de fas cosas y de los problemas es proverbial. Jamás se ha permitido declaraciones de prensa ni cosa parecida. Nos consta que a la propia Radio Vaticano ha negado entrevistas. Si ahora se ha creído en el deber de orientar a sus diocesanos sobre un tema tan grave como el referéndum, nos consta que lo ha hecho en la más estricta conciencia de cumplir un deber pastoral muy grave y que a él correspondía primariamente.

 «Ya había hablado la Conferencia Episcopal», dirá alguno. Puntualicemos. La Conferencia Episcopal no ejerce función magisterial sobre los españoles. La función magisterial la ejerce cada prelado sobre sus diocesanos. Por otra parte, la votación hecha en la Conferencia sobre el asunto referéndum dio al menos diez votos en contra sobre el documento. Esto quiere decir que los criterios no eran unánimes, y que al ser cada prelado responsable de sus diocesanos, no podían dejarlos seguir un criterio diferente. La Iglesia católica, lo mismo antes que después del Vaticano II, tiene su propio modo de hacer, que no es precisamente «consensual» ni parlamentario. Dicho de otro modo: el criterio de los que en la Conferencia aprobaron el documento es muy respetable, pero el criterio concreto de la jerarquía es el de cada prelado en su diócesis.

 «Ya tenemos nuevo clericalismo.» Pues no, señor. A lo largo de los años hemos oído hablar de la denuncia profética y de la Iglesia como «conciencia crítica» de la sociedad, etc. Y ahora, porque un prelado prudente y responsable ejerce suave y respetuosamente esa conciencia crítica, se arma el «escándalo». Vamos a ser formales, señores. Aquí nadie pretende gobernar desde su mitra, dignamente llevada: se trata, simplemente, de dar luz a las conciencias, y que después esas conciencias actúen con su voto como mejor crean obrar.

 • • •

«Se crea división», dicen algunos. Esto es falso. La división entre los católicos españoles, clérigos y laicos, viene de atrás. Como muy bien ha dicho don Marcelo, es el mismo proyecto de Constitución el que lleva la división en sí.

 La más elemental prudencia aconseja que se analicen las posibles consecuencias de un SI o un NO con serenidad y sin apasionamiento. El eco de la propia fe religiosa debe llegar a todas las facetas y momentos de la vida de la persona creyente. Lo que no puede hacer la persona creyente es, sistemáticamente, crear una barrera entre su fe y su vida sociopolítica. «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.» Las palabras de don Marcelo, con todo el escándalo farisaico que puedan producir en algunos, no son otra cosa que el eco de estas palabras de San Pedro ante quienes, desde su autoridad, le querían hacer callar.

 «El NO llevaría a una guerra civil», pretenden decir algunos. No hay derecho a ese chantaje. La presión ejercida en forma múltiple sobre el pueblo ya es bastante; no se añada ahora el chantaje del miedo.

 Pero cuando estas líneas lleguen a tus manos, ya la suerte estará decidida. De todo este pataleo por la pastoral de don Marcelo, y por las adhesiones de otros prelados más, debemos sacar unas conclusiones que nos valgan para el futuro.

 I. Con Constitución o sin ella. Dios es Señor tanto de los individuos como de las comunidades, sean éstas las que fueren. El católico no puede renunciar a la Ley de Dios, natural y revelada, en su actuación comunitaria, aun a costa de su daño personal. La Ley de Dios le obliga «semper et pro semper». y el creyente no puede actuar en el orden político en desacuerdo con la Ley de Dios.

 II. Hemos de estar preparados para los mayores absurdos, e incluso al insulto y la calumnia a la Iglesia y sus obispos. Es cosa de tiempo más o menos, pero indefectiblemente llegará. La otra noche se decía en una emisora de radio que algunos obispos habían quedado «con las tonsuras al aire» por adherirse a don Marcelo.

 III. La realidad de la división entre nuestros obispos no admite discusión. Este es un problema gravísimo que está siendo muy bien explotado, y lo será más aún en el futuro. No es menester insistir en el desconcierto que tal división crea en el pueblo de Dios. Pero, a pesar de ello, no debemos escandalizarnos nosotros: el tiempo nos ha enseñado a superar ese problema, a mirar hacia Roma y a ser adultos en nuestra fe.

 IV. En las altas esferas políticas ha causado muy seria impresión la pastoral de don Marcelo; esto es buena señalen orden al futuro. No hemos perdido la memoria del famoso cardenal Segura, que supo ser todo y solo un príncipe de la Iglesia con la Monarquía, con la República y con Franco, en una independencia total y absoluta, aunque tuvo que verse en el destierro. Este es un buen aviso de navegantes para hacerse a la idea de que los nuevos demócratas no van a ser con la jerarquía tan respetuosos como lo fueron Franco y sus gobiernos.

 V. El futuro próximo nos dirá, con los hechos, las directrices que vaya marcando Roma. Esperamos que se acentúe la independencia para no caer en trampas económicas ni de otra clase, aunque suponemos con fundamento que en España cualquier Gobierno, aun marxista, tratará de ganarse para su ideología a cuantos obispos pueda.

 VI. La siembra ideológica marxista realizada entre el clero a lo largo de los años está dando sus frutos de diversos modos. Será necesario absolutamente que uno o varios obispos, plenamente entregado a su grey evangélicamente, sirva de punto de referencia y quite miedos y falsas prudencias.

 Las coordenadas de la Iglesia de España han cambiado. De hecho, desde arriba, se la tratará como a una confesión religiosa cualquiera, aunque ahora en los comienzos, por razones tácticas, no se haga así. Los que años pasados se titulaban la «voz de los que no tienen voz», ahora callarán cuidadosamente.

 En nuestra humilde opinión, en más o menos tiempo, hemos de aceptar:

• leyes contrarias a la Ley de Dios, tanto natural como positiva;

• supresión de los tan traídos y llevados haberes del clero;

• imposición del matrimonio civil a todo el mundo;

• control férreo de la educación —no sólo la enseñanza— en todos los niveles;

• reducción de lo religioso al recinto de los templos.

Más adelante, según los gobiernos, se llegará más lejos. De momento, la falta de un fundamento trascendente y aun ético en la Constitución, lo hará posible.

 Esta es nuestra realidad, que hemos de aceptar con realismo, y dispuestos a un futuro de lucha diaria.


 Revista FUERZA NUEVAnº 622, 9-Dic-1978





lunes, 1 de diciembre de 2025

Intelectualismos sectarios sobre Cataluña (I)

 … Tres intelectuales españoles repetían, en el franquismo, errores de otros intelectuales españoles de 1930,  sobre Cataluña

 INTELECTUALISMOS SECTARIOS (I)

 Hoy, febrero de 1970, en la revista “Serra d’Or”, editada e impresa en el monasterio de Montserrat, los profesores Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren, hacen unas declaraciones, afirmando, el último de los citados, que “el Régimen que se estableció el año 39 era constitutivamente anticatalán”…

 ***

Se han cumplido cuarenta años de la concentración grotesca, cursi y nefasta, de intelectuales castellanos confraternizando con intelectuales catalanes, por marzo de 1930, en un acto de corrosivas y pedantescas exhibiciones, de suicidas inconsciencias, en aquellas hora de grandes euforias por la caída, traición y frustración del general don Miguel Primo de Rivera. Sainz Rodríguez, Bonilla Sanmartín, Marañón, Menéndez Pidal, Concha Espina, Augusto Barcia, Conde de Vallellano, Azorín, entre otros, habían pedido los mayores reconocimientos para la lengua catalana. El pretexto era noble, aunque no la intención de los que empujaban tales campañas ni los fines que perseguían.  

 El clima de aquellos tiempos lo pintaba Carlos Capdevila en “La Publicitat”, de 15 de marzo de 1930. Cada uno que lee este texto puede hacer paralelismos fácilmente sugeribles, en los planes subversivos de todas las épocas. Dice así: “La Dictadura de Primo de Rivera no era revolucionaria, pero preparó la revolución sin darse cuenta; ésta hubiera sido su obra positiva. Tal vez habrá sido insuficiente para provocarla,  pero ninguna otra fuerza ha trabajado tanto y tan bien para hacerla posible. En sesenta años no se ha respirado la atmósfera de revolución que actualmente ocupa el complejo hispánico”.

 Pérez de Ayala dio unas cuartillas a la prensa en las que enfáticamente proclamaba: “De la fraternidad intelectual entre Cataluña y el resto de España lo espero todo, y sin ella nada puede esperarse. Durante el banquete (…) Fernando de los Ríos, el socialista sefardita y elegante, ya apuntaba: “Es necesario que quien quiera emprender la transformación del problema catalán, emprenda antes la transformación de las instituciones que lo alimentan”. Ortega y Gasset anunciaba “la voluntad de hacer una España nueva”. El doctor Pi y Suñer, con aparente sensatez, afirmaba: “En uso de nuestro derecho y por nuestra voluntad, nuestra lengua nativa a la que amamos…, cosa que no impide que respetemos y amemos nuestra lengua castellana (…)

 Todo esto era biombo y máscara del complot contra la monarquía, el orden social y, por la misma pendiente, de la entrega de España al comunismo. Todo cuanto se decía en defensa de nuestra lengua catalana era legítimo; pero ni la lengua catalana era objetivo verdadero del dinamiterismo de la maniobra, ni muchos de los intelectuales embarcados en la aventura vislumbraron que no eran otra cosa que títeres de unos poderes y una “inteligentzia” matriz de otros acontecimientos, ajenos absolutamente a la lengua catalana… Algo de esto apuntó Carlos Capdevila cuando en “La Publicitat”, del 24 de marzo de 1930, comentaba: “El banquete de ayer hacía augurar unas posibilidades inéditas hasta ahora; a todos juntos, ellos y nosotros, toca elevarnos a hecho histórico trascendental para nuestro pueblo”. (…)

 Aquellos intelectuales no lo sabían todo

 Y vino el Pacto de San Sebastián. Y el 14 de abril de 1931, con su República, impoluta y limpia, que nos prometían Alcalá Zamora, Miguel Maura, Ossorio y  Gallardo y otros católicos entusiasmados con la nueva situación, incluso con la amplia complacencia del nuncio monseñor Tedeschini, dispuesto a sacrificar prelados virtuosos y fuerzas auténticamente contrarrevolucionarias para consolidar y bautizar a aquella República, saludada también, alborozadamente, por la Gran Logia Española de la Masonería (…)

 Y la “ventura de España”, del más puro estilo masónico, pronto tuvo sus primeros acordes y compases, para entrar en los periodos más borrascosos en que se encrespaba la tempestad republicana. Ya no rememoraremos los incendios del 11 de mayo, a los 27 días justos de proclamarse la República, las huelgas, el terrorismo, el paro obrero… Será José Ortega y Gasset, el de “delenda est Monarchia”, que ya el 6 de diciembre de 1931 nos hablaba del “perfil triste y agrio” de la República. Y en 3 de diciembre de 1933 se quejaba en “El Sol”: “Durante estos años -1931-33- se me ha insultado y vejado constantemente desde las filas republicanas… Pero hay más: los hombres republicanos han conseguido que, por primera vez después de un cuarto de siglo, no tuviese yo periódico donde escribir”. Pero llegó 1936. Unamuno, Ortega y Gasset, Baroja, Marañón. Pérez de Ayala, Azorín, Menéndez Pidal, al unísono hablaron y escribieron contra la entrega de la República a sus herederos naturales y dueños indiscutibles, que eran los partidos marxistas y sus compañeros de viaje de la coalición del Frente Popular.

 ¿Adónde quedaba aquel banquete fraternal de los intelectuales que, como Quijotes, querían defender a ciertas Dulcineas y deshacer entuertos, sin darse cuenta de la envergadura, del plan y de la causa que servían? Fue muy reconfortante en la España nacional leer el “Epílogo para ingleses” de Ortega y Gasset, que apareció en París en diciembre de 1937, como el ensayo “Liberalismo y Comunismo. Reflexiones sobre la revolución española”, que dio a luz el doctor Marañón, en 1938 en Buenos Aires. O el artículo de Pérez de Ayala, en el “The Times”, en el mismo 1936…. Pero nadie puede negar la responsabilidad en la falta absoluta de visión de aquellos intelectuales. (…)

 ***

Un triunvirato y una mesa redonda (1970)

 “Serra d’Or”, de febrero (1970), ha publicado una orquestada conversación sobre el problema catalán, el Estatuto, nuestra guerra, el separatismo y la lengua catalana, bajo la batuta del que ha dicho ser ateo Baltasar Porcel, colaborador asiduo de esa revista, que publica la Abadía de Montserrat. Cuanto afirman Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y López Aranguren, no pasa de los tópicos y la vulgaridad. En un tema que se presta a centrar ideas con rigor intelectual, no pasamos de la sobada fraseología del “Manifiesto” de 1924 y de las frases hechas del banquete fraternal de escritores castellanos y catalanes en 1930: les falta una visión de España en sus más grandes ideales e histórica catolicidad y las aplicaciones de los principios de las sociedades infrasoberanas, que son el único pluralismo orgánico y natural que equilibra la unidad y la variedad. Sorprende tanta mediocridad mental en personas que, por otra parte, tienen cultura. Pero cuando se defiende una causa con complejos y galerías a las que agradar…

 Porque toda la síntesis de la conversación de este triunvirato, en su deformación de los hechos más evidentes, se puede sintetizar en esta frase, a nuestro entender delictiva y calumniosa de Aranguren: “El régimen que se estableció el año 1939 era constitutivamente anti-catalán”. Ignoramos si la Ley de Prensa e Imprenta puede aceptar estos exabruptos que atentan a la misma noción de Patria y de Estado de Derecho. Lo ignoramos.

 Un breve recordatorio

 Es un daltonismo mental plantear el problema catalán simplemente en aspectos culturales y administrativos. El problema catalán es parte de la ideología, problemática y configuración del concepto de España, de la doctrina sobre participación en las tareas públicas, y del papel de España en su misión histórica. Recordar aspectos parciales del problema es ver el árbol arrancado del bosque. Esa fue la equivocación de los intelectuales que, de buena fe, acudieron al banquete de 1930. Este es el error histórico del catalanismo de las llamadas “derechas”, que no ha sido nunca compartido por el catalanismo izquierdista (siempre masónico, laicista, anticatólico, subversivo, disgregador, promarxista), para desembocar lógicamente en el marxismo más subido y ortodoxo. Mientras el catalanismo de derechas era aburguesado, colaboracionista, desespañolizador, antitradicionalista…

 Recordamos a los sres. Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren unas breves notas que les pueden dar que pensar y repensar en sus asertos:

 1- El 14 de abril de 1931, Maciá proclamó la “República Catalana” como parte integrante de la “Federación Ibérica”. A las pocas horas, Nicolau d’Olwer, Marcelino Domingo y Fernando de los Ríos convencieron a Maciá de que la “República Catalana” debía limitarse a mera “Generalitat de Catalunya”. Separatistas catalanes residentes en América reprocharon a Maciá su claudicación. Maciá, en junio de 1932, les contestaba, demostrando cómo el separatismo lleva intrínsecamente conexo el dominio marxista. Decía: “Desgraciadamente, la República Catalana, por hechos que sería largo de explicar, no tenía ayuda de organizaciones netamente nacionalistas y con criterio patriótico bien definido. Los grupos que la habían sostenido, extremistas de toda clase, habrían pasado factura al día siguiente de la revuelta callejera. Habríamos conseguido una República roja, cosa que repugnaba a la inmensa mayoría de catalanes” (…)

 2-Luis Durán y Ventosa, uno de los prohombres más significativos de la “Lliga”, escribe en su libro “Intoxicación oriental de occidente”: “Muchos recordamos la extraña sensación que sentían en diversas comarcas de España los que, conservando la serenidad, en aquellos meses que precedieron a la revolución anarco-comunista de 1936, veían a tanta gente que había de ser víctima de ella, vivir alegre y confiadamente sin darse cuenta del peligro que amenazaba. (…) El número de víctimas alcanzó cifras terribles y las ruinas fueron inmensas. España entera se resiente aún en todos los órdenes”. Cuando Durán y Ventosa escribía esto, recordaría el beneplácito con que el catalanismo histórico de derechas se disponía a acatar la República que se veía venir. (…) A este indiferentismo en el problema vital del sistema de gobierno de la nación, también podía don Luis Durán y Ventosa cargar “el vivir alegre y confiadamente” que años más tarde él denunciaba. Y sólo España y Cataluña pudieron salvarse de la revolución anarco-comunista de 1936 (…) gracias al esfuerzo del Ejército al que se unieron tantos españoles. Qué diría Durán y Ventosa si, a estas horas, pudiera leer en “Serra d`Or” que la liberación de Cataluña se juzga así: “El régimen que se estableció en 1936 era, constitutivamente, anticatalán”? (…)

 Cataluña, José Antonio y los olvidadizos Laín Entralgo y Ruiz-Giménez

 Dejando aparte a Aranguren, Laín Entralgo y Ruiz-Giménez habrían acertado plenamente sobre el problema catalán si, rememorando antiguos y ardientes fervores falangistas, hubieran tenido presentes unas palabras de José Antonio, de auténtica garra, y cuya apretada enjundia supera las siete páginas aburridas y venenosas que les ha brindado “Serra d’Or”. Nuestro José Antonio dijo para todos los tiempos: “Se ha dicho que la autonomía viene a ser el reconocimiento de la personalidad de una región; que se gana la autonomía precisamente por las regiones más diferenciadas, de caracteres más típicos; yo agradecería que meditásemos sobre esto: si damos autonomías como premio a una diferenciación corremos el riesgo gravísimo de que esta autonomía sea estímulo para ahondar la diferenciación. (…) Por eso entiendo que, cuando una región solicita la autonomía, lo que tenemos que inquirir es hasta que punto está arraigada en su espíritu la conciencia de unidad de destino; que estando bien arraigada apenas ofrecerá ningún peligro que demos libertad a esa región para que organice su vida interna”.

 Esto es lo que no vieron ni entendieron los intelectuales que vinieron a Barcelona en aquella juerga de 1930. El tono de las palabras de Ruiz-Giménez, Laín Entralgo y Aranguren nos han devuelto el regusto de aquel clima, léxico y ambiente mefítico que vivimos tras la caída de Primo de Rivera. Pero, sea lo que sea, a este triunvirato le ofrecemos las amargas palabras de Manuel Azaña, que también asistió en aquel banquete. En 1939, Azaña dijo: “Conmigo que no se cuente para nada. Me han dejado sólo… El que no es un sinvergüenza es un imbécil… En 1939 hemos perdido la razón y con ella la República. Y si alguna vez alguien puede restaurar en España no ya la República, sino lo que sea, de régimen más o menos liberal, lo primero que tiene que hacer es renunciar a todos los mitos creados en torno a la República y deshacer todos los ídolos. Porque si nuestra República se hubiese perdido el 18 de julio, otra cosa hubiese podido quedar acaso en la consideración de la gentes. Pero nos hemos ido envileciendo y al final ya no se ha salvado nada. El que lo vea de otra manera se engaña”.

 Y ahora, Aranguren, Ruiz-Giménez, Laín Entralgo, con “Serra d’Or” se dedican a resucitar mitos y a revalorizar ídolos. 

Jaime TARRAGÓ


 Revista FUERZA NUEVA, nº 17225-Abr-1970


sábado, 29 de noviembre de 2025

Carlistas “separados” dialogaban (2)

 Artículo de 1967

  Del correo del príncipe

 A S. A. R. el Príncipe Don Carlos Hugo de Borbón Parma.

 Señor: Nada más difícil para mí que dirigirme a V. A. con esta carta. Pertenezco, ya lo sabéis, señor, a una generación de carlistas que sabe más de sacrificios que de adulaciones. Y monárquico por convicción, sé muy poco de cómo debe dialogarse con los Príncipes, puesto que en mi vida no he hecho otra cosa que servirles.

 Perdone V. A., por ello, si con esta carta falto a alguna regla del protocolo o me expreso en términos que no corresponden a un carlista cuando se dirige a su Príncipe.

 Corren, señor, malos tiempos para el Carlismo. Muchos de nosotros estamos escandalizados con las cosas que están ocurriendo estos días dentro de nuestras filas. Rara es la semana, desde hace más de un mes, que no aparece algún artículo, copia fotográfica o panfleto, en los que de forma más o menos velada, se ataca a la Dinastía, en la persona de V. A., o la actuación de la Secretaría General de la Comunión.

 Y lo que es mucho más grave, todos conocemos como estos anónimos, aunque no escritos puestos en circulación por carlistas, cuya ejecutoria, en la mayoría de los casos, no podemos poner en duda.

 ¿Qué es lo que está pasando, señor, para que estos hechos puedan producirse? En mi opinión, no son más que consecuencia de la actuación sectaria y discriminatoria, que arranca de hace algunos años por parte de ciertos dirigentes del Carlismo, que dicen actuar en nombre de V. A., y al que, continuamente, ponen en evidencia con sus torpezas.

 Porque esos dirigentes, señor, empiezan por no ser monárquicos. Han llevado a vuestro ánimo la idea de que V. A. debe actuar no como Príncipe, sino como líder de un grupo político. Y las consecuencias, que ya estamos padeciendo, es que se están cerrando para la Dinastía todas las posibilidades, cara a la nación. Porque lo que los carlistas necesitamos—y España también— no es un líder político más, sino un Príncipe capaz de ser el Rey de todos los españoles. O, por lo menos, así me lo parece a mí.

 Muchos de nosotros reconocemos en V. A. dotes personales que no son corrientes entre los Príncipes de hoy. Sabemos de vuestra preparación y estamos seguros de vuestro españolismo y de vuestra dedicación a la Causa. Como V. A. puede estar seguro de nuestra lealtad. Pero rodeado de malos consejeros, desde que vino a España, creo que no ha visto que una cosa es la Dinastía, en su obligada proyección nacional, y otra, muy distinta, el Carlismo, en su actuación como grupo político. Aunque ambos, Dinastía y Carlismo, deban avanzar, naturalmente, sincronizados.

 Y esto, señor, sin tener para nada en cuenta la especial configuración política de la España actual, como arranque del 18 de julio. Porque si nos situamos dentro de esta realidad—que tanto obliga siempre en política—, entonces la prudencia de la Dinastía debía ser aún mayor, con el fin de evitar males mayores.

 Nada de esto ha sido tenido en cuenta por esos consejeros de V. A. Se han dejado arrastrar por el afán de mando—mal síntoma, señor cuando se trata de un mando tan pequeño—y han -conseguido mezclar a V. A. en todas sus intrigas—que han repercutido gravemente en el exterior—, con tal de conservar su parcela de

poder dentro de la Comunión. Hasta tal punto, que de seguir las cosas así, V A. puede convertirse, dentro de poco tiempo, no en el líder del Carlismo—que ya en sí sería malo—, sino en el líder de una de sus facciones.

 Por eso ahora, cuando muchos carlistas reaccionan contra los malos actos de gobierno de esos dirigentes—porque están en su derecho, señor—, ¿qué tiene de particular que las salpicaduras le lleguen también a V. A.? Y fíjese bien, nunca al Rey.

 Ya sé, señor, que ese método de los anónimos es reprobable. Pero sé, también, que estas cosas ocurren como consecuencia de esa política sectaria, y porque el Jefe Delegado no puede actuar de árbitro entre los carlistas—dando la razón a quien la tenga—, ya que su autoridad se ve continuamente interferida. Y conozco, por haberlo sufrido en mi misma persona, las malas artes que emplean quienes dicen actuar en vuestro nombre, para cerrar el paso a quienes no pertenecemos al clan cerrado, y sin economía clara, de la Secretaría General.

 Porque la realidad, señor —y me circunscribo al Carlismo madrileño, del que fui durante varios años jefe de Requetés—, es que la actuación de tal Secretaría General ha deshecho por completo nuestra organización. No existe la A. E. T., que en otro tiempo constituyó una fuerza decisiva dentro de la Universidad; el Requeté está en franca descomposición y con su Círculo de la calle del Limón clausurado por orden de la Secretaría; los ex combatientes, sin poder reunirse en sus locales de la calle de la Cruz, por habérselo prohibido su Presidente Nacional, siguiendo órdenes de la misma Secretaría. Y así, según mis noticias, en la mayoría de las provincias españolas.

 Todo esto referido a los problemas internos. Porque si nos referimos a la actuación de la Comunión en el plano nacional, sospecho que ni de forma preconcebida podían haberse hecho las cosas peor. Y los frutos, bien a la vista están: Una docena escasa de procuradores carlistas—la mayoría investidos por su prestigio personal, sin que le tengan que agradecer nada a la Organización—en unas Cortes que pueden ser decisivas para el porvenir de España. Aunque ahora, nos sea muy cómodo a todos buscar las culpas fuera de nuestras filas.

 Y en cuanto al confusionismo ideológico, las cosas han llegado a un extremo que los requetés que seguimos las órdenes de vuestro augusto padre el 18 de julio, estamos llegando a la conclusión de que hicimos mal en obedecer. Tales son las cosas que se están escribiendo ahora en algunas publicaciones oficiales editadas por la Secretaría General de la Comunión. Y también por «algunos compañeros de viaje» en «El Pensamiento Navarro».

 Esta es, señor, la triste realidad, tal como la ve el último delos carlistas. ¿Soluciones? Creo que están bien claras y que no se escaparán a su perspicacia y buen sentido político. Se condensan en dos premisas insoslayables: Que V. A. actúe en Príncipe y la Jerarquía de la Comunión—siguiendo las indicaciones del Rey—en política. Sin que V. A. tenga que sufrir las consecuencias de las querellas internas, que siempre se producen entre los hombres y que tan perjudiciales pueden ser para la Dinastía.

 Nada más. Sabe V. A. que fui uno de los primeros carlistas que se apartó de un puesto de responsabilidad dentro de la Comunión cuando se infiltraron en nuestras filas determinados elementos—algunos de los cuales, afortunadamente, ya no están entre nosotros—. Por eso, también ahora, cuando las cosas marchan por caminos que considero erróneos y que se producen como consecuencia de aquellas infiltraciones, prefiero recobrar mi independencia dentro de la Comunión. Y ruego a V. A., por ello, haga llegar a S. M. el Rey mi deseo de cesar en el puesto de miembro del Consejo Asesor de la Jefatura Delegada, del que, posteriormente y por votación entre los consejeros, fui nombrado Secretario.

 Con mi respetuosa subordinación para S. M. el Rey y para V. A., queda incondicionalmente a vuestra disposición.

 NARCISO CERMEÑO

23 noviembre 1967


Revista ¿QUÉ PASA? núm. 207, 16-Dic-1967

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

Blas Piñar, sobre Cristo Rey y sobre José Antonio

 Artículo de 1978

  BLAS PIÑAR, EN GIJÓN

 ASTURIAS, ESPACIO HISTÓRICO Y EMOCIONAL

 (Discurso pronunciado por Blas Piñar en el Pabellón de Deportes de Gijón, el día 28 de octubre de 1978.)

 Asturianos, amigos y camaradas de Gijón:

 Si es verdad que lo hecho por la democracia liberal y el Gobierno de UCD, que no es otra cosa que un montón de escombros, avala un futuro de sangre, de miseria y de caos, también es verdad que, recogiendo la frase rítmica, como de un salterio político, del presidente Suárez, yo os puedo prometer y os prometo, que con la ayuda de Dios, la mirada amorosa de la Santina, la entrega sacrificada de una minoría leal, fiel, inasequible al desaliento, y la colaboración entusiasta, generosa, traspasada de patriotismo, de los españoles que quieran ayudarnos, con la entrega de su tiempo, de su actividad y también de su dinero, detendremos esta riada de sangre, evitaremos la miseria y el caos, barreremos los escombros, reharemos la moral, el sentido de la historia y la economía, y salvaremos a España.

 Para ello, amigos, hace falta una profesión de fe y de voluntad; una auténtica milicia del espíritu. Es mucho e importante lo que hoy nos jugamos, lo que se juega España y el mundo, para suponer que la solución está en las componendas electorales o en la práctica conocida del consenso. La situación universal en la que España desempeña, por razones muy varias, un papel decisivo, puede considerarse dramática, y aunque hoy se usa la palabra desdramatizar desde el campo oficialista, la experiencia y la lógica nos dicen que la palabra se vuelve contra quienes la esgrimen, ante la realidad pavorosa de los hechos.

 Ni la palabra desdramatizar soluciona nada, ni soluciona nada el «tomar medidas» del ministro del Interior, que parece denunciar, tomándolas en tantas ocasiones, una vocación tardía a la profesión de sastre, ni soluciona nada tampoco el «puedo asegurar y aseguro» del presidente del Gobierno, que revela también su vocación frustrada de asegurador, ya que a la compañía aseguradora, que es España, la conduce a la quiebra. Si la póliza era de incendios, no hay recursos para cubrir los daños de las cárceles y de los bosques que consumieron las llamas, y si la póliza fue de vida, no habrá dinero, a la velocidad creciente del terrorismo, para indemnizar a las familias de los victimados.

 • • •

 La fecha en que nos reunimos, en la doble liturgia de la fe y de la patria, nos lleva de la mano a tomar como fuente inspiradora y aleccionadora dos grandes conmemoraciones, que tienen algo trascendente que decimos en esta grave coyuntura histórica: la fiesta de Cristo Rey —hoy desplazada hacia una dominica posterior— y el discurso fundacional de José Antonio.

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Que nadie diga que nosotros, al traer a colación ambas conmemoraciones, mezclamos la religión con la política; porque una cosa es su mezcla indiscriminada y confusa, que sería intolerable, y otra el planteamiento formal del quehacer político, que en última instancia, como decía Donoso Cortés y exaltó Vázquez de Mella, descansa sobre un planteamiento teológico.

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La fiesta de Cristo Rey, que instituyó con toda solemnidad Pío XI, como síntesis de su famosa encíclica «Quas primas», refrenda hasta la saciedad, y pese a las desviaciones doctrinales del posconcilio, la raíz teológica de la política.

 Para un hombre sensato, no cabe la duda en este orden de cosas. El hombre es un ser que escapa al marco angustioso del tiempo, es decir, a lo animal, porque tiene un alma inmortalizada. Esa inmortalidad, y la libertad de que ha sido dotado y que le hace capaz de condenarse o de salvarse,  convierte al hombre, en una concepción ortodoxa de la política, en el eje del sistema comunitario. La comunidad es para al hombre y no el hombre para la comunidad. La política está al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la política; y ello aun cuando la política y la comunidad exijan el sacrificio necesario para que la comunidad y la política cumplan y satisfagan el bien común inmanente y trascendente al que se ordenan.

 De aquí, que si el hombre —por razón de su inmortalidad y de su destino eterno— es el eje del sistema político, la comunidad en que el hombre vive y trabaja no pueda desentenderse, y aún menos obstaculizar lo que es propio del hombre, lo que constituye su esencia, es decir, su única y sustantiva razón de ser. Al contrario, la comunidad, y la política que encauza y dirige la comunidad, si no quieren perder aquello que las justifica y mantiene, han de buscar su fundamento y su fortaleza en dos apelaciones: una, horizontal e intrínseca, el hombre inmortalizado; y otra, vertical y extrínseca. Dios, que al crear al hombre creó el cimiento de la comunidad al decir: «no es bueno que el hombre esté solo».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y el Senado desconocen, no por ignorancia, sino por voluntad de ruptura, esas dos grandes apelaciones justificadoras del quehacer político, un hombre sensato, a la luz de derecho natural, tiene que repudiarla con un «no» abierto, responsable y digno.

 Pero no es sólo el derecho natural: es la concepción cristiana de la vida la que nos urge a decir que «no»-en el próximo referéndum.

 Hablábamos antes de la fiesta de Cristo Rey. Ya sé que hoy trata de debilitarse o arrinconarse la realeza del Salvador de los hombres, amputando, tergiversando o interpretando equívocamente los textos.

 Ya sé que para muchos el reinado de Cristo se excluye del orden social, es decir, de la comunidad política, que juega, según se arguye, en un orden autónomo de principios.

 Ya sé que para otros el reinado de Cristo se relega para el final de los tiempos, para una etapa última y escatológica y, por' lo mismo, intemporal, apocalíptica y fuera de la historia.

 Ya sé que para algunos el reinado de Cristo se reduce a un homenaje individual, privado, temeroso y escondido, en el interior de la propia conciencia.

 Y, sin embargo, las cosas no son así: En primer lugar porque si Cristo ha salvado al hombre, y si el hombre está religado a Cristo, también ha de estarlo la comunidad compuesta por hombres; porque el hombre fue al principio y la comunidad después; y porque todo aquello que caracteriza al hombre impregna y marca con carácter indeleble a la comunidad que trae causa del hombre.

 En segundo lugar porque, aun cuando el reino de Cristo no sea de este mundo, toda vez que es un reino de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, un reino sin fin, como decimos en el Credo «cuius regni non erit finís», eso no quiere decir que los reinos de este mundo, con todas sus limitaciones, y por tanto la sociedad civil y la comunidad política, no acaten y se ordenen a ese reino superior que los enhebra, los justifica y los trasciende.

 En tercer lugar porque aun cuando el reino de Cristo, en su plenitud, no sea de este mundo ni se consuma en este mundo, en este mundo se inicia y se invoca. Aquí es donde se gana la ciudadanía de ese reino, por la gracia, aunque después se colme con la santidad; aquí es donde uno se embandera como soldado y como apóstol; aquí es donde se edifica y construye, con los hijos de Dios; aquí es, en el espacio y en el tiempo, en la historia, donde el reino de Cristo empieza, aunque esperen —y por eso no es de este mundo, que termina— la historia, el tiempo y el espacio.

 En cuarto lugar porque a Cristo, por derecho propio, por derecho de herencia y por derecho de conquista, como dicen los teólogos, se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y el poder, en la tierra, incluye el señorío social y político; porque toda autoridad, como dice San Pablo, viene de Dios; porque, en suma, como dijo el Maestro de la Verdad a Poncio Pilato, «hasta la autoridad que tienes para crucificarme o para darme la libertad es tuya, porque te fue dada de Arriba».

 Por eso, cuando una Constitución como la elaborada por el Congreso y por el Senado excluye toda referencia al origen divino de la autoridad, exilia el nombre de Dios, reduce a la Iglesia a una de tantas confesiones religiosas, como el budismo o el sintoísmo, y repudia de este modo el reinado de Cristo en la sociedad, un católico con conciencia formada tiene que reaccionar con un «no» categórico, abierto y digno al depositar su voto en el referéndum que se aproxima.

 Porque para nosotros, frente al Estado laico de inspiración cristiana, de Maritain, está la afirmación nítida de San Pío X: «La civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe: es la civilización cristiana. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos: "Omnia instaurare in Christo" ("Notre charge apostolique").»

 • • •

En esta línea de pensamiento, en este enfoque teológico de la política, discurrió el Movimiento José Antonio; y no sólo el esquema doctrinal, sino el testimonio de la sangre de los mejores, y entre ellas la del fundador.

 Cuando José Antonio hablaba de dar la existencia por la esencia del hombre portador de valores eternos, del paraíso difícil y del tiempo de arcángeles, de entendimiento religioso y militar de la vida, estaba exponiendo con el rigor de un clásico y la música de su palabra fervorosa todo un haz de principios que hoy más que nunca gozan de vigencia y necesitan de aplicación.

 Aquel 29 de octubre, a la altura de nuestro tiempo, es algo más que una fecha: es un símbolo. Dijo José Antonio en el teatro de la Comedia, para terminar su impresionante convocatoria a la nación: «Yo creo que está alzada la bandera. Ahora vamos a defenderla alegremente, poéticamente. Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que puede despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación I A los pueblos no les han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar frente a la poesía que destruye la poesía que promete!»

 Pues bien, la bandera que se alzó en el teatro de la Comedia aquel 29 de octubre de 1933, yo sé que ha sido abandonada por unos, arrojada a la calle por otros, insultada por algunos; pero aquella bandera, que se cubrió de sangre de mártires y de héroes; aquella bandera, que se puso al lado de la bandera gloriosa de la Tradición para cerrar el paso a la Antiespaña; aquella bandera que, con la bandera de la Tradición, hizo posible, al lado del Ejército, la Victoria nacional; esa bandera, abandonada, despreciada, insultada, la tomamos, la levantamos y la abrazamos; y no sólo alegre y poéticamente, sino con una mística, porque, como tuve ocasión de decir en Roma, al poeta le basta el gozo íntimo de la belleza, mientras que el místico exige, por añadidura, la fe en las verdades que la belleza literaria viste y decora. Por eso, el poeta varía con su sensibilidad y huye al extranjero, como Alberti, mientras que el místico se queda y derrama su sangre, como José Antonio.

 • Dos ideas claves, de las muchas que guarda el pensamiento de José Antonio, me interesa destacar aquí, pensando en la Constitución que se nos propone. La una se refiere a la concepción del Estado; la otra a la necesidad de un hombre nuevo.

 • El Estado está al servicio del bien común. El bien común se configura dentro de la patria, y la patria es algo más que un país, geográficamente hablando, o que una generación que pasa, si nos fijamos en el tiempo.

 La patria, para José Antonio, de acuerdo con la doctrina de la Tradición, «es una síntesis trascendente ("la España metafísica", nos diría después), una síntesis indivisible; y el Estado ha de ser el ejecutor resuelto de los destinos patrios, el instrumento al servicio de esa unidad indiscutible, de esa unidad permanente, de esa unidad irrevocable que se llama patria».

 Por eso mismo, el Estado español, ejecutor resuelto de los destinos de España, ha de mantener su «sentido permanente ante la Historia», que en eso consiste la Tradición, es decir, la permanencia de las constantes identificadoras de la nacionalidad.

 Ese sentido permanente de la historia implica que «el espíritu religioso sea respetado y amparado —y, por eso mismo, reconocido y proclamado sin rubor— como merece».

 Pero tanto las constantes históricas como la razón instrumental obligan al Estado a no ser un mero «espectador de las luchas electorales», confiando la justicia y la verdad, que son categorías permanentes de razón, al arbitrio caprichoso de la mayoría, que puede decidir si Dios existe o no existe, si la patria ha de permanecer o es mejor que en un momento de locura se suicide.

 El Estado y la autoridad del Estado no pueden descansar en el método más fácil de conseguir votos, ya que ello supone, para lograrlos, «la calumnia, la injuria, faltar deliberadamente a la verdad, recurrir a la mentira y al envilecimiento».

 Un Estado de ese tipo transforma a los hermanos en enemigos, conduce a la esclavitud y a la miseria económica, aplasta la dignidad del hombre, «estruja a las almas para que no quede en ellas la menor gota de espiritualidad», habla y promete, mientras a la justicia social sustituyen el odio y la lucha de clases, y al magisterio de las buenas costumbres sucede la ruina moral.

 Tal es el Estado que perfila el proyecto de Constitución. En lugar de servir a la patria, se convierte en un árbitro imposible de nacionalidades autónomas. En lugar de mantener el sentido permanente de la historia, la interrumpe y nos hace regresar a los reinos de Taifas. En lugar de categoría de razón, subordina la razón a la soberanía popular. En lugar de respetar y amparar el espíritu religioso, degrada y escupe, informando el ordenamiento jurídico de incrustaciones materialistas, legalizando el amancebamiento, el adulterio, la anticoncepción y el divorcio; privando a los padres del derecho a educar a sus hijos; esquilmando la propiedad privada, y haciendo de la empresa, en lugar de un centro de producción o distribución de mercancías o de servicios, un campo de resentimiento y de batallas.

 ¿Cómo contestar afirmativamente o con una abstención, que equivale a la indiferencia de un «a mí qué me importa» o a la soberbia de un «te desprecio», a la pregunta que va a formularse?

 Hay que responder valientemente, gallardamente, que «no», y ello aun cuando la intuición nos diga que el compromiso histórico exige que el Gobierno saque a flote la Constitución por los procedimientos que la democracia al uso conoce y practica.

 En última instancia. Dios, España y mi conciencia me pedirán cuenta de mi voto, del que soy responsable, mientras que de la posible manipulación del voto pedirán cuenta, en su caso, al señor Suárez y al equipo que le acompaña en el desgobierno.

 • • •

 • Pero hay algo que, como antes os decía, interesa destacar, hoy y aquí, del pensamiento de José Antonio. Y es su idea sobre el hombre, sin la que ni la patria, como unidad irrevocable, ni el Estado, como ejecutor de sus destinos, serán posibles.

 Ese hombre ha de ser, como quería San Pablo, un hombre nuevo. La revolución de José Antonio no es tanto y primariamente una revolución de las estructuras como una revolución personal, es decir, una conversión.

 El hombre del tiempo difícil se caracteriza no por sus convicciones, por su ideología, por su equipaje doctrinal, por su «manera de pensar», sino por su «manera de ser».

 De aquí que José Antonio afirmase: «no debemos proponernos sólo la construcción, la arquitectura política —problema puramente intelectual—, sino la adopción personal ante la vida entera y en cada uno de nuestros actos de un sentido ascético y militar de la vida».

 En tanto que este tipo de hombre no se consiga, todo el esquema político se nos queda lejano e inoperante. Faltarán los trabajadores idóneos. El indisciplinado, el que no sacrifica su propia voluntad, el que no domina sus pasiones y las encauza a una meta superior, el que no quiere o no puede hacer suyo el sentido ascético y militar de la empresa política, no sirve y hace daño, porque en lugar de espíritu de servicio y de sacrificio ha puesto espíritu de disgregación y de altanería.

 Decía S. Gregorio: «El que por su vida merece desprecio, acaba por hacer despreciable aquello que predica.» El profesor Genta, que cayó asesinado en Buenos Aires ha hecho ahora cuatro años, hizo la exaltación más sublime que conozco de la política del sacrificio. Si el sacrificio de la Cruz hace visible la soberanía de Cristo, porque desde la Cruz atrae todas las cosas y hace suyo todo, en el cielo y en la tierra, sólo el sacrificio, sólo la sangre que se derrama —la sangre inocente—, está en el cimiento de toda soberanía, en la quintaesencia de la redención y de la libertad de la patria.

 Y hoy la patria, España, se encuentra en una hora de crisis que sólo tiene parangón con las horas fundacionales, porque son idénticos los gritos de dolor del alumbramiento y los gritos de dolor de la enfermedad.

 España sufre otra vez un baño de sangre, una sangre que nos duele, pero una sangre que, por ello mismo, será sin duda garantía de redención contra las dos grandes fuerzas que tratan de aplastamos, como decía Genta: «la Internacional del Dinero y la Internacional comunista».

 • • •

Si todo lo que acabamos de decir es verdad, y somos consecuentes con esa verdad, las conclusiones a deducir son las siguientes:

 • Hacer nuestra la política del sacrificio. Aceptar todos los sacrificios, hasta la defección, tomando de la Cruz, sin savia en apariencia, su jugo vital y estimulante.

 

• Y volver, en tiempo de crisis, al espacio histórico de la fundación o de la crisis. Y la fundación o la refundación, en otra época de crisis, tuvo aquí, en Asturias, su espacio histórico y emocional, toda vez que fue aquí donde se rehizo la monarquía visigoda de Toledo.

 Palacio Valdés, en «La aldea maldita», ante la transformación de Asturias, iniciada en su tiempo, exclamó: «¡Ahora empieza la barbarie!» Pero la barbarie no es fruto de una transformación industrial, sino de una degradación del espíritu.

 En un Estado como el que José Antonio soñaba, Asturias se enriqueció y logró niveles de vida superiores.  Pero no sólo de pan vive el hombre. Si ENSIDESA es el hito que Avilés levanta como una conquista económica, que debe continuar hacia adelante, la Cámara Santa, en Oviedo, nos invita a beber en el manantial de nuestra conformación religiosa, y el Cuartel de Simancas nos recuerda, en Gijón, donde hoy estamos, la necesidad del heroísmo para la defensa de la fe y del pan.

 Es la hora de Asturias, se ha dicho, por ello, y con verdad, en muchas ocasiones. Pues bien, en Gijón, cuando el cónsul de Francia arrojó unos papeles insultantes para nuestro pueblo, desde su casa de la calle Corrida, el pueblo se amotinó y ese motín fue el chispazo de la guerra en Asturias contra Napoleón.

 Hoy vuelve a insultarse a nuestro pueblo con un papel en el que se ha escrito un proyecto constitucional inaceptable. Que ese insulto a cuanto España significa sea también el chispazo para una movilización masiva, fervorosa y valiente, para su rechazo en el próximo referéndum. iVIVA CRISTO REY! ¡ARRIBA ESPAÑA!


Revista FUERZA NUEVA, nº 622, 9-Dic-1978